Abhorsen
Detalles acerca de la Perra Canalla
Al agacharse, Lirael notó de pronto la gélida presencia de un cuervo sanguinario justo encima de la cabeza. Segundos después, detuvo su descenso y cayó al suelo con un ruido seco, traspasado por la flecha de Sam, la magia del Gremio que había introducido en la afilada punta chisporroteó al devorar la pequeña porción del espíritu muerto que intentaba escapar.
Lirael sacó instintivamente una campana y miró al cielo en busca de otros cuervos sanguinarios. Vio a otro que bajaba a toda velocidad; una flecha acudió a su encuentro, traspasó la bola de plumas y huesos resecos y siguió su trayectoria, pero el cuervo sanguinario se detuvo, y otro fragmento de espíritu muerto cayó al suelo, retorciéndose con esesperación junto al primero que seguía sufriendo bajo el sol.
Lirael miró la campana que tenía en la mano y luego observó los fragmentos de espíritu, pozos negros como la tinta que se arrastraron hasta juntarse para sumar fuerzas. La campana adecuada en esos casos era Kibeth. Lirael la agitó dibujando una S en el aire y se oyó una melodía clara y alegre que impulsó a su pie izquierdo a dar un paso de baile. El efecto sobre los fragmentos de espíritu de los cuervos sanguinarios fue letal. Las dos manchas se encogieron como las babosas cuando les echas sal y casi dieron una voltereta tratando de escapar del sonido. No había modo de eludir el llamado perentorio de Kibeth, no había dónde refugiarse. Salvo el sitio al que el espíritu no quería regresar. Aunque no le quedaba más remedio. Desgarrado por dentro, el espíritu obedeció a la campana y las dos manchas desaparecieron en el reino de los muertos. Lirael observó otra vez el cielo y sonrió satisfecha al comprobar que, a lo lejos, otros tres puntos negros caían en picado hacia la tierra. Se trataba de los cuervos sanguinarios destruidos cuando los dos primeros fragmentos desterrados se llevaban a cuantos compartían el espíritu que había regresado al reino de los muertos. Lirael guardó la campana y fue a saludar a Sam, mientras la Perra Canalla se acercó a olfatear las plumas del cuervo para asegurarse de que el espíritu ya no estaba y no quedaba nada comestible.
Igual que la perra, Sam también pareció muy contento de ver a Lirael, incluso estuvo a punto de recibirla con un abrazo, hasta que olió el barro. Al hacerlo, juntó los brazos abiertos y optó por un elocuente gesto de bienvenida. Lirael comprobó que su sobrino no había dejado en ningún momento de observar a lo lejos, por si se acercaba alguien.
—Gracias por matar a los cuervos —le dijo. Y luego añadió—: He perdido a Nick.
—¡Lo has perdido!
—Lleva dentro un fragmento del Destructor que se apoderó de él. No pude detenerlo. Estuvo a punto de matarme cuando lo intenté.
—¿Un fragmento del Destructor? ¿Cómo hizo para entrar en Nick?
—¡No tengo ni idea! —le soltó Lirael. Inspiró hondo antes de proseguir—. Lo siento. La perra dice que Nicholas lleva dentro una esquirla del metal de uno de los hemisferios. Es todo lo que sé, aunque basta para explicar por qué trabaja con Hedge.
—¿Y dónde está? —preguntó Sam—. ¿Qué... qué vamos a hacer ahora?
—Seguramente está en las barcazas que Hedge utiliza para transportar los hemisferios a Ancelstierre —contestó Lirael.
—¡A Ancelstierre! —exclamó Sam.
De inmediato, como haciéndose eco de su sorpresa, Zapirón salió de la mochila de Sam. El gatito dio varios pasos en dirección a Lirael, frunció el hocico y retrocedió.
