Abhorsen
Los siete
«¿Se puede saber qué has hecho, Sameth?» Ésas fueron las primeras palabras que brotaron de los labios de Ellimere y, para disimular el tono, hizo un intento por abrazarlo del que Sam se zafó limpiamente.
—¡No tengo tiempo de explicártelo! —exclamó mientras le tendía a Nehima, cubierta de sangre—. Necesito un poco de tu sangre en la hoja; luego tendrás que ir a ayudar a tía
Lirael.
Ellimere obedeció al instante. En otra época, Sam se habría sorprendido mucho de la inmediata colaboración de su hermana. Ellimere no era ninguna tonta, sabía que la columna de fuego que se elevaba por encima de las montañas era el comienzo de algo extrañísimo, de algo tremendo.
—¡Madre! ¡Padre! ¡Cuánto... cuánto me alegro de que no hayáis muerto! —gritó Sam mientras Ellimere pasaba corriendo a su lado con la palma ensangrentada, y Sabriel y Piedra de Toque se aproximaban a su hijo.
—Lo mismo digo —contestó Piedra de Toque y, sin perder tiempo, le tendió la mano a Sam para que pudiera hacerle el corte.
Sabriel le ofreció la suya mientras con la otra le alborotó el pelo a su hijo.
—Tengo una hermana, o al menos es lo que las clarvis me han dicho, y una nueva Abhorsen en ciernes —dijo Sabriel, mientras se limpiaban las palmas de las manos en el acero, las marcas brillaron al sentir el parentesco de la sangre del Gremio—. Y tú has encontrado otro camino, aunque no menos importante. Confío en que le hayas sido de utilidad a tu tía.
—Supongo que sí —dijo Sam. Trataba de retener en la cabeza todo el hechizo del fraguado y no tenía tiempo para charlar—. ¡Necesita que la ayudemos ya mismo con tres escudos protectores!
Sabriel y Piedra de Toque ya se habían puesto en marcha antes de que Sam terminara de hablar. Las dos clarvis se plantaron delante del muchacho, con las manos tendidas. Sin decir una sola palabra, Sam les hizo sendos cortes en las palmas y ellas también mancharon la hoja con su sangre. Sam ni se percató pues en ese momento su cabeza era un hervidero de marcas del Gremio que no cesaban de dar vueltas. Tampoco se dio cuenta cuando las dos lo sujetaron del brazo y lo condujeron colina arriba. Era incapaz de pensar en nimiedades mundanas como caminar. Estaba perdido en el Gremio, desenterrando marcas que apenas conocía. Miles y miles de marcas del Gremio que le llenaron la cabeza de luz y se fueron extendiendo hacia dentro y hacia fuera, hasta formar un hechizo que uniría a Nehima con las siete flautas de la zampona para reproducir un arma tan letal para quien la esgrimiera como para quien le sirviera de diana.
Al llegar a la cima de las montañas, tampoco hubo tiempo para saludos. Lirael se limitó a dar órdenes en cuanto llegaron Ellimere, Sabriel y Piedra de Toque. Los mandó a ayudar a confeccionar las primeras tres marcas de cada escudo protector, y que guardaran la última hasta que todos estuviesen dentro y los escudos se hubiesen completado. Por un instante, Lirael había dudado al dar las instrucciones, temía que protestaran, porque ¿quién era ella para darle órdenes al rey y a la Abhorsen? Nadie dijo ni media palabra, todos cumplieron con su parte de la tarea y, para ahorrar tiempo, cada uno de ellos se encargó de uno de los puntos cardinales y, juntos, levantaron el escudo.
El mayor Greene tampoco había cuestionado sus órdenes, según comprobó Lirael con gran alivio. Los pocos hombres que quedaban de su compañía corrían sin orden ni concierto por el valle, los sanos sostenían a los heridos, mientras tanto, el mayor les metía prisa con sus gritos. A su vez, los soldados ordenaban a voz en cuello a los sureños que se echaran al suelo, que no miraran. Lirael esperaba que los sureños hicieran caso, porque la visión de la columna de fuego que no cesaba de dar vueltas tenía al mismo tiempo el poder de embelesar y aterrorizar.
Sam subió a los tumbos entre Sanar y Ryelle; las gemelas le sonrieron a Lirael en cuanto metieron al muchacho en el centro del incipiente escudo en forma de rombo. Lirael sonrió a su vez brevemente y ese gesto bastó para devolverle por un instante las palabras que las dos clarvis habían pronunciado el día en que salió del Glaciar. «No olvides que tengas o no el don de la visión, eres hija de las clarvis.»
