Abhorsen
Oculta entre los juncos
Lirael esperaba encontrar una barca hecha con juncos trenzados, pues las clarvis así habían descrito la embarcación en la que la habían visto a ella y a Nicholas en su visión del lago Rojo. Aun así, sintió un gran alivio cuando tropezó con un extraño botecito, porque el agua le llegaba ya por encima de los muslos. Si se hacía más profunda, se habría visto obligada a regresar, pues si seguía adelante, se arriesgaba a que Nick se ahogara, porque no podía cargar con él más que a la manera de los bomberos, con lo cual la cabeza del muchacho quedaba más de medio metro por debajo de la de ella.
Lo depositó con cuidado en el centro de lo que parecía una canoa, y aferró los bordes cuando se ladeó. La longitud de la barca duplicaba la altura de la muchacha, pero era muy estrecha, salvo por la parte central, de manera que apenas había espacio para los dos.
Nick estaba medio inconsciente, pero se recuperó un poco tras llevar sentado un rato en la barca, y Lirael sopesó sus posibilidades. Los juncos se elevaban por encima de sus cabezas, formando una enramada que los ocultaba a la vista; los pájaros acuáticos lanzaban sus gritos plañideros y de vez en cuando se zambullían para pescar algún bocado.
Lirael se sentó con la espada en el regazo, una mano en la bandolera con las campanas y escuchó atentamente. Los pájaros de las marismas piaban alegremente mientras pescaban y luego, de repente, se quedaban en silencio y se ocultaban entre los juncos. Lirael sabía que era por culpa de los cuervos sanguinarios que volaban en lo alto. Notaba el frío espíritu que los habitaba y que obedecía ciegamente las órdenes de su amo nigromante. La estaban buscando.
La barca era tal y como la habían descrito las clarvis, pero Lirael sintió un temor nuevo y extraño mientras se balanceaba en su interior. La visión de las clarvis había llegado hasta ese momento. La habían visto allí, en compañía de Nicholas, pero no habían logrado adivinar quién era Nicholas. ¿Acaso su visión estaba limitada porque era el fin? ¿Iba Hedge a aparecer entre los juncos? ¿Acaso El Destructor surgiría del interior del muchacho flaco que tenía sentado enfrente?
—¿Qué esperas? —le preguntó Nick de pronto, mostrándose más recuperado de lo que la muchacha creía.
Lirael dio un respingo y la barca se balanceó con violencia. La voz de Nick sonó fuerte y extraña en el tranquilo mundo de los juncos.
—¡Silencio! —le ordenó Lirael con severidad.
—¿Y si no qué? —preguntó Nick, bravucón.
Pero bajó el tono de voz sin dejar de observar la espada.
Pasaron unos segundos y Lirael le dijo:
—Esperamos que se haga mediodía y el sol brille más, entonces los muertos estarán más débiles. Iremos hacia la orilla del lago y, con suerte, llegaremos al lugar de reunión donde estará tu amigo Sameth.
—Los muertos —dijo Nick con una sonrisa de superioridad—. Unos cuantos espíritus locales a los que hay que aplacar, supongo. Y a Sam ya lo mencionaste antes. ¿Qué tiene él que ver en todo esto? ¿A él también lo has raptado?
—Los muertos son... los muertos —contestó Lirael frunciendo el ceño. Sam le había comentado que Nick no entendía ni intentaba comprender cómo funcionaba el Reino Antiguo, pero su ceguera para captar la realidad no podía ser natural—. Los tienes trabajando en tu foso. Los braceros muertos de Hedge. Y no, Sam está trabajando conmigo para rescatarte. Es evidente que no tienes idea del peligro.
—No me digas que Sam ha vuelto a caer presa de la superstición —dijo Nick—. Los muertos, como los llamas, no son más que unos pobres desgraciados que padecen algún tipo de lepra. Y tú no me estás rescatando, ni mucho menos, sino que me estás alejando de un importante experimento científico.
