Abhorsen
Desayuno de cuervos
El sol ya casi se había puesto cuando Lirael, Sam y la Perra Canalla llegaron al pie de la Escalera, y la sombra de los Despeñaderos Largos se extendía por toda la llanura del Renegado. Lirael encontró sin dificultades la fuente, un manantial de agua clara y burbujeante de diez metros de ancho. Tardaron algo más en descubrir el comienzo de la Escalera, pues el sendero era estrecho, excavado profundamente en la cara del precipicio y oculto tras salientes y contrafuertes de piedra afilada.
—¿Podemos subir de noche? —preguntó Lirael, indecisa, al tiempo que levantaba la vista y contemplaba la mole de piedra del despeñadero que se cernía sobre ellos y los últimos rayos de sol, a trescientos metros de donde se encontraban.
No acababa allí el despeñadero, sino que continuaba y no se veía la cima. Lirael había subido muchas escaleras y recorrido estrechísimos pasadizos en el Glaciar de las Clarvis, pero nunca había viajado al aire libre, bajo el sol o la luna.
—No deberíamos arriesgarnos a encender luces —comentó la perra, hasta ese momento sumida en un silencio poco habitual en ella. Seguía con el rabo entre las patas, en lugar de menearlo alegremente, como hacía siempre—. Podría guiaros, aunque en la oscuridad será peligroso si alguno de los escalones se ha desmoronado.
—Habrá luz de luna —comentó Sam—. Anoche estaba en cuarto creciente y el cielo está bastante despejado. Pero no saldrá hasta primeras horas de la madrugada. Por lo menos una hora después de medianoche. Deberíamos esperar hasta entonces o bien hasta mañana.
—No quiero esperar —masculló Lirael—. Siento... una sensación de ansiedad que no logro describir. En la visión de la que me hablaron las clarvis, me veían a Nicholas y a mí en el lago Rojo... noto que se está alejando, como si de alguna manera ese momento fuera a escapárseme. Que se convertirá en pasado en lugar de en un posible futuro.
—Si nos caemos de los Despeñaderos Largos en plena noche, no llegaremos más deprisa —dijo Sam—. Me vendría bien comer algo y descansar unas horas antes de empezar el ascenso.
Lirael estuvo de acuerdo. También estaba cansada. Le dolían las pantorrillas y tenía los hombros resentidos por el peso de la mochila. Notaba además otro cansancio y estaba segura de que a Sam le pasaba lo mismo. Era un cansancio del espíritu derivado del impacto de haber perdido a Zapirón, y sentía de veras unas ganas enormes de acostarse al lado del fresco manantial y de dormir, con la vana esperanza de que el nuevo día fuese más propicio. Recordaba aquella sensación de sus días de infancia. Entonces, ansiaba conciliar el sueño con la esperanza de que por la mañana, al despertar, hubiese adquirido el don de la visión. Ahora sabía que el nuevo día no le depararía nada bueno. Necesitaban descansar, unque no mucho tiempo. Hedge y Nicholas no descansarían; tampoco Chlorr y sus braceros muertos.
—Esperaremos a que salga la luna'—dijo descargando la mochila y sentándose cerca de ella, en una piedra.
En cuanto se hubo sentado, se levantó de un salto con la espada en la mano a tal velocidad que ni siquiera fue consciente de haber desenvainado; la perra se plantó como una flecha delante de su ama y empezó a ladrar. Lirael se dio cuenta al cabo de un momento de que el ladrido no contenía resonancias mágicas y vio entonces el destinatario del ataque de su mascota.
Un conejo corría en zigzag entre las piedras caídas tratando desesperadamente de que la perra no lo agarrara. La persecución acabó a poca distancia aunque el resultado no quedaba claro. Un montón de tierra salió volando por el aire, se levantó una nube de polvo y piedras, y Lirael supo que el conejo se había metido en su madriguera y la perra había empezado a cavar.
Sam seguía sentado junto a su mochila. Se había levantado unos segundos después que Lirael y, al darse cuenta de lo que ocurría, había vuelto a sentarse. Miraba el agujero abierto en la parte alta de la mochila.
