Abhorsen
Lathal, el abominable
La quinta puerta era una cascada al revés, una cuesta líquida. El río golpeaba contra un muro invisible y, a partir de ese momento, fluía hacia arriba. La cinta negra del sendero que cruzaba el quinto recinto terminaba abruptamente en esta cuesta líquida y dejaba una brecha. Lirael y la Perra Canalla miraron hacia arriba desde el final del sendero y notaron un nudo en la garganta. Desorientaba mucho eso de ver el agua subir en lugar de caer. Por suerte, antes de que ascendiera demasiado, la cascada al revés se perdía en una bruma gris. Pese a todo, Lirael tuvo la desagradable sensación de que su cuerpo ya no se regía por las normas de la gravedad y que podía caer hacia arriba.
Esa sensación se vio alimentada por sus conocimientos: sabía que eso era exactamente lo que ocurriría cuando pronunciara el hechizo de la magia libre para cruzar la quinta puerta. Allí no había ni sendero ni escaleras... el hechizo servía simplemente para que la cuesta líquida no te arrastrara demasiado lejos.
—Será mejor que te agarres de mi collar, amita —sugirió la perra mientras de reojo veía subir el agua—. De lo contrario, el hechizo no me incluirá.
Lirael envainó la espada, se agarró del collar de la perra y notó en las manos el calorcillo y la cómoda familiaridad de las marcas del Gremio que lo formaban. Tuvo una extraña sensación de haber estado en esa situación cuando pasó los dedos por el collar, como si conociera las marcas del Gremio por otras circunstancias... otras circunstancias relativamente nuevas y no por las miles de veces que lo había tenido entre sus manos. No tenía tiempo de investigar a fondo para sacar conclusiones.
Asida con fuerza a la perra, Lirael pronunció las palabras que las haría subir la cuesta líquida y, una vez más, notó el calor de la magia libre en la nariz y la garganta. Al final, cabaría quedándose afónica, pensó, pero otro efecto secundario era que se había curado del resfriado pillado en Ancelstierre. Sin embargo, allá en el mundo de los vivos, tal vez su cuerpo verdadero siguiera resfriado. No conocía a fondo cómo esas cosas que ocurrían en el más allá podían afectarla en el reino de los vivos. Sobre lo que no cabía ninguna duda era que si la mataban en el más allá, el cuerpo que había dejado en el mundo de los vivos también moriría.
El hechizo tardó en arrancar y, por un momento, Lirael sopesó la posibilidad de volver a pronunciarlo. Entonces vio que una cortina de agua salía de la superficie de la cuesta líquida y se movía como un tentáculo extrañísimo, delgado y muy ancho. Cruzó la brecha hasta llegar a la cinta del sendero en una serie de extensiones temblorosas y envolvió a Lirael y a la perra como una manta amplia, aunque sin llegar a tocarlas. Comenzó entonces a ascender por la cuesta líquida, a la misma velocidad que la corriente vertical, llevándose con ella a Lirael y a la perra a la que se asía con firmeza.
Subieron a buen ritmo durante varios minutos, hasta que el recinto situado más abajo se perdió de vista en la luz grisácea. La cuesta líquida seguía subiendo, tal vez eternamente, pero la extensión que sostenía a Lirael se detuvo y, tras detenerse, volvió a incorporarse súbitamente a la cuesta líquida lanzando a sus pasajeras al otro lado.
Lirael parpadeó al verse proyectada hacia lo que su sentido común identificaba como un precipicio, pero la parte trasera de la cuesta líquida no obedecía las normas del sentido común, de la misma manera que la cuesta líquida desafiaba las leyes de la gravedad. La Abhorsen no supo cómo, pero la extensión las había impulsado al recinto siguiente, el sexto, un lugar donde el río volvía a ser poco profundo y sin corriente. Pero había allí muchos, muchísimos muertos.
Lirael los notó con tanta fuerza que muy bien podían haberse encontrado de pie, a su lado, y probablemente algunos lo estuvieran, debajo del agua. Soltó rápidamente el collar de la Perra Canalla y desenvainó a Nehima; la espada soltó una especie de zumbido al salir de la vaina.