—Sí —resopló Lirael sin hacer caso de la reacción de Zapirón—. Al parecer, Hedge... o El Destructor mismo, supongo, saben cómo cruzar el Muro. Llevan los hemisferios en las barcazas y con ellas tratarán de acercarse todo lo posible. Una vez hayan cruzado el Muro, irán a un sitio llamado la serrería de Forwin, donde Nick utilizará mil pararrayos para canalizar toda la fuerza de una tormenta y transmitirla a los hemisferios. Eso permitirá que se junten. Entonces, me imagino que eso que hay dentro volverá a estar entero y libre. Sólo el Gremio sabe lo que pasará entonces.
—La destrucción total —dijo la perra sombríamente—. Será el fin de la vida.
Sus palabras fueron recibidas con un profundo silencio. La perra levantó la cabeza y vio que Sam y Lirael se miraban. El único que seguía impertérrito era Zapirón que aprovechó el momento para lamerse las patitas.
—Creo que ha llegado el momento de que os diga a qué nos enfrentamos —dijo la perra—. Antes debemos encontrar un sitio defendible. Todos los muertos que Hedge utilizó para cavar el foso siguen sueltos y los que tienen fuerzas para salir a la luz del día estarán deseosos de encontrar vidas.
—En la boca del arroyo hay una isla —dijo Sam—. No es gran cosa, pero es mejor que nada.
—Llévanos hasta ahí —le pidió Lirael cansinamente.
Sentía unas ganas inmensas de dejarse caer ahí mismo y taparse las orejas para no oír lo que la perra les iba a contar. Aunque era inútil, porque de nada serviría, debían enterarse.
La isla era un pedazo de tierra cubierto de piedras y árboles raquíticos. En otros tiempos había sido una loma al borde del lago y el arroyo fluía a un costado, pero siglos atrás, el nivel del agua del lago había subido o bien el lecho del arroyo se había partido. La isla se hallaba ahora en la ancha boca del arroyo, limitada al norte, al sur y al este por aguas rápidas y por el este, por las aguas profundas del lago.
Cruzaron hasta allí; Zapirón lo hizo sentado encima de los hombros de Sam y la perra fue nadando por el medio. Lirael se dio cuenta de que, a diferencia de muchos perros, su mascota metía la cabeza en el agua, orejas incluidas. El poder que el agua corriente tenía sobre los muertos y otras criaturas de la magia libre no surtía efecto en la Perra Canalla.
—¿Cómo es posible que te guste nadar y detestes que te bañen? —le preguntó Lirael, una vez en terreno seco, donde se acomodaron en una extensión de arena entre las piedras e improvisaron un campamento.
—Pues porque nadando el olor no se va —contesto la perra—. Y cuando me bañan usan jabón.
—¡Lo que daría yo ahora por un poco de jabón! —exclamó Lirael.
En el arroyo había logrado quitarse parte del barro y el polen rojo, .aunque no todo. Se sentía tan sucia que no era capaz de pensar como era debido. Sin embargo, sabía por experiencia que no debía entretenerse porque si lo hacía, la perra acabaría por no contarles nada. Se sentó encima de la mochila y miró a la Perra Canalla con expectación. Sam imitó a su tía, y Zapirón saltó al suelo, se estiró un poco y luego se acomodó en la arena cálida.
—Habla —le ordenó Lirael—. ¿Qué es eso que está encerrado en el interior de los hemisferios?
—Supongo que el sol ya está lo bastante alto —dijo la perra—. No nos molestarán durante unas cuantas horas. Aunque quizá...
—¡Habla de una vez!
—De acuerdo, de acuerdo —protestó la Perra Canalla, muy digna—. Tengo que encontrar las palabras adecuadas. El Destructor era conocido con muchos nombres, pero el más común es el que escribiré aquí. No lo pronunciéis a menos que sea absolutamente imprescindible, porque hasta su nombre está cargado de poder, ahora que los hemisferios de plata han sido desenterrados.
