Abhorsen
Vuelo hacia el muro
—Era enorme —sollozó el hombre; el pánico se reflejaba en sus ojos y en su voz —. Más grande que un caballo y tenía alas... unas alas que tapaban el cielo. Llevaba un hombre colgando de las garras... ¡fue horrendo, horrendo! El alarido... ¿oísteis el alarido?
Los demás componentes de la banda de viajeros asintieron; muchos levantaron la cabeza y observaron el cielo donde la luz iba desapareciendo.
—Y con eso volaba otra cosa más —susurró el hombre—. Un perro. ¡Un perro con alas!
Sus interlocutores se miraron sin dar crédito a lo que oían. Un búho gigante, vaya y pase, porque después de todo lo habían oído ulular. No había que perder de vista que se encontraban en las Tierras Fronterizas y en tiempos difíciles. En los últimos días, habían visto hollar la tierra muchas cosas que jamás habrían imaginado. Pero ¿un perro con alas?
—Será mejor que continuemos —dijo la guía, una mujer de aspecto duro, que llevaba la marca del Gremio en la frente. Olfateó el aire y añadió—: Sí, hay algo extraño, para qué negarlo. Seguiremos hasta el Descanso del Gorrino, a menos que tengáis una idea mejor. Y que alguien ayude a Elluf. Dadle un poco de vino.
Los viajeros desmontaron rápidamente el campamento y desataron los caballos. Emprendieron viaje al norte; entretanto, el desafortunado Elluf iba echando tragos del odre como si llevara agua.
Al sur de donde estaban los viajeros, Lirael volaba batiendo alas cada vez más despacio. La operación resultaba muchísimo más difícil cuando el tamaño del búho bramador era veinte veces más grande que el normal y, además, cargando con Sam, Zapirón y dos mochilas. Sam la ayudó en el viaje lanzando marcas del Gremio para dotarla de fuerza y resistencia, pero gran parte de la magia de apoyo se la llevaba la piel del Gremio misma.
—Tengo que posarme —le gritó a la Perra Canalla, que volaba detrás de ella.
Había notado un fuerte dolor en las alas. Planeó sobre la arboleda y se dispuso a bajar.
Entonces vio su destino, al otro lado del bosque, una línea larga y gris que serpenteaba en la cima de unas colinas bajas y discurría de este a oeste hasta donde alcanzaba la vista: el Muro que separaba el Reino Antiguo de Ancelstierre.
Al otro lado del Muro sólo había oscuridad. La oscuridad profunda de la noche primaveral ancelstierrana llegaba hasta el Muro y allí se encontraba con el calor de un atardecer estival del Reino Antiguo. Los ojos de búho de Lirael fueron incapaces de adaptarse a la contradicción, de un lado el crepúsculo, del otro, la noche. A la muchacha le entró dolor de cabeza.
El Muro se alzaba allá abajo; alentada por aquella visión, Lirael se olvidó del dolor y de sus intenciones de bajar. Agitó las alas, volvió a ascender y fue directamente hacia el
Muro; su alarido triunfal hendió la noche.
—¡No intentes cruzar! —gritó Sam desde abajo balanceándose en el arnés improvisado con los tahalíes de las espadas y las correas de las mochilas que Lirael sujetaba con fuerza con sus garras—. ¡Acuérdate que debemos bajar de este lado!
Lirael lo oyó, se acordó de las advertencias del muchacho sobre la frontera y el lado de Ancelstierre y dejó caer un ala. De inmediato, cayó en picado y tuvo que ponerse a batir alas otra vez como una desesperada pues había calculado mal la velocidad y estaba a punto de barrer el suelo con Sam, Zapirón y ella misma.
El aleteo funcionó en cierta manera. Sam se levantó, comprobó si las rodillas magulladas seguían funcionando y se acercó al enorme búho que yacía cerca de él, medio atontado.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, preocupado, sin saber cómo hacer para comprobarlo.
¿Cómo se hacía para tomarle el pulso a un búho, especialmente a un búho de seis metros de largo?
Lirael no contestó. La piel del búho gigantesco se vio recorrida por infinitos haces de tenue luz dorada. Los haces se fueron sumando hasta que Sam vio las marcas del Gremio individuales. Todo el conjunto comenzó a brillar entonces con tanta fuerza que Sam tuvo que retroceder y taparse los ojos.
Al cabo de poco tiempo, Sam sólo vio una leve penumbra: el sol se ponía lentamente en el Reino Antiguo. Y vio a Lirael, tumbada boca abajo, con los brazos y las piernas desplegados. Se quejaba.
—Me duele hasta el último músculo —masculló mientras se afirmaba sobre las manos para incorporarse—. ¡Y me siento muy sucia! Esa piel del Gremio es peor que el barro. ¿Y la Perra Canalla?
