De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 61 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 61

Toro, enero de 1355

Don Enrique de Trastámara se movía furioso de un lado a otro de la sala, dando largas zancadas y mascullando palabras ininteligibles, como si estuviera lanzando una terrible maldición. El resto de los nobles le observaba en silencio, con el gesto marcado por la preocupación. El rey había escapado y sin su vigilancia y control era completamente impredecible. Desconocían a dónde se dirigía, pero sospechaban cuál sería su propósito: la venganza. El sol declinaba por el horizonte, pronto anochecería en Toro.

—¿Cómo ha podido pasar? ¿Cómo ha podido escapar? —mascullaba una y otra vez el conde de Trastámara.

—Iba escoltado por tus hombres —se atrevió a responder el infante Fernando—. Solo la traición puede explicar su huida.

Don Enrique se abalanzó sobre él y tuvo que ser retenido por sus hermanos.

—¿Me acusas de traición? —preguntó furioso—. ¡Eres un bastardo!

—¡Aquí los únicos bastardos sois vosotros! —replicó el infante, levantándose de la silla y señalando a los Guzmanes con el dedo.

—¡Basta! —exclamó con autoridad doña María de Portugal. Miró en rededor y se mantuvo en pie, firme, serena hasta que cesó el alboroto—.

Tomad todos asiento. Por Dios, no nos encontramos en una de esas tabernas que habitualmente frecuentáis. ¡Comportaros como nobles de Castilla! —a regañadientes y enfurruñados, don Enrique y sus hermanos tomaron asiento

—. Bien, el rey ha escapado. Desconocemos cómo ha podido suceder, pero no cabe la menor duda de que alguien de esta mesa le ha tenido que ayudar.

Podemos perder el tiempo averiguando quién ha sido, pero eso no solucionará el hecho de que el rey haya logrado escapar. Debemos determinar qué vamos a hacer a partir de ahora.

—Estoy de acuerdo con lo que dices —intervino don Tello—. Alguno de los aquí presentes le ha tenido que ayudar, pero investigar quién ha sido es una pérdida de tiempo. Lo único cierto es que esta Liga está muerta, liquidada. Por mi parte regresaré a mi señorío. Vosotros haced lo que os plazca.

Don Enrique le lanzó una mirada despectiva.

—Tú siempre tan práctico, hermano mío. Quizá seas tú quién está detrás de esta traición, ¿qué te ha prometido el rey, devolverte tus propiedades, entregarte otras?

A don Tello le latía el corazón con fuerza. Respiró hondo intentando sosegarse.

—Los soldados que acompañaban al rey pertenecían a tu guardia personal. Hombres de tu máxima confianza, ¿me acusas tú de traición? —

preguntó don Tello. Dispuesto, por primera vez en su vida, a enfrentarse a su hermano.

Don Enrique de Trastámara le lanzó un puñetazo que le hizo caer al suelo. Luego se subió encima y le golpeó con fuerza, con saña, descargando toda su ira sobre su hermano. Don Fadrique le agarró por la espalda y consiguió separarlo. Don Tello se dolía en el suelo con la cara ensangrentada. Los nobles se acercaron y le rodearon, preocupándose por su estado. Don Tello se levantó ayudado por don Fernando de Castro. La nariz le sangraba profusamente y tenía el labio inferior hinchado. Escupió sangre y dijo:

—Me voy, no tiene sentido continuar con esta mentira. —Tambaleante, pero con paso decidido, abandonó la sala ante la perpleja mirada de los allí presentes.

Don Fernando de Castro observó como don Enrique de Trastámara jadeaba cansado, con los puños sucios de la sangre de su hermano. La Liga, la conjura, carecía de sentido. Nació para traicionar a un rey y los conjurados acabaron traicionándose entre ellos. Consideraba que las obligaciones que había contraído con los Guzmanes estaban resueltas.

