De reyes y bastardos
Capítulo 38
Valladolid, diciembre de 1353
Escondidos en el lecho, al calor de gruesas mantas de lana, jugaban don Pedro y doña Juana de Castro. Risas cómplices, gozoso resultado de juegos lascivos, resonaban en la alcoba. Los amantes se besaban y acariciaban protegidos del frio invierno castellano. En la alcoba llevaban dos días y no tenían intención de cambiar de planes.
—¿Me quieres? —doña Juana había detenido sus besos. Acariciaba y miraba fijamente a los ojos a don Pedro.
—Te quiero.
—No soy una concubina más que visita tu alcoba ¿verdad?
—¿Cómo dices eso?
El rey se lanzó sobre ella y le hizo cosquillas inundando la habitación con sus risas.
—Tendrás que demostrar que me quieres.
Doña Juana le miraba con gesto serio y labios apretados. Sus ojos revelaban que no bromeaba. Era una mujer rica, de noble linaje. No una campesina de pelo alborotado y pies sucios, que se arroja al lecho de cualquier hombre por un puñado de monedas.
—Pídeme lo que quieras y te lo concederé —dijo el rey, como si de un inocente juego se tratara.
Le mordió en la oreja y luego le susurró:
—Quiero los castillos de Jaén, Dueñas y Castrojeriz.
El rey arqueó sorprendido los ojos.
—Vaya, parece que lo tenías bien pensado.
Doña Juana se limitó a encogerse de hombros y soltar una inocente risita.
—Así sea, te concedo esos castillos —accedió el rey—. ¿La señora desea algo más de su fiel servidor?
Doña Juana deslizó su mano hacia el miembro inhiesto del rey y respondió:
—Quiero ser tu esposa, la reina de Castilla.
El rey suspiró de placer y la besó con pasión.
—Tendría que anular mi matrimonio con Blanca —dijo entre jadeos.
Su amante le besó, desatando todo su ardor, toda su lujuria.
—¿A qué estas esperando? Haz lo que tengas que hacer. —Doña Juana se puso encima de él y movió sus caderas rítmicamente, coordinando sus movimientos con los del rey.
—Lo haré, vive Dios que lo haré…
Don Pedro permaneció durante días en la alcoba junto a su amante, alejado de incómodos asuntos de gobierno y de preocupaciones familiares. Entre aquellas mantas, entre aquellos brazos, había encontrado cobijo, paz y, sobre todo, placer. Así pues, se irritó sobremanera cuando don Diego García de Padilla y don Juan Fernández de Hinestrosa irrumpieron bruscamente en la habitación, rompiendo súbitamente la magia, desvaneciendo irremediablemente su felicidad y gozo.
—¡¿Cómo osáis entrar de esa manera en mis aposentos?! —preguntó enfurecido.
Las miradas de Hinestrosa y don Diego García confluyeron en doña Juana de Castro. Permanecía tumbada en el lecho, completamente desnuda, sin pudor, indiferente a su presencia.
—Lleváis cinco días en esta alcoba y hay asuntos urgentes que necesitan de vuestra atención —respondió Hinestrosa sin dejar de mirar a la nueva amante del rey.
—No te preocupes, amor —dijo doña Juana—. Habrá más momentos como este y mucho mejores. —Besó al rey y se incorporó de la cama. Tomó
sus ropajes y comenzó a vestirse despacio, con calma, sin dejar de mirar con ojos retadores a los familiares de doña María Padilla, la rival con la que combatía en singular batalla por adueñarse del corazón del rey.
Don Diego García le lanzaba discretas miradas. En ella no advertía a una hermosa mujer, sino un serio inconveniente que podría perjudicar sus intereses. Todo lo que había conseguido fue gracias a que era el hermano de doña María de Padilla. Sus títulos, prebendas y propiedades se los debía a ella. Su futuro estaba vinculado irremediablemente al de su hermana. Si ella caía en desgracia, como le había sucedido a doña Blanca de Borbón, él caería con ella. Debía desembarazarse de esa entrometida. Doña Juana de Castro pasó junto a su lado antes de abandonar la habitación. Le miró con prepotencia, con soberbia; ella era una noble de Castilla y él simplemente el hermano de la concubina del rey. Un insignificante insecto al que podría exterminar con un simple pisotón.
—¿Qué es lo que sucede para que me hayáis importunado de esta manera? —farfulló el rey mientras se vestía.
—Don Martín Gil, el hijo de Alburquerque, ha escapado —respondió Hinestrosa, lanzando una última mirada a doña Juana. Compartía las mismas inquietudes que su sobrino.
El rey le miró confuso, sin querer entender el grave significado de sus palabras. Don Martín Gil fue entregado como rehén por don Juan Alfonso de Alburquerque como garantía de su lealtad. Su huida era toda una declaración de intenciones.
—Bien, si el Portugués desea la guerra, pues tendrá guerra —dijo el rey
—. Ha llegado el momento de desembarazarnos de él.
—Fue oportuno llegar a un acuerdo con Alburquerque —dijo don Diego García—. Ha incumplido lo pactado, nos ha traicionado. Los nobles nos apoyarán. Entenderán que no tenemos más opción que responder a su desafío y sofocar la sublevación.
—Fue una hábil maniobra de tu tío —reconoció el rey, desviando la mirada a Hinestrosa, que asintió en señal de agradecimiento.
—Mi señor, antes de combatir a Alburquerque creo que sería conveniente capturar y deponer a don Juan Núñez de Prado. Su maestrazgo es poderoso y sus tropas podrían acudir en su ayuda —dijo Hinestrosa.
—Necesitamos un maestre digno de confianza y que haya demostrado una lealtad inquebrantable —dijo don Diego García. Tenía en mente al candidato idóneo y el rey no tardó en adivinar sus intenciones.
—¿Dónde se encuentra el maestre de Calatrava? —preguntó don Pedro.
—En Almagro —respondió Hinestrosa.
Al rey le sorprendió que don Juan Núñez de Prado todavía se encontrara en Almagro. El maestrazgo disponía de otras villas mucho mejor guarnecidas y fortificadas. «Mejor, así será más fácil su captura».
—Diego, tú irás a Almagro con Juan de la Cerda y lo apresarás.
Mientras tanto, nosotros nos dirigiremos a Medellín y luego a Alburquerque, en la frontera con Portugal. Una a una iremos conquistando todas sus plazas.
Al rey no le pasó desapercibida la mirada que don Diego García le lanzó a doña Juana de Castro. No era necio e intuyó sus temores. Se estaba gestando una guerra y necesitaba de hombres leales. No le importaba que fueran nobles, campesinos, clérigos o judíos. El rey destacaba la fidelidad por encima de todo. Y necesitaba que tanto don Diego García como don Juan Fernández de Hinestrosa le fueran fieles. No podía advertir la duda en sus ojos. Se acercó a don Diego y cogiéndole del hombro le dijo:
—Toma Almagro y captura a Juan Núñez de Prado. Cumple con tu misión y serás el próximo maestre de Calatrava.
—Mi señor —aceptó don Diego García con un asentimiento.
Hinestrosa sonrió con satisfacción, agradeciendo el gesto del rey.
—Ahora marcharos y prepararos. Nos espera la guerra.
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