De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 50 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 50

Toledo, agosto de 1354

El viaje de Arévalo a Toledo fue largo y fatigoso. Una misión desagradable para Hinestrosa que tuvo que soportar durante todo el trayecto los silencios y las miradas recriminatorias de doña Blanca, como si fuera responsable de todos sus males y padecimientos por el hecho de ser el tío de doña María de Padilla. Hubiera preferido estar junto a su rey en lugar de acompañar a esa francesa mimada y consentida, que no dejó de gimotear durante todo el viaje. Pero su rey y señor le dio una orden y él se limitó a obedecerla. Por fortuna, a lo lejos ya se divisaba la ciudad. Pronto la dejaría a buen recaudo en el alcázar y podría regresar con don Pedro. Doña Blanca, escoltada por veinte jinetes del rey, cabalgaba a pocos pasos de Hinestrosa. Durante el trayecto hizo balance de su situación y lo desgraciada que había sido su existencia desde que llegó a Valladolid un maldito mes de febrero. Odiaba aquellas tierras castellanas, pobres, ásperas y rudas como sus gentes.

Después de permanecer más de un año en Arévalo, su carcelero había decidido trasladarle de prisión. Desconocía los motivos, tampoco le importaban. Para ella, Toledo significaba una oportunidad para intentar cambiar su destino. Cruzó la muralla de la ciudad a paso lento, cadencioso, ante la atenta mirada de los toledanos, que abandonaron sus quehaceres y la contemplaron con ternura y compasión. Murmuraran entre ellos, y asentían con gesto compungido. «Es nuestra reina», decían unos, «el rey ha sido indigno con ella», decían otros. Hinestrosa observaba con preocupación sus miradas hostiles y desafiantes. El alcalde mayor de Toledo, don Martín Fernández de Toledo, fue el ayo del rey. La ciudad le era fiel, aunque las

miradas de sus gentes delataban todo lo contrario. Cruzaban delante de la catedral cuando doña Blanca detuvo su montura.

—Hinestrosa, te pido poder entrar en la catedral para rezar —solicitó en voz alta con un fuerte acento francés, para ser escuchada por la multitud.

Por las calles se agolpaba una multitud curiosa por ver a quien consideraban la verdadera y única reina de Castilla. No era prudente detenerse. Debían continuar su camino al alcázar.

—Por favor —suplicó doña Blanca.

—¡Solo quiere rezar! —exclamó un hombre, mirando a su alrededor en busca de adeptos.

—¿Qué clase de cristiano eres? —interpeló una mujer a Hinestrosa.

—Es una buena cristiana, no como nuestro rey —dijo otro toledano.

Hinestrosa echó instintivamente mano a su empuñadura y ordenó a sus jinetes que formaran un círculo alrededor de doña Blanca.

—¿Tienes miedo del pueblo? —le preguntó la misma mujer—. ¿No vas a permitir a la reina de Castilla que rece a nuestro Señor?

—Por favor, solo será un minuto —insistió doña Blanca con ojos suplicantes.

Hinestrosa entendió que no tenía otra opción. Varias decenas de personas habían formado un muro humano delante de ellos impidiéndoles el paso. Si se negaba, y continuaba su avance, se enfrentaría con aquellas gentes, entablándose una desigual batalla que sembraría el pavimento de cadáveres. El rey ya tenía suficientes enemigos, como para ganarse también la animadversión de los toledanos. Al fin y al cabo, doña Blanca lo único que pretendía era rezar.

—Está bien —Hinestrosa descabalgó y se acercó a la montura de doña Blanca. Le ayudó a descabalgar y ambos entraron en la catedral.

—¡Viva nuestra reina! —escuchó gritar a sus espaldas—. ¡Muerte a los Padilla! —Hinestrosa se giró y desenfundó su espada dirigiéndose con gesto amenazante a la muchedumbre. Buscaba a quién había prorrumpido tales palabras.

—¿Dónde vas Hinestrosa?

El interpelado se giró y vio en la puerta de la catedral a don Pedro Gómez de Gudiel, obispo de Segovia y al arzobispo de Toledo, don Vasco

Fernández de Toledo, hermano de don Gutier.

—¿Qué pretendes hacer con esa espada en la casa de Dios? —prosiguió con voz grave, poderosa y decidida el arzobispo de Toledo, un hombre de unos sesenta años, de rostro enjuto, labios finos y mirada penetrante—.

Guárdala, aquí no hay más enemigos que tus propios miedos y recelos. ¿Y

vosotros? —preguntó mirando a la multitud—. ¿No tenéis nada mejor que hacer? Volved a vuestros cometidos y dejar a esta humilde cristiana que solace su espíritu con el rezo y la oración.

