Abhorsen

Garth Nix · Capítulo 22 de 33

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Abhorsen

Una lata de sardinas

Chlorr huyó y la masa de braceros muertos estalló como un hormiguero regado con agua hirviendo. Corrían en todas direcciones, los más estúpidos lo hacían hacia Lirael, Sam y la Perra Canalla. Zapirón correteaba entre sus piernas riendo, mientras el fuego de la magia del Gremio quemaba los pocos músculos que conservaban hasta que los pobres caían al suelo. El ladrido de la perra envió sus espíritus de vuelta al reino de los muertos y

Saraneth les ordenó que abandonaran sus cuerpos.

Tras unos cuantos minutos de locura, todo acabó. Los ecos de la campana y el ladrido se apagaron. Lirael y sus compañeros quedaron de pie en medio del camino desierto iluminado por la luna y las estrellas, rodeados de cientos de cadáveres que no eran más que cascarones vacíos.

El silencio se vio roto por los alegres vítores de los soldados. Lirael no hizo caso y llamó a Zapirón.

—¿Por qué le dijiste a Chlorr que corriera? ¡Estábamos ganando! ¿Y por qué la llamaste «sin cara»?

—Para que todo acabara antes. No sé, pensé que de eso se trataba —contestó Zapirón. Se acercó a los pies de Sam, se sentó y bostezó—. Chlorr siempre fue demasiado cauta, incluso cuando era una... cuando estaba viva. ¡Qué cansado estoy! ¿Me llevas?

Sam suspiró. Envainó la espada, levantó al gato y dejó que se acomodara en el hueco de sus brazos.

—Todo acabó antes —le dijo a Lirael a manera de disculpa—. Lamento decirlo, pero se aproximan más braceros muertos... y a menos que me equivoque... también vienen braceros fantasma...

—No te equivocas —gruñó la perra sin dejar de mirar a Zapirón con recelo—. Como a mi ama, a mí tampoco me satisfacen los motivos ni la explicación de Zapirón, sugiero que marchemos ahora mismo. Disponemos de poco tiempo.

Como si respondiera a sus palabras, el sonido de los motores de los camiones les llegó desde el camino. El teniente Tindall y sus hombres habían conseguido empujarlos a suficiente distancia y volvían a funcionar.

—Espero que podamos dar un rodeo —dijo Sam, nervioso, mientras corrían hacia los camiones—. Si el viento vuelve a cambiar, volveremos a quedar tirados aunque estemos más lejos.

—Podríamos tratar de hacer que funcionen... —dijo Lirael y de inmediato sacudió la cabeza—. No, no podemos. Eso empeoraría la... ¿Cómo la llamas? ¿Tecnología ancelstierrana?

—Algo parecido —bufó Sam—. ¡Vámonos!

Alcanzaron al mayor Greene y el pelotón de retaguardia, que regresaban a los camiones a paso ligero. El mayor les sonreía cuando pasaban a su lado, y algunos soldados daban palmadas a sus fusiles a manera de saludo. El ambiente era muy distinto del que reinaba momentos antes.

El teniente Tindall esperaba junto al camión de cabeza, estudiaba otra vez el mapa, esta vez bajo la luz de una linterna eléctrica que funcionaba. Levantó la vista e hizo la venia cuando Lirael, Sam y el mayor Greene se acercaron.

—He encontrado un camino que nos servirá —dijo a toda prisa—. ¡Y creo que podremos llegar antes que Hedge!

—¿Cómo? —preguntó Lirael.

—Desde el puesto de resistencia occidental el único camino al sur va serpenteando entre las colinas que ve aquí —le señaló el sitio—. Tiene un solo carril y ni siquiera está cubierto de grava. Unos carros muy cargados, como los que me describió Maculler, tardarán al menos un día para llegar por aquí. Es imposible que lleguen a la Serrería de Forwin antes de las últimas horas de la tarde. Nosotros estaremos poco después del amanecer.

—Lo felicito, Tindall —dijo el mayor y le dio una palmada en la espalda.

—¿Hay alguna otra forma de transportar los hemisferios hasta la serrería? — preguntó Sam—. Hedge lo planificó todo con sumo cuidado, en el Reino y aquí... lo tenía todo preparado. Usó a los sureños para crear más muertos, tenía los carros dispuestos...

Tindall volvió a mirar el mapa. El haz de la linterna se movió en varias direcciones ientras el teniente pensaba en las distintas posibilidades.

