Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 24 de 33

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Abhorsen

En lo más profundo de la muerte

Lirael no se detuvo a echar un vistazo a su alrededor cuando entró en el reino de la muerte y la corriente la embistió tratando de arrastrarla hacia abajo en el primer instante de frío absoluto. Siguió andando enseguida, mientras la Perra Canalla daba saltos delante de ella y olisqueaba el río en busca de muertos acechantes.

Lirael avanzaba y al mismo tiempo repasaba mentalmente las lecciones clave aprendidas en El libro de los muertos y El libro del recuerdo y el olvido. Veía sus páginas como si las tuviera delante de los ojos y por ellas sabía cosas sobre los nueve recintos y los secretos de las nueve puertas. Conocer estos secretos, aunque fuese a través de un libro mágico, no era lo mismo que haberlos experimentado. Lirael no había pasado nunca del primer recinto, ni siquiera había cruzado la primera puerta.

No obstante, siguió caminando confiada y procuró relegar las dudas al rincón más hondo de su ser. En el más allá las dudas no tenían cabida. El río se encargaba de atacar toda debilidad, porque la fuerza de voluntad era lo único que impedía que la corriente se tragara el espíritu de Lirael. Si titubeaba, las aguas la acogerían en su seno y todo estaría perdido.

Llegó a la primera puerta con sorprendente rapidez. Un momento antes, el rugido del agua le llegaba amortiguado y el muro de niebla lejano se extendía hasta perderse de vista a derecha e izquierda. Y ahora, apenas un instante después, Lirael se encontraba tan cerca que podía tocar la niebla y el rugido de la cascada era ensordecedor.

Acudieron a sus labios unas palabras, palabras de fuerza que los dos libros habían grabado en su mente. Las pronunció y sintió la magia libre retorcerse y burbujear en la lengua y los labios a medida que las palabras salían por su boca.

El velo de niebla se abrió entonces, se descorrió despacio y dejó al descubierto una serie de cascadas que parecían caer sin fin en un abismo negro e interminable. Lirael habló otra vez y movió la espada a derecha e izquierda. Apareció un sendero que se internaba en la cascada, un paso estrecho entre dos montañas líquidas. Lirael enfiló el sendero seguida tan de cerca por la perra que a punto estuvo de enredarse en las piernas de su ama. Echaron a andar, la niebla se cerró y el sendero fue desapareciendo a sus espaldas.

Un trecho más adelante, un espíritu pequeñísimo y sigiloso salió del agua, cerca de la primera puerta y echó a andar hacia el mundo de los vivos, seguido de un hilo negro casi invisible que le colgaba del ombligo. Se retorcía y farfullaba al tiempo que andaba, entusiasmado ante la perspectiva de la recompensa que recibiría de su amo cuando le hablara de esas viajeras. Tal vez le permitiera incluso quedarse en el mundo de los vivos y le diera un cuerpo, esa delicia suprema tan preciada.

El paso a través de la primera puerta era engañoso. Lirael no supo calcular cuánto se tardaba, pero el río no tardó en volver a transformarse en una extensión infinita y plana cuando volvió a fluir por el segundo recinto. Lirael sondó el agua con la espada en cuanto abandonó el sendero y comprobó si hacía pie. Este recinto era parecido al primero, aunque abía en él peligrosas pozas, además de la eterna presencia de la corriente. Avanzar se hacía mucho más difícil debido al efecto borroso que hacía que la luz se tornara gris, poco definida, de manera que Lirael no veía más allá de donde llegaba su espada al extenderla al frente.

Había un camino sencillo que seguir, un sendero marcado por otros Abhorsens que El libro de los muertos describía. Lirael se internó en él, aunque no se fiaba demasiado de lo que había aprendido, por lo que prefirió seguir sondando con la espada. Tal como indicaba el libro, contó los pasos y dobló en las curvas que había memorizado.

Iba tan concentrada en ello que perdió la cadencia de los pasos y a punto estuvo de embestir contra la segunda puerta. La Perra Canalla la agarró rápidamente del cinturón y tiró de ella poniéndola a salvo, pues iba a dar un paso de más y a contar once, pese a que una voz interior le indicaba: «Detente en el décimo».

