De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 44 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 44

Gijón, abril de 1354

Don Fernando de Castro sentía como su corazón se agitaba excitado, convulso en el pecho. Pronto se reuniría con su amada, doña Juana. Por tal motivo había acudido a Gijón, a los feudos de don Enrique de Trastámara, arrostrando toda clase de amenazas y peligros. Necesitaba verla, estar con ella. Sentir sus besos y envolverse en sus abrazos. El reino estaba revuelto y los caminos dejaron de ser seguros si es que alguna vez lo fueron. Don Juan Alfonso de Alburquerque se había aliado con don Enrique de Trastámara y don Fadrique en contra del rey. Los motivos eran oscuros, confusos.

Aseguraban que su alzamiento era leal, legítimo. Su mayor preocupación era proteger al rey y a Castilla de la perniciosa influencia de los Padilla.

Don Pedro debía desprenderse de ellos, de doña María de Padilla y sus parientes, y regresar con la reina Blanca.

«Quieren apartar a los Padilla de la Corte para ponerse ellos», concluyó, mientras cabalgaba bajo un cielo plomizo y amenazante. «Pero ¿y Juana?».

La noticia de que el rey había rechazado a su hermana un día después de celebrarse la boda corría desbocada por Castilla. A su mente llegó la intención de sus hermanos bastardos, doña Inés y don Álvar Pérez, de coronar al infante Pedro como rey de Castilla.

«¿Por qué el rey la habrá repudiado?», se preguntaba. «Es evidente que habría sido gravemente perjudicada si Inés y Álvar hubieran tenido éxito».

Negó con la cabeza mientras los pensamientos bullían, se agitaban como avispas furiosas en su mente. «Insensatos, el rey creerá que yo también estoy implicado».

La relación que mantenía con sus hermanos bastardos, así como con doña Juana no era buena. Doña Inés y don Álvar vivían en Portugal a la sombra del infante Pedro. Doña Juana, en cambio, se sentía cómoda frecuentando la Corte castellana, donde se movía como pez en el agua. Él, a sus dieciséis años, tenía la obligación de ocuparse de la titánica tarea de gestionar las inmensas propiedades que los Castro tenían en Galicia, Portugal y Castilla. Su padre, don Pedro Fernández de Castro, murió hacía diez años, durante el asedio del rey Alfonso a Algeciras. Don Fernando tenía solo seis años. Tuvo que madurar antes de lo que dicta la prudencia, renunciando a una vida regalada, sencilla, inocente. Sus hermanos bastardos no le preocupaban. Deberían responder de sus propias decisiones. Pero doña Juana… Él la conocía muy bien. Sabía de sus insaciables ambiciones, de su lujuria, de su impulsividad. Pero no se merecía el trato recibido. Su hermana, su familia, su ilustre apellido habían sido arrastrados por el fango.

La vergüenza de la deshonra se cernía sobre los Castro, pero él pretendía ser leal al rey. Su familia siempre había permanecido fiel a la realeza castellana.

Su mente estaba abotargada por sentimientos contradictorios. Su presencia allí, en Gijón, ya suponía todo un riesgo. Si era descubierto, muchos podrían interpretar que pretendía unirse a la sublevación. Pero estaba dispuesto a asumir toda suerte de peligros si le permitían encontrarse con la mujer que amaba. Quedaría en espera de los acontecimientos y tomaría una decisión. Cabalgaba escoltado por dos soldados. Había salido de Avilés hacía apenas una hora, donde tenía un palacio y varias propiedades. Allí aguardaba a que sus espías le informaran de que don Enrique de Trastámara no se encontraba en Gijón, para acudir al encuentro de doña Juana. La relación de los Castro con los Guzmanes nunca fue buena y temía que don Enrique de Trastámara no aceptara los encuentros que mantenía con su hermana. A pocas leguas ya podía divisar el castillo. Sus labios sonrieron impacientes. Se detuvo en una pequeña ermita y ordenó a uno de sus hombres que acudiera al castillo para avisar de su llegada a doña Juana.

Allí, en la ermita, el lugar secreto donde ocultaban su amor, le esperaría.

Don Fernando de Castro contempló con el corazón en un puño como el jinete cabalgaba a toda velocidad para cumplir su cometido. Los minutos parecían horas en la tensa espera. Comenzó a llover con fuerza. El tiempo

transcurría y doña Juana no hacía acto de presencia. Don Fernando de Castro temió que finalmente no acudiera al encuentro. Protegido bajo el pórtico de la ermita, fijaba impaciente la mirada en el camino por el que debían aparecer el jinete y doña Juana. El soldado que le acompañaba le miraba con gesto preocupado. No era prudente permanecer mucho más tiempo en Gijón. Por fin, entre la lluvia y la neblina aparecieron. Don Fernando de Castro corrió a su encuentro y la ayudó a descabalgar.

