Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 8 de 33

Páginas del PDF

Abhorsen

Última petición

Dos días después del hechizo meteorológico de Lirael y Sam continuaba lloviendo. Había sido todo un éxito. Aunque en la Casa los enviados les habían puesto en las mochilas unos chubasqueros, el agua les había calado hasta los huesos. Por suerte, el hechizo comenzaba a perder fuerza, sobre todo la parte que invocaba a los vientos, de modo que la lluvia había amainado, ya no caía sesgada sobre sus caras y dejaron de recibir el embate de ramas, hojas y demás restos llevados por el viento.

Lo positivo, tal como Lirael venía repitiéndose cada pocas horas, era que la lluvia había evitado que los cuervos sanguinarios los encontraran. De todas maneras, ese hecho no era tan alentador como había esperado.

Tampoco hacía frío, otro aspecto positivo. De lo contrario habrían muerto congelados o se habrían quedado tiesos del cansancio tras utilizar la magia del Gremio para mantenerse vivos. El viento y la lluvia eran cálidos y, aunque habían cesado un par de horas, a Lirael le parecía que el encantamiento meteorológico había sido un gran éxito. Sin embargo, tal como estaban las cosas, el orgullo por el trabajo bien hecho se vio en c uno modo empañado.

Se acercaban al lago Rojo; Abed y sus hermanos subían por las estribaciones cubiertas de bosques tupidos del monte. Los árboles crecían apretados formando encima de las cabezas un techo donde se distinguían helechos y plantas que Lirael sólo había visto en los libros. La hojarasca formaba una espesa alfombra que cubría el terreno embarrado. La lluvia había dejado por todas partes cientos de pequeños cursos de agua que caían en cascada entre las raíces de los árboles, bajaban por las piedras y se arremolinaban alrededor de los tobillos de Lirael. Cuando lograba verse los tobillos, porque la mayor parte del tiempo caminaba hundida hasta la espinilla en una mezcla de hojas mojadas y fango.

Resultaba penoso andar y Lirael estaba más cansada que nunca. Durante las paradas, cuando descansaban, buscaban el árbol más frondoso, con el follaje más denso, para que les hiciera de paraguas, y las raíces más elevadas para sentarse en ellas, lejos del barro. Lirael descubrió que era capaz de dormir incluso en esas condiciones, aunque más de una vez, al cabo de las dos horas escasas que se permitían, se despertaba para encontrarse tendida en el barro en vez de estar sentada lejos de él.

Por supuesto, bajo la lluvia, el barro desaparecía. Lirael no sabía bien qué era peor. Si el barro o la lluvia. O el término medio, los primeros diez minutos después de haber encontrado un refugio: cuando el barro era lavado por la lluvia y le caía por la cara, las manos y las piernas.

Llevaba exactamente diez minutos de descanso, y estaba muy concentrada en quitarse el barro de los ojos mientras trepaba por el enésimo barranco, cuando encontró a un miembro de la Guardia Real agonizante, apoyado contra el tronco de un árbol que le daba cobijo. Mejor dicho, lo encontró la Perra Canalla guiándose por el olfato mientras escarbaba a cierta distancia de Lirael y Sam.

La guardia estaba inconsciente, su sobrevesta roja y gualda se había oscurecido con la sangre, y llevaba el plaquín roto por varios sitios. Seguía empuñando una espada desafilada en la mano derecha, mientras que la izquierda había quedado inmovilizada en el acto de lanzar un hechizo que jamás podría completar.

Lirael y Sam supieron que estaba más allá que aquí, pues su espíritu había llegado a la frontera del reino de los muertos. Sam se arrodilló a toda prisa y lanzó el hechizo curativo más potente que conocía. En el instante en que la primera marca del Gremio comenzaba a brillar con fuerza en su mente, la mujer ya había muerto. El leve fulgor vital que brillaba en sus ojos desapareció para ser reemplazado por la mirada vidriosa y ciega de los muertos. Sam soltó la marca curativa y le cerró los párpados.

—Era una de las guardias de mi padre —dijo con pesar—. Aunque no la conocía. Probablemente pertenecía a la torre de la Guardia del pueblo del Roble o a la de Lado Alto. Me pregunto qué habrá estado haciendo...

Lirael no podía apartar los ojos del cadáver. Se sentía del todo inútil. Seguía llegando tarde y siendo demasiado lenta. El sureño del río, tras la batalla con Chlorr. Barra y los mercaderes. Y ahora esta mujer. ¡Era tan injusto que hubiese muerto sola, con una diferencia de pocos minutos entre la muerte y la salvación! Si hubiesen subido la colina más deprisa, si no se hubiesen detenido a descansar la última vez...