—Bueno —dijo al fin—, supongo que podrían transportar los hemisferios en carro hasta el mar, cargarlos en barcas, llevarlos al sur y luego subir por el fiordo hasta el viejo muelle de la serrería. Pero cerca del puesto de resistencia occidental no hay ningún sitio donde cargarlos...

—Sí lo hay —dijo el mayor poniéndose otra vez serio. Señaló un símbolo en el mapa, un trazo vertical rodeado de cuatro trazos angulares—. En el Faro Occidental hay un muelle de la marina.

—Es lo que hará Hedge —dijo Lirael invadida por una fría certidumbre—. ¿Cuánto tardarán por mar?

—Tardarán un poco en cargar los hemisferios —dijo Sam uniéndose a las cabezas inclinadas sobre el mapa—. Deberán navegar a vela y no a vapor. Pero Hedge manipulará el viento. Yo diría que menos de ocho horas.

Tras oírlo, se hizo un silencio y luego, sin mediar palabra, una actividad frenética deshizo el corrillo. Greene cogió el mapa y se subió a la cabina del primer camión, Lirael y sus compañeros corrieron a la parte trasera y se montaron en la caja, y el teniente Tindall salió disparado camino arriba agitando las manos y gritando: «¡Vamos, vamos!», mientras los camiones aceleraban y, poco a poco, comenzaron a avanzar; la luz de sus faros temblaron con el esfuerzo de los motores.

En la caja del camión, Sam colocó a Zapirón en lo alto de su mochila llena de remiendos y se sentó a su lado. Acto seguido, sacó un pequeño recipiente metálico del morral y lo dejó justo al lado de la nariz del gato. El felino siguió durmiendo durante unos segundos y luego entornó un ojo verde.

—¿Qué es eso? —preguntó Zapirón.

—Sardinas —dijo Sam—. Como sabía que las raciones eran corrientes, cogí unas cuantas latas para ti.

—¿Qué son las sardinas? —preguntó Zapirón, receloso—. ¿Y por qué llevan una llave? ¿Se trata de un chiste típico de los Abhorsens?

Sam no le contestó y se limitó a extraer la llave y a enrollar la tapa de la lata. El exquisito olorcito de las sardinas flotó en el aire. Zapirón observaba todo ávidamente, sin quitarle los ojos de encima a la lata. Sam consiguió no cortarse cuando el camión dio una serie de saltos y depositó la latita en el suelo. Zapirón olisqueó las sardinas con cautela.

—¿Por qué me las das?

—Porque te gusta el pescado —contestó Sam—. Además, te lo había dicho.

Zapirón apartó la vista de las sardinas y miró a Sam. Entrecerró los ojos, pero no advirtió en el rostro de Sam malicia alguna. El gatito sacudió la cabeza, se comió las sardinas en un periquete y dejó la lata vacía y limpísima.

Lirael y la perra contemplaron aquella exhibición de glotonería, pero a ambas les interesaba más lo que ocurría fuera y detrás de ellos. Lirael apartó la portezuela de lona y miraron más allá de los tres camiones que iban detrás. Lirael notó la presencia del segundo grupo mucho más nutrido de braceros muertos y fantasmas que avanzaba por el camino. Los braceros fantasma, más fuertes que los braceros muertos pues no sufrían las limitaciones de la carne, avanzaban veloces, algunos de ellos saltaban y planeaban como enormes murciélagos, algo más alejados del grupo principal formado por sus almas hermanas, ocupantes de los cadáveres robados. Seguramente causarían grandes daños en alguna parte, pero no podía dedicarles ni un solo pensamiento más. El peligro mayor estaba al oeste y en parte del sur, donde los relámpagos resplandecían en el horizonte. Lirael vio que el trueno artificial de la artillería ancelstierrana había cesado hacía rato, pero había estado demasiado ocupada para reparar en ello.

—Perra Canalla —susurró Lirael. Tiró de su mascota y se abrazó a su cuello—. ¿Y si legamos tarde para destruir la central productora de rayos? ¿Y si los hemisferios se juntan?

La perra no dijo nada. Se limitó a olisquear la oreja de su ama y a golpear el suelo con la cola.

—Tengo que ir al reino de la muerte, ¿verdad? —musitó Lirael—. Para utilizar el espejo oscuro y averiguar cómo lo sometieron al principio.