—Me viste con forma de búho—dijo Lirael llena de curiosidad por saber exactamente hasta qué punto las anteojeras le impedían percibir la realidad—. Con la perra alada.
—Hipnosis... o alucinaciones —dijo Nick—. Como podrás comprobar, no me encuentro bien. Otro de los motivos por los que no debería estar en esta... esta porquería de embarcación.
—Curioso —dijo Lirael, pensativa—. Debe de ser la cosa que llevas dentro la que te cierra la mente. Me pregunto cuál será la finalidad de semejante ceguera.
Nick no contestó, pero puso los ojos en blanco, desestimando cualquier comentario que Lirael pudiese hacer.
—Hedge me rescatará, ya lo sabes —le dijo—. Es un tipo lleno de recursos, y está tan empeñado como yo en cumplir con los plazos. De modo que sea cual fuere la loca idea que tengas, deberías olvidarla y regresar a casa. De hecho, estoy seguro de que si me devuelves, recibirás alguna recompensa.
—¿Una recompensa? —Lirael se echó a reír amargamente—. ¿Una muerte horrible y servidumbre eterna? Ésa es la recompensa que recibe todo ser vivo que se acerca a Hedge. Pero dime una cosa, ¿de qué se trata tu experimento?
—Si te lo cuento, ¿me soltarás? —preguntó Nick—. Claro que no es ningún secreto. Al fin y al cabo, tú no vas a publicar en las revistas científicas de Ancelstierre, ¿verdad?
Lirael no respondió ninguna de las dos preguntas. Se lo quedó mirando y esperó que hablara. Al principio, Nick le sostuvo la mirada, pero luego tuvo que mirar para otro lado. Los ojos de aquella muchacha tenían algo inquietante. Una dureza que nunca había visto en las jóvenes que había conocido en los bailes de presentación en sociedad de Corvere. Quiso hablar en parte por eso y en parte porque deseaba impresionarla con sus conocimientos y su inteligencia.
—Los hemisferios están hechos de un metal desconocido que, según mi hipótesis, tiene una capacidad infinita de absorber energía eléctrica para su posterior descarga —dijo juntando los dedos de las manos—. Al mismo tiempo, crean una especie de campo onizado que atrae las tormentas de truenos, que a su vez producen relámpagos que son atraídos por el metal. Por desgracia, ese campo ionizado es lo que impide trabajar el metal, pues es imposible acercar a él ninguna herramienta de hierro o acero.
<<Tengo la intención de conectar los hemisferios a una Central Productora de Rayos que un socio de mi confianza está construyendo en Ancelstierre, en este mismo momento. La Central Productora de Rayos estará compuesta de mil pararrayos conectados que captarán toda la fuerza eléctrica de una tormenta, no sólo cierto número de relámpagos, y esa energía pasará a los hemisferios. Esta potencia... eh... repolarizará... es decir, desimantará los dos hemisferios para que puedan juntarse y formar uno. Ése es el objetivo final. Hay que juntarlos, ¿comprendes? ¡Es esencial!
Se dejó caer al pronunciar la última palabra entre jadeos, casi sin aliento.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Lirael.
A ella le sonaba más bien a la palabrería empleada por falsos visionarios y magos charlatanes cuyo único objetivo era convencerlos a ellos mismos.
—Pues lo sé —musitó Nick—. Soy científico. Cuando los hemisferios estén en Ancelstierre, podré probar mis teorías con la ayuda y los instrumentos adecuados.
—¿Y por qué hay que juntar los hemisferios? —preguntó Lirael.
Ese parecía ser el punto más débil de las creencias del muchacho. Y el más peligroso, porque unir los hemisferios implicaría que lo que se hallaba atrapado en su interior volvería a estar entero. En cuanto formuló esa pregunta, se dio cuenta de que había otra más importante.
—Es preciso que se junten —contestó Nick, con el desconcierto dibujado en la cara. Era evidente que no tenía las ideas demasiado claras—. Está claro como el agua.