El gentío fue abandonando el lugar, envueltos en murmullos que se fueron disipando según se alejaban. Hinestrosa enfundó el arma y se acercó a los clérigos.

—¿Qué tal está mi hermano? —le preguntó el arzobispo con la inquietud marcada en los ojos.

—Bien, bien, os envía saludos —respondió Hinestrosa, aun azorado por su intervención.

—Me alegro, rezo por él todos los días.

Hinestrosa se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir. Doña Blanca permanecía detrás de los clérigos, como si buscara su auxilio y protección.

—Es mejor que permanezcas aquí, fuera, mientras doña Blanca reza —

le dijo don Pedro Gómez de Gudiel. El obispo de Segovia tenía el rostro rollizo, sonrosado y afable. Su mirada era bondadosa y mostraba una gran sonrisa. Había acompañado a doña Blanca en su larga estancia en Arévalo.

Fue su confesor, su guía espiritual, el hombro sobre el que derramó todas sus desdichas. Entre ellos nació una profunda amistad.

—Nada has de temer —intervino el arzobispo, advirtiendo la duda en los ojos de Hinestrosa, que temía que pudiera escapar aprovechando su entrada en la catedral.

—Está bien, esperaré fuera, pero solo unos minutos. Esta atardeciendo y es conveniente que lleguemos al alcázar antes de que anochezca. —A Hinestrosa le preocupaba encontrarse de noche con la multitud que le había increpado. Amparados por la oscuridad, los toledanos podrían atreverse a atacarles. Entre las estrechas callejuelas, sus monturas y espadas resultarían inútiles.

—Permaneceremos en el templo el tiempo suficiente y necesario. No hay prisa cuando se trata de apaciguar el alma de una buena cristiana —dijo el arzobispo y entró en la catedral seguido de doña Blanca y el obispo de Segovia.

Los minutos pasaban y doña Blanca no salía de la catedral. Hinestrosa y sus hombres se impacientaban. En pocos minutos anochecería. No podía esperar más tiempo. Con paso firme se dispuso a entrar en el templo cuando el arzobispo le cortó el paso.

—Se acoge a sagrado —dijo don Vasco Fernández de Toledo.

—¿Cómo? —preguntó desconcertado Hinestrosa.

—Ya me has oído —la voz del arzobispo era firme y su mirada desafiante—. Se acoge a sagrado en la catedral. Ahora está bajo la autoridad y protección de la Iglesia.

Don Juan Fernández de Hinestrosa entendió que había caído en una trampa, un ardid tramado por doña Blanca y los clérigos. Apretó enfadado los puños. Habían sido muy hábiles y él muy torpe. Al acogerse a sagrado, doña Blanca quedaba bajo la protección y el amparo de la Iglesia. No podría llevársela al alcázar. Tendría que esperar a que saliera por su propia voluntad del templo. Si entraba por la fuerza violaría las leyes de la Iglesia.

Pero no podía regresar y decirle al rey que no había cumplido con su cometido, que había permitido que doña Blanca hubiera escapado de su confinamiento antes incluso de haber sido encerrada. Una misión que no entrañaba dificultad alguna se había complicado de tal modo que involucraba ahora al mismísimo arzobispo de Toledo. No, no podía regresar con las manos vacías. Sitiaría la catedral. No dejaría que nadie entrara o saliera de ella, hasta que doña Blanca se viera obligada a abandonar su protección por hambre o sed.

—¿Vuestro hermano sabe que sois un traidor? —le preguntó Hinestrosa con abierta hostilidad.

—Mide tus palabras Hinestrosa. Aquí no está el rey para protegerte. —

Don Vasco Fernández hizo un gesto de mano y de pronto los soldados de Hinestrosa quedaron rodeados por decenas de toledanos portando antorchas y aperos de labranza—. Lo que ha hecho el rey con esta niña no tiene perdón de Dios. Doña Blanca es la legítima reina y no doña Juana de Castro

—hizo una pausa y negó con la cabeza con una mueca de desprecio—. Ni mucho menos, tu sobrina María, que con su infinita mezquindad ha llegado al extremo de engañar al mismísimo papa, al que hizo creer que se recluiría en un monasterio, abandonando su vida de lascivia y pecado. Los Padilla sois mezquinos y codiciosos. Por el bien de Castilla debéis ser apartados de la Corte.

Hinestrosa echó mano de su empuñadura. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo por contener la ira que nacía en su interior. Con placer hubiera matado a aquel insolente y arrogante clérigo.

—¡Viva Castilla! ¡Viva el rey! ¡Muerte a los Padilla! —Comenzó a gritar la muchedumbre, al tiempo que alzaban desafiantes sus hoces, guadañas y horcas.