La perra siguió sin contestar.

—¿Me acompañarás? —preguntó Lirael con un susurro tan suave que ningún humano lo habría oído.

—Sí—contestó la perra—. Donde tú vayas, estaré a tu lado.

—¿Cuándo debemos ir? —preguntó Lirael.

—Todavía no —murmuró la perra—. Hasta que no nos quede otra salida. A lo mejor llegamos a la central productora de rayos antes que Hedge.

—Eso espero —dijo Lirael.

Abrazó a la perra otra vez, la soltó y se acostó sobre la mochila. Sam ya estaba durmiendo justo enfrente, con Zapirón ovillado contra él, mientras la lata de sardinas vacía se deslizaba de un lado al otro por el suelo de la caja del camión. Lirael la recogió, frunció la nariz y la encajó en un rincón para que dejara de golpetear.

—Montaré guardia —dijo la Perra Canalla—. Deberías dormir, amita. Faltan unas horas para que amanezca y vas a necesitar todas tus fuerzas.

—Creo que no podré dormir —dijo Lirael en voz baja.

No obstante, se acostó contra la mochila y cerró los ojos. Notaba el cuerpo tenso; de haber podido, se habría levantado a practicar con la espada, o habría hecho algo para quitarse de encima esa sensación desagradable con un poco de ejercicio. Por desgracia, estando como estaba en la caja de un vehículo en marcha, no había nada que pudiera hacer, más que seguir tumbada, preocupándose por lo que le esperaba. Y eso hizo, y lo sorprendente fue que pronto cruzó la línea que separa la preocupación desvelada del sueño inquieto.

La perra siguió echada con la cabeza apoyada en las patas mientras vigilaba a Lirael que no paraba de dar vueltas y de hablar en sueños. Entretanto, el camión seguía vibrando y dando tumbos; el rugido del motor subía y bajaba a medida que el vehículo se enfrentaba a las curvas y desniveles del camino.

Una hora más tarde, Zapirón abrió un ojo. Vio que la perra montaba guardia y lo cerró rápidamente. La Perra Canalla se levantó en silencio, se acercó al felino y apoyó el hocico en la nariz rosada del minino.

—Dame una razón por la que no debería agarrarte del cogote y lanzarte fuera ahora mismo —murmuró la perra.

Zapirón volvió a abrir un ojo sin inmutarse.

—Os seguiría corriendo —bisbiseó—. Además, ella me ha dado el beneficio de la duda. ¿Qué menos se puede hacer?

—Yo no soy tan comprensiva —dijo la perra enseñándole los dientes—. Permítame que te recuerde que si te desmandas, me ocuparé personalmente de que acaben contigo.

—¿Ah, sí? —ronroneó Zapirón y abrió el otro ojo—. ¿Y si no puedes?

La perra lanzó un gruñido bajito, amenazante. Bastó para despertar a Sam, que parpadeó y tanteó en busca de su espada.

—¿Qué pasa? —preguntó, soñoliento.

—Nada —contestó la perra, regresó al lado de Lirael y se echó pesadamente en el suelo con un suspiro cargado de frustración—. No hay nada de qué preocuparse. Duérmete.

Zapirón sonrió y sacudió la cabeza, la miniatura de Ranna tintineó. Sam abrió la boca en un bostezo descomunal al oír el sonido, se acomodó otra vez sobre la mochila y se durmió l instante.

Nicholas Sayre salió de su sopor como el pez que sube a la superficie en busca del anzuelo. El ascenso lo dejó confuso y jadeante, dando coletazos como ese mismo pescado fresco atrapado en las costas de un fiordo... exactamente el lugar donde se encontraba. Se incorporó y miró a su alrededor. Una parte de su mente se sintió reconfortada por el hecho de encontrarse en un mundo en penumbra a causa de los negros nubarrones que había en el cielo y de los relámpagos que no cesaban de lanzar sus destellos a escasa distancia. El medio sol pálido que se alzaba por el este, encima de las cumbres, le interesaba menos.

Nicholas estaba acostado sobre un montón de paja, cerca de una cabaña, cerca de lo que en otros tiempos había sido un muelle en uso. A veinte metros de allí, los hombres de Hedge lanzaban maldiciones mientras luchaban con las cabrias, cuerdas y poleas para descargar uno de los hemisferios de plata de un pequeño barco mercante. Otro barco esperaba anclado a cientos de metros de la entrada del fiordo, a prudente distancia, para que los hemisferios no ejercieran su violenta repulsión.

