Abhorsen
Abhorsen
Garth Nix
Trilogia Abhorsen - III
ePUB v1.0
Zephyr 06.02.12
PRÓLOGO
La niebla subía desde el río; sus enormes nubes blancas serpenteaban entre el hollín y el humo de la ciudad de Corvere para convertirse en ese híbrido que los periódicos más populares denominaban «neblumo» y The Times, «niebla miasmática». Fría, húmeda y hedionda, resultaba peligrosa fuera cual fuese su nombre. Cuanto más espesa, más ahogaba, y era capaz de transformar la tos más débil en pulmonía.
El carácter insalubre de la niebla no era su principal peligro. Ese peligro se debía a otra de sus características más destacadas. La niebla de Corvere era encubridora, un velo que envolvía las tan cacareadas luces de gas de la ciudad y confundía la vista y el oído. Cuando la niebla flotaba sobre la ciudad, las calles estaban a oscuras, los ecos resultaban extraños y reinaba el caos y la carnicería.
—La niebla no da señales de disiparse —informó Damed, principal guardaespaldas del rey Piedra de Toque.
En la voz se le notaba el disgusto que le producía la niebla, pese a que sabía que se trataba de un fenómeno natural, una mezcla de contaminación industrial y bruma del río. Allá en su tierra, el Reino Antiguo, con frecuencia, esas nieblas eran obra de los hechiceros de la magia libre.
—Además... el teléfono... no funciona y la escolta cuenta con menos efectivos que de costumbre, todos ellos novatos. No tenemos a ninguno de los oficiales experimentados. Creo que no deberíamos ir, mi señor: —advirtió Damed.
Piedra de Toque estaba de pie, al lado de la ventana, espiando a través de los postigos. Días antes se habían visto en la necesidad de cerrar con postigos todas las ventanas, porque algunos de los que formaban parte de la multitud agolpada fuera iban armados con hondas. Los trozos de ladrillo con los que los manifestantes iniciaron la protesta no llegaban demasiado lejos al ser lanzados, pues la mansión en la que se encontraba la embajada del Reino Antiguo estaba rodeada de un parque amurallado y se encontraba bastante lejos de la calle.
El rey Piedra de Toque deseó por enésima vez estar en contacto con el Gremio para alimentarse de su fuerza y conseguir la ayuda de su magia. Por desgracia, se encontraban a más de setecientos kilómetros al sur del Muro y el aire estaba frío e inerte. Sólo cuando el viento soplaba con mucha fuerza desde el norte notaba un toque ligerísimo de su herencia mágica.
Sabriel notaba aún más la ausencia del Gremio. Piedra de Toque lo sabía. Miró de reojo a su mujer. Estaba sentada ante su escritorio, como siempre; escribía alguna carta dirigida a una antigua compañera de estudios, a una destacada empresaria o a un miembro de la Asamblea de Ancelstierre. Prometía oro, o ayuda, o recomendaciones, o quizá transmitía veladas amenazas de lo que podía llegar a pasar si eran lo bastante tontos para secundar los intentos de Corolini de asentar a cientos de miles de refugiados sureños al otro lado del Muro, en el Reino Antiguo.
A Piedra de Toque se le hacía extraño ver a Sabriel vestida con ropas ancelstierranas, en especial con el atuendo de su corte, uno de cuyos trajes tenía puesto en ese momento. Lo propio era que llevase su tabardo azul y plateado, con las campanas de Abhorsen cruzándole el pecho, la espada al costado. Pero no, lucía un vestido plateado, con la estola de piel de los húsares sobre un hombro y un extraño casquete prendido en el pelo negro azabache. La pequeña pistola automática que ocultaba en su bolso de malla plateado no sustituía adecuadamente la espada.
El rey Piedra de Toque tampoco se sentía cómodo con sus ropas. Una camisa al estilo ancelstierrano, con cuello duro y corbata que apretaban mucho, y el traje que no le ofrecía protección alguna. Una espada afilada habría traspasado la chaqueta cruzada de finísima ana como si se hubiese tratado de un trozo de mantequilla, por no hablar de las balas...
—¿Transmito vuestras disculpas, mi señor? —preguntó Damed.
