De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 21 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 21

Ciudad Rodrigo, Salamanca, noviembre de 1351

Las Cortes se reunieron y aunque las leyes presentadas por el rey desataron un gran alboroto y malestar entre los representantes de la nobleza y el clero, finalmente fueron aprobadas. Don Juan Alfonso de Alburquerque, a pesar de estar en contra de gran parte de ellas, las defendió con vehemencia y convicción, persuadiendo a los altos dignatarios de la importancia de su aprobación. Que el canciller fuera el hombre más rico del reino y, por lo tanto, el mayor perjudicado, animó al resto de los nobles castellanos a aceptarlas, aunque ni mucho menos fueran de su agrado. En las Cortes de Valladolid se produjo un irreversible distanciamiento entre la nobleza y la monarquía, que el paso del tiempo no hizo más que acrecentar. Pero don Pedro estaba satisfecho. Había doblegado a la nobleza y al clero. Él era el rey y, a pesar de su juventud, no se dejaría intimidar ni amedrentar por ningún noble u obispo, por muy poderoso y rico que fuera.

Una vez concluidas las Cortes, el rey se dirigió a Ciudad Rodrigo, donde tenía previsto reunirse con su abuelo, el rey Alfonso IV de Portugal.

Estaba emocionado, pues no le veía desde hacía años. Don Pedro caminaba raudo por los pasillos del alcázar de Ciudad Rodrigo. Su abuelo ya se encontraba allí y le esperaba en la sala de audiencias. En sus labios asomó una gran sonrisa cuando entró en la estancia y vio a su abuelo, que miraba distraído por la ventana.

—Mi señor —saludó don Pedro.

Don Alfonso se giró y sonriendo a su nieto, saludó:

—Mi señor, don Pedro, el rey de Castilla.

Ambos reyes se fundieron en un caluroso abrazo. Don Alfonso era alto y fornido, disfrutaba de la constitución de un poderoso guerrero. Le llamaban el Bravo, por su arrojo y valentía en combate. Sus ojos eran oscuros y profundos y, de su barba castaña, apenas asomaban algunas hebras de plata. Parecía más un joven y apuesto guerrero, que un anciano rey de sesenta años.

—La última vez que nos vimos no eras más que un chiquillo juguetón y asustadizo —comenzó a decir el rey de Portugal, separándose un poco de su nieto para observarle mejor—, pero ahora mírate. Estas hecho todo un hombre, todo un rey.

—Gracias, mi señor. La muerte de mi padre ha sido un golpe muy duro y las responsabilidades de gobierno me han obligado a madurar.

—Tu padre… —susurró el rey, negando con la cabeza—, tu padre…

Don Pedro estaba persuadido de la mala relación que don Alfonso mantenía con su padre a causa de sus amoríos con doña Leonor de Guzmán y el olvido y aislamiento al que este había sometido a su hija, doña María de Portugal. Tomaron asiento y unos criados llevaron bandejas con comida y vino.

—Odiaba a tu padre, ¿lo sabías? —don Alfonso lanzó la pregunta sin esperar que fuera respondida. Apretó los labios y negó con la cabeza. Una expresión triste y sombría cruzó su mirada—. Le hizo tanto daño a mi hija.

Tanto daño. Estaba locamente enamorado de Leonor de Guzmán.

Hechizado por esa mujer. Coincidí con ella en un par de ocasiones. Era bella, bien es cierto. Pero tu madre también lo es. Muy bella, ¿verdad? Sí que lo es —hizo una pausa y bebió un trago de vino—. Supe de la trágica muerte de Leonor de Guzmán. ¿La ordenaste tú o tu madre? No, no importa

—negó con un gesto de mano—. Quizá fue tu canciller, Juan Alfonso de Alburquerque. Menudo truhan —el rey sonrió con malicia, como si conociera algún secreto que no estaba dispuesto a desvelar—. Bueno ya da igual, está muerta y ha dejado de dar problemas —hizo un ademán desdeñoso, como si quisiera apartarla de su mente—. Mira hijo, tu padre hizo mucho daño a tu madre, mucho. La menospreció y ninguneó delante de toda la Corte. Leonor de Guzmán era la verdadera señora de Castilla. En

la sombra, bien es cierto, pero reinaba y todos acudían a ella para pedirle audiencia, favores, o simplemente para solicitar su mediación con el rey.

