De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 7 de 72

Páginas del PDF

De reyes y bastardos

Capítulo 7

Sevilla, junio de 1350

El rey paseaba por el patio de armas del alcázar. Estaba más tranquilo, más sosegado después de que los maestres y el resto de los Guzmanes le hubieran jurado lealtad. Simplemente tuvo que mantenerlos en los cargos y conceder alguna que otra prebenda. Demasiado sencillo, demasiado fácil.

Quizá, debido a las emponzoñadas palabras de su madre, había sobreestimado a los partidarios de la Perra, como él también había empezado a llamar a doña Leonor de Guzmán. No le gustaba esa mujer. Y

no solo porque fuera la culpable del distanciamiento de su padre con su verdadera familia, sino porque le llegaban constantes informes que advertían de su persistencia en conspirar contra él a pesar de permanecer bajo custodia en el alcázar. «¿Qué sería capaz de hacer si estuviera en Medina Sidonia con plena libertad de movimientos?», se preguntaba. Los Guzmanes y sus partidarios habían sido sometidos. Todos salvo uno: don Enrique de Trastámara. Aún no tenía noticias de don Gutier Fernández de Toledo, pero confiaba en que pronto, mediante el uso de la palabra o de la espada, su medio hermano entraría en razón. Se encontraba solo, sin apoyos. No le quedaba más opción que besar su mano si pretendía mantener su cabeza pegada a su cuello.

—Mi rey —dijo a sus espaldas, don Juan Alfonso de Alburquerque.

—Ah, canciller, ¿tenemos noticias de Gutier?

—Aún no, pero no tardarán en llegar. Os lo aseguro.

—Tampoco es que me inquiete demasiado, pero es el último escollo que necesito resolver para centrarme en lo que realmente importa: gobernar Castilla.

Los dos hombres comenzaron a pasear, lentamente, con las manos en la espalda, despreocupados. Era una mañana clara y apacible. Un día perfecto para respirar la fragancia de las flores y escuchar el trino de los pájaros.

—Hay varios asuntos de los que me gustaría tratar con vos, mi rey —

dijo Alburquerque.

—Tu presencia nunca es gratuita, mi querido amigo.

—Las responsabilidades de un rey son numerosas. Es un trabajo agotador e inabarcable.

—Por suerte te tengo a ti, para que me ayudes en esta ardua tarea.

—Eso siempre, mi señor.

—Dime entonces, Alburquerque, que aflige a nuestra amada Castilla.

Tomaron asiento en dos sillas de tijera y el rey llamó a un sirviente al que le pidió dos jarras de vino.

—Trae solo una, para mí es un poco pronto —dijo Alburquerque.

El criado asintió y se marchó a cumplir con su cometido.

—Dos son los temas que, sin ser apremiantes, conviene dejarlos cerrados lo antes posible —dijo don Juan Alfonso.

El rey invitó al canciller de Castilla que continuara con un gesto de mano.

—Uno tiene que ver con la elección de una buena candidata para ser vuestra esposa y, por tanto, reina de Castilla y el otro, con el arzobispo de Toledo, don Gil Carrillo de Albornoz.

—Uf, ambos temas me hastían —protestó el rey—. Pero tienes razón, cuanto antes dejemos estos temas zanjados, mucho mejor. Empieza por mi futura esposa, ¿en quién has pensado?

—He valorado muchas candidatas, tanto castellanas como extranjeras.

Afortunadamente, tanto en Europa como en Aragón o Navarra, hay muy buenas candidatas.

—Me lo figuro…

En ese momento llegó el sirviente y entregó la jarra de vino al rey.

Bebió un largo trago y apremió a Alburquerque para que continuara.

—Pero entre todas las candidatas, considero que doña Juana Manuel sería la más apropiada.

—Pero si es solo una niña, ¿qué tiene nueve, diez años?

—Once, mi señor.

—Es muy niña, además, ¿no acordó mi padre la boda de Juana Manuel con Enrique?

—Es cierto, pero esa boda se acordó hace mucho tiempo. Ambos eran unos niños.

Alburquerque se aproximó al rey e insistió:

—Mi señor, la estirpe de doña Juana Manuel se remonta al rey Fernando III.

—¿Y?, ¿tengo que recordarte de donde proviene mi linaje?

El canciller se levantó y negó con la cabeza.

—No podemos permitir que doña Juana Manuel se case con don Enrique de Trastámara. Él es un simple bastardo, pero por las venas de doña Juana corre la sangre de ilustres reyes castellanos. Es una familia rica, poderosa. Disfruta de la simpatía y el favor de buena parte de la nobleza y del clero castellano. Si don Enrique y doña Juana se casaran y tuvieran un hijo, este podría reclamar sus derechos a la Corona castellana. Mi rey, este matrimonio podría desestabilizar el reino.