—Aquí, amita —contestó el can, se echó encima de Lirael y le dio un lametón en la boca—. ¡Qué divertido! Sobre todo cuando volamos encima de ese hombre.
—No fue a propósito —dijo Lirael y utilizó a la perra de muleta para levantarse —. Yo me sorprendí tanto como él. Ojalá hayamos ahorrado tiempo suficiente y podamos aprovecharlo.
—Si esta noche conseguimos cruzar el Muro y la frontera, por fuerza tenemos que haber adelantado a Hedge —dijo Sam—. Al fin y al cabo, ¿a qué velocidad puede navegar una barcaza?
Se trataba de una respuesta retórica que, no obstante, obtuvo una contestación.
—Con un viento nigromántico podían cubrir más de sesenta leguas en un día y una noche —dijo Zapirón, la voz autorizada, oculta en la mochila de Sam—. Calculo que llegaron a la boca del Lago Rojo hoy a mediodía. A partir de allí, cualquiera sabe. Depende de la velocidad a la que puedan mover los hemisferios. Cabe la posibilidad de que hayan cruzado. Por otra parte, el tiempo entre el Reino Antiguo y Ancelstierre está desfasado. Hedge, auxiliado por El Destructor, pudo muy bien haber manipulado esa diferencia para ganar un día... o dos.
—Tú siempre tan alegre, ¿eh, Zapirón? —comentó Lirael.
Por extraño que pareciera, se sentía muy alegre y no tan cansada como había creído. Estaba muy orgullosa de que la piel del Gremio del búho gigante hubiera funcionado, y tenía la certeza de que habían conseguido adelantar a Hedge y sus barcazas.
—Bueno, habrá que continuar—anunció. Más valía no quitarle la piel al oso antes de haberlo cazado—. Sam, la verdad es que no se me había ocurrido, pero ¿cómo haremos para entrar en Ancelstierre? ¿Cómo cruzamos el Muro?
—El Muro es lo más fácil —contestó Sam—. Hay muchas puertas antiguas. Estarán cerradas a cal y canto y protegidas con encantamientos, salvo la que se encuentra en el
Paso Fronterizo actual, pero creo que podré abrirlas.
—Estoy segura —dijo Lirael para infundirle valor.
—Lo de la frontera ya resulta más complicado. Le disparan a todo lo que se mueve, aunque gran parte de las tropas se encuentran cerca del Paso Fronterizo, como estamos muy al oeste, cabe sólo la posibilidad de que nos topemos con alguna que otra patrulla. Para ir sobre seguro, he pensado que deberíamos mostrarnos como oficial y sargento del Cuerpo de Exploradores del Paso Fronterizo. Tú puedes ser la sargento, con una herida en la cabeza que te impide hablar, así no nos meterás en líos. Con un poco de suerte se lo tragarán... al menos el tiempo suficiente para no dispararnos sin preguntar.
—¿Qué hacemos con Zapirón y la Perra Canalla?
—Zapirón puede seguir en mi mochila —dijo Sam. Miró de reojo al gato y añadió —: Tendrás que prometerme que te estarás callado, Zapirón. Una mochila parlante significará una muerte segura.
Zapirón no se dignó a contestar. Ante la falta de protestas, Sam y Lirael se inclinaron por pensar que el felino asentía a regañadientes.
—A la perra la podemos disfrazar con un hechizo —continuó Sam—. Le pondremos collar y peto, como los perros rastreadores del ejército.
—¿Y qué rastrean? —preguntó la perra, interesada.
—Pues... bombas y otros artefactos, que se parecen a las marcas explosivas que usamos nosotros, pero que se hacen con productos químicos y no con magia —le explicó Sam—. Así lo hacen en el sur. En la frontera tienen perros especiales que rastrean a los muertos y la magia libre. Los perros detectan esas cosas mucho mejor que los ancelstierranos.
—Supongo que a mí tampoco me está permitido hablar —aventuró la Perra Canalla.
—Tú tampoco podrás hablar —confirmó Sam—. Te daremos un nombre y un número, como a los perros rastreadores. ¿Qué tal Bachicha? Conocí un perro que llevaba ese nombre. Y puedes usar mi antiguo número de servicio del cuerpo de cadetes de la escuela. Dos ocho dos nueve siete tres. Para abreviar, nueve siete tres Bachicha.
—Nueve siete tres Bachicha —repitió la perra, divertida, mascando las sílabas como si se tratara de algo comestible—. Curioso nombre.
—Será mejor que hagamos el hechizo aquí, antes de continuar —sugirió Sam—. Antes de cruzar el Muro.
Observó la oscuridad total de la noche ancelstierrana, al otro lado del Muro y añadió:
—Debemos cruzar antes de que amanezca dentro de pocas horas. De noche existen menos probabilidades de que nos topemos con una patrulla.
—Nunca me he disfrazado con hechizos —comentó Lirael con tono inseguro.