El rey frunció el ceño y miró a Sabriel. Su esposa había asistido a una escuela de Ancelstierre, entendía a sus habitantes y a su clase dirigente mucho mejor que él. Era ella quien dirigía la diplomacia al sur del Muro, como siempre había hecho.
—No —dijo Sabriel. Se levantó, selló la última carta con un golpecito—. La Asamblea se reúne esta noche, es posible que Corolini presente su proyecto de ley sobre la emigración forzosa. El bloque de Dawforth quizá nos dé votos suficientes para rechazar la propuesta. Debemos ir a su recepción al aire libre.
—¿Con esta niebla? —preguntó Piedra de Toque—. ¿Cómo vamos a ir a una recepción al aire libre?
—Harán caso omiso del tiempo —dijo Sabriel—. Nos quedaremos ahí de pie, como pasmarotes, beberemos absenta verde, comeremos zanahorias cortadas en formas elegantes y fingiremos que lo estamos pasando de maravilla.
—¿Zanahorias?
—Una moda de Dawforth, introducida por su suami —le comentó Sabriel—. Según cuenta Sulyn.
—Está al tanto de todo —dijo Piedra de Toque haciendo una mueca, ante la perspectiva de tomar zanahorias crudas y absenta verde, no de ver a Sulyn.
Sulyn era una de las antiguas compañeras de estudios de su mujer; los había ayudado mucho. Como las ex alumnas del Colegio Wyverley de hacía veinte años, Sulyn había sido testigo de lo que ocurría cuando se despertaba la magia libre y adquiría fuerza suficiente para cruzar el Muro y causar estragos en Ancelstierre.
—Iremos, Damed —dijo Sabriel—. Aunque, eso sí, lo más sensato será que pongamos en práctica el plan del que hemos hablado.
—Os pido que me disculpéis, mi señora Abhorsen —contestó Damed—, pero dudo mucho que contribuya a aumentar su seguridad. De hecho, es posible que empeore las cosas.
—Pero será más divertido —sentenció Sabriel—. ¿Están listos los coches? Me pondré el abrigo y unas botas.
Damed asintió no muy convencido y salió de la estancia. Piedra de Toque escogió un sobretodo oscuro de entre varios que había doblados sobre el respaldo de un diván y se lo echó sobre los hombros. Sabriel se puso otro, un abrigo masculino, y se sentó para quitarse los zapatos y calzarse unas botas.
—La preocupación de Damed no es infundada —dijo Piedra de Toque mientras, le daba la mano a Sabriel—. Y la niebla es muy espesa. Si estuviésemos en casa, no dudaría en afirmar que ha sido hecha con maldad premeditada.
—La niebla es del todo natural —contestó Sabriel. Estaban muy juntos, cada uno le anudó la bufanda al otro y se dieron un beso veloz—. Pero estoy de acuerdo en que puede utilizarse en nuestra contra. No obstante, estoy a punto de formar una alianza contra Corolini. Si Dawforth asiste, y los Sayre se abstienen...
—No caerá esa breva a menos que podamos demostrarles que no nos hemos llevado a su adorado hijo y sobrino —rezongó Piedra de Toque, aunque más atento a revisar sus pistolas. Comprobó que el tambor estuviera lleno de balas, el percutor bajado y el seguro puesto—. Ojalá supiéramos algo más sobre el guía que contrató Nicholas. Estoy seguro de haber oído antes el nombre de Hedge, y no en un contexto positivo. Ojalá los hubiésemos encontrado en el Gran Camino del Sur.
—Estoy segura de que pronto tendremos noticias de Ellimere —dijo Sabriel, comprobando también su pistola—. O incluso de Sam. Debemos dejar el asunto al buen sentido de nuestros hijos y ocuparnos de lo que nos espera.
Piedra de Toque hizo una mueca al pensar en el buen sentido de sus hijos, le entregó a Sabriel un sombrero de fieltro gris con una cinta negra, igual que el que él llevaba puesto, y la ayudó a quitarse el casquete y el alfiler, y a recogerse el pelo.
—¿Lista? —le preguntó mientras se abrochaba el cinturón del abrigo.
Con los gorros puestos, los cuellos levantados y las bufandas tapándoles las caras, no se distinguían de Damed y sus demás guardias. Exactamente lo que pretendían.
