De reyes y bastardos
Capítulo 4
Medina Sidonia, Cádiz, marzo de 1350
La villa de Medina Sidonia se divisaba en lontananza. En pocas horas el cortejo fúnebre haría la primera parada, antes de proseguir su lento peregrinaje a Córdoba. Era un día claro, casi sin nubes. El olor a jara pringosa embalsamaba una cálida brisa que llegaba del sur. Doña Leonor de Guzmán descendió del carro que portaba los restos mortales de don Alfonso. Necesitaba estirar las piernas y caminar un poco para despejar su mente. Había dejado de llorar, pero su rostro permanecía desgarrado por el dolor y el miedo. Caminaba despacio, mirando al suelo con los brazos cruzados. Vestía un pellote negro sobre una saya gris oscura y cubría sus cabellos con una toca triangular de color blanco. A pesar de sus cuarenta años, no había perdido un ápice de la excelsa belleza que encandiló al rey Alfonso hacía más de veinte años. Don Alfonso Fernández Coronel la miró y advirtió que había llegado el momento que llevaba horas esperando. Se acercó a doña Leonor y descabalgó.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
Doña Leonor se limitó a encogerse de hombros.
—Pronto llegaremos a tus dominios —prosiguió don Alfonso Fernández, mirando a Medina Sidonia, que aparecía a lo lejos, en el horizonte.
—Son mis dominios, pero tú eres el tenedor —puntualizó doña Leonor.
Don Alfonso Fernández asintió con los labios apretados. El señor de Aguilar y alguacil mayor de Sevilla era un hombre de unos cincuenta años, con cabellos y barba blanca, ojos claros y el rostro arrugado y cansado
propio de quien ha combatido y cabalgado durante muchos años.
Demasiados años.
—Don Pedro ha sido proclamado rey de Castilla —dijo.
—Lo sé, me lo acaba de decir Núñez de Lara.
—Se encuentra en Sevilla, en el alcázar, junto a su madre, doña María de Portugal.
Doña Leonor guardó silencio. Había trabajado muy duro para que sus hijos disfrutaran de títulos, riquezas y convenientes vínculos con la alta aristocracia y el clero castellano, pero ninguno podría ser proclamado jamás rey de Castilla.
—Quiero darte las gracias por tu favor y apoyo durante estos años.
—Tus palabras suenan a despedida.
—La muerte del rey…
Don Alfonso Fernández Coronel se detuvo, no sabía cómo proseguir, pero doña Leonor continuó por él.
—Ha sido muy dolorosa para todos nosotros, para quienes le amábamos, para quienes disfrutábamos de su compañía y generosidad —y mirándole fijamente a los ojos, añadió—: Y para quienes le juramos fidelidad.
—Siempre le he sido fiel. A él y a ti.
—Y ahora que el rey ya no está entre nosotros ¿vas a seguir siéndome fiel?
Don Alfonso Fernández Coronel enmudeció. Miró a sus espaldas y observó como Alburquerque no le quitaba la vista de encima.
—Debo ser fiel a mi rey, don Pedro de Castilla y también a mi reina, doña María de Portugal —se atrevió finalmente a responder.
—Vaya, así que es eso —dijo doña Leonor, sin ocultar el desagrado y decepción que tales palabras le habían causado.
—Te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero creo que es conveniente que rechace la tenencia de Medina Sidonia.
—¿Conveniente para quién? ¿Para mí o para ti?
Don Alfonso Fernández no respondió, se limitó a desviar la vista al suelo. Siempre había actuado con lealtad al rey Alfonso, apoyándole en cada una de las revueltas nobiliarias que se alzaron en su contra durante su
reinado. Incluso derrotó y asesinó a don Gonzalo Martínez de Oviedo, maestre de la Orden de Alcántara, acusado de criticar abiertamente la relación que el rey mantenía con doña Leonor y de no apoyar a don Fadrique en su candidatura a maestre de Santiago. El rey le ordenó que lo capturara. Don Alfonso Fernández no solo cumplió con su cometido, sino que mandó que fuera degollado y sus restos incinerados, para que su terrible castigo sirviera de ejemplo a todos aquellos que osaran cuestionar la relación que el rey mantenía con su concubina. Siempre le había sido fiel, pero el rey ya no se encontraba entre los vivos. Ahora se sentía liberado del vínculo de lealtad que le unía a doña Leonor. Debía proteger a su familia, a su hacienda, a él mismo de la ira y los deseos de venganza de doña María de Portugal. No encontró otro camino, no había más solución que desprenderse de la tenencia de Medina Sidonia y jurar fidelidad a don Pedro.
—Durante años he actuado como la auténtica reina —comenzó a decir doña Leonor—. Todos, incluido tú, don Alfonso Fernández Coronel, acudíais a mí para suplicarme que intercediera por vosotros ante el rey. Y
así lo hice, os colmé de títulos y propiedades. ¿Y así es como ahora me devuelves el favor?, ¿traicionándome cuando más necesito de tu apoyo?
—Leonor, yo… —balbuceó.