—Como el agua —dijo Lirael, para calmarlo—. Lo que me intriga es saber cómo llevarás los hemisferios hasta Ancelstierre. ¿Y dónde está exactamente tu Central Productora de Rayos? Ha de ser muy difícil montar algo tan complicado. No sé, debe de ocupar mucho espacio.
—No creas, no es tan difícil —dijo Nick. Se mostró aliviado de poder abandonar el tema de la unión de los hemisferios—. Llevaremos el metal hasta el mar en barcazas y luego seguiremos por la costa hacia el sur. Al parecer, las aguas están muy agitadas y hay demasiada niebla para continuar todo el trayecto por mar. Los llevaremos a la costa justo al norte del Muro, cruzaremos al otro lado y después, hasta la serrería de Forwin serán unos catorce o quince kilómetros. Si todo va bien, estará terminado cuando lleguemos.
—Pero... ¿como cruzarás el Muro? Hace de barrera a los muertos y cosas así. No podrás llevar los hemisferios al otro lado del Muro.
—¡Tonterías! —exclamó Nick—. Eres tan mala como Hedge. Con la diferencia de que él al menos está dispuesto a intentarlo, siempre y cuando lo deje soltar antes unas cuantas supercherías.
—Ah —dijo Lirael.
Era evidente que Hedge, o mejor dicho, su amo, había encontrado la manera de transportar los hemisferios al otro lado del Muro. La esperanza resultó vana porque Lirael sabía que Hedge había cruzado en más de una ocasión, y Kerrigor y su ejército lo habían hecho hacía años. Por un momento había soñado con la posibilidad de que los hemisferios no pudiesen pasar.
—¿No tendréis... no tendréis problemas con las autoridades de Ancelstierre? — preguntó Lirael, expectante.
Sam le habló de la frontera que los habitantes de Ancelstierre habían construido para impedir que nadie entrara en su país desde el norte. La Abhorsen en ciernes no tenía ni idea de lo que se podía hacer en caso de que los hemisferios salieran del Reino Antiguo.
—No —contestó Nick—. Hedge dice que no habrá ningún problema que él no pueda olucionar. Creo que en el pasado fue contrabandista y que sus métodos son poco convencionales. Yo prefiero mantenerme dentro de los marcos legales, de modo que conseguí los permisos de aduana y los certificados pertinentes. Debo reconocer que no son para cosas provenientes del Reino Antiguo, porque oficialmente éste no existe, de manera que no hay impresos. Por ello dispongo de una carta de mi tío en la que me concede el permiso para cruzar del otro lado lo que precise para mi experimento.
—¿Tu tío?
—Es el ministro supremo —contestó Nick, orgulloso—. Este año llevará diecisiete en el cargo, con una interrupción de tres años en la mitad, cuando fue ocupado por los Reformistas Moderados. Se trata del ministro supremo de mayor éxito que ha tenido el país, aunque ahora tiene algún que otro problema con las guerras continentales y todos los refugiados sureños que entran a raudales. De todas maneras, dudo que Corolini y el grupo variopinto del que se rodea consigan apoyos para destituirlo. Es el hermano mayor de mi madre, y un tipo realmente bueno. Siempre dispuesto a ayudar a un sobrino que se lo merece.
—¿Y esos documentos no se quemaron cuando se prendió fuego tu tienda? — preguntó Lirael aferrándose a esta otra esperanza.
—No —contestó Nick—. Y eso gracias otra vez a Hedge. Él sugirió que se los dejara al hombre que se reunirá con nosotros al otro lado del Muro. Dijo que se pudrirían, y ahora, con la sabiduría que da la experiencia, veo que es cierto. ¿Me dejarás ir ahora?
—No —dijo Lirael—. Te vamos a rescatar, te guste o no.
—En ese caso, no te contaré nada más —declaró Nick con petulancia.
Se volvió a recostar rozando los juncos.
Lirael lo observó mientras no paraba de darle vueltas a la cabeza. Esperaba que Ellimere hubiese recibido el mensaje de Sam y que en ese momento un ejército de guardias acudiera al rescate. Sabriel y Piedra de Toque quizá también viajaran hacia el norte desde Corvere. Tal vez estuviesen incluso a punto de cruzar el Muro.