Fuera esperaban diez guardaespaldas, sin contar los conductores de los dos automóviles HeddenHare blindados hasta el último tornillo. Sabriel y Piedra de Toque se reunieron con ellos y los doce formaron brevemente una pina. Si al otro lado de las paredes los observaba algún enemigo, lo tendría muy difícil para distinguir quién era quién en medio de la niebla.
Dos personas subieron a la parte posterior de cada uno de los coches; las ocho restantes viajaban de pie en el estribo. Los conductores habían calentado los motores un buen rato y los tubos de escape soltaban una nube compacta y caliente de gases en la niebla.
A la señal de Damed, los coches partieron haciendo sonar las bocinas. Era la señal para indicarles a los guardias del portón que lo abrieran y a los policías de Ancelstierre que esperaban fuera que apartaran a la multitud. Últimamente había siempre una muchedumbre ahí fuera, formada, en su mayor parte, por los seguidores de Corolini: matones y agitadores pagados que llevaban el brazalete rojo, distintivo del partido Nuestro País, fundado por Corolini.
Pese a las preocupaciones de Damed, la policía hizo bien su trabajo, apartó a la multitud para que los dos coches pudiesen pasar veloces. Cuando la dejaron atrás, les lanzaron algunos ladrillos y piedras, pero con tan mala puntería que ninguna alcanzó a los guardias que viajaban en los estribos, y alguna que otra rebotó contra los cristales reforzados y la carrocería blindada. Poco después, la multitud quedó lejos, envuelta en la niebla, transformada en una masa oscura y vociferante.
—La escolta no nos sigue —dijo Damed, que viajaba en el estribo, junto al conductor del coche.
Un destacamento de la policía montada debía acompañar al rey Piedra de Toque y a su reina Abhorsen en sus desplazamientos por la ciudad; hasta ese momento habían cumplido su cometido, según los niveles exigidos por el Cuerpo de Policía de Corvere. En esta ocasión, sin embargo, los soldados de caballería seguían de pie, al lado de sus caballos. —A lo mejor no han entendido bien las órdenes —sugirió sin demasiada convicción la conductora, a través de la rendija de la ventanilla entreabierta.
—Será mejor que cambiemos de ruta —ordenó Damed—. Ve por Harald Street. La próxima a la izquierda.
Los coches adelantaron velozmente a otros dos vehículos más lentos, un camión y un carro tirado por un caballo, frenaron bruscamente, doblaron a la izquierda y enfilaron el tramo ancho de Harald Street. Se trataba de uno de los paseos más modernos y mejor iluminados por las farolas de gas que flanqueaban ambos lados a intervalos regulares. Aun así, la niebla no aconsejaba ir a más de veinticinco kilómetros por hora.
—¡Hay algo allá adelante! —informó la conductora. Damed levantó la vista y lanzó un juramento. Cuando los faros del coche traspasaron la niebla, vio una inmensa masa de gente en medio de la calle. No alcanzaba a ver qué ponían las pancartas, aunque resultaba fácil deducir que se trataba de una manifestación del partido Nuestro País. Para colmo, no había ningún policía para contenerlos. Ni un solo agente de casco azul a la vista.
—¡Alto! ¡Retroceded! —gritó Damed.
Le hizo señas al coche que iba detrás, agitó el brazo dos veces, para indicarles que había peligro y que era preciso dar marcha atrás.
Ambos coches empezaron a retroceder. Al hacerlo, la multitud avanzó hacia ellos. Hasta ese momento habían estado en silencio, pero empezaron a gritar: «¡Fuera, extranjeros!» y
«¡Nuestro País!». A los gritos seguía el lanzamiento de piedras y ladrillos, aunque ninguna alcanzó su objetivo, pues los manifestantes estaban demasiado lejos.
—¡Retroceded! —volvió a gritar Damed. Sacó la pistola y la mantuvo al costado de la pierna—. ¡Más deprisa!
El coche que iba en la cola se encontraba casi en la esquina cuando el camión y el carro que acababan de adelantar se cruzaron en la calzada y bloquearon la calle. Unos enmascarados salieron de las traseras de ambos vehículos y agitaron la niebla al correr. Iban armados.