—Al menos estamos vivos —dijo Lirael interpretando aquel silencioso examen de la rotura como remordimientos de conciencia por la pérdida de Zapirón.
Sam levantó la vista, sorprendido. Tenía en la mano un costurero y se disponía a abrirlo.
—Ah, no, no estaba pensando en Zapirón. Al menos en este momento. Me preguntaba cuál sería la mejor forma de coser el agujero. Supongo que tendré que ponerle un remiendo.
A Lirael se le escapó una carcajada no muy entusiasta y le dijo:
—Me alegro de que pienses en remendar la mochila. Yo no... no puedo dejar de darle vueltas a lo que pasó. Las campanas que trataban de sonar por sí solas, la dama blanca... Astarael... la presencia de la muerte.
Sam eligió una aguja larga y cortó con los dientes un buen trozo de hilo negro del carrete. Frunció el ceño al enhebrarla y, para no mirar a Lirael, se volvió hacia el sol poniente y comenzó a hablar.
—Resulta raro, porque desde que me enteré de que tú eras la Abhorsen en ciernes y no yo, no he tenido miedo. Bueno, que yo también me llevé un buen susto, pero no era lo mismo. Ahora no soy responsable. Quiero decir, soy responsable, porque soy un príncipe del Reino, pero de cosas normales. No de los nigromantes, de la muerte y de las criaturas de la magia libre.
Hizo una pausa para anudar el extremo del hilo y miró a Lirael.
—Y los enviados me dieron esta sobrevesta. Y la llana. La llana de los constructores del Muro. Me la dieron y... estuve pensando que es como si mis antepasados me estuviesen diciendo que es correcto construir cosas. Sirvo para eso, para hacer cosas y para ayudar a la Abhorsen y al rey. Y eso es lo que voy a hacer, y me esmeraré cuanto pueda, y si con eso no basta, al menos habré hecho cuanto podía, cuanto estaba en mi mano hacer. No tengo que tratar de ser otro, alguien que jamás podría ser.
Lirael no le contestó. Apartó la vista y contempló a la perra que regresaba con un conejo muerto entre los dientes.
—Acena —dijo la perra y, tras soltar su presa a los pies de Lirael, repitió—: La cena. —Algo más animada, movió la punta de la cola y añadió—: Iré a por otro.
Lirael recogió el conejo. La perra le había partido el pescuezo causándole la muerte instantánea. La muchacha sintió que el espíritu del animal estaba cerca, en el reino de la muerte, pero se concentró y borró la sensación. Le pesaba aquel cuerpecito inerte y le habría gustado arreglárselas con un poco del pan y el queso que los enviados le habían etido en la mochila. Pero ya se sabe cómo son los perros, pensó, y si se les presenta un conejo...
—Lo despellejo yo —se ofreció Sam.
—¿Cómo lo cocinaremos? —preguntó Lirael entregando encantada el animal.
Había comido conejo en otras ocasiones, pero crudo, cuando llevaba la piel de búho bramador, o guisado y servido en los refectorios de las clarvis.
—Bastará con una pequeña fogata debajo de una de estas piedras —le dijo Sam —. Lo haré dentro de un rato, para que no se vea el humo y podamos ocultar bien la llama.
—Lo dejo en tus manos. La perra se comerá el suyo crudo, estoy segura.
—Deberías dormir —le sugirió Sam mientras con el pulgar comprobaba el filo del cuchillo—. Tienes una hora antes de que el conejo esté listo.
—Cuidas de tu vieja tía, ¿eh? —comentó Lirael sonriendo.
Era apenas dos años mayor que Sameth, pero en cierta ocasión le había dicho que era mucho mayor y él la había creído.
—Ayudo a la Abhorsen en ciernes —dijo Sameth, y le hizo una reverencia, aunque no del todo en broma.
Se inclinó y con un movimiento diestro cortó la piel del animal y lo despellejó entero, como quien le quita la funda a una almohada.