Don Alfonso hizo una pausa, comió un poco de carne y con la boca todavía llena continuó:

—Mientras los nobles y clérigos de Castilla rendían pleitesía a la amante de tu padre, tú y María permanecíais olvidados en el alcázar de Sevilla. No es de extrañar que tras la muerte de don Alfonso, tu madre pretendiera desquitarse, cobrarse cumplida venganza por las afrentas sufridas. Lo entiendo.

Don Pedro comía y bebía atento a lo que decía su abuelo.

—Recuerdo cuando tu madre acudió a mí para que ayudara a tu padre en la guerra contra los benimerines, ¿lo sabías?

—Sí, claro —respondió don Pedro—. Un formidable ejército de benimerines cruzó el estrecho con la intención de recuperar Andalucía. Mi padre buscó aliados entre todos los reyes y nobles de España. El papa Benedicto elevó la campaña militar a Cruzada y prometió perdonar los pecados a quienes participaran en ella. Castilla y sus aliados lograron armar un poderoso ejército en el que tú participaste. Y, según me aseguró mi preceptor, tú fuiste uno de los principales responsables de la victoria.

—¡La batalla del Salado! ¡Qué gran victoria! —exclamó, levantando los puños—. ¡No verán los tiempos venideros una batalla igual!

—Si hubieran vencido los benimerines, ahora toda Castilla sería mora

—observó don Pedro—. Y quién sabe si también Aragón y Portugal.

—Quién sabe, hijo mío —dijo el rey de Portugal, recordando con regocijo aquel histórico momento—. Tu padre fue muy hábil. Consiguió engatusarnos al papa y a mí para que participáramos en la batalla.

—¿Cómo? —preguntó interesado don Pedro.

—A cambio de nuestro apoyo, accedió a encerrar a Leonor de Guzmán en un convento.

—Eso lo desconocía.

—Lo recuerdo como si fuera ayer —prosiguió el rey de Portugal—.

Firmamos el acuerdo el 10 de Julio de 1340. ¡Te podrás imaginar el calor que hacía en Sevilla! —don Alfonso rio—. Con aquel pacto, acepté marchar junto a tu padre contra los benimerines y él, a su vez, se comprometía a

apartar de su vida a su amante, Leonor de Guzmán. Gracias a la mediación de Jesucristo, Nuestro Señor, logramos la victoria.

—Y tú rechazaste la parte que te correspondía del botín.

Don Alfonso asintió complacido de que su nieto conociera esa parte de la historia.

—Así fue, pero ¿sabes por qué lo hice? —le preguntó.

—No, no lo sé —reconoció don Pedro.

—Dicen que fue un gesto de extraordinaria generosidad por mi parte, pero no es cierto. Para mí, no había mayor premio, mayor tesoro, que la felicidad de mi hija. No acepté mi parte del botín, pues no lo necesitaba. Ya tenía lo que quería: el compromiso de don Alfonso, el rey de Castilla, de recluir a Leonor de Guzmán en un convento. Mi hija recuperaría al hombre que amaba y el lugar en la Corte que le correspondía. Se desprendería por fin de la amargura y el resentimiento que anidaban en su alma y volvería a ser dichosa, feliz. Pero tu padre… tu padre no cumplió lo acordado.

Don Pedro agachó avergonzado la cabeza sintiéndose culpable por la deslealtad de su padre. El rey de Portugal amaba con locura a su hija, sus ojos emocionados así lo revelaban y aquel recuerdo, lejano en el tiempo, pero cercano en el corazón, entristecieron su ánimo.

