Abhorsen
El príncipe Sameth y Hedge
Lirael había recorrido la mitad del camino para acudir a la cita con Sam cuando Nick se cayó y ya no pudo levantarse. Tenía la cara desfigurada por la fiebre y el esfuerzo y le faltaba el aire. Quedó tumbado de espaldas y la miraba con gesto alelado, como si esperara que lo ejecutasen.
Advirtió entonces que quizás ésa fuese la impresión que daba, pues estaba junto a él y lo miraba desde arriba, con la espada en alto. Lirael envainó a Nehima y dejó de fruncir el ceño, pero comprobó que Nick estaba demasiado enfermo y cansado para comprender que intentaba infundirle ánimos.
—Me parece que tendré que cargar contigo —dijo con una mezcla de agotamiento y desesperación.
No pesaba casi nada, pero quedaba más de medio kilómetro para llegar al arroyo. Ignoraba cuánto tiempo permanecería adormecido el fragmento del Destructor o lo que fuese que habitaba el interior del muchacho.
—¿Por qué... por qué lo haces? —preguntó Nick con voz ronca cuando Lirael se lo echó a la espalda—. El experimento continuará sin mí, ya lo sabes.
En la Gran Biblioteca de las clarvis, Lirael había aprendido a cargar a un herido a la manera de los bomberos, aunque llevaba años sin practicar. Desde que la destilería ilegal de Kemmeru se había incendiado cuando Lirael cubría su turno en el cuerpo antiincendios de las bibliotecas. Se alegró de no haberse olvidado de la técnica, y de que Nick fuese mucho más ligero que Kemmeru. No era una comparación justa, pues Kemmery había insistido en que la sacaran junto con sus libros preferidos.
—Tu amigo Sam te lo explicará —jadeó Lirael.
La muchacha oyó a la perra ladrar a sus espaldas, lo cual la reconfortó, pero le costaba mucho trabajo ver por dónde iba, pues no había amanecido y aunque el cielo empezara a clarear, la poca luz disponible no bastaba para proyectar sombras. Había sido mucho más fácil cruzar esa parte del valle con su forma de búho.
—¿Sam? —dijo Nick—. ¿Qué tiene Sam que ver en esto?
—Él te lo explicará —contestó Lirael brevemente para ahorrar aliento.
Miró hacia arriba para determinar su posición por Uallus. Pero seguían demasiado cerca del foso y lo único que veía eran nubes tormentosas y relámpagos. Al menos había dejado de llover y las nubes más naturales comenzaban a aparecer en lo alto.
Lirael siguió avanzando con la creciente sospecha de que se había desviado del sendero y ya no iba en la dirección correcta. Debería haber prestado más atención al sobrevolar la zona, pensó Lirael, cuando todo se extendía allá abajo como un hermoso centón.
—Hedge me rescatará —susurró Nick débilmente, con la voz ronca y rara, sobre todo porque provenía de algún punto cercano a la hebilla del cinto de Lirael, pues llevaba al muchacho colgando.
Lirael no le hizo caso. Ya no oía a la perra y, bajo sus pies, el terreno comenzaba a volverse pantanoso, y eso sí que le dio muy mala espina. A lo lejos comenzaba a divisarse una masa tenue. Quizá fuesen arbustos. A lo mejor eran los que flanqueaban el arroyo donde la esperaba Sam.
Lirael apretó el paso. El peso de Nick hacía que se hundiese en el terreno empapado. Al acercarse un poco más y gracias a la luz del sol naciente vio lo que había más adelante. Eran juncos y no arbustos. Unos juncos altos, de puntas rojas florecidas, los que daban nombre al lago Rojo, pues el polen que desprendían teñía las orillas del lago de un intenso y brillante tono escarlata.
Había equivocado por completo el camino. Sin saber ni cómo, había ido hacia el oeste. Se encontraba a orillas del lago y los cuervos sanguinarios no tardarían en descubrirla. A menos que no la viesen, pensó. Levantó un poco más a Nick y se inclinó para equilibrar la carga. El muchacho gimió de dolor, pero Lirael no le hizo caso y se metió entre los juncos.
El barro no tardó en dar paso al agua que le llegaba a la altura de las espinillas. Los juncos crecían tupidos, y sus puntas florecidas se elevaban por encima de la cabeza de Lirael. Sin embargo, entre ellos se veía un estrecho sendero donde estaban todos caídos y permitían el paso. Siguió ese sendero serpenteante que se internaba en la marisma.