Lirael cerró el escudo protector externo con una defensa cardinal y entró en el siguiente escudo incompleto. En cuanto pasó a su lado, Piedra de Toque dejó que la marca del norte saliera de su espada para cerrar el segundo escudo a espaldas de la muchacha. Le sonrió a Lirael cuando los dos entraron en el tercer y último escudo y, en ese momento, la muchacha notó el enorme parecido que había entre el rey y su hijo.
Sabriel se encargó de cerrar el escudo más interior. En apenas unos cuantos minutos habían levantado defensas mágicas de triple fuerza. Lirael abrigó la esperanza de que fueran suficientes y de que aguantaran el tiempo necesario para completar cuanto había de hacerse. Tuvo un instante de pánico: contó rápidamente con los dedos para asegurarse de que eran siete. Ella, Sameth, Ellimere, Sabriel, Piedra de Toque, Sanar, Ryelle. Eran siete, aunque no estaba del todo segura de que fueran los siete correctos.
Las líneas del escudo con forma de rombo despidieron un brillo dorado, pálido en comparación con la luz feroz de la columna de fuego. Pese a lo colosal del tamaño de aquella columna rugiente, Lirael sabía que era sólo la primera y la menos importante de las nueve manifestaciones del poder del Destructor. Lo peor estaba por venir y no tardaría en llegar.
Sam se arrodilló sobre la espada y la zampona y tejió el hechizo. Lirael comprobó que la Perra Canalla y Zapirón se encontraban a salvo, dentro del escudo, y notó que el cuerpo de Nick también estaba dentro, cosa que le pareció bien. Le dio mucha rabia comprobar que dentro del escudo había quedado encerrada una planta de cardos, porque delataba sus prisas. No había tenido tiempo de pensar cuál sería el lugar más adecuado para los escudos.
Cuantos se hallaban en el interior de los escudos protectores se mostraron algo envarados por un momento, en la calma que precede al desastre. Es decir, todos menos Sam. Después, Sabriel abrazó a Lirael y la besó en la mejilla.
—De manera que tú eres la hermana que no sabía que tenía —dijo Sabriel—. Me habría gustado conocerte antes y en una ocasión más propicia. Nos hemos enterado de golpe de un montón de novedades, me temo que más de las que mi pobre mente cansada puede soportar. Para llegar hasta aquí hemos tenido que viajar en barco, furgón, aeroplano y en las papelonaves; no hemos tenido un minuto de descanso, y las clarvis han visto muchísimo, así de repente. Me dicen que nos enfrentamos a un gran espíritu del principio, y que tú no sólo eres la heredera de mi cargo sino una recordadora, lo cual te ha permitido ver el pasado, del mismo modo que las clarvis ven el futuro. De modo que dime, por favor, ¿qué debemos hacer?
—Me alegro infinitamente que estéis todos aquí —contestó Lirael.
¡Qué fácil y qué tentador aprovechar ese paréntesis para venirse abajo, pero no podía! Todo dependía de ella. Todo. Inspiró hondo y añadió:
—El Destructor se prepara para mostrarse en su segunda manifestación, espero... espero que los escudos protectores nos protejan de ella. Después, se calmará durante unos instantes, que nosotros deberemos aprovechar para acercarnos a él, defendiéndonos de los fuegos que la segunda manifestación dejará atrás. El hechizo vinculante que usaremos es sencillo, os lo enseñaré ahora mismo. Pero antes, cada uno de vosotros deberá quedarse con una de mis campanas... o las de la Abhorsen.
—Llámame Sabriel —le pidió Sabriel con firmeza—. ¿Podemos coger cualquier campana?
—Sólo una os parecerá adecuada, será la que apele a vuestra sangre. Cada uno de nosotros representará a los siete originales, tal como siguen viviendo en nuestro linaje y en las campanas —balbuceó Lirael, nerviosísima por tener que darle instrucciones a sus mayores.
Vista de cerca, Sabriel resultaba imponente y le costaba mucho recordar que era su hermana además de la legendaria sojuzgadora de los muertos. Pero Lirael sabía lo que acía. En el espejo oscuro había visto cómo se había llevado a cabo el sojuzgamiento y cómo debía repetirse, y sentía las afinidades entre las campanas y cada persona.
Sin embargo, Sanar y Ryelle la inquietaban un poco. Lirael las miró y el corazón le dio un vuelco al caer en la cuenta de que, como gemelas, sus espíritus estaban entrelazados. Solo podrían sostener una campana entre las dos. Necesitaba siete personas y contaba con seis.