—Tardó varios días en morir —dijo la Perra Canalla olfateando el cuerpo—. Pero no venía de muy lejos, amita. Y menos con esas heridas.

—Entonces debemos de estar cerca de Hedge y Nick —dedujo Sam, y se incorporó para echar una mirada inquieta a su alrededor—. Es difícil de precisar con tanto árbol. Podríamos estar cerca de la cima o encontrarnos a varios kilómetros.

—Será mejor que averigüemos qué la mató y dónde está el enemigo —dijo Lirael sin apartar la vista del cadáver de la guardia.

—Hay que darse prisa —sugirió la perra, y se levantó dando un salto lleno de entusiasmo—. El río debe de haberla llevado ya un buen trecho.

—¿Te adentrarás en el más allá? —preguntó Sam—. ¿Es prudente? Hedge podría andar cerca... incluso podría estar esperándonos en el más allá.

—Ya lo sé —dijo Lirael. Eso mismo había pensado ella—. Pero creo que vale la pena correr ese riesgo. Debemos averiguar exactamente dónde se encuentra la excavación de Nick y qué le pasó a esta guardia. No podemos seguir avanzando a ciegas.

—Supongo que no —comentó Sam, y se mordió el labio sin darse cuenta—. ¿Y yo qué hago?

—En mi ausencia, vigilarás mi cuerpo —dijo Lirael.

—Pero no utilices la magia del Gremio a menos que sea preciso —añadió la perra —. Los seres como Hedge la huelen de muy lejos. Incluso con esta lluvia.

—Ya lo sé —contestó Sam.

Se notaba que estaba nervioso porque desenvainó la espada y sus ojos no paraban de mirar cada árbol, cada arbusto. Llegó incluso a levantar la vista en el preciso momento en que la lluvia logró abrirse paso entre las espesas ramas. El agua le bajó por el cuello y se le metió debajo del chubasquero aumentando de ese modo su incomodidad. Entre las ramas de los árboles no había nada al acecho y en el trocito de cielo que alcanzaba a ver allá arriba sólo había nubes y lluvia.

Lirael también desenvainó la espada. Con la mano posada en la bandolera, tuvo un momento de duda sobre qué campana elegir. Había entrado en el reino de la muerte una sola vez, cuando Hedge estuvo a punto de derrotarla y convertirla en su esclava. En esta ocasión, dijo para sus adentros, sería más fuerte y estaría mejor preparada. Eso exigía saber elegir la campana correcta. Rozó apenas con los dedos los morrales hasta llegar al sexto y lo abrió con cuidado. Sacó la campana y la sujetó por el badajo para que no sonara. Había elegido a Saraneth, la sojuzgadora. La más fuerte de todas las campanas después de Astarael.

—Yo también voy, ¿no? —preguntó la perra dando saltos impacientes a los pies de Lirael y moviendo la cola a gran velocidad.

Lirael asintió y se puso a buscar el más allá. Desde donde estaban resultaba fácil, porque el fallecimiento de la guardia había creado una puerta que en ese mismo lugar conectaría durante varios días la vida y la muerte. Una puerta que servía para entrar. Pero también para salir.

El frío llegó de inmediato y eliminó la humedad de la lluvia cálida. Lirael se estremeció pero siguió avanzando hacia el reino de los muertos hasta que la lluvia, el viento, el aroma de las hojas mojadas y la cara ansiosa de Sam desaparecieron para dar paso a la luz helada y gris de la muerte.

El río tiraba de ella y la impulsaba a avanzar. Por un momento, Lirael se resistió, le costaba abandonar el calor agradable de la vida que notaba a sus espaldas. Bastaba con que retrocediera un solo paso, tendiera la mano hacia el mundo de los vivos y estaría de regreso en el bosque. Si volvía, no iba a averiguar nada...

—Soy la Abhorsen en ciernes —susurró, y notó que la corriente del río se hacía menos intensa.

O quizá lo imaginara. De todos modos, se sintió mejor. Tenía derecho a estar allí.

Dio el primer paso con gran cautela. Luego avanzó otro y otro más, hasta que echó a andar a buen ritmo, seguida por los saltos de la Perra Canalla.

«Si tengo suerte —pensó Lirael—, la guardia estará todavía a este lado de la primera puerta.» Pero no vio nada que se moviera, ni siquiera que flotara en la superficie. A lo lejos se oían rugir las aguas de la puerta.

Aguzó el oído, pues el estruendo del agua cesaría en cuanto pasara la mujer, y siguió avanzando y tanteando el suelo en busca de agujeros. La marcha se hacía más fácil si se dejaba llevar por la corriente, y se relajó un poco, aunque continuó empuñando la espada y la campana.

—Está allá adelante, amita —susurró la perra, con el hocico al ras del agua—. A la izquierda.