Todos ellos, sin embargo, se dirigirían hacia Edge, mientras los hemisferios que encerraban a la cosa sojuzgada se alejaban hacia Ancelstierre, donde el espíritu antiguo de la destrucción recuperaría la libertad, liberado de la interferencia de las únicas personas que comprendían el peligro.
Lirael se dio cuenta de que Nick también la observaba mientras todas esas ideas le bullían en la cabeza. Pero no la miraba con desconcierto ni animadversión. Simplemente la contemplaba, la cabeza inclinada, un ojo entrecerrado.
—Perdona —se disculpó—. Me preguntaba cómo es que conoces a Sam. ¿Eres... eres una princesa? No sé, si eres su novia o algo así, creo que debería estar enterado. Para... digo... para darle la enhorabuena. Y ni siquiera sé cómo te llamas.
—Lirael —contestó la muchacha—. Soy la tía de Sam. Soy la Ab... Digamos que trabajo con la madre de Sam y también... fui auxiliar segunda de la bibliotecaria e hija de las clarvis, aunque dudo que sepas lo que significan esos títulos. En este momento, ni yo misma lo sé.
—¡Su tía! —exclamó Nick y se le arrebolaron las mejillas esta vez de vergüenza, no por la fiebre—. ¿Cómo es posible? No sé... es que no tenía ni idea. Perdona.
—Soy... soy mucho mayor de lo que parezco —añadió Lirael—. Por si lo preguntas.
Se sentía un poco incómoda, aunque no sabía por qué. Todavía no sabía cómo hablar de su madre. En cierta manera le resultaba más doloroso pensar en ella ahora que sabía quién era su padre y cómo la habían engendrado. Algún día, pensó, averiguaría exactamente lo que le había pasado a Arielle y por qué había decidido marcharse.
—No se me ocurriría en la vida —contestó Nick—. Te parecerá una tontería, pero aquí me siento mucho mejor que en estas últimas semanas. Jamás habría dicho que el aire de nas marismas pudiese tener efectos tonificantes. Hoy ni siquiera me he desmayado.
—Sí, una vez —le dijo Lirael—. Cuando te sacamos de la tienda.
—¿De veras? ¡Qué vergüenza! —exclamó Nick—. Da la impresión de que me desmayo con mucha frecuencia. Por suerte, suele pasarme cuando Hedge está cerca para agarrarme.
—¿Notas cuándo te vas a desmayar? —preguntó Lirael.
No olvidaba la advertencia que le había hecho la Perra Canalla sobre el tiempo que el fragmento permanecería dominado, y estaba bastante segura de que ella sola no sería capaz de aplacarlo.
—Normalmente, sí —contestó Nick—. Primero me entran náuseas y empiezo a ver raro... todo se tiñe de rojo. Y algo me pasa en el olfato, porque huelo a quemado, como un motor eléctrico al que se le saltan los fusibles. Pero ahora me siento mucho mejor. Quizá se me haya ido la fiebre.
—No es fiebre —le aclaró Lirael con tono cansino—. Aunque espero que hayas mejorado por el bien de los dos. Quédate quietecito ahora, remaré un trecho más. No saldremos de entre los juncos, pero quiero ver lo que pasa en el lago. Y por favor, guarda silencio.
—De acuerdo —contestó Nick—. No me queda otro remedio, ¿verdad?
Lirael estuvo a punto de disculparse, pero se calló. Nick le daba pena. Él no tenía la culpa de que un espíritu antiguo del mal lo hubiese elegido como avatar. El chico le inspiraba incluso un sentimiento maternal. Era de los que necesitan que lo arropen en la cama y le den a beber un té de corteza de sauce. Ese pensamiento condujo a otro y Lirael se preguntó qué aspecto tendría el muchacho si se encontrara bien. Era bastante guapo, pensó Lirael, pero de inmediato desechó esa idea. Quizá fuese un enemigo involuntario, pero enemigo al fin.