Rauda como la voz interior de su pensamiento, intentó retroceder, pero la segunda puerta asía con mucha más fuerza que la corriente normal del río. La valentía de su perra, que le hizo de ancla, la salvó, aunque hizo falta la fuerza de ambas para arrastrar a Lirael lejos del precipicio de la puerta.

La segunda puerta era un agujero enorme en el que el río se precipitaba como el agua de una pila por el drenaje, y creaba un remolino de una fuerza descomunal.

—Gracias —dijo Lirael.

Se echó a temblar cuando se asomó al remolino y meditó sobre lo que podía haber ocurrido. La perra no le contestó de inmediato pues estaba ocupada en quitarse de los dientes un pedazo muy maltrecho de cuero que momentos antes había sido un práctico cinturón.

—Ve con calma, amita —le aconsejó la perra—. Deberemos darnos prisa en otros lugares, no aquí.

—De acuerdo.

Lirael respiró despacio y muy hondo para calmarse y luego se irguió cuan alta era y recitó otras palabras de la magia libre, palabras que llenaron su boca de un calor súbito y encendieron sus mejillas heladas con un extraño fulgor.

Las palabras hicieron eco y las aguas de la segunda puerta aminoraron su rápido movimiento circular hasta detenerse del todo, como si el torbellino entero se hubiese congelado de repente. Cada uno de los remolinos de la corriente se había convertido en una terraza y formaba un sendero largo y espiralado que descendía por el vórtice de la puerta. Lirael bajó al inicio del sendero y echó a andar. A su espalda, más arriba, el torbellino comenzó a girar otra vez.

Al parecer iba a verse obligada a dar cientos de vueltas o más para llegar al fondo, pero una vez más, Lirael supo que aquello era engañoso. Se tardaba apenas unos minutos en cruzar la segunda puerta y ella se pasó el tiempo pensando en el tercer recinto y en la trampa con la que esperaba a los incautos.

En ese punto, el río llegaba apenas a la altura del tobillo y estaba algo más caliente. La luz también mejoraba. Era más brillante, menos difusa, aunque conservaba su tono gris pálido. Y la corriente apenas se hacía notar, era poco más que un cosquilleo en los tobillos. En general, se trataba de un lugar mucho más atractivo que el primero y el segundo recinto, hasta tal punto que algunos nigromantes ilusos o mal preparados sentían la tentación de aminorar la marcha o descansar.

Si lo hacían, no sería por mucho rato, porque en el tercer recinto había olas.

Lirael lo sabía y abandonó la segunda puerta a la carrera. Se trataba de uno de los parajes de la muerte donde era necesario darse prisa, pensó, mientras las piernas corrían a toda velocidad. Oyó el ruido atronador de la ola a sus espaldas, una ola hasta ese momento contenida por el mismo hechizo que había calmado al remolino. No miró atrás, se con— entró en la carrera. Si la alcanzaba la ola, la lanzaría con fuerza por la tercera puerta haciéndole perder el sentido y quedaría a la deriva, incapaz de salvarse.

—¡Más deprisa! —gritó la perra y Lirael corrió más.

El sonido de la ola estaba tan cerca que parecía que iba a darles alcance.

Lirael llegó a las brumas de la tercera puerta a uno a dos pasos de las aguas torrenciales y, sin detener la carrera, gritó desesperadamente el hechizo de la magia libre que necesitaba. En esta ocasión, la perra iba delante y el hechizo partió la bruma a un centímetro de su hocico.

Cuando se detuvieron jadeando en la puerta de bruma creada por el encantamiento, la ola se rompió alrededor de ellas lanzando su carga de muertos a la cascada que había más allá. Lirael esperó para recuperar el aliento y, poco después, apareció el sendero. Entonces siguió caminando en dirección al cuarto recinto.