La perra flexionó la pata y apareció una uña afilada. Garrapateó siete— letras en la arena utilizando la versión moderna del alfabeto más popular entre los magos del Gremio para la comunicación no mágica sobre temas mágicos.
Las letras que trazó formaban una sola palabra.
ORANNIS.
—¿Quién... o qué es esa cosa? —quiso saber Lirael tras haber leído el nombre.
Tuvo la sensación de que sería algo peor de lo que esperaba. En la forma en que Zapirón se agazapaba se notaba una tensión sutil, sus ojos verdes estaban fijos en las letras y la perra se negaba a mirar a su ama.
La mascota de Lirael no contestó a la pregunta, se limitó a mover las patas y a toser.
—Habla, por favor —suplicó Lirael—. Debemos saberlo.
—Es la Novena Eminencia, el ser más poderoso de la magia libre, el que al principio luchó contra los Siete, cuando se formó el Gremio —dijo la perra—. Es El Destructor de mundos y está en su naturaleza oponerse a la creación mediante la aniquilación. Hace mucho tiempo, tanto que no hay forma de calcularlo en años, fue derrotado y partido en os. Cada mitad quedó sojuzgada en el interior de un hemisferio de plata y esos hemisferios quedaron protegidos con siete vínculos y sepultados en lo más profundo de la tierra, de donde no saldría jamás. O eso se creía.
Lirael se mesó nerviosamente el cabello y deseó poder desaparecer para siempre detrás de él. Le entraron unas ganas enormes de reír, gritar, tirarse al suelo y llorar. Miró a Sam, que se mordía el labio sin darse cuenta de que se lo había mordido de veras y la sangre le bajaba por la barbilla.
La perra no dijo nada más y Zapirón siguió mirando fijamente las letras.
ORANNIS.
—¿Y qué haremos para derrotar a algo así? —soltó de repente Lirael—. ¡Ni siquiera soy una Abhorsen hecha y derecha!
Sam sacudió la cabeza mientras hablaba su tía, pero Lirael no logró precisar si lo hacía para negar o afirmar. Siguió sacudiendo la cabeza y la muchacha cayó en la cuenta de que era porque no acababa de entender lo que la perra les había explicado.
—Sigue sojuzgado —dijo la Perra Canalla con un susurro y lamió la mano de su ama para infundirle ánimos—. Mientras los hemisferios sigan separados, El Destructor sólo puede emplear una pequeña parte de su poder y ninguno de sus atributos más destructivos.
—¿Cómo es que no me lo dijiste antes?
—Porque no disponías de la fuerza interior necesaria —respondió la perra—. No sabías quién eres. Ahora lo sabes y estás preparada para conocer a lo que nos enfrentamos. Además, yo tampoco estaba demasiado segura hasta que vi la tormenta de relámpagos.
—Yo lo sabía —dijo Zapirón. Se levantó, se estiró hasta alcanzar una longitud sorprendente, volvió a sentarse y se dedicó a mirarse la pata derecha—. Desde hace siglos.
La perra frunció el hocico con incredulidad y siguió hablando.
—El aspecto más inquietante de todo esto es que Hedge transporta los hemisferios a Ancelstierre. Cuando hayan cruzado el Muro, no sé qué puede ocurrir. Es posible que los pararrayos conectados de los que habla Nick permitan al Destructor unir los hemisferios. Si lo consigue, todos los seres y todas las cosas a ambos lados del Muro están condenados.
—Siempre fue el más poderoso y astuto de los Nueve —aventuró Zapirón—. Debe de haber descubierto que sólo podría volver a ser uno y estar entero en un lugar donde jamás hubiese existido. Y además, debe de haberse enterado de que hemos vulnerado un mundo más allá del nuestro, porque El Destructor fue sojuzgado mucho antes de que se construyera el Muro. ¡Es listo, muy listo!
—Ni que lo admiraras —observó Sam amargamente—. No es la actitud más adecuada en un siervo de los Abhorsens, no sé si te habrás dado cuenta, Zapirón.