La barca de juncos era ligera, no obstante, resultaba arduo remar sólo con las manos. En especial porque también debía vigilar a Nicholas por si causaba problemas. Aunque se conformó con acostarse en la proa de la barca de juncos. Lirael lo sorprendió mirándola con disimulo, pero aparte de eso, el muchacho no trató de escapar ni de gritar.
Después de remar durante veinte durísimos minutos, los juncos comenzaron a ralear, el agua roja viró a rosa y Lirael vio el fondo lodoso del lago. El sol estaba alto, de manera que Lirael se arriesgó a llevar la barca hasta el borde de las marismas de juncos desde donde ver lo que ocurría en el lago sin ser vista.
Los juncos seguían doblándose por encima de sus cabezas y formaban un dosel que los ocultaba. Pese a ello, Lirael sintió alivio al comprobar que no notaba la presencia de los cuervos sanguinarios. Probablemente era por la combinación del sol resplandeciente y del agua que fluía rauda más allá de las costas cubiertas de juncos.
No había cuervos sanguinarios a la vista, era verdad, pero algo se movía en la superficie del lago. Por un segundo, Lirael se alegró al pensar que quizá fuese Sam o una partida de guardias. Y entonces, justo cuando Nick le hablaba, se dio cuenta de lo que era.
—¡Mira... mis barcazas! —gritó, se incorporó y se puso a agitar los brazos—. Hedge debe de haber conseguido la otra... y ya la ha cargado.
—¡Calla! —siseó Lirael y lo obligó a agacharse. Él no opuso resistencia, pero de repente frunció el ceño y se agarró el pecho.
—Me parece que... me parece que he vendido la piel del oso antes... —¡Lucha! ¡Resístete! —lo interrumpió Lirael—. ¡Nick... tienes que resistirte!
—Lo intentaré... —comenzó a decir Nick, pero no acabó la frase, y la cabeza se le ladeó y fue a golpear contra los juncos.
Puso los ojos en blanco y Lirael vio una fina voluta de humo que le salía por la nariz y la boca. Lo abofeteó con fuerza.
—¡Lucha y aguanta! ¡Eres Nicholas Sayre! ¡Dime quién eres! Los ojos de Nick olvieron a la normalidad aunque seguía despidiendo humo por la nariz.
—Soy... soy Nicholas John Andrew Sayre —susurró—. Soy Nicholas... Nicholas...
—¡Sí! —lo exhortó Lirael. Dejó la espada a un lado, lo agarró de las manos y se estremeció al sentir que, bajo la piel helada del muchacho, la magia libre le fluía por las venas—. ¡Háblame de ti, Nicholas John Andrew Sayre! ¿Dónde naciste?
—Nací en Amberne, en la casa de mi padre—musitó Nick. Su voz fue recobrando fuerza a medida que el humo retrocedía—. En la sala del billar. No, es broma. Si me oyese mi madre, me mataría. Nací como está mandado que nazca un Sayre, rodeado del médico y las parteras. Nada menos que dos parteras, y el médico de la sociedad...
Nick cerró los ojos y Lirael le apretó con fuerza las manos.
—¡Cuéntame lo que sea! —le ordenó.
—La gravedad específica de la orbilita en suspensión de azogue es... no sé lo que es... La nieve en Lorrovia sólo cae en los Alpes del sur, y los puertos principales de montaña son Kriskadt, Jorstschi y Korbuk... En sus cincuenta y cuatro años de vida, el frailecillo normal de cola azul pone veintiséis huevos... Más de cien mil sureños entraron de forma ilegal en el último año... El árbol de chocolate es un invento de...
Se detuvo de pronto, inspiró hondo y abrió los ojos. Lirael siguió sujetándole las manos un momento, cuando comprobó que el humo había dejado de salirle por la nariz y que ya no tenía la mirada rara, lo soltó y volvió a empuñar la espada para depositarla sobre su regazo.
—Estoy metido en un buen lío, ¿no? —dijo Nick con voz trémula.