Lirael lo observó un momento, luego se alejó, se acostó en el suelo de piedra y apoyó la cabeza en la mochila. Cómoda no estaba, porque todavía llevaba la armadura y las botas puestas. Pero le daba igual. Se acostó boca arriba y miró el cielo mientras el último azul iba desapareciendo y aparecía el negro y las estrellas comenzaban a titilar. No notaba cerca la presencia de ninguna criatura muerta ni de magia libre y el cansancio que llevaba dentro apareció de golpe multiplicado por mil. Parpadeó dos veces, tres veces, no pudo mantener los ojos abiertos más tiempo y se quedó dormida como un tronco.
Despertó en medio de la oscuridad y percibió el brillo de las estrellas y el pálido fulgor rojo de una fogata escondida con arte. Vio la silueta de la perra sentada cerca, pero de Sam no había señales, hasta que advirtió un bulto, del tamaño de un hombre, tumbado en el suelo.
—¿Qué hora es? —murmuró; la perra se movió y se le acercó con sigilo.
—Cerca de medianoche —le contestó en voz baja—. Nos pareció mejor dejar que durmieras y luego convencí a Sam para que se echara a descansar y me dejara a mí de guardia.
—No te habrá sido fácil —dijo Lirael, se incorporó y al estirarse lanzó un gemido —. ¿Ha ocurrido algo?
—No. Todo está tranquilo, salvo las cosas habituales que ocurren de noche. Espero que Chlorr y los muertos sigan vigilando la Casa y que sigan haciéndolo varios días más.
Lirael deseó lo mismo mientras andaba a tientas entre los peñascos y, con paso delicado, se acercó a la fuente. Era la única mancha brillante en medio de la noche serena y oscura; su superficie reflejaba la luz de las estrellas. La muchacha se lavó la cara y las manos; al contacto del agua fría se despertó del todo.
—¿Te has comido mi ración de conejo? —susurró Lirael mientras intentaba regresar donde había dejado la mochila.
—¡Ni pensarlo! —exclamó la perra—. ¡Como si fuera capaz de hacerlo! Además, Sameth lo dejó en el puchero y le puso la tapa.
Eso no habría sido ningún impedimento para la perra, pensó Lirael cuando dio con el puchero de hierro fundido que había junto al fuego medio apagado. Los trozos de carne se habían cocido demasiado, pero el guiso estaba tibio y tenía buen sabor. Una de dos, o Sam había encontrado hierbas o los enviados las habían incluido en el equipaje. Lirael se puso contenta al notar que no llevaba romero; no quería ni oler esa hierba.
Cuando terminó de dar cuenta del guiso, de lavarse las manos y de fregar el puchero con un puñado de arena de la fuente, la luna había empezado a asomar. Tal como había dicho Sam, llevaba unos días en cuarto creciente, estaba casi llena e iluminaba todo el cielo. Bajo su luz, la muchacha veía claramente el suelo. Bastaría para subir la Escalera.
Cuando Lirael sacudió a Sam, el chico se despertó de inmediato y llevó la mano a la espada. No hablaron. En la quietud de la noche había algo que impedía conversar. Lirael cubrió el fuego con tierra, Sam se echó agua en la cara y se ayudaron a echarse las mochilas a la espalda. La perra daba vueltas nerviosamente mientras ellos se preparaban, movía la cola sin cesar, ansiosa por emprender la marcha.
La Escalera comenzaba en un corte profundo que se adentraba en el acantilado unos veinte metros, de modo que al principio daba la impresión de que se convertiría en un túnel. Aunque estaba abierto al cielo y no tardó en describir una curva y comenzar a ascender por el acantilado hacia el oeste. Los escalones eran idénticos, con el mismo ancho, la misma altura y profundidad: aunque subía de forma acompasada y sin complicaciones, resultaba agotador.
A medida que subían, Lirael comprendió que el acantilado no era, como ella había pensado, una cara única, casi vertical, de piedra dura. En realidad se componía de varios cientos de caras de piedra escalonada, como si alguien hubiera aireado una resma de papel y las hojas hubiesen caído desde lo alto. El sendero escalonado estaba construido entre las caras y encima de ellas, avanzaba hasta que debía doblar y entonces se adentraba más en el acantilado para llegar hasta la cara que había por encima.