—Claro que admiro al Destructor —contestó Zapirón, soñoliento, y se lamió los blancos dientes con la lengua rosada—. Pero de lejos. Para que sepas, no tendría el menor reparo en aniquilarme a mí también, porque me negué a aliarme a él en contra de los Siete cuando reunió a sus huestes hace tantos y tantos sueños perdidos.
—Lo único sensato que has hecho en tu vida —gruñó la perra—. Aunque podías haberte mostrado siempre así de sensato.
—No estoy ni a favor ni en contra —dijo Zapirón—. Habría sido mi condenada. De todas maneras, al final, nadar entre dos aguas me sirvió de poco, porque acabé perdiendo la mayor parte de mi ser. ¡Mala suerte! La vida continúa, en el río hay peces y El Destructor sigue hacia Ancelstierre en pos de la libertad. Siento curiosidad por conocer tu siguiente plan, señora Abhorsen en ciernes.
—No estoy segura de tenerlo —contestó Lirael.
El peligro le saturaba el cerebro. No acababa de entender del todo la amenaza que suponía El Destructor. Eso dio pie a que el cansancio, el hambre y una rabia feroz por notarse maloliente y verse cubierta de barro se impusieran a todos los demás pensamientos.
—Tengo que lavarme y comer algo. Antes tengo una pregunta. O dos, creo. En primer lugar, si El Destructor vuelve a ser uno en Ancelstierre, ¿puede hacer algo? Quiero decir que la magia libre y la del Gremio no funcionan al otro lado del Muro, ¿no es así?
—La magia pierde fuerza —contestó Sam—. Utilizaba la magia del gremio en la escuela, a unos cincuenta kilómetros al sur del Muro, pero en Corvere ya no. También depende de si el viento sopla o no desde el norte.
—En cualquier caso, El Destructor es una fuente de magia libre en sí mismo — aclaró la perra, con aire pensativo—. Si vuelve a ser uno y a quedar libre, podrá ir donde le dé la gana, aunque no sé cómo se manifestaría fuera del Reino. El Muro no conseguiría detenerlo, porque las piedras sólo contienen la fuerza de dos de los Siete. Hace mucho, cuando El Destructor fue sojuzgado, tuvieron que intervenir todos.
—Eso me lleva a la siguiente pregunta —comentó Lirael no sin cierto agobio—. ¿Alguno de vosotros sabe o recuerda exactamente cómo hicieron los Siete para partirlo en dos y encerrarlo en los hemisferios?
—Yo ya estaba sojuzgado, como tantos otros —respondió Zapirón, desdeñoso—. Además, si ahora no soy ni la sombra de quien era hace mil años, con el que fui al principio no guardo parecido alguno.
—En cierto modo yo estuve presente —dijo la perra tras una larga pausa—. Aunque yo también soy apenas una sombra de lo que fui y mis recuerdos nítidos arrancan de una época posterior. Desconozco la respuesta a tu pregunta.
Lirael pensó en un pasaje determinado de El libro del recuerdo y el olvido y suspiró. Había oído la expresión «el principio», aunque no se dio cuenta de que la había visto en ese libro hasta ese mismo instante.
—Creo que sé cómo averiguarlo, aunque no sé si lo conseguiré. En fin, ahora lo único que quiero es lavarme antes de que el barro que llevo pegado a la ropa se convierta en una costra.
—¿Y pensarás algún plan? —inquirió Sam, esperanzado—. Imagino que deberemos de impedir que los hemisferios crucen el Muro, ¿no es así?
—Así es —respondió Lirael—. Monta guardia, ¿quieres?
Caminó con cuidado hasta el arroyo agradecida por que hiciera un día inusualmente caluroso. Por un momento pensó en desnudarse y lavarse a fondo, pero desechó la idea. Ignoraba de qué estaban hechas las escamas de su armadura, pero estaba segura de que no eran metálicas, de manera que la prenda no corría peligro de herrumbrarse. No le hacía ninguna gracia que los muertos la pillaran semidesnuda. Además, hacía calor y ya no llovía, de modo que se iba a secar muy deprisa.