—Es verdad, querido amigo —interrumpió doña Leonor—. Has sido noble y leal a mi villa de Medina Sidonia, pero ahora que el rey ha muerto, no encontraré quién la proteja por mí. Acepto tu renuncia y te desvinculo completamente de mi casa y de mi familia. Eres libre de arrojarte a los pies de doña María de Portugal. Ruégale perdón por haberte desentendido de ella durante todos estos años. Quizá hasta te perdone.
Doña Leonor aceleró el paso dejando atrás a don Alfonso Fernández Coronel, que observó con pesar como se marchaba negando decepcionada con la cabeza.
—¿Todo bien?
Don Alfonso Fernández desvió la vista hacia don Juan Alfonso de Alburquerque, que le miraba desde la montura.
—¿Cumplirás tu palabra y mediarás por mí ante la reina? —le preguntó don Alfonso Fernández Coronel.
—Se hará lo que se ha convenido. No tengas duda.
Doña Leonor de Guzmán caminaba sola, cabizbaja, con los brazos cruzados en el pecho. Los nobles con los que se cruzaba apenas le saludaban y se apartaban de su camino, como si hubiera sido contagiada con la misma peste que había segado la vida de su amante, el rey Alfonso.
Doña Leonor, que hacía apenas unas horas se erigía como la mujer más poderosa de Castilla, ahora no era más que una molestia, una presencia incómoda de la que era mejor mantenerse a cierta distancia.
El sol declinaba por el horizonte, tiñendo de naranja el tejado de las casas.
En el palacio de Medina Sidonia, residencia de doña Leonor de Guzmán, se encontraban los tres maestres de las principales órdenes militares de Castilla. Todos eran parientes o amigos de doña Leonor de Guzmán y, por lo tanto, debían a su imprescindible ayuda haber alcanzado tan alta dignidad. Se hallaban en la sala de audiencias del palacio. Estaban preocupados, inquietos. Debatían qué hacer, qué pasos y decisiones tomar ahora que don Alfonso estaba muerto y su hijo, don Pedro, era el nuevo rey.
Eran hombres poderosos, con enormes posesiones y ejércitos a su mando.
Pero sin la protección de don Alfonso, temían sufrir la ira de doña María de Portugal. En la sala se encontraban don Fernán Pérez Ponce de León, maestre de la Orden de Alcántara; don Juan Núñez de Prado, maestre de Calatrava, y don Fadrique, maestre de Santiago e hijo de doña Leonor. Los mensajeros que anunciaron la proclamación de don Pedro como rey de Castilla, también informaron de su voluntad de no tomar represalia alguna contra doña Leonor, los Guzmanes y contra aquellos que le habían rendido pleitesía y vasallaje. Todos serían bien recibidos en Sevilla y aceptados en la Corte, siempre y cuando le aceptasen como rey. Pero los maestres no sabían qué hacer, pues dudaban de las palabras del rey y temían que se tratara de un ardid, una trampa para que acudieran confiados al alcázar y así ser apresados. Esperaban con impaciencia la llegada de don Enrique de Trastámara y de don Juan Núñez de Lara. Quizá ellos tuvieran más
información sobre las verdaderas intenciones del rey y, sobre todo, de doña María de Portugal.
—Deberíamos ir a Sevilla —se atrevió a intervenir don Fernán Pérez—.
Según los mensajeros enviados por Núñez de Lara, no hay nada que temer.
—¿En verdad confías en la palabra de don Pedro? —preguntó don Fadrique.
—Acaba de ser proclamado rey… creo que no hay nada que debamos temer. Al menos, de momento —respondió don Juan Núñez de Prado.
Don Fadrique bebió un largo trago de vino que le supo a hiel en la garganta. Torció el gesto con desagrado, negó con la cabeza y dijo:
—Vosotros podéis marcharos a Sevilla si es vuestro deseo. Tú, Fernán
—dijo señalando al maestre de Alcántara—, eres primo segundo de mi madre. Así pues, casi no tienes ni parentesco. Y, tú, Juan —continuó, señalando al maestre de Calatrava—, no eres ni siquiera familia. Te has beneficiado de nuestra presencia como una garrapata se alimenta de la sangre de una liebre. Y ahora que más te necesitamos, ahora que más requerimos de tu lealtad, nos das la espalda. ¡Nos dais la espalda! —les espetó, desviándoles una mirada de desprecio y repulsa a los maestres.
—¡Eso no es cierto! —exclamó don Juan Núñez de Prado—. ¡Siempre estaré de vuestro lado!
—¡Pues demuéstralo! —le desafió don Fadrique golpeando con brusquedad la mesa.
—¡Basta! —intercedió don Fernán Pérez, el maestre de Alcántara—. El rey ya debe estar al corriente de que nos encontramos aquí, en el palacio.
No sería de extrañar que su madre le haya envenenado con mentiras. Quizá piense que estamos conjurando contra él.
—¿Y no es precisamente lo que estamos haciendo? —preguntó don Juan Núñez de Prado.
