De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 16 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 16

Sevilla, agosto de 1350

El rey abrió los ojos. Entre penumbras advirtió la imagen atribulada de su madre. Dormitaba a su lado sentada en una silla. Desconocía cuando tiempo llevaba postrado en la cama. Las fiebres le habían castigado con terribles pesadillas en las que solo encontraba muerte y destrucción. Toda Castilla aparecía sumergida en un mar de sangre. Su madre, sus hermanos, los nobles más fieles y aquellos que le eran adversos, todos morían de forma cruel y sangrienta. No entendía el significado de aquellos terribles sueños,

¿serían premoniciones o simplemente alucinaciones provocadas por la fiebre? Sintió un escalofrío y se arrebujó en la manta. Estaba muerto de sed, pero no quería despertar a su madre. Pero no hizo falta. Doña María de Portugal con ese instinto que tienen solo las madres para advertir cuándo sus vástagos les necesitan, se despertó y, a pesar de las sombras que envolvían la alcoba, vio como su hijo, su amado hijo, había despertado.

—Hijo mío.

Doña María de Portugal se lanzó sobre don Pedro entre sollozos.

—Hijo mío.

—Tengo… tengo sed —balbuceó el rey.

Su madre se acercó a una mesa, cogió una jarra y vertió un poco de agua en un vaso. Con sumo cuidado le dio de beber a su hijo.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —susurró don Pedro, sin apenas fuerzas.

—Casi un mes. Pero ahora descansa.

El rey obedeció y cerró los ojos, quedando sumido en un profundo y reparador sueño.

Don Juan Alfonso de Alburquerque no se alegró precisamente de la recuperación del rey. Había urdido un magnífico plan para alzar al trono a don Fernando, a cambio de aumentar considerablemente su poder e influencia en Castilla. El infante de Aragón sería rey, pero las responsabilidades de gobierno recaerían sobre él. Y tal y como había acordado con el infante, su primera decisión habría sido desprenderse de doña Leonor de Guzmán, de sus bastardos y de sus incómodos partidarios, como don Juan Núñez de Lara y don Garcí Laso de la Vega, aunque para lograrlo tuviera que arrastrar a toda Castilla a la guerra. No le importaba lo más mínimo devastar el reino si con ello lograba sus propósitos. Estaba hastiado, aburrido de la benevolencia del rey para con la Perra y sus bastardos. Así lo había acordado también con doña María de Portugal, que se hallaba entusiasmada ante la perspectiva de ver cumplida su anhelada venganza. Don Juan Alfonso de Alburquerque tenía todo previsto y planificado. El canciller no era hombre que dejara detalle alguno a la improvisación o al azar. Pero ahora, con la recuperación milagrosa del rey, su colosal proyecto se desvanecía antes incluso de que pudiera iniciarse. La situación había cambiado. Debía adaptarse a la nueva realidad. Entró en los aposentos reales y encontró al rey ligeramente incorporado en la cama, leyendo unos documentos. Se hallaba completamente recuperado, pero el galeno le aconsejó que permaneciera unos días en la cama para evitar una posible recaída. Don Pedro se encontraba solo en una estancia iluminada por los rayos del sol estival.

—Mi rey —saludó Alburquerque con una suave inclinación de cabeza.

—Ah, si está aquí mi fiel canciller, mi hombre de confianza —dijo el rey, apartando la vista de los documentos.

—Me alegro de veros tan recuperado.

—En plena forma, diría yo. Tanto, que quiero que envíes cartas a los nobles castellanos comunicándoles que en unos meses reuniré las Cortes de Valladolid.

—¿Tan pronto, mi señor? ¿No sería mejor esperar a vuestra total recuperación para emprender tan largo viaje?

—La voluntad de muchos nobles es voluble y quebradiza. No deben albergar la menor duda de que soy yo, su rey, quien gobierna Castilla.

—Todo el reino lo sabe, mi señor.

Don Pedro sonrió.

—Es posible, pero es mejor evitar malentendidos, ¿no crees?

Alburquerque se limitó a asentir con un leve gesto de cabeza.

—Hablando de malentendidos —prosiguió el rey—, he sido informado de que no tardaste en tomar partido por mi primo Fernando en el caso de que el trono de Castilla quedara… huérfano.

—No fue exactamente así, mi señor —protestó el canciller.

—Ah, ¿no?, ¿y cómo fue exactamente?

—Don Juan Núñez de Lara reclamó los derechos al trono y me vi obligado a buscar un candidato para evitar que lograra su propósito. El señor de Vizcaya tiene poderosos aliados entre la nobleza y el clero —se defendió el canciller.

—Y por ello incluso concertaste la boda de mi madre con el infante.

—Vuestra madre aceptó. O se casaba con el infante o con el señor de Vizcaya. No había otra opción.

—Tenías todo bien organizado…

Alburquerque se acercó a la cama y con tono más sosegado dijo:

—Mi rey, estabais muy enfermo. El galeno no nos concedía esperanza alguna. Debíamos actuar con agilidad si pretendíamos evitar una guerra en el caso de que fallecierais, pero gracias a Dios, no ha sido así —y con gesto serio y humillando la cabeza, añadió—: Siento haberos molestado con mis actos y decisiones. Si ya no confiáis en mí, entenderé que me releguéis de mi cargo y obligaciones.

El rey sonrió y dijo:

—Ni mucho menos, mi querido amigo. Gracias a tu celo por el bienestar de Castilla, ahora sé que tanto Fernando de Aragón como Juan Núñez de Lara ansían la Corona. Son como los buitres que otean una oveja moribunda desde el cielo, en espera de que exhale su último estertor, para lanzarse a devorar sus restos. Pero, por desgracia para ellos, esta oveja está aún muy viva. Por cierto ¿qué ha sido de los candidatos frustrados?

Entiendo que no estarán muy felices con mi recuperación.

El canciller respiró más aliviado.

—Don Fernando de Aragón permanece en el alcázar, pero don Juan Núñez de Lara ha regresado a su castillo en Lerma.

—¿Ha huido?

—No sé si definir su marcha así, mi señor.

—Sus gestos le delatan. Fernando de Aragón ha sido prudente y precavido quedándose en el alcázar, pero Juan Núñez de Lara ha huido impelido por su sentimiento de culpa. ¿Quiénes han apoyado su candidatura?

—Don Garcí Laso de la Vega y don Alfonso Fernández Coronel entre otros.

El rey tomó buena cuenta de esos nombres y dijo:

—De camino a Valladolid nos desviaremos a Lerma y después a Burgos, donde haremos una visita cordial a Juan Núñez de Lara y a Garcí Laso de la Vega. De Alfonso Fernández Coronel nos ocuparemos más adelante.

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