Llevar la espada en una mano y la campana en la otra servía de advertencia suficiente a la mayoría de los muertos. En cualquier caso, la gran mayoría de ellos se encontraba allí a la espera de que sucediera algo y se veían obligados a continuar adelante, puesto que carecían de la fuerza de voluntad y del conocimiento para desandar el camino recorrido. Pocos eran los que luchaban activamente por regresar a la vida.
Los que sí lo hacían vieron la inmensa chispa de vida en Lirael y la ansiaron con gran avidez. Otros nigromantes habían aliviado esas ansias en ocasiones anteriores ayudándolos a regresar desde la orilla de la Novena Puerta, de buen grado o no. Éste, en particular, era joven, por lo que constituía una presa fácil para cualquier muerto mayor que anduviera cerca.
Y allí cerca había exactamente tres.
Lirael descubrió unas sombras muy grandes que acechaban entre los espíritus menores y más apáticos; donde habían tenido los ojos brillaban sendas hogueras. Eran tres y estaban lo bastante cerca para interponerse en su camino... y eran demasiados.
Una vez más, El libro de los muertos explicaba qué hacer en caso de que, al entrar en el sexto recinto, se encontrara en esa situación. Y, como de costumbre, la Perra Canalla estaba a su lado.
Cuando los tres monstruosos muertos menores se abalanzaron sobre ella, Lirael guardó a Ranna y empuñó a Saraneth. Esta vez afirmó los pies, hizo tañer la campana y, a su sonido, sumó su indómita voluntad.
Las criaturas muertas vacilaron ante la voz potente de Saraneth, cuyo eco se propagó por el recinto, y se dispusieron a pelear, a enfrentarse a aquella nigromante presuntuosa que se creía capaz de manejarlos a su antojo.
Y entonces rieron, una risa espantosa que reverberó como una inmensa multitud atrapada entre la pena y lo absurdo. Esta nigromante era tan incompetente que había centrado su voluntad no en ellos, sino en los muertos menores que pululaban por ahí.
Sin dejar de reírse, los muertos mayores avanzaron, impulsados por una avidez incontenible, mientras se miraban de reojo para calcular si los otros eran más débiles y podían quitarlos de en medio. Porque el primero que alcanzara a esta nigromante gozaría del deleite de consumir gran parte de su vida. Vida y poder, las únicas cosas que permitían equiparse para proseguir el largo viaje que los sacara del reino de los muertos.
Ni siquiera se percataron de los primeros espíritus que se agarraron a sus piernas oscuras o les mordieron los tobillos; se los quitaban de encima como una persona viva espanta a unos cuantos mosquitos.
Cada vez fueron más los espíritus que salían del agua y se abalanzaban sobre los tres muertos mayores. Los tres se vieron obligados a detenerse y a echar a estos molestos muertos menores, se los arrancaron con violencia de encima y los partieron con sus garras de fuego. Los tres estaban enfurecidos, daban patadas y soltaban golpes por doquier, rugían de rabia, ninguno reía.
Distraído, el muerto mayor más próximo a Lirael apenas notó el hechizo del Gremio que le revelaba su nombre a la muchacha, y tampoco la vio cuando se acercó donde estaba luchando contra la masa arremolinada formada por sus hermanos menores.
Lirael consiguió toda la atención de la criatura cuando sonó una nueva campana que reemplazó la orden estridente de Saraneth con una marcha nerviosa. Esta campana se llamaba Kibeth y, cerca de la cabeza de aquella cosa, emitió un tono atroz reservado sólo para sus oídos. Una melodía que aquella criatura no podía dejar de oír, ni siquiera cuando la campana hubo cesado de sonar.
—¡Lathal, el abominable! —ordenó Lirael—. Te ha llegado la hora. ¡La Novena Puerta te llama y deberás cruzarla!
Lathal lanzó un grito mientras Lirael hablaba, un grito cargado de una angustia milenaria. Conocía aquella voz, porque en los últimos mil años, Lathal había recorrido en dos ocasiones la larga senda de regreso a la vida, sólo para que otros lo obligaran a regresar al más allá con ese mismo tono gélido. Y siempre había conseguido impedir que lo obligaran a trasponer la última puerta. Ahora, Lathal no volvería a caminar jamás bajo el sol, ni a beber el dulce néctar de los vivos confiados. Se encontraba demasiado cerca de la Novena Puerta y la fuerza que lo impulsaba a internarse en el más allá era irresistible.