Había logrado desposarse con doña Juana y con la captura del rey había restablecido el honor de su hermana y el de la familia. La huida de don Pedro no era un asunto de su incumbencia. Que se las arreglaran entre el infante Fernando y don Enrique de Trastámara. Respiró hondo y mirando fijamente a los ojos del conde dijo:

—Yo también me voy.

—¿Cómo? —preguntó desconcertado don Enrique.

—Don Tello tiene razón, esta Liga está corrupta, infectada por la podredumbre de la traición y la codicia. Ya nadie confía en nadie. Por mi parte podéis hacer lo que queráis, pero yo no permaneceré más tiempo en esta cueva de traidores —don Fernando de Castro se marchó sonriendo, complacido. Nunca pretendió enfrentarse al rey, traicionarlo, pero después del maltrato y repudio sufrido por su hermana, no tuvo otra opción. Pero ahora, por fin, se sentía liberado de los vínculos que le unían con los Guzmanes. Podía regresar a sus tierras con doña Juana.

—¿Dónde vas? —preguntó incrédulo don Enrique—. ¡Traidor, eres un perro traidor! —exclamó furioso, frustrado.

Pero don Fernando de Castro no le escuchó, o si lo hizo, ignoró su insulto; la estéril ofensa de un noble que contemplaba impotente como sus sueños de grandeza se desvanecían como un castillo de arena barrido por las olas del mar.

Don Juan de la Cerda cogió del hombro a don Enrique y, sin decir palabra, también abandonó la sala. Le siguieron los infantes Fernando y Juan. Doña Leonor de Castilla lanzó un largo suspiro y negando con la cabeza los acompañó.

—Hermano, ya no hay nada que podamos hacer —dijo don Fadrique—.

Será mejor que regresemos a nuestras tierras, lejos de la ira del rey.

—Me quedaré aquí, en Toro —repuso don Enrique—. Al menos, de momento. Esto todavía no ha terminado.

—Yo también permaneceré aquí, en Toro —intervino doña María de Portugal—. Debemos superar este contratiempo. Creo en esta causa, en nuestra causa. Creo en restablecer el honor de la reina Blanca, en desprendernos de la Padilla y de sus familiares. Aún no hemos sido derrotados.

Don Enrique de Trastámara la miró con gratitud. La reina madre era una mujer fuerte, valiente. Cada poro de su piel rezumaba más valor y coraje que en todos aquellos nobles juntos. Unos cobardes que huían ante la mínima adversidad. Doña María de Portugal había sido enemiga de su madre. Ambas se odiaron durante años, aunque por distintos motivos: doña María odiaba a doña Leonor porque le había arrebatado al hombre que amaba y doña Leonor porque le había usurpado la Corona de Castilla. Doña María estaba acostumbrada a luchar sola ante la adversidad. Lo había hecho toda su vida, desde que el rey Alfonso la abandonara por su amante. Pero era perseverante y no cejaría en su empeño en restituir el honor de doña Blanca. Doña María de Portugal había padecido las consecuencias del desprecio, del ostracismo, de una constante humillación. Y haría lo imposible para que su protegida no sufriera el mismo destino, el mismo tormento. Aunque pusiera en riesgo su propia vida.

—Gracias, mi señora —agradeció sincero don Enrique de Trastámara.

—Si Alburquerque estuviera aquí… —comentó la reina con pesar.

Doña María de Portugal echaba de menos al canciller. Si Alburquerque hubiera estado allí, con ellos, la Liga jamás se habría disuelto. Él sabría como reconducir la situación, como infundir nuevos ánimos, como aglutinar ambiciones y voluntades. Pero el canciller había fallecido y de poco servía lamentar su muerte.

—Está bien, vosotros quedaros aquí. Yo iré a Llerena a armar a mis tropas. Continuaremos la lucha —aceptó don Fadrique.

