De reyes y bastardos
Capítulo 64
Toro, marzo de 1355
No se rendiría. Había tomado la decisión, se había enfrentado al rey y se negaba a aceptar lo evidente: la Liga había fracasado. Sus aliados se habían retirado a sus haciendas lamiéndose las heridas como perros heridos tras una infructuosa cacería. Incluso su hermano don Tello permanecía agazapado como un corderillo temeroso en sus tierras de Vizcaya sin responder a sus cartas. Don Juan de la Cerda y los infantes de Aragón corrieron a arrodillarse a los pies del rey. Era de esperar. Al menos aún contaba con el apoyo de don Fernando de Castro y de varios nobles más, que le debían tantos favores que no tenían más opción que seguirle y acompañarle hasta el mismísimo infierno si fuera necesario. Todavía no había sido derrotado. En pocas semanas su hermano don Fadrique acudiría con su ejército a Toro. Entonces derrocaría definitivamente al rey y acabaría con los infantes, a los que enviaría de vuelta a Aragón. Sí, eso haría. Sus labios sonrieron. Quizá hasta la fuga del rey tuviera un lado positivo. Había podido desprenderse de la incómoda presencia del infante Fernando. Estaba seguro de que, más pronto que tarde, sus caminos se cruzarían y entre ellos estallaría un conflicto más que inevitable.
«Sí, mucho mejor así», concluyó.
El sol declinaba lentamente por el horizonte, tiñendo de naranja la sala principal de la torre del homenaje. Don Enrique de Trastámara permanecía solo, absorto en sus pensamientos, sosteniendo un vaso de vino. Llevaba casi dos meses encerrado en aquel castillo, en espera de armar un ejército con el que asestar el golpe definitivo al rey. Esta vez no lo encerraría en un calabozo. No sería tan necio como para cometer el mismo error dos veces.
Un ruido a su espalda le sobresaltó; los goznes de la puerta chirriaron y al momento apareció doña María de Portugal acompañada de don Martín Alfonso Tello, su amante. Los labios de don Enrique de Trastámara mostraron una media sonrisa:
«El rey disfrutaría como un niño torturando y ejecutando al amante de su madre».
—Enrique, estás aquí —dijo doña María de Portugal con una sonrisa.
—Mi señora —saludó cortésmente a la reina madre, mientras que a su amante se limitó a lanzarle una mirada de indiferencia.
—Martín tiene noticias de Pedro —dijo la reina, apremiando a su amante a que hablara dándole un golpe con el codo.
—¡Ah!, ¿sí? ¿En serio? Interesante —dijo don Enrique sin ocultar cierto tono burlón.
Don Martín Alfonso Tello miró a la reina y esta le asintió. Se sentía intimidado por la presencia del conde de Trastámara. Temía caer en el mayor de los ridículos.
—¿Y bien? —inquirió el conde, algo impaciente.
El amante de la reina madre carraspeó y finalmente respondió:
—El rey ha armado un ejército y se dirige a Toro.
—¿Cómo? —preguntó incrédulo el conde.
—Se ha detenido en Medina del Campo y ha ordenado la ejecución del adelantado mayor de Castilla, don Pedro Ruiz de Villegas y de don Sancho Ruiz Rojas —hizo una pausa para advertir el efecto que sus palabras habían causado en el ánimo del conde—. Además, ha encarcelado a don Juan Rodríguez de Cisneros, a don Suer Pérez de Quiñones y a varios nobles partidarios de la Liga. Seguramente la mayoría de ellos acabarán siendo ejecutados —se aproximó al conde y con los ojos llenos de temor, añadió
—: Se está empleando con especial saña y crueldad con los nobles de la Liga que no acudieron a Segovia a rendirle vasallaje.
—No acudieron a rendirle vasallaje, pero tampoco permanecieron aquí, en Toro, que es lo que deberían haber hecho. Ahora están pagando el precio de su indecisión —repuso el conde.
El destino que les aguardó a aquellos nobles le importaba más bien poco. Como otros muchos, corrieron como ratas a sus tierras tan pronto
tuvieron noticia de la huida del rey. Si hubieran permanecido en Toro, aún seguirían con vida. Lo tenían bien merecido. Lo que le preocupaba al conde era que el rey se encontraba a menos de diez leguas del castillo. Sus muros eran recios, gruesos, infranqueables. Disponía de mil peones y quinientos jinetes. El rey debería tener el doble, o quizá el triple de soldados si pretendía disfrutar de alguna posibilidad de éxito.
—¿Cuántos soldados tiene el rey? —preguntó a don Martín Alfonso.
El interpelado se encogió de hombros y respondió balbuceante:
—No lo sé con exactitud, pero… creo que de dos mil a cinco mil.
—La diferencia es considerable —protestó el conde, que comenzó a pasear inquieto por la sala, preguntándose cómo el amante de la reina era tan estúpido como para conocer el detalle de los nobles a los que el rey había ejecutado, pero a su vez, desconocía de cuántas tropas disponía para el asalto al castillo cuando su vida dependía de ello. Lanzó un largo suspiro y negó con la cabeza—. Sea, está bien. Enviaré una patrulla de reconocimiento ahora mismo y organizaré las defensas.
El conde se disponía a marcharse cuando la reina le preguntó:
—¿Estaremos seguros en el castillo?
En los labios de don Enrique asomó una media sonrisa.
—Por lo que dice don Martín, más que en Medina del Campo.
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