De reyes y bastardos
Capítulo 24
Sahagún, León, primavera de 1352
El rey ordenó a todos los nobles de Castilla que enviaran sus ejércitos a León. Una vez que todas las tropas hubieran sido congregadas, marcharía a Gijón para someter al levantisco de don Enrique de Trastámara. De camino a León, el ejército de don Pedro hizo parada en Sahagún, donde don Juan Alfonso de Alburquerque disfrutaba de amplias posesiones, entre ellas un espléndido palacio. En Sahagún se encontraba doña Isabel de Meneses, la mujer del canciller. Allí permanecía largas temporadas protegida del calor y, sobre todo, de las maquinaciones e intrigas palaciegas que proliferaban en el alcázar de Sevilla. El ejército del rey acampó a dos leguas de la ciudad para evitar conflictos con una población proclive a inquietarse ante la llegada de hombres armados. Don Pedro y Alburquerque, escoltados por la guardia personal del rey, se dirigieron al palacio, donde les aguardaba expectante doña Isabel de Meneses, acompañada de una joven de unos dieciocho años.
—Mi señor —saludó doña Isabel de Meneses al rey con una suave inclinación.
—Mi señora —respondió el rey, sin dejar de prestar atención a la joven que le acompañaba.
Alburquerque besó a su mujer en la mejilla y dijo:
—Señor, os presento a doña María de Padilla, hija de don Juan García de Padilla, Dios lo tenga en su Gloria, y sobrina de don Juan Fernández de Hinestrosa, noble burgalés de lealtad inquebrantable. Cuidamos de ella desde que era una niña y la queremos como a una hija.
Don Pedro quedó completamente prendido de la joven. Era delgada y pequeña, pero extremadamente hermosa.
—Mi señor —saludó doña María de Padilla con timidez, impresionada ante la presencia del rey.
—Su tío, don Juan Fernández de Hinestrosa y su hermano don Diego García de Padilla, se unirán a la campaña contra el bastardo —comenzó a decir Alburquerque, pero don Pedro no le escuchaba.
—Te saludo, mi señora —dijo el rey, sin poder apartar la mirada de los embriagadores ojos marrones de doña María.
Doña Isabel de Meneses y el canciller intercambiaron una mirada de complicidad.
—Mi señor, quizá estéis cansado por el largo viaje y deseéis descansar en vuestros aposentos antes de la cena o bien… —dijo Alburquerque.
—¿O bien…? —preguntó el rey.
—Doña María podría enseñaros los jardines del palacio. Está atardeciendo, pero aún hay tiempo para poder disfrutar de la paz y el sosiego que generosamente regalan el murmullo de las fuentes y la dulce fragancia de las flores —respondió doña Isabel de Meneses.
El rey desvió la mirada hacia doña María y ofreciéndole su mano, dijo:
—Es cierto que está siendo un viaje agotador, pero me vendrá bien dar un paseo por vuestros jardines y, más, si voy acompañado por tan bella mujer.
Doña María aceptó la mano del rey con una sonrisa y ambos jóvenes se marcharon.
—¿Crees que hacemos bien? —preguntó doña Isabel de Meneses observando a la pareja.
—Sin duda —respondió tajante Alburquerque—. El rey está demasiado involucrado en los asuntos de Castilla. Es necesario buscarle un juguete, un pasatiempo con el que distraerle. Don Pedro es muy joven. Apenas ha disfrutado de la experiencia de gobierno y de los conocimientos de su padre, don Alfonso. No se deja aconsejar por gente más sabia y experimentada. Es mejor que se distraiga, que disfrute de su juventud. Ya tendrá ocasión de tomar decisiones cuando madure y adquiera práctica y veteranía.
—Y, hasta que eso suceda, delegará en ti mayores responsabilidades.
—Esa es la idea, mi querida esposa, esa es la idea.
En Sahagún permaneció el rey tres días, cuando la intención inicial era hacer una breve parada antes de proseguir el viaje a León, pero la compañía de doña María de Padilla le distrajo de sus obligaciones. Someter a su hermano don Enrique dejó de ser una prioridad. No había prisa. Los espías de don Juan Alfonso de Alburquerque le confirmaron que el conde de Trastámara se encontraba protegido tras las murallas de la ciudad y que sus intentos de extender la sublevación por Asturias habían fracasado estrepitosamente. El rey podría descansar en Sahagún, acompañado de doña María de Padilla, todo el tiempo que estimase oportuno.
El canciller se encontraba sentado en un banco de piedra en los jardines del palacio, revisando unos documentos. Era una mañana clara y fresca. El trino de los mirlos y el olor de las flores conferían una calma y serenidad que ayudaba a tomar prudentes y oportunas decisiones. Se encontraba tan concentrado en sus asuntos que no reparó en la llegada de dos nobles castellanos.