La luna se elevó más a medida que subían y el cielo se hizo más claro. Cada vez que se detenían a descansar, sus cuerpos proyectaban una sombra, y Lirael observaba las tierras de allá abajo, las colinas lejanas hacia el sur y la zigzagueante cinta de plata del río Renegado que fluía hacia el este. Con la forma de un búho había sobrevolado muchas veces el Glaciar de las Clarvis y los montes gemelos Estrella y Ocaso, pero era algo distinto. Los sentidos del búho no eran lo mismo, y en sus anteriores incursiones siempre había sabido que al amanecer estaría a salvo y arropada en su cama, en la seguridad del refugio de las clarvis. Aquellos vuelos habían sido pura aventura. Éste era mucho más serio, por lo que le resultaba imposible disfrutar del frescor de la noche y del brillo de la luna.
Sam también oteaba el horizonte. Hacia el sur no veía el Muro, estaba muy lejos, pero reconoció los montes. Barhedrin era uno, antes llamado Cima Partida, donde había una piedra del Gremio y, desde los tiempos de la Restauración, una torre que constituía el cuartel general de la Guardia situado más al sur. Al otro lado del Muro se encontraba el país de Ancelstierre. Un país extraño, incluso para Sameth, que había vivido en él cuando era estudiante. Un país sin el Gremio ni la magia libre, exceptuando sus regiones del norte, las más próximas al Reino Antiguo. Sameth pensó en sus padres, que se encontraban al sur de aquel país. Intentaban hallar una solución diplomática para impedir que los habitantes de Ancelstierre enviasen a los refugiados sureños al otro lado del Muro, a una muerte segura que, después, los sometería al caprichoso mando del nigromante Hedge. No podía tratarse de una coincidencia, pensó Sam sombríamente, que el problema de los refugiados sureños se hubiese planteado al mismo tiempo que Hedge dirigía la excavación para desenterrar un mal antiquísimo que se encontraba encerrado cerca del lago Rojo. Todo indicaba que estaban ante un plan a largo plazo bien pergeñado a ambos lados del Muro. Algo realmente inusual que no presagiaba nada bueno. ¿Qué esperaba conseguir un nigromante del Reino Antiguo en el mundo que había al otro lado del Muro? Sabriel y
Piedra de Toque creían que el enemigo planificaba conseguir que cientos de miles de sureños cruzaran el Muro para matarlos con un veneno o un hechizo y convertirlos en un ejército de muertos. Cuanto más pensaba en ello, más dudas le entraban a Sam. Si ésa era la única intención del enemigo, ¿qué era lo que estaban desenterrando? ¿Y qué papel desempeñaba en todo aquello su amigo Nicholas?
Los descansos se hicieron más frecuentes a medida que la luna fue bajando por el cielo. Pese a la regularidad y la buena factura de los escalones, la subida era empinada y estaban cansados. La Perra Canalla seguía corriendo como una desaforada delante de ellos, a veces volvía sobre sus pasos para asegurarse de que su ama la seguía, pero Lirael y Sam comenzaban a perder fuelle. Caminaban con regularidad mecánica, la cabeza inclinada. Un nido lleno de polluelos de búho de los acantilados, que encontraron cerca del sendero, apenas mereció una breve mirada de Lirael y ni siquiera un somero vistazo de Sameth.
Seguían subiendo cuando el este se tiñó de rojo y la fría luz de la luna cobró color. Pronto hubo claridad suficiente para que la luna desapareciera y los pájaros comenzaran a cantar. Los vencejos salían de las hendiduras del acantilado y echaban a volar en busca de los insectos llevados por la brisa matinal.
—Debemos de estar cerca de la cima —dijo Sam en un descanso, los tres dispersos por el angosto sendero, la perra casi a la altura de la cabeza de Lirael, Sameth más abajo, su cabeza llegaba al nivel de la rodilla de su tía.
Sam se apoyó en la cara del acantilado mientras hablaba y de inmediato se apartó lanzando un grito: se había pinchado las piernas con las ramas de un espino.
Lirael temió por un momento que fuese a despeñarse, pero el chico recuperó el equilibrio y se dobló para arrancarse las espinas.
La Escalera daba más miedo a la luz del día, pensó Lirael mientras miraba hacia abajo. Un solo paso a la izquierda y caería, tal vez no llegara al suelo, pero al menos a la saliente de roca de más abajo, a veinte metros de donde estaba, altura suficiente para romperse los huesos o matarse directamente.