—Tu padre, el rey de Castilla, no cumplió ninguna de sus promesas —

prosiguió su abuelo—. Ninguna.

Bebió un trago de vino y continuó:

—Tanto tu madre como yo tuvimos que resignarnos a aceptar la triste realidad: don Alfonso jamás abandonaría a Leonor de Guzmán.

—Lo siento… —se lamentó don Pedro, haciendo propios los errores de su padre. Sentía tristeza por su abuelo y vergüenza por el indigno comportamiento de su padre. Era impropio de un rey quebrantar un acuerdo firmado con otro rey o con el papa de Aviñón. Definitivamente, su padre estaba endemoniado, hechizado, sometido por aquella bruja que respondía al nombre de Leonor de Guzmán.

—Fue duro para mí, es cierto —prosiguió el rey de Portugal—, pero peor fue para tu madre. Un odio enfermizo anidó en su corazón y comenzó a devorarle las entrañas.

—Tenía motivo —interrumpió don Pedro—. Mi padre apenas nos visitaba en el alcázar y cuando lo hacía, permanecía con nosotros solo unas horas. Recuerdo su gesto aburrido, indiferente, hastiado —su mirada se ensombreció—. Intercambiaba con nosotros algunas palabras y se marchaba apresuradamente, como si nuestra presencia le incomodara. Mi madre decía que corría como un perro en celo para revolcarse en el lecho con la Perra.

— La Perra —a los labios del rey asomó una triste noticia—. La Perra… ¿sigue sin poder llamarla por su nombre, a pesar de estar muerta?

—Mi madre siempre la llamará la Perra, esté viva o muerta.

—¡Ja, ja, ja! Tu madre la seguirá odiando hasta el final de sus días —

bebió un trago de vino y añadió—: Pero hay una cosa que te voy a decir, a pesar de todo el daño y sufrimiento que Leonor de Guzmán le ha ocasionado, tu madre debería estarle, hasta cierto punto, agradecida.

—¿Mi madre agradecida? ¿Te has vuelto loco?

Don Alfonso miró a su nieto con cierto aire de misterio, incrementando así su interés.

—Leonor de Guzmán era muy ambiciosa, pero tenía sus límites.

—¿Qué quieres decir?

—Nunca le pidió a tu padre que repudiara a tu madre.

—¿Lo podría haber hecho?

—¡Por supuesto! —exclamó—. Tu padre estaba loco por ella, completamente loco. Si Leonor de Guzmán le hubiera pedido que se matase como muestra de su inconmensurable amor, vive Dios que tu padre hubiera desenfundado su puñal y se habría cortado el cuello delante de ella.

—¿Y por qué no pidió a mi padre que la repudiara?

—Era terriblemente ambiciosa pero no estúpida. Si tu padre hubiera repudiado a tu madre, gran parte de la nobleza y del clero castellano se habría puesto en su contra. ¡Y qué decirte de mí, el padre de la esposa despechada y repudiada! Posiblemente, hijo mío, hubiera estallado una guerra entre Portugal y Castilla. Yo no podría consentir que tu madre fuera repudiada. Habría sido un deshonor para nuestra familia. Tu madre, María de Portugal, hija de un rey y esposa de otro, repudiada… Sería intolerable, una vergüenza, un ultraje. No habría tenido otra opción que declarar la guerra a Castilla —añadió, encogiéndose de hombros.

—Por suerte no fue necesario declarar ninguna guerra…

—Así es, al menos tenemos algo que agradecerle a Leonor de Guzmán.

Hasta ella conocía sus límites.

—¡Qué mi madre no te oiga! —exclamó don Pedro con una carcajada.

El rey de Portugal rompió también en carcajadas. Se secó una lágrima producto de la risa y dijo:

—Te digo todo esto, hijo mío, para que no cometas los mismos errores.

