De reyes y bastardos
Capítulo 9
Sevilla, julio de 1350
Doña Leonor de Guzmán se movía inquieta de un lado a otro de su alcoba, como una fiera enjaulada. Llevaba semanas encerrada en aquella celda de oro, esperando que en cualquier momento un asesino enviado por doña María de Portugal acabase con su vida. Bien es cierto que su puerta siempre estaba custodiada por cuatro soldados, pero ¿quién podría garantizar su seguridad?, ¿quién podría asegurarle que alguno de esos soldados no pretendía degollarla? Acabaría volviéndose loca encerrada en el alcázar junto a su peor enemiga y el hijo de esta. Solo don Juan Núñez de Lara, el señor de Vizcaya, continuaba siéndole fiel. El resto de los nobles que antes se arrodillaban a sus pies y le trataban como si fuera la verdadera y única reina de Castilla, ahora callaban o directamente la despreciaban. A su mente llegó un nombre: don Alfonso Fernández Coronel, a quien cedió la tenencia de su propia casa, Medina Sidonia ¿cuántos favores le debía?, ¿cuántas de sus tierras y concesiones las había conseguido gracias a su mediación?
«Perro desagradecido y traidor. Si Alfonso estuviera vivo te arrancaría la piel con sus propias uñas. Cobarde», musitaba entre dientes. Pero más allá de traidores, ingratos y demás personajes miserables y deleznables que habían revelado su verdadero rostro y motivaciones tras la muerte del rey, las preocupaciones de doña Leonor se derramaban en sus hijos. Ella tenía cuarenta y tres años. Era una mujer fuerte, resuelta y valiente. Había asumido su destino con entereza y dignidad, pero sus hijos apenas habían podido disfrutar de su existencia. Su incierto futuro la martirizaba.
—Mi señora…
Doña Leonor, que contemplaba por la ventana como el sol se ocultaba por el horizonte sevillano, se giró.
—Don Juan Núñez de Lara solicita verla —continuó la sirvienta.
—Que pase —ordenó doña Leonor.
El señor de Vizcaya entró en la estancia con paso decidido. Era un hombre alto y fornido, de barba y cabellos largos y castaños. Su voz, grave y profunda, irradiaba poder y autoridad.
—Mi señora —dijo con una leve inclinación de cabeza.
Doña Leonor de Guzmán devolvió el saludo y esperó a que la sirvienta les dejara solos para hablar, pues consideraba que todos aquellos que se encontraban a su alrededor no eran más que espías al servicio del rey o, peor aún, de su madre. Estaba convencida de que dentro de esas cuatro paredes no podía confiar en nadie salvo en el señor de Vizcaya.
—¡Qué alegría verte, Juan! Siempre es de agradecer un poco de compañía que distraiga mis largos y tristes días en soledad —se quejó doña Leonor.
—Sabes que siempre podrás contar con mi presencia y con mi apoyo.
Mi familia nunca te abandonará.
Doña Leonor agradeció las palabras de don Juan Núñez de Lara con una sonrisa y tomó asiento en un banco de madera con respaldo.
—Lo sé muy bien, querido amigo. Pero disculpa, ¡qué anfitriona tan horrible soy! —exclamó incorporándose como un resorte—. ¿Quieres agua, tal vez vino? ¿Tienes hambre, pido a los sirvientes que te traigan algo de comer?
—No, no te preocupes, estoy bien —respondió el señor de Vizcaya, invitando con un gesto a doña Leonor a tomar asiento a su lado.
—¿Qué noticias me traes?, ¿sabes algo de mis hijos? —preguntó inquieta.
Doña Leonor siempre le preguntaba por sus hijos. Su corazón se agitaba nervioso en su pecho temiendo recibir una aciaga respuesta.
—Se encuentran bien, nada has de temer. Están en sus dominios, en espera de acudir a Sevilla para jurar fidelidad al rey.
—¿Incluso Enrique? Lo último que supe de él es que había huido a Algeciras con el bueno de Pedro…
—Incluso don Enrique —confirmó don Juan Núñez de Lara—. Pronto tendrás ocasión de estrecharle entre tus brazos. Tanto a él como al resto de tus hijos.
Sin poder contener más las lágrimas, doña Leonor abrazó con fuerza al señor de Vizcaya.
—Gracias, amigo Juan —y retirándose para poder mirarlo a los ojos, añadió—: Nunca te estaré lo suficientemente agradecida.
—Nada tienes que agradecerme. Te serví mientras el rey vivía y te serviré mientras las fuerzas me respondan.
Doña Leonor sonrió sincera, agradecida. Así permanecieron unos instantes hasta que pudo recomponer sus emociones.
—Parece que la normalidad vuelve a Castilla —Doña Leonor se levantó y comenzó a andar por la estancia.
—Así es, al menos de momento.
—¿Qué quieres decir? —preguntó inquieta.
Don Juan Núñez de Lara se incorporó del banco y se dirigió hacia doña Leonor.