—Mi señor —saludó don Juan Fernández de Hinestrosa.
—Mi señor —le siguió don Diego García de Padilla.
Alburquerque levantó la vista de los documentos y sonrió.
—Ah, si son mis amigos don Juan Fernández de Hinestrosa y don Diego García de Padilla. Que alegría que hayáis podido acudir tan rápidamente a Sahagún.
El canciller cogió los documentos, se incorporó y les invitó a dar un paseo por los jardines con un gesto de mano.
—Nuestros soldados están acampados cerca de vuestro campamento —
comenzó a decir don Juan Fernández de Hinestrosa—. Listos e impacientes por someter al bastardo.
—Bien, bien.
—¿Y mi hermana…? —preguntó don Diego García de Padilla.
Alburquerque sonrió.
—Todo trascurre según lo previsto. El rey está completamente embelesado con María. No se ha separado de ella ni un solo instante desde que les presentamos.
—Mi sobrina y el rey… —dijo Hinestrosa con una sonrisa.
Don Diego García asintió satisfecho. El hermano de doña María de Padilla no era precisamente alto y sus ojos eran pequeños, oscuros y astutos como los de un huidizo ratón. Tenía algo más de veinte años y sus ambiciones eran insaciables. Y que su hermana mantuviera una relación con el rey podría consumar muchas de ellas. Hinestrosa tenía algo más de cuarenta años. De ojos castaños y barba canosa, tenía el porte de un guerrero y la mirada fría como el acero. Ambos pertenecían a la baja nobleza castellana y estaban muy vinculados a la poderosa familia de los Meneses, a quienes debían favores y posesiones.
—Quiero conocer al rey —dijo don Diego García, mirando al canciller.
—Pues vas a tener suerte —dijo Alburquerque, señalando a don Pedro, que se aproximaba hacia ellos acompañado de doña María de Padilla.
Doña María corrió al encuentro de su hermano y de su tío nada más verlos, fundiéndose en un cariñoso abrazo.
—Supongo que tú eres Diego García de Padilla y tú, Juan Fernández de Hinestrosa —dijo el rey sonriendo.
—Mi señor —saludaron ambos al unísono.
—¡Qué alegría que estéis aquí! —exclamó doña María con una jovialidad casi infantil.
—Hemos acudido a la llamada de nuestro rey. Nuestros soldados están acampados junto a los vuestros. No son muchos, apenas una decena, nuestras posesiones no dan para más —se lamentó Hinestrosa—. Pero son leales y lucharán con bravura y fidelidad por nuestro rey.
—Excelente —aceptó el rey—. Lo que más necesito en estos momentos es lealtad. Los soldados llegarán más adelante.
—Y la tenéis, mi señor —dijo don Diego García con vehemencia—.
Nuestras espadas siempre estarán a vuestro servicio.
—De eso precisamente quería hablaros, mi señor —dijo Alburquerque
—. La mayoría de los nobles convocados ya se encuentra en León con sus
tropas, en espera de vuestra llegada. Llevamos aquí tres días y creo que ha llegado el momento de que nos marchemos.
El rey torció el gesto disgustado.
—Alburquerque,
tú
siempre
abrumándome
con
infinitas
responsabilidades. ¿No me aseguraste que mi hermano estaba en Gijón? De ahí no creo que se mueva, al menos de momento.
—Mi señor —dijo Hinestrosa—, debo interceder por el canciller. Creo que debemos partir a León, someter al bastardo y tomar Aguilar de la Frontera, donde don Alfonso Fernández Coronel sigue sin rendirse a pesar de que el castillo lleva meses sitiado.
—Quizá Juan Núñez de Prado no esté cumpliendo con su cometido con el debido celo, y Alfonso Fernández Coronel esté recibiendo suministros del exterior —observó el rey con un gesto de desconfianza—. Bueno, veo que todos estáis de acuerdo. Sometamos de una vez a esos rebeldes.
Alburquerque, organiza la marcha. Partiremos mañana al amanecer.
—Como ordenéis, mi señor —dijo el canciller.
—Ahora déjanos, tengo asuntos importantes que tratar con estos caballeros.
Alburquerque contempló con inquietud como el rey se marchaba acompañado de Hinestrosa y de don Diego García. El rey estaba feliz y reía a carcajadas mientras cogía del hombro al hermano de doña María de Padilla. Empezaba a dudar si haber forzado el encuentro de don Pedro con la muchacha había sido una decisión afortunada.
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