Nicholas sonrió. Estaban en la Serrería de Forwin. No recordaban cómo lo habían logrado, pero habían cruzado el Muro con los hemisferios. La central productora de rayos estaba preparada y lo único que les restaba hacer era unir los hemisferios y todas las piezas encajarían.

Sonó un trueno y alguien gritó. Un hombre cayó del barco con la piel renegrida y el pelo en llamas. Quedó tendido en el muelle, retorciéndose y gimiendo hasta que uno de sus compañeros bajó y le seccionó la yugular.

Nick lo observaba todo con una increíble calma. Era el precio que había que pagar por manipular los hemisferios, pero eran lo único que importaba.

Nick se puso a cuatro patas y, poquito a poco, consiguió sostenerse sobre los dos pies. Le costaba un enorme esfuerzo y tuvo que agarrarse del tubo roto del desagüe de la cabaña y quedarse así un rato, hasta que se le pasara el mareo. A medida que transcurrían los minutos se fue estabilizando. Mientras se incorporaba murió otro hombre, pero Nick ni siquiera lo notó. Sus ojos no veían otra cosa que el brillo de los hemisferios y la evolución del trabajo. El primer hemisferio no tardaría en estar listo para ser levantado hasta las ruinas del aserradero. Una vez allí, lo depositarían en un receptáculo especial montado en un vagón del ferrocarril que descansaba en un corto trecho de vía, cerca de otro idéntico.

Al menos eso es lo que Nicholas había ordenado. Entonces cayó en la cuenta de que no había llevado a cabo una inspección de la central productora de rayos. Había dibujado los planos y pagado los gastos de construcción antes de marchar para el Reino Antiguo. Tuvo la sensación de que hacía mucho tiempo de todo eso. Nunca había llegado a ver la central. Sólo en los planos y en sus sueños agitados.

Seguía débil a causa de la enfermedad que había pillado al otro lado del Muro, demasiado débil para moverse libremente. Necesitaba un bastón o una muleta. Tenía a mano una camilla, algo sencillo de lona y madera. Si arrancaba una de las barras, le serviría de cayado, pensó Nick. Muy despacio, con infinito cuidado, fue hacia la camilla; cuando estuvo a punto de caerse maldijo su debilidad. Se arrodilló y extrajo la barra sacándola de las presillas de lona. Medía más de dos metros y pesaba un poco, pero era mejor que nada.

Se disponía a afirmarse en ella para levantarse cuando vio brillar algo en la camilla. Una astilla de madera pintada con unos extraños símbolos luminosos. Intrigado, tendió la mano para levantarla.

Al tocarla, sufrió una serie de convulsiones y sintió unas náuseas horribles. Y mientras omitaba, siguió tocando con un dedo aquel fragmento pues ahora sabía que venía de una flauta eólica. No podía levantarlo, porque la mano se negaba a obedecerlo y a cerrarse, pero podía tocarlo. Y mientras lo tocaba, los recuerdos acudieron en tropel. Mientras lo tocaba, era el verdadero Nicholas Sayre y no el títere de los hemisferios relucientes.

—Palabra de un Sayre —musitó al acordarse otra vez de Lirael—. Debo impedir todo esto.

Siguió encorvado en el improvisado bastón, en el charco de su propio vómito, tocando el fragmento, mientras su mente sopesaba frenética la situación en la que se encontraba. En cuanto soltara el amuleto, sufriría una regresión, volvería a ser un siervo descerebrado. No podía recogerlo ni llevarlo en la mano. Aunque debía existir una manera de mantenerlo cerca para que su magia surtiera efecto, para recordarle quién era.

Nick se miró. Sintió asombro y miedo al ver su delgadez y los hematomas morados y azules que le cubrían el costado izquierdo del pecho. Tenía la camisa hecha jirones y los pantalones, que también eran un puro harapo, los llevaba sujetos no con un cinto sino con un trozo de cuerda embreada. Los bolsillos habían desaparecido, igual que la ropa interior.

Sin embargo, las vueltas de los pantalones seguían en su sitio. Nick las palpó con la mano derecha para asegurarse de que no se deshicieran. La fina tela de lana había perdido cuerpo en las últimas semanas, pero no se rompería fácilmente.