Fue tal su horror que se quedó petrificada mientras los demás se adelantaban y cogían las campanas de Sabriel.
—Creo que Saraneth es para mí —anunció Sabriel, pero dejó la campana en la bandolera—. ¿Piedra de Toque?
—Para mí, Ranna —contestó Piedra de Toque—. En vista de mi pasado, la durmiente parece la más adecuada.
—Yo tomaré una campana de las de mi tía, si es posible —dijo Ellimere—. Me quedo con Dyrim.
Lirael le entregó mecánicamente la campana a su sobrina. Ellimere guardaba un gran parecido con Sabriel, en su interior llevaba la misma fuerza contenida. Pero tenía la sonrisa de su padre, pese al miedo que sentía.
—Nosotras sostendremos juntas a Mosrael —dijeron Sanar y Ryelle al unísono.
Lirael cerró los ojos. Tal vez no había contado bien, pensó. Pero notaba quién debía coger cada campana. Abrió los ojos otra vez y, con manos temblorosas, comenzó a desatar una correa de su bandolera.
—Sam se quedará con Belgaer y... y yo empuñaré a Astarael y... y Kibeth, así serán siete.
Procuró imprimir a sus palabras toda la confianza posible, pero no consiguió disimular el temblor de su voz. No podía empuñar dos campanas. Y menos para realizar ese hechizo vinculante. Era preciso que hubiese siete personas, no sólo siete campanas.
—¡Guau! —ladró la perra, se levantó y meneó los cuartos traseros de un modo un tanto bochornoso—. Deja a Kibeth. Yo me representaré a mí misma.
Lirael tanteó la correa que mantenía en silencio a Astarael y a duras penas consiguió impedir que la campana lanzara el lastimero tañido que enviaría a cuantos lo oyeran al más allá.
—¡Dijiste que no eras uno de los siete! —protestó Lirael, aunque hacía tiempo que sospechaba la verdad acerca de la perra.
Sencillamente no había querido reconocerlo, ni siquiera para sus adentros, porque la Perra Canalla era su amiga del alma, la única que había tenido en mucho tiempo. Lirael era incapaz de imaginar a Kibeth como amiga suya.
—Te mentí —dijo la perra alegremente—. Es uno de los motivos por los que me llamo Perra Canalla. Además, soy sólo lo que quedó de Kibeth, de una manera heredada e indirecta. No es exactamente lo mismo. Pero me enfrentaré al Destructor. Plantaré cara a Orannis como una de vuestros siete.
Cuando la perra pronunció el nombre del Destructor, la columna de fuego crepitó estruendosamente, se elevó más y atravesó las nubes tormentosas que quedaban en el cielo. Se alzaba a más de mil metros por encima del suelo y dominaba el cielo por el lado de poniente, derrotando con su luz roja la amarilla del sol.
Lirael quiso decir algo, pero se le hizo un nudo en la garganta y no le salieron las palabras. Los ojos se le llenaron de lágrimas y no supo si eran de alivio o de tristeza. Pasara lo que pasara, sabía que las cosas entre ella y la Perra Canalla no volverían a ser nunca como antes.
En lugar de hablar, le rascó la cabeza a su mascota. Pasó dos veces la mano por la suave pelambre del can. A continuación, recitó rápidamente el hechizo vinculante y le indicó a odos las marcas y las palabras que debían emplear.
—Sam está haciendo la espada que usaré para quebrar al Destructor una vez que lo hayamos sojuzgado —concluyó Lirael y deseó que su sobrino estuviera confeccionando la espada. Para darse ánimos, agregó—: Es un genuino heredero de los poderes de los constructores del Muro.
Señaló hacia donde Sam se encontraba inclinado sobre Nehima, movía las manos con una serie de complejos gestos; los nombres de las marcas del Gremio le salían como un torrente de la boca mientras sus manos tejían los símbolos brillantes hasta formar un hilo complejo que se enroscó en el aire y cayó sobre la hoja desnuda de la espada.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Ellimere.
—No lo sé —murmuró Lirael. Y para que todos la oyeran, repitió en voz alta—: No lo sé.
Se quedaron esperando; los segundos se estiraban angustiosos hasta convertirse en minutos terribles, mientras Sam invocaba las marcas del Gremio y Orannis retumbaba al otro lado de las montañas, conjurando, cada uno de ellos, unos hechizos muy diferentes. Lirael se dio cuenta de pronto de que cada pocos minutos miraba hacia el valle, donde parecía que el mayor Greene conseguía que los sureños se echaran al suelo; luego miraba a Sam, y a continuación el fuego del Destructor, y vuelta al valle, aunque cada mirada iba cargada de nuevos temores, de nuevas ansiedades.
