De reyes y bastardos
Capítulo 62
Segovia, enero de 1355
El rey estaba sentado en el trono, en silencio, en la sala que ordenó construir el rey Alfonso VIII hacía más de doscientos años en el alcázar de Segovia. Por los amplios ventanales entraba la suave luz del atardecer confiriendo a la sala una cálida tonalidad dorada. Con él se encontraban sus más fieles partidarios; don Gutier Fernández de Toledo, don Juan Fernández de Hinestrosa, don Diego García de Padilla, don Juan García de Villagera y Padilla, y Samuel Leví, el tesorero real. Don Pedro logró huir, escapar de su prisión. Y había llegado el momento de actuar, de responder a la vil traición. Y para lograr sus propósitos necesitaba del favor de la nobleza castellana. Una nobleza que se había sublevado, levantándose en armas en su contra. Además, la Iglesia tomó partido abiertamente a favor de los nobles rebeldes. El papa Inocencio otorgó al obispo de Senez una bula con la que le amenazaba con la excomunión si no abandonaba a doña María de Padilla y regresaba con doña Blanca de Borbón. El rey ignoró las continuas misivas enviadas por el obispo, hasta que el 19 enero, el emisario pontificio lanzó la excomunión contra el rey y el entredicho sobre Castilla, prohibiendo la celebración de actos de culto en las iglesias del reino, salvo en los territorios controlados por los sublevados. El rey sonrió con desgana.
Al papa no le importaba lo más mínimo el bienestar de doña Blanca, lo que realmente le preocupaba era reafirmar la alianza de Castilla con Francia, pues los franceses estaban siendo aplastados por los ingleses en la interminable guerra que persistían en mantener desde hacía años. Al rey no le alertaba excesivamente la excomunión, pero no era necio. Estar a malas
con el papado tampoco le beneficiaba. Escribiría a Inocencio explicándole con detalle su versión de los hechos. Pero ahora eran otras las urgencias.
—¿Qué sabemos de los bastardos y del resto de los traidores? —
preguntó don Pedro a sus consejeros.
Don Gutier dio un paso al frente y respondió:
—Don Fernando de Castro se encuentra en Galicia, don Juan de la Cerda en sus tierras en Andalucía, don Tello ha huido a su señorío de Vizcaya, don Fadrique se encuentra en Llerena y don Enrique de Trastámara permanece en Toro, con vuestra madre. Con vuestra huida la Liga se ha desvanecido como si hubiera sido arrasada por un vendaval.
—¿Está en Toro? —preguntó el rey.
—No se ha movido de allí. Supongo que en espera de los acontecimientos —respondió don Gutier.
—O aguardando que don Fadrique acuda en su ayuda con los soldados de la Orden de Santiago —dijo don Diego García de Padilla.
—En tal caso, deberíamos actuar con celeridad —propuso don Gutier.
El rey asintió y apretó rabioso la mandíbula. Don Enrique de Trastámara fue uno de los instigadores de la sublevación. Junto con Alburquerque, fue su máximo responsable. Muerto el excanciller, sobre él recaería sin compasión toda la ira regia. Don Pedro había intentado reconciliarse con su hermano, le había concedido títulos, propiedades. Le había ofrecido su amistad, su afecto, su confianza. Y don Enrique a cambio lo encerró en un oscuro calabozo. La traición de su hermano fue terriblemente dolorosa. Más incluso que la de su madre, a quien consideraba débil y manipulable. Entre aquellas cuatro paredes fue incubando un odio visceral, enfermizo, irrefrenable. Deseaba vengarse, asesinarlo con sus propias manos. No hay nada más cruel y despiadado que la traición de un ser amado. Pronto llegaría el momento de la venganza. Y lo disfrutaría con deleite y regocijo.
Sí, pronto, muy pronto, llegaría ese momento.
—¿Dónde están los infantes?
—Mi señor, el infante Fernando de Aragón está aquí, en Segovia —
respondió don Gutier.
El rey arqueó los ojos ante la inesperada respuesta.
—Llegó hace unas horas —prosiguió—, quiere reunirse con vos, pediros perdón y unirse a vuestra causa contra el conde de Trastámara.