—¡No me había dado cuenta! —dijo Sam, que había dejado de arrancarse las espinas y se había arrodillado para quitar el polvo y los restos de piedra de los escalones que tenía más a mano—. Los escalones son de ladrillos. De todos modos tuvieron que excavar la piedra, ¿para qué recubrirla de ladrillos?
—No tengo ni idea —contestó Lirael y, al darse cuenta de lo que Sam estaba preguntándose, añadió—: ¿Tiene alguna importancia?
Sam se levantó y se sacudió las rodillas.
—Supongo que no. Pero choca. Debe de haber sido un trabajo titánico, sobre todo porque no se aprecian signos de ayuda mágica. Imagino que utilizarían enviados, aunque ellos suelen dejar alguna marca...
—Sigamos —dijo Lirael—. Vayamos hasta la cima. A lo mejor allí encontraremos alguna pista sobre la construcción de la Escalera.
Mucho antes de llegar a la cima de la Escalera, Lirael había perdido todo interés por las placas y los monumentos de los constructores. El terrible presentimiento que le rondaba por la cabeza fue haciéndose más y más fuerte a medida que ascendían las últimas decenas de metros y, poco a poco, fue tomando forma concreta. Notó un frío en las tripas; supo que lo que esperaba en lo alto sería un lugar donde merodeaba la muerte. No se trataba de uertes recientes, ni de muertes inminentes, pero eran muertes al fin.
Supo que Sam también lo sentía. Se miraron con aire sombrío mientras la Escalera se ensanchaba por fin al llegar a lo alto. Sin necesidad de hacer ningún tipo de comentarios, dejaron de avanzar en fila india y formaron un frente común. La perra se hizo algo más grande y se mantuvo al lado de su ama.
El sentido de la muerte de Lirael se vio confirmado por la brisa que los golpeó en los últimos escalones. Una brisa que llevaba consigo un hedor insoportable y les sirvió de advertencia momentos antes de llegar a lo alto de la Escalera, desde donde vieron un campo yermo sembrado de cadáveres de cientos de hombres y muías. Una nube de cuervos se apiñaba sobre los cuerpos, arrancaban la carne con picos afilados y se disputaban los trozos.
Por suerte, se vio enseguida que los cuervos eran pájaros normales. En cuanto la Perra Canalla corrió hacia ellos se dispersaron graznando su disgusto porque les habían interrumpido el desayuno. Lirael no notaba la presencia de ningún muerto; no obstante, sacó a Saraneth y empuñó a Nehima, su espada. Pese a la distancia, sus sentidos nigrománticos le indicaban que los cuerpos llevaban días allí, aunque en realidad habría bastado con el olfato, pues el hedor era inaguantable.
La perra volvió corriendo junto a su ama e inclinó la cabeza, inquisitiva. Lirael asintió y su mascota se alejó mientras iba olfateando el suelo alrededor de los cuerpos cada vez en círculos más amplios, hasta que desapareció detrás de una mata de espinos particularmente poblada. Del árbol más alto colgaba un cuerpo, lanzado allí por algún viento huracanado o por alguna criatura más fuerte que cualquier hombre.
Sam se acercó a Lirael espada en mano; las marcas del Gremio del arma desprendían un pálido reflejo bajo los rayos del sol. Había amanecido del todo, la luz era intensa, algo bastante extraño para tratarse de un campo de la muerte, pensó Lirael. ¿Cómo era posible que un sol tan rico luciera en un lugar semejante? Debería estar sumido en la oscuridad y envuelto en la niebla.
—Por el aspecto parecen un grupo de mercaderes —comentó Sam cuando se acercaron más—. Me pregunto qué...
Por la forma en que estaban esparcidos los cadáveres resultaba evidente que huían de algo. Todos los cuerpos de los mercaderes, que se distinguían por sus ropas suntuosas y la falta de armas, se encontraban más cerca de la Escalera. Los guardias habían caído en la defensa de sus amos, en una línea situada unos veinte metros más atrás. Un último intento por resistir a un enemigo que no pudieron dejar atrás.