Don Pedro se acarició pensativo el mentón y dijo:

—Entiendo. Consideras que mi boda con Juana Manuel consolidaría mi reinado, al tiempo que evitaría que Enrique aumentara su poder y legitimidad en el caso…

El rey se detuvo, pero don Juan Alfonso terminó la frase:

—… de que reclamara la Corona.

—Hecho harto improbable —repuso el rey.

—Pero no imposible —replicó el canciller.

Y con tono más apaciguador, prosiguió:

—Mi rey, la boda con doña Juana Manuel no puede traer más que dicha al reino. Uniría los linajes del rey don Alfonso X, divididos tras la muerte del infante don Fernando de la Cerda.

Don Pedro recordó una lejana clase de historia que le impartió su preceptor, don Bernabé, el obispo de Osma, en la que le explicaba las dificultades a las que tuvo que enfrentarse su bisabuelo, don Sancho IV, para reinar en Castilla. El rey Alfonso X tuvo once hijos, de los cuales, el mayor, don Fernando, llamado «de la Cerda», porque nació con un pelo en

el pecho, fue proclamado su heredero. Pero don Fernando murió en 1275, cuando se disponía a emprender una campaña contra los benimerines que habían invadido la Península. Tras su muerte se abrió un enconado debate sucesorio entre los infantes don Alfonso y don Fernando, hijos de malogrado don Fernando, y don Sancho, segundo hijo de Alfonso X, que se consideraba legítimo heredero tras la muerte de su hermano. El derecho tradicional amparaba a don Sancho, pero el jurídico manifestaba que la sucesión al trono debía corresponder al primogénito, por lo tanto, la candidatura del infante don Alfonso prevalecía sobre la de su tío don Sancho. Esta situación provocó un grave enfrentamiento entre el rey Alfonso X y su hijo don Sancho, al que maldijo y desheredó en 1282. Al año siguiente, el rey redactó su primer testamento, en el que establecía que su sucesor sería su nieto don Alfonso y, en el caso del fallecimiento de este, heredaría la Corona su hermano don Fernando. Si ambos morían sin dejar descendencia, el siguiente en la línea sucesoria sería el rey de Francia. En tal caso, ambos reinos quedarían unidos. No obstante, según le comentó don Bernabé, meses después de la redacción de este testamento, padre e hijo se reconciliaron y don Alfonso le nombró sucesor. El 4 de abril de 1284

falleció en Sevilla el rey Alfonso X y don Sancho fue proclamado rey de Castilla sin encontrar oposición. Una parte considerable de la nobleza desconfiaba de que la reconciliación entre Alfonso X y su hijo, Sancho IV, se hubiera producido realmente, y aseguraban que simplemente no se respetó la voluntad del rey. Por lo tanto, consideraban que la línea dinástica que debía reinar en Castilla era la de don Fernando de la Cerda, y no la de su bisabuelo Sancho IV.

—Juana Manuel desciende del linaje de don Fernando de la Cerda —

comenzó a decir el rey, hablando para sí mismo, como intentando convencerse de que el matrimonio con doña Juana suponía una interesante posibilidad—. Nuestra boda uniría ambos linajes y cerraría viejas heridas.

Lo que desconozco es qué opinará Juan Núñez de Lara, su tío, de este compromiso.

—Su sobrina sería reina de Castilla, ¿qué razón le llevaría a oponerse?

—Sea, entonces. Habla con Juan Núñez de Lara o mejor aún, habla con Fernando Manuel, el hermano de Juana, y acuerda las condiciones del

matrimonio.

Alburquerque asintió satisfecho, había concluido su primera propuesta con éxito, pero aún tenía otra espinosa cuestión que tratar con el rey.

—El segundo asunto, mi señor, tiene que ver con vuestras exigencias para que don Gil Carrillo de Albornoz, el arzobispo de Toledo, devuelva las plazas cedidas por vuestro padre don Alfonso.

—¿Cuál es el problema?

El canciller carraspeó un poco incómodo.

—El arzobispo siempre ha sido un fiel servidor de vuestro padre. Le ayudó en las disputas que mantuvo con la nobleza, sobre todo en su duro enfrentamiento con don Juan Manuel. Y también negoció con el rey de Francia un préstamo con el que hacer frente a las ingentes deudas contraídas por la Corona por la guerra contra los moros…

—No hace falta que me vendas las virtudes del arzobispo —interrumpió don Pedro sin ocultar cierta irritación—, bien que las conozco. Como bien conozco que consintió que mi padre mantuviera su relación de adulterio con la concubina de Leonor de Guzmán. Las plazas que le reclamo no fueron cedidas por mi padre, sino por la Perra, que compró su favor y silencio a cambio de Paracuellos, Mohernando, Cañete y Moya, y sus ricas rentas.