Dejó la espada en la orilla, al alcance de la mano, y junto a ella depositó la bandolera con las campanas. Tendría que limpiarlas a fondo y darle cera a la bandolera. Llevaba tanto barro en la sobrevesta que casi tuvo que arrancársela de encima. La enrolló y la depositó en un remanso no muy profundo, alejado de la corriente.
Oyó un ruido y se volvió para mirar: era la Perra Canalla que bajaba por la orilla con algo amarillo y brillante en la boca. Cuando estuvo al lado de su ama lo escupió con una mezcla de baba y burbujas.
—¡Puaj! —dijo la perra—. Jabón. ¿Ves cuánto te quiero?
Lirael sonrió, cogió el jabón, lo lavó para quitarle los restos de baba perruna y empezó a enjabonarse el cuerpo y la ropa. No tardó en quedar cubierta de espuma, pero eso no contribuyó a dejarla más limpia, pues el barro y el polen rojizo eran muy resistentes al jabón y al agua. La sobrevesta tenía toda la pinta de que iba a quedar manchada para siempre hasta que Lirael dispusiera del tiempo y la energía para hacer una colada mágica.
Lavarse la ropa sin emplear medios mágicos le dio algo en que ocuparse mientras pensaba en el siguiente paso. Cuantas más vueltas le daba, más evidente resultaba que erían incapaces de impedir que Hedge recorriera todo el Reino Antiguo con los hemisferios. La única oportunidad de hacer algo para evitarlo la tendrían en el Muro. Ello suponía ir a Ancelstierre a conseguir toda la ayuda que pudiesen.
Si pese a sus esfuerzos, Hedge cruzaba el Muro con los hemisferios, les quedaba otra posibilidad, impedir que la central productora de rayos de Nick fuese utilizada para devolver al Destructor su unidad.
Y si eso llegaba a fallar... Lirael no quería ni pensar qué recursos debería utilizar después.
Cuando le pareció que estaba bastante limpia, pese a no haberse mudado de ropa, la muchacha caminó hasta donde había dejado sus instrumentos. Limpió cuidadosamente la bandolera y la untó con una capa de cera de abeja, que olía maravillosamente bien, luego cogió un trapo, lo embebió en grasa de ganso y repasó bien a Nehima. Acto seguido, se colocó la sobrevesta, la bandolera con las campanas y el tahalí encima de la armadura.
Sam y la Perra Canalla estaban en la piedra más grande, vigilando la orilla del lago y el cielo. De Zapirón no había ni señales; lo más probable era que se hubiese refugiado en la mochila de Sam. Lirael subió a la piedra. Escogió un sitio entre ambos, donde daba el sol, se sentó al lado de Sam y de la perra, y empezó a comer una galleta de canela para matar el gusanillo.
Sam la observaba mientras comía; se lo notaba tan impaciente que lo más probable era que no la dejara acabar de comer sin darle conversación.
Lirael no le hizo caso, hasta que sacó una moneda de oro y la lanzó al aire. La moneda subió y subió dando vueltas, y cuando Lirael creyó que caería, flotó en el aire sin dejar de dar vueltas. Sam la observó un rato, suspiró y chasqueó los dedos. Al instante, la moneda cayó sobre la palma abierta de su mano.
Repitió la operación varias veces hasta que Lirael le preguntó:
—¿Se puede saber qué es eso?
—Ah, ya has terminado —dijo Sam como quien no quiere la cosa—. ¿Esto? Es una monedapluma. La hice yo.
—¿Para qué sirve?
—Para nada. Es un juguete.
—Sirve para fastidiar a la gente —se oyó decir a Zapirón desde el fondo de la mochila de Sam—. Si no la guardas, me la como.