—Don Juan Alfonso de Alburquerque se ha reunido con mi sobrino Fernando Manuel.
—¿Se sabe el motivo de tal encuentro? —preguntó doña Leonor, sospechando la respuesta.
—El canciller le ha propuesto el enlace de mi sobrina, Juana Manuel, con el rey Pedro.
—¡No es posible! —exclamó furiosa—. ¡Hay un compromiso entre Alfonso y su padre, don Juan Manuel!
—Lo sé —dijo con tono sereno don Juan Núñez de Lara—. Ambos acordaron la boda de Juana Manuel con tu hijo don Enrique hace muchos años. A cambio, Juan Manuel apoyó al rey durante el sitio de Lerma.
Recuerda que fue a mí a quien sitiaron por apoyar a Juan Manuel en sus disputas con el rey Alfonso.
El recuerdo de aquella confrontación llegó a la mente del señor de Vizcaya y torció el gesto en señal de desagrado. Recordó cuando, sitiado en Lerma por las tropas del rey, esperaba con desesperación la llegada del ejército de don Juan Manuel. Pero cuando este llegó, no solo no combatió al
rey, sino que luchó a su lado. Sin poder ofrecer resistencia a tan poderosos ejércitos, don Juan Núñez de Lara negoció una paz honrosa con don Alfonso.
—El rey fue muy generoso conmigo —prosiguió—. No solo me devolvió la mayoría de mis propiedades, sino que, además, me nombró alférez real. Desde entonces, y hasta su muerte, le he servido con total fidelidad.
—Debió ser duro sufrir la traición de alguien a quién considerabas amigo —intentó consolar doña Leonor.
—Lo fue, sin duda que lo fue. Por desgracia, lo que antes era deslealtad, vileza y cobardía, ahora se llama política. Pero no distraigamos el asunto que me trae hasta aquí.
Doña Leonor asintió. Recordó la traición de don Alfonso Fernández Coronel y la de otros tantos nobles que la habían desplazado, relegándola al más profundo de los olvidos.
—¿Cuál ha sido la respuesta de don Fernando Manuel? —preguntó Leonor, soltando un largo suspiro, regresando al asunto de la boda de doña Juana Manuel con don Pedro.
Don Juan Núñez de Lara negó con la cabeza.
—Fernando Manuel es un hombre ambicioso. Considera que obtendrá mayor beneficio de la boda de su hermana con don Pedro, que con Enrique.
Al fin y al cabo, don Pedro es rey y tu hijo conde.
—¡No puede romper el compromiso! ¡Fue voluntad de su padre y del rey!
Doña Leonor se movió inquieta por la estancia. Doña Juana Manuel era descendiente del rey Fernando III y su boda con don Enrique legitimaría las pretensiones de este al trono de Castilla. Deseaba con toda su alma, con todo su ser, que su hijo don Enrique, su hijo favorito, fuera proclamado rey de Castilla. Pero el ardid con el que pretendía lograrlo estaba siendo seriamente amenazado por las ambiciones de don Fernando Manuel.
—Juana Manuel vive en el alcázar —comenzó a decir don Juan Núñez de Lara—. Sé que te visita con regularidad y que te aprecia. Estoy convencido de que sabrás como revertir esta situación.
Doña Leonor asintió. Intentó sosegarse, calmar sus ánimos, liberar su mente. Era imprescindible encontrar una solución a ese inconveniente, a ese imprevisto. El señor de Vizcaya la contemplaba en silencio, persuadido de que en su cabeza bullían todas las alternativas posibles. Como si se tratara de una partida de ajedrez, doña Leonor valoraba cada movimiento y sus consecuencias. Y al final lo encontró. Su plan era muy peligroso y arriesgado, pero si tenía éxito, si lograba su propósito, su hijo tendría la oportunidad de alzarse con la Corona de Castilla. Pero debía actuar con rapidez y diligencia. Negó con la cabeza y lanzó un largo suspiro. Su plan despertaría las iras del rey y de la reina doña María de Portugal. Era más que probable que su cabeza acabase apoyada en un tocón de madera, bajo el hacha del verdugo o, si don Pedro se apiadaba de ella, encerrada de por vida en un oscuro calabozo. Pero doña Leonor era una mujer audaz y valiente, que había sorteado con éxito no pocos escollos en su vida. Una mujer así, no se amedrenta ante la mínima adversidad. Respiró hondo y asumió con determinación su destino, su sacrificio.
—¿Cuándo crees que acudirá mi hijo Enrique a Sevilla? —preguntó.
—En pocos días, si no pretende irritar más al rey.
Doña Leonor asintió. Había tomado una decisión y sería consecuente con ella. Ahora debía darse prisa. El beneplácito de don Fernando Manuel a la boda de su hermana con el rey, rompiendo vilmente el enlace pactado entre su padre don Juan Manuel y el rey Alfonso, había precipitado los acontecimientos.
—Gracias, Juan. Sé muy bien qué debo hacer.
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