Cruzaron el recinto como una exhalación. Era relativamente sencillo, sin pozas ni otras trampas para incautos, aunque la corriente volvía a cobrar fuerza y arrastraba más que en el primer recinto, pero Lirael se había acostumbrado a su fría y maligna garra.

Se mantuvo atenta. Además de los peligros conocidos de cada recinto, de los que había registro, siempre cabía la posibilidad de que apareciera algo nuevo o tan antiguo e infrecuente que no estaba incluido en El libro de los muertos. Además de esas anomalías, el libro hacía referencia a poderes capaces de viajar por el reino de la muerte, aparte de los muertos mismos y los nigromantes. Algunos de estos entes creaban unas extrañas condiciones locales o bien distorsionaban la naturaleza habitual de los recintos. Lirael supuso que ella misma era uno de los poderes que alteraban la naturaleza del río y de sus puertas.

En la cuarta puerta había otra cascada; en esta ocasión, no estaba envuelta en la niebla. A primera vista, parecía un salto de agua de poco menos de un metro, después del cual, el río daba la impresión de seguir su curso.

Lirael sabía que no era así. Lo había leído en El libro de los muertos. Se detuvo a prudente distancia y pronunció el hechizo que le permitiría pasar. Poco a poco, del borde de la cascada comenzó a desenrollarse una cinta negra que flotó en el aire, por encima de la caída de agua. Medía dos palmos de ancho y parecía contener la noche, una noche sin estrellas. Se extendió horizontalmente desde lo alto de la cascada hasta perderse de vista.

La Abhorsen pisó el sendero, movió los pies para mantenerse mejor y echó a andar. Aquella senda estrecha no sólo era el camino que cruzaba la cuarta puerta, sino que también era la única manera de atravesar el quinto recinto. El río era aquí profundo, demasiado para vadearlo, y el agua tenía un fuerte efecto metamórfico. El nigromante que pasara en esas aguas el tiempo suficiente vería alterado tanto el espíritu como el cuerpo, y no para bien. El espíritu muerto capaz de vadear de regreso hasta este recinto no guardaba parecido alguno con la forma que había tenido en vida.

El cruce del recinto era peligroso incluso si se iba por el sendero oscuro. Además de ser angosto, era el camino preferido de los muertos mayores o de los seres de la magia libre para cruzar el quinto recinto en sentido contrario, hacia la vida. Esperaban ocultos a que un nigromante creara el sendero y luego se lanzaban a recorrerlo como balas con la esperanza de sorprender a su creador y vencerlo.

Lirael lo sabía; no obstante, la Perra Canalla acudió, una vez más, en su ayuda al advertirle de que se aproximaba algo voraz surgido de la nada. Tras una larga estancia en el reino de los muertos, aquello que en otro tiempo había sido humano se había transformado en algo horrendo y temible. Avanzaba impulsándose con los brazos y las piernas, como una araña. Tenía un cuerpo gordo y bulboso, y el cuello articulado de modo tal que podía ver delante incluso cuando iba a cuatro patas.

Aquella cosa se abalanzó sobre Lirael y apenas le dio tiempo a lanzar una estocada; la unta de la espada traspasó una mejilla grumosa y salió por la nuca. Aquel ser repugnante siguió avanzando a pesar de la nube de chispas que caían por todas partes mientras la magia del Gremio le corroía el espíritu. Siguió empujando hasta llegar casi a la empuñadura de la espada, los ojos de fuego fijos en Lirael, la boca echaba espuma y siseaba.

Lirael le dio una patada para desensartarlo de la espada y al mismo tiempo hizo tañer a Saranath. Por desgracia, no consiguió mantener bien el equilibrio y la campana no tocó con la debida fuerza. Una nota discordante se propagó por el reino de la muerte y en lugar de notar su voluntad concentrada en aquella cosa muerta y en la primera fase de la dominación, Lirael se sintió distraída. Su mente se dispersó y por un instante olvidó lo que hacía.

Un segundo más tarde se dio cuenta, el horror la sacudió, el miedo electrizó todos los nervios de su cuerpo. Al mirar comprobó que la criatura muerta se había desprendido de la espada y se disponía a lanzar un segundo ataque.