Los sureños estaban todavía demasiado cerca; Lirael lo sabía, aunque no tanto como antes. Sam no parecía avanzar demasiado. El Destructor crecía y crecía, se volvía más y más fuerte, y Lirael sabía que en cualquier momento se mostraría en su segunda manifestación, la que le daba su nombre.
El Destructor.
Todos dieron un brinco en cuanto Sam se puso en pie. Volvieron a brincar cuando el muchacho pronunció siete marcas maestras seguidas. Un río de oro líquido y plata llameante fluyó de sus manos tendidas sobre la espada ensangrentada de Lirael y la zampona, que él había separado previamente en sus flautas individuales y dispuesto a lo largo de la hoja plateada.
Momentos más tarde, El Destructor brilló con unos destellos descomunales y el suelo tembló bajo los pies de los siete.
—¡Apartad la vista y cerrad los ojos! —gritó Lirael.
Se tapó la cara con un brazo, se agachó y se colocó en dirección al valle. Detrás de ella, una esfera brillante de plata, los hemisferios unidos, ascendió al cielo, hacia lo alto de la columna de fuego. A medida que subía, la esfera brillaba más y más hasta resplandecer más que el mismo sol. Se mantuvo inmóvil en el aire unos segundos, como si explorara el suelo, y luego desapareció.
Durante nueve segundos que se hicieron eternos, Lirael esperó, los ojos firmemente cerrados, la cara apretada contra la manga percudida. Sabía lo que ocurriría después, pero no le sirvió de mucho.
La explosión se produjo cuando ella terminó de contar hasta nueve, una descarga de furia incandescente que aniquiló cuanto había en el valle del fiordo. La serrería y las vías del ferrocarril se evaporaron con la primera descarga. Poco después, el fiordo hirvió hasta quedarse seco y lanzó al cielo una nube de vapor a gran temperatura. Se fundió la roca, los árboles se convirtieron en ceniza, los pájaros y los peces desaparecieron. Los pararrayos se achicharraron y el metal fundido salió disparado al aire, para caer luego en forma de lluvia letal.
La explosión se llevó por delante la cima de las montañas, destruyó la tierra, las piedras, los pararrayos, los árboles, cuanto encontró a su paso. Todo lo que quedó en pie se prendió fuego, minutos después, ese fuego era apagado por el viento y el vapor.
El escudo protector más externo absorbió lo que quedaba de la explosión una vez que ésta hubo destruido la tierra de la colina. La defensa mágica se encendió un instante y desapareció.
El segundo escudo recibió el embate del viento caliente y el vapor, capaces de arrancar las carnes hasta el mismo hueso. Aguantó unos segundos y terminó por ceder también.
El tercer y último escudo se sostuvo más de un minuto, recibió una descarga de piedras, metal fundido y desechos. Y también cayó, pero lo hizo cuando lo peor todavía no había pasado. En cuanto el escudo cayó, un viento caliente, aunque soportable, sopló sobre los siete, acurrucados en el suelo, los ojos cerrados, sacudidos en cuerpo y alma.
Por encima de sus cabezas, se elevó una inmensa nube de polvo, cenizas, vapor y destrucción, subió y subió centenares de metros hasta que se expandió como el casquete de una seta cubriéndolo todo con su sombra.
Lirael fue la primera en recuperarse. Abrió los ojos y vio la ceniza que caía en forma de nieve negra, vio el pequeño trozo de terreno con forma de rombo, intacto; era una isla en medio de un erial al que le habían robado todos los colores, bajo un cielo negro como una noche nublada del que había desaparecido el sol. No le produjo la impresión que podía haber sido. Ya lo había visto en el pasado y la cabeza le funcionaba a toda velocidad, pensaba en lo que debían hacer luego. En lo que ella debía hacer.
—¡Protégeos del calor! —gritó mientras los demás se fueron levantando poco a poco y miraron a su alrededor con ojos de asombro y miedo.
Invocó velozmente las marcas de protección, dejó que fluyeran de su mente y le cubrieran la piel y la ropa. Luego buscó el arma que esperaba que Sam hubiese terminado de confeccionar.
Su sobrino la sujetaba por la hoja y parecía desconcertado, como si no supiera qué había forjado. Le ofreció el arma a Lirael y ella la tomó por la empuñadura, sin poder reprimir la punzada del pánico. Era más larga, la hoja, más ancha, la piedra verde había desaparecido del pomo de la guarnición. Las marcas del Gremio fluían por el metal, que despedía un brillo plateado con tonalidades rojizas, como si lo hubiesen bañado con un aceite extraño. Era la espada de un verdugo, pensó Lirael. La inscripción de la hoja parecía la misma. ¿O había cambiado? No la recordaba con exactitud. Ahora decía simplemente: «Recuerda Nehima».