—Hará de esto una semana o más —dijo Lirael caminando hacia los cuerpos—. Hace mucho ya que sus espíritus partieron. Espero que hacia el reino de los muertos, aunque no estoy segura de que no hayan sido... recolectados para usarlos en el mundo de los vivos.
—¿Y por qué dejarían los cuerpos? —preguntó Sam—. ¿Y qué pudo causar esas heridas?
Señaló a los guardias muertos, cuyos plaquines de malla habían sido atravesados en dos sitios. Los agujeros eran del tamaño del puño de Sam y tenían los bordes chamuscados; los anillos de acero y el cuero que había debajo estaban negros, como si los hubiese tocado el fuego.
Lirael guardó con cuidado a Saraneth y se acercó para ver mejor el cuerpo y las extrañas heridas. Intentó contener la respiración a medida que avanzaba, pero al llegar a poca distancia del cadáver, se detuvo y aspiró hondo. El hedor insoportable le penetró en la nariz y los pulmones. Era tan asqueroso que le dieron arcadas y se apartó para vomitar. Inmediatamente después, Sam hizo otro tanto y los dos arrojaron el conejo y el pan que habían comido.
—Lo siento —dijo Sam—. No soporto que la gente vomite. ¿Te encuentras bien?
—Lo conocía —comentó Lirael.
Echó otro vistazo al guardia. Al hablar se le quebraba la voz hasta que inspiró bien hondo y siguió diciendo:
—Lo conocía. Hace años fue al Glaciar y habló conmigo en el refectorio inferior. Entonces el plaquín le quedaba grande.
Aceptó la botella que le ofrecía Sam, se echó agua en las manos y se enjuagó la boca.
—Se llamaba... la verdad es que no me acuerdo bien. Larrow o Harrow, o algo por el estilo. Me preguntó cómo me llamaba y no le contesté...
Vaciló, iba a agregar algo más, pero calló al ver que Sam se volvía como mordido por una serpiente.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Que?
—Un ruido, por ahí —contestó Sam, señalando una muía muerta tendida al borde de un barranco no muy profundo que bajaba a los acantilados. No se le veía la cabeza porque le colgaba hacia el barranco.
Mientras la observaban, la muía se movió ligeramente, luego dio una sacudida y se deslizó hacia el barranco. Se le veían los cuartos traseros; el resto quedaba oculto. A continuación, la grupa y las patas traseras de la muía comenzaron a agitarse.
—¡Algo se la está comiendo! —exclamó Lirael con asco.
Vio en el suelo las marcas dejadas por el animal tras ser arrastrado, todas conducían al barranco. Allí había habido otros cuerpos de hombres y de muías. Alguien... o algo los había arrastrado hacia la estrecha zanja.
—No veo nada muerto —dijo Sam, nervioso—. ¿Y tú?
Lirael negó con la cabeza. Se quitó la mochila y sacó el arco, lo tensó y colocó una flecha. Sam desenvainó otra vez la espada.
Avanzaron poco a poco hacia el barranco mientras la muía desaparecía gradualmente de la vista. Poco antes de llegar al borde oyeron un ruido seco, como de deglución, aunque también sonaba como si alguien estuviera paleando arena. De vez en cuando, el sonido iba acompañado de un borboteo.
Seguían sin ver nada. El barranco era profundo, de apenas un metro de ancho, y lo que estuviera en él debía de encontrarse justo debajo de la muía. Lirael no sentía nada muerto, pero en el aire flotaba un olor penetrante.
Los dos reconocieron a la vez de qué se trataba. El olor acre y metálico, característico de la magia libre. Era tan sutil que resultaba imposible saber de dónde provenía. Tal vez del barranco o quizá viajara con la brisa.
Cuando se encontraron a pocos pasos del borde del barranco, las patas traseras de la muía desaparecieron del todo, los cascos salieron volando en una lúgubre parodia de la vida. El mismo borboteo acompañó la desaparición del cuerpo.
Lirael se detuvo en el borde y miró hacia abajo; llevaba el arco dispuesto, con una flecha preparada, hecha con un encantamiento del Gremio. Pero no había nada ni nadie a quien disparar. Sólo una larga cinta de barro en el fondo del barranco donde un casco de mula se hundía despacio. El olor de la magia libre se hizo más fuerte, pero no era el hedor corrosivo que desprendían los stilken u otros seres elementales de la magia libre.