Lirael siguió hacia donde le indicaba la perra con la pata y bajo el agua vio una silueta que la corriente arrastraba hacia la primera puerta. Instintivamente, dio un paso al frente con la intención de aferrar a la guardia. Advirtió entonces su error y se detuvo.

Los recién muertos también podían resultar peligrosos y quien en vida había sido amigo no necesariamente seguía siéndolo allí. Lo más prudente era no tocar nada. Envainó la espada; con una mano continuó sujetando el badajo de Saraneth mientras con la otra aferraba el mango de caoba de la campana. Lirael sabía que debía haberla hecho sonar con una sola mano y con más rapidez, y tenía la certeza de que iba a poder hacerlo, pero le pareció más sensato obrar con cautela. Al fin y al cabo nunca había utilizado las campanas. Sólo la zampona, que era un instrumento de poder muy inferior.

—A Saraneth la oirán muchos y desde muy lejos —musitó la perra—. ¿Por qué no me dejas que me acerque de un salto y la agarre del tobillo?

—No. —Lirael frunció el ceño—. Muerta o viva, es miembro de la Guardia Real y debemos tratarla con respeto. Veré si consigo llamar su atención. Además, no podemos quedarnos por aquí a esperar.

Hizo tañer la campana con un movimiento en arco, el más simple de los descritos en El libro de los muertos para Saraneth. Al mismo tiempo, se concentró en el sonido y lo dirigió hacia el cuerpo que flotaba semihundido a poca distancia.

El toque de la campana fue muy potente, tanto que se impuso al leve estruendo de la cascada de la primera puerta. Su eco se propagó por todas partes y fue como si aumentara en lugar de hacerse más tenue; su vibración formó en el agua una serie de ondas concéntricas alrededor de Lirael y la perra, ondas que se movían incluso contra la corriente.

El sonido envolvió entonces al espíritu de la guardia y Lirael la notó estremecerse y acudirse involuntariamente como un pescado que acaba de morder el anzuelo. En el eco de la campana oyó un nombre, y supo que Saraneth lo había averiguado y estaba diciéndoselo. A veces era necesario recurrirá un hechizo del Gremio para descubrir un nombre, pero esta guardia carecía de defensas contra las campanas de la Abhorsen.

—Mareyn —dijo el eco de Saraneth, un eco que sonaba sólo en la cabeza de Lirael.

La guardia se llamaba Mareyn.

—Quédate, Mareyn —le ordenó con tono imperioso—. Levántate, que deseo hablar contigo.

Lirael notó que la guardia se resistía débilmente. Al cabo de un momento, las frías aguas del río se escarcharon y luego empezaron a echar burbujas, y el espíritu de Mareyn se levantó y se dio la vuelta para enfrentarse a quien sujetaba la campana y la había sojuzgado.

La guardia había fallecido hacía muy poco tiempo y su transformación acababa de comenzar, de modo que su espíritu tenía el mismo aspecto que el de su cuerpo cuando estaba viva. Era una mujer alta, corpulenta; bajo la rara luz del reino de los muertos, los rasgones de su armadura y las heridas de su cuerpo se veían con la misma claridad que bajo el sol.

—Habla, si puedes —le ordenó Lirael.

Y como Mareyn acababa de morirse, si le apetecía, podía hablar. Quienes habitaban mucho tiempo en el reino de los muertos perdían el habla y sólo la recuperaban por la intercesión de Dyrim, la campana habladora.

—Pu... puedo —respondió Mareyn con voz ronca—. ¿Qué quieres de mí, ama?

—Soy la Abhorsen en ciernes —anunció Lirael, y el eco de sus palabras se propagó en el reino de la muerte sepultando la vocecita que en su interior ansiaba decir: «Soy una hija de las clarvis». Tras pensarlo, añadió—: Quiero saber cómo has muerto y qué sabes de un hombre llamado Nicholas y del foso que ha cavado.

—Me has sojuzgado con tu campana y debo contestar —dijo Mareyn, sin asomo de emoción en la voz—. Pero quisiera pedirte un favor, si es posible.

—Habla —concedió Lirael mirando de reojo a la Perra Canalla, que se había colocado detrás de Mareyn como un lobo que persigue a un cordero.

La perra vio que su ama la observaba, movió el rabo y retrocedió. Era evidente que estaba jugando, aunque Lirael no lograba entender cómo podía tomarse las cosas tan a la ligera en el reino de la muerte.

—El nigromante del foso cuyo nombre no me atrevo a pronunciar —dijo Mareyn — mato a mis compañeros y, riéndose de mí, me dejo escapar como estaba, muy malherida; me prometió que sus siervos me buscarían en el reino de los muertos para someterme a su servicio. Percibo que así ocurrió pues he dejado atrás mi cuerpo que no ha sido quemado. No deseo regresar, ama, ni servir a nadie como ése. Te ruego que me envíes donde ningún poder pueda hacerme volver.