Sam extrajo otra marca del flujo infinito del Gremio, la obligó a meterse en la flecha que sujetaba entre las rodillas y la vio extenderse como aceite por el acero de la punta. Era la última para aquella flecha, pues había dotado ya de marcas para la puntería y la fuerza a a varilla, para el vuelo y la buena suerte a las plumas y para desenmarañar y enviar al destierro a la punta.
Era la última de veinte flechas, todas hechizadas para convertirlas en armas de gran utilidad al menos contra los muertos menores. Sam había tardado dos horas y estaba un poco cansado. Ignoraba que la mayoría de magos del Gremio habrían tardado una jornada entera. A Sam siempre le había resultado fácil infundir magia a los objetos inanimados.
Completó el trabajo sentado en el extremo seco de un tronco medio hundido en el arroyo. En opinión de Sam era un arroyo muy bueno, porque tenía al menos quinientos metros de ancho y sus aguas eran profundas y caudalosas. Se podía cruzar usando el tronco y saltando por unas cuantas pasaderas enormes, pero Sam dudaba de que los muertos se atrevieran a tanto.
El muchacho guardó la flecha terminada en la aljaba que había hecho en la mochila de Lirael y se la echó a la espalda. Su propia mochila estaba en el suelo, cerca del arroyo, con Zapirón cómodamente dormido en lo alto. Al inclinarse para ver mejor bajo la primera luz del amanecer, Sam comprobó que el felino se había ido. El bulto oscuro posado en lo alto de la mochila había desaparecido por completo y no había señales del gato en el bolsillo interior.
Sam buscó a su alrededor sin ver nada que se moviera, aunque la luz no bastaba para distinguir nada, estuviera quieto u oculto. Tampoco escuchó nada sospechoso, sólo el borboteo del arroyo y, a lo lejos, el retumbo del trueno que llegaba tras los relámpagos que rodeaba el foso.
Zapirón nunca se había marchado de aquella manera; Sam confiaba en el gatito blanco mucho menos que antes de su experiencia en los extraños túneles que había debajo de la Casa. Cogió el arco de Lirael y preparó una flecha. Tenía la espada al costado, pero como ya amanecía, había luz suficiente para disparar y dar en el blanco. Al menos hasta el otro lado del arroyo, que Sam no tenía la menor intención de cruzar.
Algo se movió en la otra orilla. Una silueta pequeña y blanca que se escurría cerca del agua. Quizá fuese Zapirón, pensó Sam, mirando con atención en la penumbra. Quizá.
Se acercó más y el muchacho tensó el arco.
—¿Zapirón? —susurró, con los nervios tan tensos como el arco.
—¿Quién iba a ser si no, tonto? —contestó la silueta blanca y saltó ágilmente de piedra en piedra hasta llegar al tronco—. Ahorra las flechas... que buena falta te van a hacer. ¡Hay como doscientos braceros muertos que vienen hacia aquí!
—¿Qué? —gritó Sam—. ¿Y Lirael y Nick? ¿Están bien?
—No tengo ni idea —contestó Zapirón tranquilamente—. Fui a ver qué pasaba cuando nuestra compañera canina se puso a ladrar. Viene hacia aquí, la persiguen muy de cerca, pero no vi ni a Lirael ni al problemático de tu amigo. Ah... y creo que ahora se llama Perra Asquerosa.
A las palabras de Zapirón siguió un sonoro chapuzón, el que se dio la perra cuando apareció de pronto en la orilla opuesta y se tiró de cabeza al arroyo salpicando agua en todas direcciones, pero sobre todo hacia donde se encontraba Zapirón.
En un abrir y cerrar de ojos, la perra estuvo al lado de ellos y se sacudió con tanta fuerza que Sam hubo de apartar el arco para que no se le mojara.
—Deprisa —jadeó—. ¡Debemos huir de aquí! ¡Quédate de este lado y ve corriente abajo!
En cuanto hubo hablado, la perra se echó a correr otra vez por la orilla del arroyo. Sam saltó del tronco, recogió su mochila y salió tras la perra, mientras iba desgranando una serie de preguntas. Con la mochila de Lirael a la espalda, el arco y una flecha en una mano y su mochila en la otra, tuvo que concentrarse a fondo para no caer al arroyo.