—Será mejor que te vayas. Abandona Toledo antes de que sea demasiado tarde —sugirió el arzobispo.

Hinestrosa miró en rededor. Observó con preocupación como la multitud se aglutinaba en torno a sus jinetes. Las monturas se movían inquietas rodeadas de las antorchas y el griterío de la enfervorizada turba.

La noche se cernía amenazante y lúgubre sobre la ciudad.

—¿Dónde está don Martín Fernández de Toledo, el alcalde mayor? —

Hinestrosa necesitaba conocer el grado de implicación de las autoridades toledanas en la revuelta. Temía que la ciudad hubiera caído en manos de los rebeldes.

—Ha sido apresado —respondió el arzobispo—. Pero no temas por su vida. Será liberado tan pronto el rey cumpla con sus obligaciones y regrese con la reina Blanca.

Un mar de antorchas iluminó la noche. Un océano embravecido por los gritos de los toledanos, que persistían en alzar sus aperos como si de lanzas y espadas se tratara. Que el alcalde mayor hubiera sido apresado por aquella turba significaba que Toledo estaba perdida. Hinestrosa advirtió que no podía hacer nada más que marchase cuanto antes, pues su vida corría peligro.

—Esto no quedará así —amenazó Hinestrosa con una mirada llena de ira.

—Quedará como Dios, Nuestro Señor, decida —replicó don Vasco Fernández con serenidad, confiado en que los designios de Dios están por encima de la voluntad de los hombres.

Don Juan Fernández de Hinestrosa se giró malhumorado, montó en su caballo y se abrió paso con brusquedad entre la multitud seguido de sus jinetes.

—¡Victoria! ¡Victoria! ¡Victoria! —exclamó a sus espaldas una exultante multitud.

El arzobispo de Toledo contempló en silencio como se marchaban los jinetes, mientras el gentío los insultaba y hacía gestos obscenos, burlándose de ellos. Pero él no se sentía dichoso. Y mucho menos victorioso. Temía que el rey desatara su ira contra su hermano don Gutier, quien no estaba al corriente de la insurrección. Pero no tenía otra opción. Había recibido una carta del papa Inocencio conminándole a proteger a doña Blanca, a quien llamaba reina de Castilla, y a apoyar a don Juan Alfonso de Alburquerque en su pretensión de deshacerse de los Padilla, sobre todo de la concubina que impedía que el rey Pedro volviera con su legítima esposa, la reina Blanca. El arzobispo no era necio. Sabía muy bien que detrás de esa petición estaba el profundo interés del papado en consolidar la alianza de Castilla con una Francia que estaba perdiendo la guerra contra Inglaterra.

Los franceses contaban con la implicación de la flota castellana para revertir la contienda.

—¿Se han marchado ya?

La pregunta de don Pedro Gómez de Gudiel le devolvió a la realidad. Se giró y advirtió la preocupación en los ojos del obispo de Segovia.

—Esta no es una rebelión contra el rey, sino contra los Padilla.

Concluirá cuando don Pedro y la reina Blanca se reconcilien —dijo el arzobispo, más para convencerse a sí mismo que para animar al obispo de Segovia.

—Pero volverán…

El arzobispo asintió y dijo:

—Y debemos estar preparados —se dirigió con paso firme y decidido a la catedral seguido por el obispo. Había mucho por hacer y tenían muy poco tiempo—. Llevaremos a la reina al alcázar, allí estará protegida.

Enviaremos mensajeros a don Juan Alfonso de Alburquerque informándole que ha sido liberada y le pediremos soldados que protejan Toledo de un más que probable ataque del rey —el arzobispo se detuvo en la puerta, miró con férrea determinación al obispo y añadió—: La reina es un símbolo de la lucha contra los Padilla y debemos protegerla con nuestra vida si llegara el caso.

El obispo, que no era tan valiente ni audaz como don Vasco Fernández de Toledo, tragó saliva asustado y asintió no muy convencido.

—Si es voluntad de Dios… —aceptó con voz nerviosa.

—Lo es amigo mío. Es su voluntad que don Pedro abandone a la concubina y se reconcilie con su legítima esposa. Nosotros no podemos hacer más que plegarnos a sus designios —le tomó de los hombros e intentando apaciguar sus dudas añadió—: La nobleza y el clero están en su contra. Un rey no puede asentar su trono solo con el apoyo de los menestrales y los campesinos. Don Pedro no tendrá otra opción que claudicar. Recemos para que Dios le ilumine y le ayude a reflexionar. Por su bien y por el de Castilla.

—Ruego que recapacite antes de que sea demasiado tarde y la guerra inunde de sangre y desolación las tierras de Castilla —dijo el obispo de Segovia soltando un largo suspiro.

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