Con grandes jadeos acercó la pierna cuanto pudo al fragmento de flauta eólica, abrió la vuelta del pantalón y con la otra mano trató de echar dentro la astilla de madera. Tras unos cuantos intentos fallidos, al final lo consiguió. Entonces, se olvidó de lo que hacía, hasta que a los pocos segundos, la vuelta del pantalón volvió a estar en contacto con su piel. Una punzada de dolor le subió por el tobillo, pero la aguantó.

No quería mirar hacia los hemisferios, pero no pudo evitarlo. El primero se encontraba en el muelle donde muchísima gente pululaba a su alrededor atando nuevas cuerdas para arrastrarlo y desatando las empleadas para transportarlo hasta la orilla. Nick comprobó que muchos de los trabajadores que asían las cuerdas tendidas en dirección a tierra eran miembros de la cuadrilla nocturna. Tenían mejor aspecto, aunque bajo los gorros y pañuelos azules se notaba que se les pudría la carne.

No, pensó Nick, cuando el amuleto de madera le tocó el tobillo. No se trataba de seres humanos enfermos, sino de criaturas muertas, cadáveres a los que Hedge había insuflado una apariencia de vida. A diferencia de las personas normales, no se mostraban afectados por la proximidad de los hemisferios ni por los constantes relámpagos.

Como si el hecho de pensar en él hubiese servido para convocar a Hedge, al producirse el último resplandor del relámpago más reciente, l nigromante apareció de pronto al lado del hemisferio. Una vez más, Nick se sorprendió del crecimiento monstruoso de Hedge. Las sombras le recorrían el cráneo enroscándose al fuego que ardía en lo hondo de sus ojos y de los dedos le brotaban llamas rojas y viscosas.

El nigromante fue hasta la proa del barco y gritó algo. Los hombres se afanaron en obedecer, aunque era evidente que casi todos estaban heridos o enfermos. Soltaron amarras e izaron las velas y la embarcación se alejó del muelle. El otro barco cargado comenzó inmediatamente las maniobras de aproximación al muelle.

Hedge lo vio acercarse y levantó las manos por encima de la cabeza. Y pronunció palabras violentas que agitaron el aire a su alrededor e hicieron temblar el suelo. Tendió una mano hacia las aguas del fiordo y gritó otra vez haciendo gestos que dejaban estelas de rojo fuego en el aire.

La niebla comenzó a surgir del fiordo. Unos zarcillos delgados y blancos comenzaron a elevarse más y más, dejando un rastro neblinoso por donde pasaban. Hedge movió el brazo a derecha e izquierda y los zarcillos se desplazaron de lado sacando más niebla del agua asta formar una pared que, poco a poco, se extendió a lo largo de todo el fiordo. El movimiento lateral fue acompañado de otro de avance, en dirección al muelle, el aserradero, el valle y las colinas que se veían a lo lejos.

Hedge batió palmas y se dio la vuelta. Reparó entonces en Nick, y el muchacho bajó inmediatamente la vista y se agarró el pecho. Notó que el nigromante se aproximaba taconeando por las tablas de madera.

—Los hemisferios... —murmuró Nick rápidamente cuando los pasos se detuvieron delante de él—. Los hemisferios deben... debemos...

—Todo marcha bien —dijo Hedge—. He levantado un mar de niebla que resistirá todo intento de eliminarlo en caso de que entre nuestros enemigos haya alguien con la pericia necesaria para conseguirlo. ¿Deseas darme más instrucciones, amo?

Nick notó que algo se movía en su pecho. Una especie de latido aterrado, pero más fuerte y más espantoso y repulsivo. Boqueó a causa del dolor, cayó de bruces, manoteó las tablas y se rompió las uñas al arañar la madera.

Hedge esperó hasta que se le pasara el espasmo. Nick siguió en el suelo, jadeante, incapaz de hablar, a la espera de que la pérdida de la conciencia y la cosa que llevaba dentro tomaran las riendas. No ocurrió así y al cabo de unos minutos, Hedge se alejó.

Nick se volvió de espaldas y observó que la niebla cruzaba el cielo cubriendo las nubes tormentosas, pero no los relámpagos. La niebla iluminada por los relámpagos, un espectáculo que no esperaba ver, pensó, mientras en alguna parte de su mente iba tomando nota de los extraños efectos.

Sin embargo, la mayor parte de su atención estaba entregada a algo mucho más importante. Debía impedir que Hedge utilizase la central productora de rayos.