—¿Es eso? —preguntó Sam. Estaba blanco como el papel.
Miró por encima del hombro de su tía, hacia el valle, pero no encontró ni a los sureños, ni al mayor Greene, ni a sus hombres. Había demasiado polvo y muy poca luz. Tampoco oía nada. Ni chillidos, ni gritos de socorro. Temió lo peor.
—Hice lo que me dijiste.
—Sí —contestó Lirael con voz ronca.
Tenía la garganta reseca. La espada pesaba mucho, más que la congoja que le estrujaba el corazón. Cuando sojuzgaran a Orannis... si lo conseguían, la utilizaría para partirlo en dos, porque no había hechizo vinculante ni sojuzgamiento capaz de contener al Destructor si se lo dejaba entero. Aquel acero quebraría a Orannis, pero para ello, se cobraría también la vida de quien lo empuñara.
Su vida.
—¿Tenéis todos una campana? —se apresuró a preguntar para ahuyentar aquellos pensamientos—. Sabriel, por favor, coge a Belgaer, dásela a Sam y dile el hechizo vinculante.
Sin esperar que le respondiera, se abrió paso por las montañas destruidas, bajó entre los fuegos y la ladera destrozada, los montones de ceniza y los charcos de metal que se iban enfriando. Llegó a la orilla del fiordo seco, donde El Destructor descansaba un instante antes de mostrarse en su tercera manifestación, que desencadenaría unos poderes de estrucción aún mayores.
Tras ella partieron los demás, con caras adustas; cada uno de ellos llevaba en la mano una campana y repetía mentalmente, una y otra vez, el hechizo vinculante que Lirael les había enseñado.
Cuando se acercaron, el hedor de la magia libre se impuso sobre el del humo, hasta que su acidez se les metió en los pulmones provocándoles arcadas y unas náuseas insoportables. Aquella acidez parecía corroerlos hasta los huesos, pero Lirael no aminoró el paso pese al dolor y el asco, y los demás la siguieron, pugnando por tragarse la bilis que les subía por la garganta y los retortijones que les apretaban las tripas.
El vapor había descendido desde el cielo en forma de niebla y la nube que flotaba allá en lo alto hizo caer la noche; pese a todo, Lirael siguió avanzando, guiada sólo por su instinto. Escogía el camino siguiendo el dictado de sus peores presagios, segura de que de ese modo llegarían hasta la esfera, núcleo del Destructor. Sabía que si aminoraban el paso para tratar de encontrar un camino por medios más convencionales, no tardarían en ver una nueva columna de fuego, almenara que sería señal de fracaso.
Y de repente, Lirael vio la esfera de fuego líquido, la manifestación actual del Destructor. Colgaba en el aire, delante de ella, en su suave y lustrosa superficie, las corrientes oscuras se alternaban con lenguas de fuego.
—Disponeos en círculo a su alrededor —ordenó Lirael.
Su voz sonó débil y diminuta en aquel abismo de destrucción, en medio de la oscuridad y la niebla. La muchacha sujetó a Astarael con la mano izquierda y notó una fuerte punzada. Con las prisas se había olvidado del golpe de Hedge. No disponía de tiempo para curarse y, de inmediato, un pensamiento le pasó raudo por la mente: muy pronto, la herida carecería de importancia. Se apoyó la espada sobre el hombro derecho, dispuesta a atacar.
En silencio, sus compañeros (Lirael pensó entonces con nostalgia que eran sus parientes de antes y los nuevos) formaron un círculo alrededor de la esfera de fuego y oscuridad. En ese instante, Lirael cayó en la cuenta de que no había visto a Zapirón desde la destrucción, a pesar de que el gato se encontraba dentro de los escudos protectores. No lo veía por ninguna parte, y en su corazón floreció otro pequeño temor.
El círculo quedó completo. Todos miraban a Lirael. Ella inspiró hondo y tosió, la magia libre tenía efectos corrosivos en las gargantas. Antes de que pudiera recuperarse y dar comienzo al encantamiento, la esfera empezó a expandirse y las rojas llamas partieron de ella brincando hacia el círculo de los siete, como si fuesen mil largas lenguas ígneas deseosas de saborear sus carnes.
Las llamas se retorcieron y Orannis habló.