Damed supo incluso antes de ver las armas que ocurriría lo que había temido desde el principio.
Una emboscada.
—¡Fuera, fuera! —gritó, señalando a los hombres armados—. ¡Disparad!
A su alrededor, los demás guardias abrían las puertas de los coches para cubrirse. Poco después, comenzaron a disparar. El rotundo estallido de las pistolas iba acompañado del ratatatatá de los nuevos fusiles de repetición, mucho más prácticos que los viejos Lewin del ejército. A ninguno de los guardias le gustaban las armas, pero habían practicado mucho desde que estaban al sur del Muro.
—¡No disparéis a la gente! —rugió Piedra de Toque—. ¡Sólo a los que van armados!
Los atacantes no ponían tanto cuidado. Se habían refugiado debajo de sus vehículos, detrás de un buzón y en un sendero junto a una pared de enormes macetas llenas de flores, y disparaban a discreción.
Las balas rebotaban en el suelo y en los coches blindados arrancándoles unos silbidos enloquecedores. El ruido reinaba en todas partes, onidos confusos y estridentes, una mezcla de chillidos y gritos combinados con el tableteo constante de las armas. La multitud, que momentos antes estaba tan ansiosa por abalanzarse sobre ellos, era ahora una masa confusa que intentaba huir en todas direcciones.
Damed corrió hacia un grupo de guardias parapetados detrás del motor del último coche.
—Al río —gritó—. Cruzad la plaza y bajad por la Escalinata del Carcelero. Allí tenemos dos barcas. En la niebla despistaréis a quién os siga.
—¡Podemos abrirnos paso a tiros y volver a la embajada! —respondió Piedra de Toque.
—¡Esto está demasiado bien planeado! ¡Los policías se han esfumado! Debéis salir de Corvere. ¡Abandonar Ancelstierre!
—¡No! —gritó Sabriel—. No hemos terminado...
Se interrumpió cuando Damed la empujó con violencia a ella y a Piedra de Toque y saltó por encima de ellos. Con su velocidad legendaria, interceptó un largo cilindro negro que atravesaba el aire dejando una estela de humo.
Una bomba.
Damed la agarró y la lanzó con un movimiento rápido, pero ni siquiera él, con su proverbial velocidad, consiguió nada.
La bomba estalló cuando estaba todavía en el aire. Cargada de explosivos y metralla, mató a Damed instantáneamente. La explosión hizo añicos los cristales de las casas situadas en un radio de un kilómetro y dejó sordos y ciegos a cuantos se hallaban a menos de cien metros. El verdadero daño lo causaron los miles de fragmentos metálicos que salieron proyectados por el aire, en medio de un fragor insoportable, y fueron a rebotar contra la piedra y el metal y, con demasiada frecuencia, se hundieron en las carnes de muchos.
La explosión se vio seguida de un silencio interrumpido por el rugido de las llamas de gas de las farolas destrozadas. Incluso la niebla se había retirado a causa de la ola expansiva, dejando un círculo abierto en el cielo. Los débiles rayos del sol se filtraron para lumbrar una escena de devastadora destrucción.
Había cuerpos sembrados por todas partes y debajo de los coches, ni un solo guardia uniformado aguantaba en pie. Los cristales reforzados de los coches también se habían roto y los ocupantes de los vehículos habían quedado acurrucados bajo el peso de la muerte.
Los asesinos supervivientes esperaron unos instantes antes de abandonar la protección del muro de macetas y avanzar riéndose a carcajadas.y felicitándose por el éxito de la operación, con las armas al hombro o acunadas entre los brazos, con un aire que ellos imaginaron desenvuelto.
La conversación y las risas eran sonoras, pero ellos no se percataron. Tenían los sentidos embotados, la cabeza en una nube. No sólo por la explosión, sino también por las tremendas escenas que fueron descubriendo a cada paso, por el alivio de verse vivos en medio de tanta muerte y destrucción.
La verdadera sorpresa se debía a que acababan de darse cuenta de que hacía trescientos años que en las calles de Corvere no asesinaban a un rey y una reina. Había vuelto a ocurrir. Ellos eran los artífices de aquella acción.