Sam cerró la mano y la moneda volvió a ocultarse en su manga.
—Imagino que fastidia a la gente —dijo—. Esta que viste es sólo la cuarta que hago. Mi madre rompió dos. Ellimere cogió la última y la aplanó a martillazos, de manera que sólo podía bambolearse a ras del suelo. Bien, ahora que has terminado de comer...
—¿Qué? —dijo Lirael.
—Pues nada, que esperaba que hablásemos de... de lo que vamos a hacer.
—¿Tú qué crees que deberíamos hacer? —preguntó Lirael conteniendo la irritación que le había producido la monedapluma.
Pese a todo, Sam se mostraba menos tenso y nervioso de lo que la muchacha había esperado. A lo mejor se había vuelto fatalista; se preguntó si a ella no le habría pasado lo mismo. Ante la perspectiva de enfrentarse a un enemigo que los superaba de forma tan clara, estaban resignados a hacer lo que podían antes de que los mataran o los esclavizaran. Pero ella no se sentía fatalista. Ahora que estaba limpia, se sentía curiosamente esperanzada, como si de veras pudiesen hacer algo.
—Bueno, a mí me parece —dijo Sam e hizo una pausa para morderse el labio con aire pensativo—. A mí me parece que deberíamos llegar hasta Molino de Forwin...
—La serrería de Forwin —lo corrigió Lirael.
—De Forwin —continuó Sam—. Deberíamos llegar allí primero, con la ayuda que odamos reunir entre los ancelstierranos. No les gusta que nadie lleve a sus tierras nada proveniente del Reino Antiguo, y menos si se trata de algo mágico que no comprenden. Así que si conseguimos llegar allí los primeros y que nos ayuden, podríamos desmontar la central productora de rayos de Nick o quizá podríamos destruirla antes de que Hedge y Nick lleguen con los hemisferios. Sin la central productora de rayos, Nick no será capaz de alimentar los hemisferios con la energía eléctrica necesaria, de manera que lo que hay dentro de ellos continuará sojuzgado.
—Es un buen plan —comentó Lirael—. Pero a mí me parece que deberíamos concentrarnos en impedir que los hemisferios crucen el Muro.
—Existe otra cuestión que hace que ambos planes sean algo inciertos —comentó Sam en tono dudoso—. Me parece que las barcazas que partieron de Edge con destino a la boca del lago Rojo pueden cubrir esa distancia en dos días. Más deprisa si cuentan con la ayuda de vientos conjurados por medios mágicos. De allí, el Muro no queda muy lejos, posiblemente a medio día de camino, en función de la velocidad con que consigan arrastrar los hemisferios. Nosotros tardaremos por lo menos cuatro o cinco días en cubrir esa distancia a pie. Aunque hoy consigamos caballos, llevaremos un día de retraso.
—O más —comentó Lirael—. Yo no sé montar.
—Vaya. Se me olvida siempre que eres una clarvi. Nunca he visto a una montada a lomos de un caballo... Habrá que confiar, pues, en que los habitantes de Ancelstierre no les permitan pasar. Dudo mucho que sean capaces de detener a Hedge, a menos que hubiera una fuerte presencia de Exploradores del Paso Fronterizo...
Lirael sacudió la cabeza y le comentó:
—Tu amigo Nick tiene una carta de su tío. No sé lo que es un ministro supremo, pero Nick parecía muy seguro de poder obligar a los ancelstierranos a que le permitieran cruzar el Muro con los hemisferios.
—¿Por qué te refieres a él como «tu amigo Nick» cuando nos pone las cosas difíciles? —protestó Sam—. Es mi amigo, pero no te olvides que El Destructor y Hedge lo obligan a hacer lo que hace. Él no tiene la culpa.
—Lo siento. Ya sé que él no tiene la culpa, y no volveré a referirme a él como «tu amigo Nick». Pero lo cierto es que tiene esa carta. O mejor dicho, alguien que está al otro lado del Muro la tiene y se va a encontrar con él.