—¿Lirael... y Nick? ¿No... podemos parar... y hablar un poco...?
—Lirael se metió en los juncos, pero el nigromante apareció de pronto y ya no pude seguirla, de lo contrario, la habría descubierto —dijo la perra y volvió la cabeza sin dejar de correr—. ¡Por eso no podemos parar!
Sam también miró atrás, tropezó con la mochila y perdió el arco y la flecha. Se levantó lo más deprisa que pudo y vio que un muro de braceros muertos se detenía al borde del arroyo, cerca del tronco hundido. Eran cientos y cientos, una masa oscura de siluetas que se retorcían y que, de inmediato, comenzaron a seguir a la perra en paralelo desde la orilla opuesta.
En el centro de los braceros muertos destacaba una figura. Un hombre envuelto en llamas rojas, a lomos del esqueleto de un caballo que sólo conservaba carne en el cuello y la cruz.
Hedge. Sam notó su presencia como un cubo de agua helada y un dolor agudo en las muñecas. Hedge gritaba algo, quizás un encantamiento, pero Sam no lo oyó pues se afanaba por recoger el arco y sacar otra flecha. Todavía estaba bastante oscuro y calculó que la distancia que los separaba era considerable, pero creía que con un poco de suerte, el disparo conseguiría atravesar la quietud y dar en el blanco.
Fue pensarlo y tener la flecha tensada en el arco. Por un momento, dedicó toda su concentración en una línea entre él y aquella silueta de fuego y oscuridad.
Y entonces disparó y la flecha encantada partió de él como una chispa azul. Sam siguió su trayectoria lleno de esperanza y la vio volar certera hasta clavarse en el nigromante con un resplandor blanco que lució en el fuego rojo. Hedge cayó del esqueleto del caballo que, tras retroceder, echó a correr hacia delante, arremetiendo contra varias filas de braceros muertos y zambulléndose en el agua en medio de una explosión de chispas blancas y un chillido que resonó con fuerza. El animal supo instintivamente cómo soltarse y morir para siempre.
—Eso lo hará enfadar —dijo Zapirón a los pies de Sam.
Las esperanzas de Sam se esfumaron cuando vio que Hedge se levantaba, se arrancaba la flecha clavada en la garganta y la lanzaba al suelo.
—No gastes otra en él —dijo la perra—. No hay flecha que pueda matarlo, por más hechizos que lleven.
Sam asintió sombríamente, lanzó el arco a un lado y desenvainó la espada. Aunque el arroyo pudiese frenar el avance de los braceros muertos, sabía que a Hedge no lo detendría.
El nigromante desenvainó su espada y avanzó, sus braceros muertos se apartaron para formar un pasillo. En el borde del arroyo, Hedge esbozó una amplia sonrisa y las llamas rojas le envolvieron los dientes. Hundió una bota en el agua y volvió a sonreír mientras el agua comenzaba a soltar vapor.
—¡Ve y ayuda a Lirael! —le ordenó Sam a la perra—. Entretendré a Hedge todo lo que pueda. Zapirón, ¿me vas a ayudar?
Zapirón no le contestó; no había ni rastro del felino.
—Buena suerte —le deseó la perra y partió a toda carrera a lo largo de la orilla, rumbo al oeste.
Sam inspiró hondo y adoptó una postura de defensa. Sus peores temores se habían hecho realidad: debería enfrentarse otra vez solo a Hedge.
El muchacho se sumergió en el Gremio en busca de consuelo y de algún hechizo. Respiró de forma más acompasada en cuanto notó a su alrededor el flujo familiar y, casi sin pensar, empezó a dibujar marcas del Gremio, susurrando sus nombres a medida que caían en la palma de su mano.
Hedge avanzó un paso más. Estaba envuelto en vapor y casi completamente oscurecido; corriente arriba y abajo el arroyo era como una inmensa olla con agua hirviente. Encogido de temor, Sam comprobó que el nigromante intentaba evaporar el arroyo. A sus pies había ucha menos agua, empezaba a verse el lecho del arroyo y los braceros muertos comenzaban a avanzar.
Hedge ni siquiera se molestaría en luchar contra él, pensó Sam. Lo único que tenía que hacer era quedarse en el arroyo mientras sus braceros muertos lo cruzaban y acababan con Sam. Aunque llevaba la zampona, Sam no sabía usarla como era debido y además los braceros eran muchísimos.