El odio, la venganza, la sinrazón nunca han sido buenos consejeros de un rey.

—¿Qué quieres decir? —preguntó confuso don Pedro.

—Sabes que tu hermano Enrique de Trastámara se encuentra en Portugal.

—Lo sé.

—Bien, yo le invité. Espero que no te moleste.

Don Pedro se encogió de hombros.

—¿Por qué iba a molestarme? Si acaso me sorprende que des amparo a uno de los hijos de la mujer que martirizó en vida a mi madre, a tu hija.

Don Alfonso encajó el dardo envenenado con entereza y prosiguió:

—Enrique huyó de Sevilla con su esposa Juana Manuel, tras casarse…

—Se casó a escondidas con quien era mi prometida.

La conversación que hasta ese momento había sido cordial y distendida, comenzaba a tensarse.

—Tu padre y Juan Manuel acordaron ese matrimonio hace años —

puntualizó el rey de Portugal—. Entiéndeme, hijo, no le justifico —

continuó, intentando apaciguar los ánimos—. No debió huir como un criminal, sino hablar contigo y explicarte sus razones y derechos antes de tomar a Juana Manuel como esposa.

—En eso estamos de acuerdo.

—Pero su boda ya estaba acordada y el compromiso no debía romperse

—miró a don Pedro con severidad—. Te guste o no, debiste respetar la decisión de tu padre.

Don Pedro estuvo a punto de replicar que fue don Juan Alfonso de Alburquerque quien le propuso el matrimonio con doña Juana Manuel, pero decidió callar, pues podría haberse negado.

—Cuando llegó a mis oídos la noticia de la muerte de Garcí Laso de la Vega —prosiguió don Alfonso—, persuadí a Enrique de Trastámara para que huyera de Asturias y se refugiara en Portugal, donde estaría más seguro.

—¿Seguro de mí?

—De ti, de tu madre, de Alburquerque… ¿qué sé yo? Lo único que pretendía era salvarle la vida y evitar así una guerra.

Don Pedro empezaba a entender.

—Tu hermano tiene poderosos aliados tanto en Castilla como fuera de ella. Debes ser prudente y pensar únicamente en la estabilidad y el bienestar del reino.

—No tengo ninguna intención de emprender una guerra contra Enrique

—dijo don Pedro, levantándose de la mesa—. Sino todo lo contrario.

Siempre ha sido mi deseo reconciliarme con mis hermanos y contar con su apoyo y estima.

—¿No los odias como tu madre?

—No, no los odio. Son mis hermanos y los quiero. Aunque he de reconocer que la boda de Enrique con Juana Manuel y su posterior huida no fueron precisamente de mi agrado.

—¿Tu madre no te ha contagiado sus deseos de venganza? —insistió el rey de Portugal—, ¿no te ha persuadido para que los mates a todos?

—Por supuesto, ya sabes lo obcecada que puede llegar a ser y más cuando se trata de perjudicar a Leonor de Guzmán y a sus hijos.

El rey de Portugal soltó una estruendosa carcajada. Estaba muy equivocado sobre los sentimientos que su nieto profesaba hacía sus hermanos.

—¿Perdonarás entonces a Enrique?

—Siempre y cuando él acepte mi perdón.

—Lo aceptará, no tengas la menor duda. Enrique está impaciente por reconducir su relación contigo, su hermano, el rey.

Don Alfonso se acercó a don Pedro. Sus labios mostraron una gran sonrisa y sus ojos brillaban llenos de orgullo.

—Tu padre y Leonor de Guzmán han muerto. Es hora de pasar página y vivir en paz. Sin revanchas, sin odios, sin rencores. Para un rey, es

infinitamente más complejo mantener la paz que desatar una guerra —le dijo, cogiéndole de los hombros—. Nunca lo olvides.

—No lo olvidaré, mi señor.

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