—¿Qué es? —susurró Sam.
Su mano izquierda estaba contraída, dispuesta en un gesto para lanzar un encantamiento; de la punta de cada dedo brotaba una llama dorada, preparada para destruirlo todo.
—No lo sé —contestó Lirael—. Alguna cosa de la magia libre. No se trata de nada de lo que he leído. Me pregunto cómo...
En cuanto hubo pronunciado la última palabra, el barro comenzó a bullir, se partió en os y dejó al descubierto unas fauces profundas que no eran ni de tierra ni de carne, sino de pura oscuridad, iluminada por una larga lengua bífida de fuego plateado. Al abrirse las fauces surgió un hedor a magia libre y carne putrefacta que quitaba el aliento, fue como una agresión física que hizo retroceder a Lirael y a Sam, mientras la lengua de fuego plateado subía en el aire para precipitarse donde Lirael había estado un momento antes. Una inmensa cabeza de serpiente surgió del barro, detrás de la lengua, partió como una flecha desde el barranco y se elevó por encima de ellos.
Lirael lanzó la flecha y siguió retrocediendo; Sam estiró la mano y gritó las marcas activadoras que mandaron una lluvia de fuego crepitante hacia la cosa de barro, sangre y oscuridad que se alzaba ante sus ojos. El fuego topó con la lengua plateada y saltaron chispas en todas direcciones que prendieron en la hierba. Ni la flecha ni el fuego del Gremio parecían afectar a aquella criatura, pero se replegó, y Lirael y Sam no dudaron en seguir alejándose.
—¿Quién se atreve a interrumpir mi banquete? —rugió una voz que era muchas voces y era una sola, mezclada con rebuznos de muías y gritos de hombres agonizantes—. ¡El banquete que he estado esperando durante tanto tiempo!
Lirael soltó el arco a modo de respuesta y desenvainó a Nehima. Sam masculló unas marcas y las dibujó en el aire con la espada y la mano, tejiendo muchos símbolos complejos. Lirael dio un paso al frente para proteger a Sam mientras completaba el hechizo.
Sam terminó con una marca maestra cuyas llamas doradas se le enroscaron en la mano a medida que la dibujaba en el aire. Lirael sabía que aquella marca era capaz de inmolar fácilmente a quien la lanzara sin estar preparado y dio un respingo al verla aparecer. Mas partió de la mano de Sam con facilidad y el hechizo flotó en el aire, las marcas se enlazaron como un encaje de bolillos y formaron un cinturón de estrellas relucientes. El muchacho tomó con delicadeza un extremo, lo revoleó por encima de la cabeza y lo soltó hacia la criatura, al tiempo que gritaba con todas sus fuerzas:
—¡No mires!
Se produjo un destello enceguecedor, seguido de un coro de gritos, y luego un silencio. Cuando miraron otra vez, la criatura había desaparecido. En la hierba sólo quedaban pequeñas fogatas cuyas volutas de humo envolvían el campo como un paño mortuorio.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Lirael.
—Un hechizo para sojuzgar algo —contestó Sam—. Aunque no te podría explicar con exactitud lo que era. ¿Crees que habrá funcionado?
—No —contestó la perra, y con su súbita aparición dio un susto de muerte a Lirael y a Sam—. Pero su brillo ha bastado para que todas las cosas muertas que hay de aquí hasta el lago Rojo se enteren de dónde estamos.
—Si no ha funcionado, ¿dónde ha ido esa cosa? —preguntó Sam.
Miró a su alrededor con nerviosismo. Lirael lo imitó. Seguía oliendo a magia libre, pero se trataba de un olor apenas perceptible y, en medio de la humareda, resultaba imposible saber de dónde venía.
—Probablemente esté debajo de nuestros pies —dijo la perra, que metió la nariz en un agujero y bufó.
El bufido levantó un montón de tierra. Lirael y Sam se apartaron de un salto y, tras una levísima vacilación, se colocaron espalda contra espalda, con las armas dispuestas.