—Amor mío. —La abrazó y la besó con pasión bajo la lluvia.

Entraron abrazados en la ermita, quedándose los dos soldados custodiando la entrada. Doña Juana se encontraba triste, afligida. Don Fernando comprendió que algo no iba bien.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué habéis tardado tanto?

Doña Juana le miró con sus ojos castaños sumergidos en lágrimas y respondió.

—Me ha costado mucho esfuerzo desembarazarme de mi aya.

Tomaron asiento en un banco de piedra. La ermita era un edificio adusto, sobrio, sin ornamentos. Un lugar de culto y oración tampoco los necesita. Fuera se escuchaba la intensa lluvia caer sobre el tejado.

—Tendré que volver pronto o se preocuparán.

Don Fernando acarició con ternura su largo pelo castaño. Se deleitaba mirando su bello rostro salpicado por minúsculas pecas, su piel blanca como la nieve y sus ojos castaños, grandes, hermosos. Podría estar contemplando tanta belleza, tanto esplendor, durante horas. Acercó sus labios a los de doña Juana y la besó.

—Tenemos tiempo.

Doña Juana rompió a llorar y don Fernando la tomó entre sus brazos.

—¿Qué te sucede? ¿Qué ocurre? —preguntó preocupado.

—Es… es mi hermano…

—¿Está aquí? —preguntó inquieto.

La joven enamorada negó con la cabeza.

—Lleva semanas sin aparecer, galopando de castillo en castillo buscando aliados contra el rey.

—Entiendo… ¿entonces?

—Quiere que me case con un noble francés —respondió doña Juana, rompiendo de nuevo en lágrimas sin poder aguantar tanto dolor.

Don Fernando de Castro sintió en ese momento como se le rompía el corazón en mil pedazos.

—¿Cómo? —preguntó. Una honda desazón devoraba sus entrañas.

Doña Juana intentó reponerse y entre hipitos respondió:

—Es un anciano de sesenta años —levantó la vista y le miró a los ojos

—. Le ha prometido a mi hermano tropas y dinero para luchar contra el rey si accede a entregarme en matrimonio. ¡Tendría que marcharme a Francia, me apartarían para siempre de ti! —descorazonada, hundió su rostro en el regazo de don Fernando.

Los dos jóvenes permanecieron abrazados varios minutos. Ella no dejaba de llorar y él de pensar en la forma de evitar ese desastre. La amaba con locura y no permitiría que nada ni nadie les separara. Durante un instante, por su cabeza pasó la insensata idea de fugarse, de raptarla y llevársela a Galicia. Allí, protegido por sus huestes, nadie podría arrebatársela. Pero pronto desechó tal ocurrencia. Don Enrique de Trastámara tenía poderosos aliados, como Alburquerque, y no toleraría que su hermana fuera raptada como una vulgar campesina. No podía consentir que la ambición de su hermano les separara. ¿Casarla con un noble francés?

Don Enrique la trataba como si fuera simple mercancía, como ganado que subastar en una feria. Estaba dispuesto a ofrecérsela a un viejo a cambio de un puñado de soldados y algunas monedas. Tendría que evitarlo, pero

¿cómo? De pronto una idea apareció en su mente.

—¿Vuestro compromiso está confirmado? —preguntó esperanzado.

Doña Juana negó con la cabeza y respondió:

—Aún no. La propuesta se la hizo el noble francés por carta. Tienen previsto cerrar los detalles en las próximas semanas.

Don Fernando lanzó un largo suspiro de alivio.

—Bien, entonces todavía hay tiempo de evitar la boda.

—¿Cómo? —doña Juana le rogó con la mirada que sus palabras fueran ciertas, no simples frases vacías lanzadas al aire con el propósito de conceder un fugaz y estéril consuelo—. Si realmente me amas, te suplicó

que hagas todo lo posible para evitar que mi vida se convierta en un infierno, en una ruina de infelicidad y desdicha.

Don Fernando la besó con dulzura.

—Vida mía, te prometo que no te casarás con ese viejo francés. Pronto acabará esta pesadilla —dijo don Fernando con confianza, con seguridad.

Resuelto a borrar la desesperación y el miedo que velaban la mirada de su amada.

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