—De todos modos los tengo que hacer yo —le contestó Sam—. Tú no sabes cómo tenemos que vernos. No son difíciles, decididamente mucho más sencillos que tus pieles del Gremio. No tardo nada en hacer los tres que precisamos.
—Gracias —dijo Lirael.
Se sentó al lado de la perra, relajó los músculos doloridos y acarició a su mascota. Sam se alejó unos cuantos pasos y empezó a bucear en el Gremio en busca de las marcas necesarias para confeccionar los disfraces mágicos.
—¡Qué cosa! Pensar que es mi sobrino —le susurró Lirael a la perra—. Se me hace raro. Una familia de verdad y no un clan de primas como las clarvis. Ser tía y sobrina. Tener una hermana...
—Se te hace raro, ¿pero te parece bien? —preguntó la perra.
—No he tenido tiempo de pensar —contestó Lirael tras un breve silencio—. Es bonito y triste a la vez. Bonito porque... porque soy una Abhorsen de los pies a la cabeza, y eso me ha permitido darle un sentido a todo. Es triste porque me pasé toda mi vida anterior con la sensación de estar fuera de lugar por no ser una verdadera clarvi. ¡Tantos años empeñada n ser algo que no era! Ahora me pregunto, si hubiera podido convertirme en una clarvi, ¿me habría conformado? ¿O acaso habría sido incapaz de imaginarme siendo algo distinto?
Tuvo un momento de vacilación y luego añadió en voz baja:
—Me pregunto si mi madre sabría cómo iba a ser mi niñez. Claro que Arielle era una clarvi y es muy probable que no comprendiera a fondo lo que se siente al criarse en el Glaciar sin tener el don de la visión.
—Eso me recuerda —dijo Zapirón de repente y asomó la cabeza por la mochila con tanta prisa que le quedó una oreja doblada—. Arielle. Tu madre. Me dejó un mensaje cuando estuvo en la Casa.
—¡Qué! —exclamó Lirael, se levantó de un salto y agarró a Zapirón del cogote haciendo caso omiso de la invitación de Ranna al sueño y del desagradable intercambio entre la magia libre de la piel del felino y el collar hecho con un encantamiento del Gremio—. ¿Qué mensaje? ¿Por qué no me lo diste antes?
—Hummm —contestó Zapirón.
Tiró para soltarse y se le enganchó el collar en la mano de Lirael. Ella lo dejó ir antes de que se lo quitara y el toque de advertencia de Ranna obligó al gato a dejar de retorcerse.
—Si me escuchas, te lo transmito...
—¡Zapirón! —gruñó la perra, se acercó al gato y le echó el aliento en la cara.
—Arielle me vio contigo, cerca del Muro —dijo Zapirón a toda prisa—. Estaba sentada en su papelonave y yo le entregaba un paquete... como comprenderás, entonces yo tenía otra forma bien distinta. De hecho, quizá no me habría acordado de esto, de no haber vuelto a adoptar esa forma después de la conversación forzosa que mantuve debajo de la Casa. Resulta extraño comprobar que con forma de hombre recuerdo ciertas cosas. Imagino que he tenido que olvidarlas para volver a acordarme de ellas sólo cuando estuviera donde ella me vio...
—¡Zapirón! ¡El mensaje! —suplicó Lirael.
Zapirón asintió y se lamió los labios. Estaba claro que iba a continuar cuando le viniera en gana.
—Le entregué el paquete —prosiguió—. Ella observaba la bruma que se elevaba sobre la cascada. Ese día había un arco iris, pero ella no lo vio. Me di cuenta de que se le empañaban los ojos con la visión y entonces fue cuando dijo: «Estarás al lado de mi hija, cerca del Muro. La verás ya de mayor, yo no podré. Dile a Lirael que... que mi partida será... habrá sido... contra mi voluntad. He unido su vida y la mía a la del Abhorsen y he puesto los pies de madre e hija en el sendero que limitará nuestras decisiones. Dile también que la quiero, que siempre la querré y que la dejo con el corazón destrozado».
Lirael escuchaba atentamente y no era la voz de Zapirón la que oía, sino la de su madre. Cuando el gato calló, la muchacha observó el cielo rojizo y las estrellas titilantes al otro lado del Muro; por su mejilla rodó una única lágrima que dejó una señal de plata iluminada por la última luz del atardecer.
—Ya está hecho tu disfraz —anunció Sam, tan concentrado en su trabajo que se perdió cuanto Zapirón refirió—. Sólo tienes que meterte en él. Asegúrate de mantener los ojos cerrados.
Lirael se dio la vuelta, vio flotar en el aire un contorno reluciente y se metió en él. Antes de hacerlo, cerró bien los ojos. El fuego dorado se extendió por su cara como unas manos cálidas y suaves y enjugaron sus lágrimas.