Miró hacia el fondo de la barca para ocultar la cara mientras respiraba acompasadamente.
—Sí—respondió Lirael—. Pero Sameth y yo y la... y nuestros amigos... haremos todo lo posible por salvarte.
—Aunque no sabes si podrás hacerlo —comentó Nicholas con un hilo de voz—. Esto... que llevo dentro. ¿Qué es?
—No lo sé. Pero forma parte de un mal antiquísimo y muy grande. Y tú estás contribuyendo a liberarlo. A causar destrucción.
Nick asintió despacio. Y luego levantó la vista y la clavó en los ojos de Lirael.
—Ha sido como un sueño —le confesó—. Me paso la mayor parte del tiempo sin saber sí estoy despierto o no. Me olvido de las cosas fácilmente. No puedo pensar más que en los hemis...
Guardó silencio. El miedo se reflejó en sus ojos; tendió la mano y buscó la de Lirael. La muchacha lo aferró de la izquierda, pero no soltó la espada. Si la cosa que Nick llevaba dentro llegaba a tomar las riendas y no la dejaba marchar, sabía que iba a tener que soltarse a estocada limpia.
—Calma, calma, calma —repetía Nick por lo bajo y mientras hablaba se iba meciendo—. Lo tengo controlado. Dime qué debo hacer.
—¡Seguir luchando! —le contestó Lirael y ya no supo qué más sugerirle—. Si no conseguimos contenerte, entonces, cuando llegue el momento, debes hacer lo que haga falta para... para detenerlo. ¡Promételo!
—Te lo prometo —contestó Nick con los dientes apretados—. Palabra de un Sayre. ¡Lo voy a detener! ¡Lo juro! Por favor, Lirael, háblame. Tengo que pensar en otra cosa. Cuéntame... cuéntame dónde naciste.
—En el Glaciar de las Clarvis —respondió Lirael, nerviosa. Nick la apretaba con más fuerza y no le hacía ninguna gracia—. En la sala de partos de la enfermería. Aunque algunas clarvis tienen a sus hijos en sus habitaciones, la mayoría de nosotras... quiero decir, la mayoría de ellas tienen a sus niños en la sala de partos donde todo el mundo está presente y resulta más comunitario y divertido.
—Tus padres —pronunció Nick entrecortadamente y, tras estremecerse, añadió a toda prisa—: Háblame de ellos. De los míos tengo poco que contar. Mi padre es un mal político, aunque entusiasta. Su hermano mayor es el que ha tenido éxito. Mi madre asiste a fiestas y bebe demasiado. ¿Cómo es que eres la tía de Sameth? No entiendo cómo puedes ser hermana de Piedra de Toque o de Sabriel. Los conozco. Son mucho mayores que tú. Viejísimos. Calculo que tendrán unos cuarenta años o más... Háblame, por favor, háblame...
—Soy hermana de Sabriel —contestó Lirael, pero aquellas palabras le sonaron muy raras en sus propios labios—. Hermana de Sabriel. Pero de distinta madre. Su... mi padre estuvo... hum... con mi madre muy poquito tiempo y luego murió. No supe quién era hasta hace poco. Mi madre... mi madre se marchó cuando yo tenía cinco años. De manera que no me enteré de que mi padre era el Abhorsen... ¡Ay, no!
—¡Abhorsen! —gritó Nick.
Su cuerpo se agitó y Lirael notó que de repente la piel del muchacho se había vuelto más fría. Se soltó rápidamente de su mano, se apartó cuanto pudo y se maldijo por haber pronunciado la palabra «Abhorsen» cuando Nicholas ya estaba a punto de perder el control. Eso daría rienda suelta a la magia libre que llevaba dentro.
Nick comenzó a echar humo blanco por la nariz y la boca. De su lengua se desprendían chispas blancas cada vez que intentaba hablar. Movió los labios, pero sólo consiguió despedir humo. Lirael tardó un momento en descifrar lo que intentaba decir.
—¡No! —o quizá—: ¡Vete!