—¡Acalla la campana! —ladró la perra, se hizo pequeñita y trató de meterse entre las piernas de Lirael para atacar a la criatura—. ¡Acalla la campana!

—¿Qué? —gritó Lirael.

El asombro y el miedo volvieron a recorrerla cuando notó que su mano seguía agitando a Saraneth sin que fuese consciente de ello. Le entró el pánico y procuró frenar el badajo. La campana tocó una vez más y luego quedó en silencio, de vuelta en su morral.

Entonces, la Abhorsen se distrajo otra vez y, en ese momento, la criatura atacó. Se le echó encima con la intención de aplastarla bajo su espantosa y pálida masa. La perra notó que el monstruo se ponía tenso y adivinó sus intenciones. En lugar de escurrirse entre las piernas de Lirael, avanzó de un salto y apoyó las dos patas delanteras en la espalda de su ama.

Cuando quiso darse cuenta, Lirael se vio de rodillas y sintió que la criatura volaba encima de ella. Un dedo rematado en un garfio le agarró un mechón de pelo al pasar y se lo arrancó de raíz. Lirael apenas lo notó, se volvió con desesperación en el sendero angosto y se levantó. Había perdido toda la confianza, temía perder el equilibrio, por tanto, no fue una maniobra rápida.

Cuando se volvió, la criatura había desaparecido. Sólo quedaba la Perra Canalla. Un chucho enorme, con los pelos del lomo erizados como cerdas de un cepillo, al que le goteaba fuego de unos dientes del tamaño de los dedos de Lirael. Echó a su ama una mirada demencial.

—¿Perra Canalla? —susurró Lirael.

Era la primera vez que tenía miedo de su amiga, pero nunca antes se había internado tanto en el más allá. Tuvo la sensación de que podía ocurrir cualquier cosa. Los cambios podían afectar a todos.

La perra se sacudió, disminuyó de tamaño y la mirada se le dulcificó. Empezó a menear el rabo, se lo mordisqueó un poco antes de acercarse a Lirael para lamerle la mano que le tendía.

—Perdóname, es que me enfadé.

—¿Adonde ha ido? —preguntó Lirael mirando a su alrededor.

En el sendero no había nada más, al menos hasta donde alcanzaba a ver, y tampoco en el río, que fluía debajo de ellas. Tampoco le pareció haber oído un chapuzón. ¿O sí? Estaba aturullada, el sonido discordante de Saraneth seguía resonándole en la cabeza.

—Allá abajo —contestó la perra inclinando la cabeza en esa dirección—. Será mejor que nos demos prisa. Saca una campana. Tal vez a Ranna. Aquí es la más comprensiva.

Lirael se arrodilló y acercó la nariz al hocico de su perra.

—Sin ti no podría con esto —dijo y la besó.

—Ya lo sé, ya lo sé —contestó la perra distraídamente mientras sus orejas describían un movimiento semicircular—. ¿No lo oyes?

—No —contestó Lirael. Se levantó para escuchar y con la mano sacó automáticamente a Ranna de la bandolera—. ¿Y tú?

—Me pareció que alguien... algo nos seguía —dijo la perra—. Ahora estoy segura. Algo se nos acerca desde atrás. Algo poderoso que se mueve deprisa.

—¡Hedge! —exclamó Lirael, se olvidó de la crisis de confianza que minutos antes había estado a punto de hacerle perder por completo el equilibrio, se volvió y siguió a toda prisa por el sendero—. ¿No podría ser Zapirón otra vez?

—Dudo que sea Zapirón —dijo la perra frunciendo el ceño. Se detuvo y miró hacia atrás, con las orejas levantadas. Luego sacudió la cabeza—. Sean quien sean... o sea lo que sea... debemos tratar de dejarlo atrás.

Lirael estuvo de acuerdo. Siguió andando mientras aferraba con fuerza la campana y la espada. No importaba con qué se iba a encontrar, ni si iba a acercarse por delante o por detrás, estaba decidida a no dejarse sorprender.