Le quedaba una solución. Atacar a Hedge en el arroyo y matarlo antes de que los braceros cruzaran. «Si es que conseguía eliminar a Hedge —dijo una vocecita regañona en su interior—. ¿No sería mejor que huyeras? Antes de que vuelva a quemarte, antes de que el nigromante te arranque el espíritu de las carnes y se lo lleve...»
Sam desechó el pensamiento y obligó a la vocecita regañona a que se ocultara en lo más profundo de su mente hasta quedar reducida a un chillido apenas perceptible. Dejó que las marcas del Gremio que tenía en la mano se disolvieran, volvió a buscar en el Gremio y extrajo una nueva ristra de marcas. Al invocarlas, Sam las trazó rápidamente con el dedo sobre la pierna. Eran marcas para proteger, reflejar, distraer. Se unieron, brillaron y le envolvieron las piernas con una armadura producto de la magia del gremio que resistiría el vapor y el agua calientes.
Se miró durante apenas diez o quince segundos. Cuando volvió a levantar la vista, Hedge había desaparecido. El vapor se estaba disipando y el agua volvía a fluir. Los braceros muertos le volvieron la espalda y se marcharon a trompicones dejando un rastro de pedazos de carne putrefacta y huesos astillados.
—Príncipe Sameth, o has nacido para morir de otro modo —observó Zapirón que apareció a los pies de Sam como si acabara de brotar del suelo—, o Hedge acaba de encontrar algo más importante que hacer.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Sam.
El muchacho se sentía extrañamente abatido. Estaba dispuesto a lanzarse al arroyo para luchar contra él y, de repente, la mañana volvía a estar tranquila. Incluso había salido el sol y los pájaros volvían a cantar. Aunque sólo de su lado del arroyo, según notó Sam.
—Pues me escondí, que es lo que cualquier persona sensata haría cuando se le aparece un nigromante tan poderoso como Hedge —respondió Zapirón.
—¿Tan poderoso es? —quiso saber Sam—. Debes de haber conocido a muchos nigromantes mientras servías a mi madre y los demás Abhorsens.
—No contaban con la ayuda del Destructor —dijo Zapirón—. He de reconocer que me sorprende ver lo que es capaz de hacer, incluso sojuzgado. Una lección para todos nosotros, aunque atrapado en el interior de un trozo de metal plateado...
—¿Adonde crees que fue Hedge? —lo interrumpió Sam sin prestarle ninguna atención.
—Pues regresó junto a esos trozos de metal, por supuesto —bostezó Zapirón—. O quizá fuera por Lirael. Me parece que ha llegado la hora de que me eche una siestecita.
El gato volvió a bostezar y luego gruñó sorprendido cuando Sam lo agarró y lo sacudió haciendo que Ranna, colgada de su collar, tintineara.
—¡Tienes que buscar a la perra! Tienes que ir a ayudar a Lirael.
—Ésas no son formas de pedírmelo —bostezó Zapirón, al notar que la somnolencia de Ranna los invadía a ambos.
Sam descubrió de pronto que se había sentado y que el suelo le parecía la mar de cómodo. No tenía más que acostarse, colocar las manos detrás de la cabeza y...
—¡No, no! —protestó.
Se puso en pie, se metió en el arroyo y hundió la cara en el agua.
Cuando salió, Zapirón se había vuelto a meter en su mochila. Estaba completamente dormido y lucía una sonrisa malvada.
Sam lo observó y se pasó las manos por el pelo empapado. La perra había partido orriente abajo. ¿Qué le había dicho? «Lirael se metió en los juncos.»
De modo que si Sam seguía el arroyo hasta el lago Rojo, era muy probable que la encontrase. O a lo mejor alguna señal de ella, o de la perra. Con algo de suerte, Zapirón podía despertarse.
O Hedge podía regresar...
Sam no quería quedarse sentado donde estaba. Lirael podía necesitar su ayuda. Nicholas podía necesitar su ayuda. Debía encontrarlos. Juntos, quizá sobreviviesen lo suficiente para hacer algo con El Destructor atrapado en los hemisferios de plata. Solos, no les quedaba más que el fracaso y la caída.
Sam guardó el arco de Lirael y tiró la flecha. Cargó una mochila en cada hombro, se aseguró de que Zapirón no se cayera de ella, aunque se lo tuviese merecido y se fue hacia el oeste, siguiendo el curso del arroyo.