Plazas que no eran suyas, ni siquiera del rey, sino de la Orden de Santiago.

Eso fue, claro, antes de que su hijo Fadrique fuera nombrado maestre.

Ahora exijo que devuelva unas plazas que no son suyas y que le fueron entregadas sin justificación ni amparo legal.

Alburquerque estaba persuadido de que detrás de la decisión del rey se encontraba la mano de doña María de Portugal, empeñada en perjudicar a todos aquellos que, de un modo u otro, habían favorecido a doña Leonor de Guzmán. Pero el arzobispo era un hombre poderoso e influyente. Tener su favor significaba ganarse la voluntad de gran parte del alto clero castellano.

No convenía ser su enemigo, pues disfrutaba de una gran ascendencia sobre el papa de Aviñón. Incluso no se desestimaba que pudiera ser honrado con el capelo cardenalicio. Así intentó hacérselo entender, pero el rey no entraba en razones.

—El arzobispo no solo consintió el adulterio de mi padre, sino que se lucró gracias a él. Si de mi dependiera, ya le habría destituido de su alta e

inmerecida dignidad.

Alburquerque quiso protestar, pero el rey se lo impidió con un gesto de mano.

—Sí, sí, ya sé que me vas a insistir sobre las grandes obras y hazañas que ha realizado durante el reinado de mi padre. Lo sé. Pero aguas pasadas no mueven molino y ya ha disfrutado de su recompensa. Ahora, a quien debe fidelidad, a quien debe la más absoluta lealtad es a mí, no a la Perra, con quien, por cierto, sé muy bien que mantiene encuentros habituales y una más que fluida correspondencia.

Don Pedro bebió un trago de vino y esbozó una sonrisa. Disfrutaba tomándose pequeñas venganzas contra todos aquellos que, directa o indirectamente, le habían separado de su padre.

—Si desea servirme tan bien como lo hizo con mi padre —prosiguió—, lo primero que debe hacer es devolver las plazas que obtuvo de forma, digamos, irregular.

El canciller entendió que el rey había dicho su última palabra. El odio y el resentimiento son malos consejeros cuando se trata de gobernar un poderoso reino. Apretó preocupado los labios. No era sensato enfrentarse a la Iglesia castellana, pero la decisión ya estaba tomada y él poco más podía hacer.

—Hablaré con don Fernando Manuel y le trasmitiré el deseo de la Corona de concertar el matrimonio de doña Juana con el rey —dijo, levantándose de la silla—. En cuanto al arzobispo, le apremiaré para que entregue las propiedades que le han sido reclamadas. Si no deseáis nada más…

—No, puedes marcharte.

El canciller se disponía a retirarse cuando el rey dijo:

—Alburquerque.

—Mi señor.

—Durante el reinado de mi padre se produjeron ciertos episodios donde tu fidelidad fue cuestionada. Dudaste, pero finalmente tomaste la sabia decisión de apoyarle en sus guerras contra los moros y contra los notables rebeldes a los que mi padre tuvo que enfrentarse. Tus servicios para con el rey don Alfonso fueron y están siendo recompensados con generosidad, de

ahí, que haya decidido mantenerte en tus cargos y responsabilidades. Espero que nunca tenga que arrepentirme.

Alburquerque sabía perfectamente a qué se refería. Durante una de las numerosas disputas que la Corona mantuvo con la nobleza, don Alfonso sitió a don Juan Núñez de Lara en el castillo de Lerma. Don Juan Manuel, el padre de doña Juana Manuel, apoyó con sus tropas al señor de Vizcaya y el rey solicitó a Alburquerque que enviara a sus ejércitos. Enfrentado a los dos nobles más poderosos de Castilla, la situación del rey Alfonso era muy grave y comprometida. Finalmente, el rey y don Juan Manuel firmaron un pacto que, entre otras cláusulas y disposiciones, suponía la alianza entre ambas familias, pues se acordó el enlace entre la hija de don Juan Manuel, doña Juana Manuel, con don Enrique de Trastámara. Don Juan Manuel cambió de bando. De luchar contra el rey, pasó a incrementar las huestes que sitiaban a don Juan Núñez de Lara en Lerma. Fue entonces cuando don Juan Alfonso de Alburquerque acudió al auxilio del rey, en el justo momento que el conflicto estaba decidido y sus servicios ya no eran necesarios.

—Jamás, mi señor —aseguró con determinación el canciller, inclinando suavemente la cabeza.

El rey le autorizó a marcharse con un leve movimiento de mano y bebió un trago de vino. Observó como el canciller se retiraba a toda prisa a cumplir con su cometido.

OceanofPDF.com