Drubas y Sonnir oyeron la campana, el grito y la voz, y supieron de inmediato que no se trataba de una nigromante insensata, sino de la Abhorsen misma. Una nueva, porque a la anterior la conocían y habrían salido corriendo. La espada también era distinta, pero la recordarían para futuras ocasiones.
Sin dejar de gritar, Lathal se volvió y empezó a alejarse a los tumbos; los muertos menores le arrancaban las piernas a trozos, andaba vacilante por el agua e intentaba una y otra vez darse la vuelta sin conseguirlo.
Lirael no lo siguió, no quería estar demasiado cerca cuando Lathal cruzara la sexta puerta, por si la corriente se la llevaba a ella también. Con macabra satisfacción comprobó que los otros muertos mayores se alejaban a toda prisa, abriéndose paso a golpes entre los espíritus que continuaban acosándolos.
—¿Me dejas que los persiga, amita? —preguntó la Perra Canalla entusiasmada, mientras veía a las negras siluetas internarse en la oscuridad—. ¿Me dejas?
—No —contestó Lirael, rotunda—. A Lathal conseguí sorprenderlo. Los otros dos estarán ahora en guardia y juntos serían mucho más peligrosos. Además, no tenemos tiempo.
Mientras decía esto, el grito de Lathal se vio interrumpido de pronto y Lirael notó que el gua del río le subía por las piernas. Apartó los pies y aguantó firme, apoyada en la perra que aguantaba como una roca. La corriente tiró con fuerza durante un momento y amenazó con arrastrarla. Al cabo de unos minutos desapareció y, una vez más, las aguas del sexto recinto se calmaron.
Lirael se puso a vadear hasta el lugar donde pudiera llamar a la sexta puerta. A diferencia de los otros recintos, la puerta que se alzaba en el sexto no se encontraba en ningún sitio determinado. Se abría de vez en cuando, al azar, lo cual resultaba sumamente peligroso, o podía abrirse en cualquier sitio, a cierta distancia de la quinta puerta.
Por si llegaba a ser igual a la puerta anterior, Lirael se agarró al collar de la Perra Canalla, aunque para ello hubo de envainar a Nehima. Recitó el hechizo y entre frase y frase se humedeció los labios para aliviar el calor abrasador de la magia libre.
A medida que se fue formando el hechizo, el agua se escurrió por un círculo de unos tres metros de ancho, justo debajo de Lirael y la perra. Cuando todo quedó seco, el círculo comenzó a hundirse y el agua a elevarse a su alrededor. Se hundió más y más deprisa, hasta que se vieron en la base de un estrecho cilindro de aire seco perforado en los noventa metros de agua.
Entonces, en medio de un gran rugido las paredes líquidas del cilindro se vinieron abajo, cayeron en todas las direcciones. Tras varios minutos, las aguas terminaron de pasar y la espuma y el rocío disminuyeron. El río volvió entonces a fluir alrededor de las piernas de Lirael. El aire se aclaró y la muchacha vio que estaban de pie, en medio del río, y que la corriente intentaba una vez más tragárselas.
Habían llegado al séptimo recinto y Lirael divisó la primera de las tres puertas que señalaban las zonas más profundas del reino de la muerte. La séptima puerta, una línea infinita de fuego rojo que ardía de forma inquietante sobre la superficie del agua y desprendía una luz intensa e inquietante después del gris uniforme de los recintos anteriores.
—Nos estamos acercando —dijo Lirael con una mezcla de alivio por haber llegado tan lejos y de aprensión por el camino que aún faltaba recorrer.
La Perra Canalla no le prestaba atención, miraba hacia atrás levantando las orejas. Cuando por fin miró a Lirael, se limitó a informarle:
—Nuestro perseguidor nos está dando alcance, ama. ¡Creo que es Hedge! ¡Debemos darnos más prisa!