—Eso haré —aseguró Lirael.

Sin embargo, las palabras de Mareyn le produjeron pavor. Si Hedge había dejado ir a Mareyn, probablemente había mandado a alguien para que la siguiera y ahora sabía dónde estaba su cuerpo. Tal vez en ese momento se encontraba bajo observación, y no era nada complicado vigilar el espíritu de Mareyn cuando llegara al reino de los muertos. Hedge o sus siervos podían estar acercándose en ese mismo instante, tanto en el reino de la muerte como en el de la vida.

En cuanto lo pensó, la perra levantó las orejas y gruñó. Un segundo después, Lirael oyó que el estruendo de la primera puerta perdía intensidad hasta acallarse del todo.

—Algo se acerca —le avisó la perra mientras olfateaba el río—. Algo malo.

—Deprisa —dijo Lirael. Guardó a Saraneth, sacó a Kibeth y pasó la campana a la mano zquierda para poder desenvainar a Nehima—. Mareyn, dime dónde está el foso en relación con tu cuerpo.

—El foso se encuentra en el siguiente valle, al otro lado de las montañas — contestó Mareyn con calma—. Hay allí muchos muertos envueltos en nubes y relámpagos constantes. Han construido un camino que cruza el valle y va hasta el lago. El joven Nicholas vive en una tienda remendada al este del foso... Algo viene en mi busca, ama. Por favor, te pido que me dejes proseguir mi viaje.

Lirael notó el miedo del espíritu de Mareyn, pese a que su voz tenía el tono firme e impersonal de los muertos. Al oírla, reaccionó al instante haciendo tañer a Kibeth por encima de la cabeza dibujando un ocho en el aire.

—Vete, Mareyn —dijo con dureza, y sus palabras se entrelazaron con el tañido de la campana—. Intérnate en el reino de los muertos, no te entretengas ni permitas que nada se interponga en tu camino. Te ordeno que camines hasta la Novena Puerta y la cruces, porque te has ganado el merecido descanso. ¡Vete!

Mareyn se dio media vuelta al oír la última palabra y echó a andar, la cabeza erguida, los brazos cadenciosos, como seguramente había hecho en vida, cuando desfilaba frente al cuartel de Belisaere. Marchó en línea recta, como una flecha, en dirección a la primera puerta. Lirael la vio vacilar un instante, como si algo hubiese intentado abordarla, pero ella siguió adelante, hasta que el rugido de la primera puerta se interrumpió para indicar que la había cruzado.

—Se ha ido —observó la perra—. Pero lo que ha salido de allí, anda por aquí. Lo huelo.

—Yo también lo siento —susurró Lirael.

Volvió a cambiar de campanas y cogió a Saraneth. Le gustaba la seguridad que le daba la campana grande y la profunda autoridad de su toque.

—Deberíamos volver —dijo la perra, mientras miraba de un lado a otro tratando de localizar a la criatura—. No me gusta cuando son listos.

—¿Sabes lo que es? —musitó Lirael mientras volvían sobre sus pasos, de regreso al mundo de los vivos, zigzagueando para no quedar nunca de espaldas.

Tal como había ocurrido en el primer viaje, era mucho más difícil ir contra la corriente; más fría que nunca, parecía absorber su espíritu.

—Un intruso que viene de la quinta puerta, creo —dijo la perra—. Chiquito y muy mermado respecto a lo que era... ¡Ahí está!

Empezó a ladrar y se metió en el agua a la carrera. Lirael vio una especie de rata ahusada y flaca, con los ojos como ascuas, que saltó a un lado cuando la perra la atacó. Y luego se dirigió hacia ella pues notó su espíritu frío y poderoso levantarse de aquella forma de roedor para crecer más allá de toda proporción.

Lanzó un grito y lo golpeó con la espada; el aire se llenó de chispas azules y blancas. Pero aquella cosa fue demasiado veloz. La estocada rebotó y aquel ser le dio en el brazo izquierdo, en la mano con la que sujetaba la campana. Sus mandíbulas alcanzaron la manga reforzada y de entre sus dientes afilados como cuchillos salieron llamas rojinegras.

La perra mordió a la criatura justo en el centro y se la quitó de encima a Lirael; el espeluznante gruñido de la Perra Canalla se sumó a los chillidos que profería aquella cosa y al grito de Lirael. Poco después, quedaron ahogados por el profundo toque de Saraneth cuando la Abhorsen en ciernes retrocedió, movió la campana, la cogió por el manto y la hizo tocar, todo en un solo movimiento.