—Por fin se ha dado cuenta que ambos compartimos el mismo enemigo
—dijo don Pedro con un asentimiento—. ¿Qué consideráis que debo hacer?
—Se incorporó del sitial y comenzó a andar hacia sus consejeros—. ¿Debo ejecutarlo por traidor o aceptar su rendición y vasallaje?
Los consejeros intercambiaron miradas sin saber muy bien qué responder. Fue Samuel Leví, un hombre práctico, flemático, poco inclinado a tomar decisiones influenciadas por sentimientos y emociones, quien respondió:
—Mi señor, en estos momentos nos encontramos escasos de apoyos y cualquier ayuda sería bien recibida y más si esta proviene de importantes y poderosos nobles —la voz del tesorero sonó pausada y convincente—. Con ello, no digo que sus delitos deban ser perdonados. Ruego que no se me interprete mal, pero considero que no hay nada que perder en escucharle, en oír sus argumentos y en apreciar qué nos puede ofrecer para purgar sus pecados y faltas.
El rey desvió la mirada hacia don Gutier y le hizo un gesto para que expresara su opinión.
—Estoy de acuerdo con Samuel Leví. Es más, considero prudente y conveniente recibir con los brazos abiertos a todos los nobles de la Liga, salvo a don Enrique de Trastámara y a don Fadrique, claro está. Sí, mi rey
—continuó, advirtiendo la confusión en los ojos de don Pedro—, sin lugar a duda. Cualquier aliado que rechacemos ahora, podría convertirse en enemigo en el futuro. No nos sobran precisamente los aliados —don Gutier sonrió, extendiendo los brazos—, pero sí los enemigos.
—Así es, mi señor —intervino Hinestrosa—. Si al infante no le aceptamos como aliado es muy probable que se revuelva contra nosotros.
Deberemos tenerlo vigilado, eso sí, a él y a los nobles de la Liga que decidan cambiar de bando en esta guerra.
El rey se acercó a un ventanal y contempló como el sol acariciaba el horizonte. Pronto anochecería en Segovia. Se acariciaba el mentón pensativo, analizando las sugerencias de sus consejeros de confianza.
¿Perdonar a los nobles rebeldes…? ¿Castigarlos? El infante Fernando le
ayudó durante el tiempo que estuvo encerrado en Toro. El rey lo recordaba perfectamente. Le proporcionó una mejor comida, ropaje y, lo más importante, información sobre doña María de Padilla e Hinestrosa.
Prometió que tendría en cuenta su ayuda y parecía que había llegado el momento de cumplir su palabra. Estaba persuadido de que el infante le habría facilitado la huida si don Tello no se hubiera anticipado.
—Hacedle pasar y dejadnos solos —ordenó el rey.
Los consejeros asintieron y se marcharon de la sala. Poco después hacía su entrada el infante Fernando. Su corazón latía con fuerza presa del temor.
Intentó ayudar al rey cuando estuvo encerrado, le compartió información sobre doña María de Padilla y don Juan Fernández de Hinestrosa. El rey se mostró agradecido y prometió que tendría muy en cuenta su gesto en el caso de que las circunstancias fueran menos adversas… Y las circunstancias habían cambiado sobremanera. ¿Cumpliría el rey su promesa? ¿Lo ejecutaría? ¿Lo encerraría en un calabozo? El infante tragó saliva. Se dirigió hacia el rey mirándole fijamente a los ojos, intentando descifrar cuáles serían sus intenciones. Su madre, doña Leonor de Castilla, le había insistido en que acudiera inmediatamente a Segovia, a rendirle vasallaje, a pedirle perdón. No había nada que temer, pues el rey le necesitaba si pretendía vengarse del bastardo. Confiaba en que su madre estuviera en lo cierto, o su futuro sería de lo más aciago.
—Mi señor. —El infante se arrodilló a sus pies y alzó las manos ofreciéndole los sellos reales sin apartar la mirada del suelo.
El rey se acercó a él y los tomó. Los sellos reales, el símbolo de su poder, volvían a estar en sus manos. Se quedó mirándolos durante un instante. Don Pedro estaba satisfecho, complacido. A sus labios asomó una sonrisa victoriosa.