Don Enrique le cogió de los hombros. Le miró con orgullo y le abrazó con fuerza, con gratitud. Doña María de Portugal los miraba aún sorprendida de encontrarse allí, con ellos, con los hijos de la Perra a quien tanto había odiado. Caprichoso era el destino que le arrojaba a quienes habían sido sus enemigos, para evitar que otra reina sufriera sus mismas angustias y penalidades.

«Cuando acabe todo esto y regrese la normalidad a Castilla, encontraré el medio de librarme de los bastardos. Juro que lo encontraré», pensó la madre del rey.

Doña Leonor de Castilla se movía inquieta en sus aposentos. Sus hijos don Fernando y don Juan la miraban en silencio. Intentaba organizar sus ideas, discernir entre el torbellino de sensaciones que se arracimaban en su ánimo, qué había sucedido, quién se había adelantado a sus planes y, sobre todo, cómo debían actuar ahora que el rey está libre.

—¿Qué ha pasado? ¿Alguien me lo puede explicar? —preguntó doña Leonor mirando inquisitiva a sus hijos.

—Ha debido de ser don Tello —respondió el infante Juan.

—Don Tello, don Juan de la Cerda, don Fernando de Castro… incluso ha podido ser la reina doña María o el mismísimo conde de Trastámara —

dijo el infante Fernando.

El infante tenía razón; de un modo u otro, cualquiera podría haber sido quien ayudó al rey a escapar de su prisión. Ellos mismos estaban dispuestos a hacerlo. Pero alguien, con más urgencias o necesidad, se les adelantó.

—¿Contactaste con don Gutier Fernández de Toledo? —preguntó doña Leonor a don Fernando.

—No me fue posible, no tuve tiempo…

—Es una pena —se lamentó doña Leonor—. Bien, ahora que el rey está libre, la situación ha cambiado completamente. Se nos presenta una oportunidad que no debemos desaprovechar.

Los infantes miraron a su madre sin entender qué quería decir.

—Sírveme agua, tengo sed —ordenó al infante Juan, que obedeció con rapidez y diligencia. Tomó asiento en un banco de madera y dio un pequeño sorbo—. El rey debe estar con don Gutier y con don Juan Fernández de Hinestrosa. Supongo que en breve se le unirán el resto de los Padilla, pero… ¿qué creéis que harán los nobles de Castilla?

—Algunos se le unirán, otros se refugiarán en sus haciendas en espera de los acontecimientos y otros, como don Enrique de Trastámara y quizá don Fadrique, le seguirán combatiendo —respondió don Fernando.

—Exacto —dijo doña Leonor—. Eso es precisamente lo que va a ocurrir. La cuestión ahora es decidir qué debemos hacer nosotros, qué es lo más conveniente para nuestros intereses.

—¿Mantenernos al margen? ¿Esperar a ver qué hace la mayoría de los nobles? —preguntó don Juan sin excesivo convencimiento.

—Esa es una postura prudente, comedida —observó doña Leonor—, pero desacertada.

El infante Juan arrugó las cejas confuso.

—¿Por qué? —preguntó.

Doña Leonor suspiró largamente, como si tuviera que impartir una clase a un niño de cinco años.

—El rey solo cuenta con el apoyo de don Gutier Fernández de Toledo.

Los Padilla no son nobles, son simples infanzones que han medrado gracias a los regalos y títulos que don Pedro les ha concedido por ser parientes de su concubina.

—Y el rey necesita que la vieja nobleza esté a su lado… —observó don Fernando.

Doña Leonor asintió y mirándole con férrea determinación, le dijo:

—Debes averiguar dónde está el rey y entregarle los sellos reales, sus símbolos de poder. Debes, debemos —corrigió, cogiendo a sus dos hijos de los brazos—, ponernos de su lado y cuánto antes, mejor.

—Si luchamos con el rey, seremos enemigos de los Guzmanes —

observó el infante Juan.

Doña Leonor soltó un largo suspiro, puso los ojos en blanco y dijo:

—Siempre lo hemos sido, querido hijo, siempre.

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