Sam se rascó la cabeza y frunció el ceño, exasperado.
—Depende de por dónde crucen y quién esté al mando —dijo con desaliento—. Imagino que en la frontera los interceptará alguna patrulla formada por miembros del ejército y no del Cuerpo de Exploradores, que son todos magos del gremio. Así que es probable que dejen a Nick, a Hedge y a todos cruzar la frontera. De todos modos, dudo mucho de que las patrullas normales sean capaces de detener a Hedge, aunque se lo propusieran. ¡Ay, si pudiéramos llegar antes que ellos! Conozco bien al teniente Tindall, comandante de la frontera. Podríamos enviar un telegrama a mis padres, a la embajada de Corvere. Si es que siguen allí.
—¿Y nosotros no podríamos ir navegando? —preguntó Lirael—. ¿Dónde podríamos conseguir una embarcación más veloz que las barcazas?
—Edge sería el lugar más cercano —respondió Sam—. Queda a un día de camino hacia el norte, de manera que perderíamos tanto tiempo como el que ahorraríamos. Si Edge sigue estando donde estaba. No quiero ni imaginar cómo consiguió Hedge sus barcazas.
—¿Y corriente abajo? —preguntó Lirael—. ¿No hay algún pueblo de pescadores?
Sam negó con la cabeza distraídamente. Había una manera y él la conocía. Notaba que la idea pugnaba por formarse en su mente, pero no alcanzaba a tomar cuerpo. ¿Cómo llegar al Muro más deprisa que Nick y Hedge?
Tierra, mar... y aire.
—¡Iremos volando! —exclamó levantándose de un salto y tendiendo los brazos al cielo—. ¡Iremos volando con tu piel del Gremio, la del búho!
Esta vez le tocó a Lirael negar con la cabeza.
—Tardaría al menos doce horas en confeccionar dos pieles del Gremio. Tal vez más, porque antes tengo que descansar. Y para aprender a volar como está mandado se precisan dos semanas.
—No hará falta —comentó Sam lleno de entusiasmo—. Mira... me fijé bien cuando hacías la piel del búho bramador y comprobé que sólo hay un par de marcas del Gremio que son clave para determinar su tamaño, ¿o no?
—Tal vez... —dijo Lirael, no muy segura.
—Pues bien, mi idea es que confecciones la piel de un búho bien grande, lo suficiente para llevarme a mí y a Zapirón cogido con tus zarpas—explicó Sam gesticulando como un loco—. No tardarías más de lo normal. Entonces volamos hasta el Muro... lo cruzamos... y ahí vemos cómo proseguimos.
—Excelente idea —dijo la perra con una mezcla de sorpresa y aprobación.
—No sé. No estoy segura de que una piel del Gremio gigante funcione.
—Funcionará —dijo Sam, lleno de confianza.
—Imagino que no nos quedan muchas alternativas —sentenció Lirael en voz baja —. Será mejor que lo intente. ¿Dónde está Zapirón? Me gustaría saber qué opina de tu plan.
—Es un asco —sentenció la voz apagada de Zapirón desde la sombra de la piedra donde estaban sentados los demás—. Aunque no veo por qué no deba dar resultado.
—Hay una cosa más que tal vez deba hacer después —dijo Lirael, con tono de duda—. ¿Desde el otro lado del Muro se puede entrar en el reino de los muertos?
—Claro, depende de cuánto te internes en Ancelstierre, ocurre lo mismo que con la magia —contestó Sam poniéndose muy serio—. ¿Y qué es eso que debes hacer después?
—Utilizar el espejo oscuro para ver el pasado —contestó Lirael y, sin que ella se diera cuenta, su voz adquirió el tono profético de las clarvis—, regresar hasta el principio y ver cómo hicieron los Siete para vencer al Destructor.