—Levántate. —El rey le ofreció su mano como apoyo. El infante alzó la vista y tomó su mano. Soltó un largo suspiro de alivio. En los ojos del rey advirtió que no le guardaba rencor y que no le esperaba ningún castigo… de momento.
—Mi señor, os entrego los sellos reales y el que me distingue como canciller de Castilla, para que obréis con ellos como estiméis oportuno —el
infante se disponía a quitarse el sello que colgaba de su pecho, cuando el rey le interrumpió con un gesto de mano.
—Estás aquí, ahora —comenzó a decir—. Es un gesto valiente, decidido, humilde. Un gesto que te honra.
—Os suplico perdón por…
El rey volvió a interrumpirle negando con la mano y con la cabeza.
—No, no, no, el pasado, pasado está. Entiendo que fuiste seducido por las embriagadoras palabras de Alburquerque y alentado por el irrefrenable ímpetu de mi hermano Enrique. Son dos hombres extremadamente persuasivos. Y, si además, añadimos la inestimable participación de mi propia madre en la conjura, entiendo que es hartamente complicado no dejarse arrastrar hacía el abismo. No, no te guardo rencor por haberte unido a la Liga. Tu visita en el calabozo me hizo feliz. Temía por María, por mis hijas Beatriz y Constanza, y por Hinestrosa. Y tú me concediste esperanza.
Ahora estás aquí, reconociendo tu error y pidiéndome perdón.
—Es tal como decís, mi señor —don Fernando de Aragón aún tenía el gesto demudado por la preocupación. A pesar de las benévolas palabras del rey, había participado en la conjura y la condena por traición era la muerte por decapitación—. Pero eso no me justifica —alzó la vista y mirando de frente al rey añadió—: Solo yo soy responsable de mis actos y aceptaré con humildad el castigo que estiméis oportuno infligirme para expiar mis faltas y delitos. Sea cual sea.
El rey se giró y comenzó a pasear meditabundo por la sala, con las manos cruzadas en la espalda. Estaba disfrutando terriblemente de ese momento. Realmente, sino necesitara de sus tropas y de su oro, lo habría ejecutado allí mismo, en aquel preciso instante. Pero debía ser menos impetuoso, más reflexivo. Tendría que tragarse la bilis que corría por su garganta y pensar a largo plazo. Su objetivo ya lo tenía marcado: don Enrique de Trastámara. Sobre él derramaría todo su odio, todo su desprecio.
El fuego de su cólera lo devoraría, dejándolo calcinado, hecho cenizas.
Había llegado el momento de la venganza, de la crueldad. Y, cuando su rabia estuviera plenamente saciada, llegaría el momento de evaluar lealtades, impartir justicia y rendir cuentas. Esas eran sus prioridades.
—En tal caso solo encuentro un modo en el que puedas purgar tus culpas —el rey miró a los ojos del infante. Se le advertía tenso, inquieto, agitado. Sonrió y esperó unos instantes antes de proseguir. Disfrutaba administrándole una pequeña venganza—. Deberás unirte a mí en la guerra contra mi hermano Enrique. Demuéstrame tu lealtad en el campo de batalla.
Solo así, podré perdonarte.
Don Fernando se arrodilló ante el rey y humilló la vista, fijándola en el suelo. Intentaba refrenar la emoción que recorría sus entrañas. Tal como le había augurado su madre, el rey lo perdonaba. No tenía otra opción si quería vencer al conde de Trastámara. Lo necesitaba y él necesitaba al rey.
Ambos tenían un enemigo común, pero por distintos propósitos.
—Mi señor, contad con mi espada y con la de mi hermano Juan.
Le rey posó su mano con suavidad sobre la cabeza del infante. Apretó la mandíbula y su mano tembló nerviosa. Hubiera deseado tener un cuchillo, mejor un hacha y poder abrir con él la cabeza del traidor. Asestarle un golpe contundente, certero, mortal. Sí, lo deseaba, pero tuvo que dominar su ímpetu, su ansia de justicia. Cerró los ojos, intentó sosegarse y dijo:
—Bien, bien. Que así sea. No te faltará ocasión de demostrar tu lealtad.
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