—Queremos salvar nuestras vidas, amigo Juan —comenzó a decir don Fernán Pérez—. Todos debemos nuestros cargos a doña Leonor. Nuestras órdenes militares son poderosas, ricas y están bien armadas. Nos encontramos en Medina Sidonia, refugio de los Guzmanes. No podemos culpar al rey de sospechar de nosotros.
En ese momento entraron en la sala doña Leonor de Guzmán, don Juan Núñez de Lara, don Pedro Ponce de León, hermano de don Fernán Pérez, y don Enrique de Trastámara.
—¿Alguna novedad? —preguntó inquieto don Fadrique, incorporándose de la silla.
La pregunta iba dirigida a don Juan Núñez de Lara, el señor de Vizcaya, quien tenía espías y confidentes repartidos por toda Castilla. Sin duda, era la persona mejor informada de todo el reino. Solo don Juan Alfonso de Alburquerque podría rivalizar con su extensa y bien organizada red de informadores. El interpelado hizo un gesto de mano y todos los presentes tomaron asiento frente a una larga mesa de madera. El sol ya se había ocultado tras los tejados y la estancia estaba levemente iluminada por candiles y antorchas que colgaban de las paredes. Durante unos instantes un tenso silencio envolvió la estancia. El señor de Vizcaya se sirvió un poco de vino y después de dar un largo trago respondió:
—No hay más novedad de la que ya os compartí. El rey Pedro ha prometido que mantendrá nuestros cargos y privilegios. Insiste en que podemos acompañar al cortejo hasta Sevilla, donde seremos ratificados en nuestras responsabilidades.
Don Enrique de Trastámara torció el gesto en señal de desagrado.
—No le creo —replicó.
—Y no podemos correr el riesgo de equivocarnos —intervino su hermano, don Fadrique.
—No acompañar los restos del rey Alfonso hasta Sevilla podría ser un grave error —dijo don Juan Núñez de Lara.
—Hablas de Sevilla, pero era deseo de don Alfonso ser enterrado junto a su padre en Córdoba —observó don Fadrique.
—El rey ha decidido que los restos de don Alfonso descansen en Sevilla y no en Córdoba —aclaró don Juan Núñez de Lara.
Una amarga sonrisa brotó de los labios de doña Leonor de Guzmán.
—Ya que no han podido disfrutar de su presencia en vida, nos lo pretenden arrebatar tras su muerte —dijo.
Don Enrique se levantó y comenzó a andar por la sala. Era un hombre delgado, de pelo y barba rubia. Sus ojos azules irradiaban una férrea
determinación. Miró a la mesa. Allí se encontraban los maestres de las órdenes militares y el señor de Vizcaya. Todos tenían grandes posesiones y podrían armar un poderoso ejército que derrocara al rey. ¿Por qué no intentarlo? La mayoría de los nobles castellanos rindieron pleitesía a su madre mientras don Alfonso vivía. Él mismo disponía de enormes haciendas y señoríos. Y no solo gracias a su madre. Don Rodrigo Álvarez de las Asturias lo tomó como ahijado y le cedió todas sus propiedades y dominios, pues murió sin dejar descendencia. Así pues, pudo heredar los señoríos de Noreña, Cabrera y Ribera, y los condados de Sarriá, Lemos y Trastámara, entre otras villas y propiedades.
—Entonces, Núñez de Lara, entiendo que nos aconsejas acompañar al cortejo fúnebre a Sevilla ¿verdad? —preguntó don Enrique.
—Creo que es lo más prudente —respondió el señor de Vizcaya—. Don Pedro acaba de ser proclamado rey y es obligación de la nobleza acudir al alcázar para jurarle fidelidad. Cualquier otra decisión podría ser considerada traición.
Don Enrique asintió ante la atenta mirada de los presentes.
—Bien, como he dicho antes —comenzó a decir—, no creo en la palabra del rey. Mucho me temo que una vez estemos en Sevilla, seremos ajusticiados o, en el mejor de los casos, encerrados en un oscuro calabozo.
Ya habrá tiempo para claudicar, si es que claudicamos. Ahora debemos ganar algo de tiempo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el maestre de Calatrava.
—Gran parte de la nobleza y del clero está de nuestro lado. Debemos sopesar hasta qué punto este apoyo es verdadero, sincero. Don Pedro y su madre se encuentran solos. Siempre lo han estado. Solo un puñado de nobles como Alburquerque han permanecido a su lado. No debería ser difícil para nosotros armar un ejército y derrocar al rey.
—¿Pretendes provocar una guerra antes incluso de haber enterrado al rey? —protestó Núñez de Lara, levantándose de la silla.
—No, amigo Juan —respondió en tono tranquilizador don Enrique alzando la mano—. No será necesario. Armaremos un poderoso ejército y marcharemos a Sevilla. El rey se rendirá tan pronto divise nuestras enseñas.
—Si no acudimos a Sevilla, el rey nos declarará en rebeldía y enviará soldados en nuestra búsqueda —dijo el señor de Vizcaya.
—¡Le estaremos esperando! —exclamó don Fadrique, entusiasmado ante la propuesta de su hermano de sublevar a la nobleza contra el rey.
Don Juan Núñez de Lara negó con la cabeza. Consideraba que el maestre de Santiago, un joven impetuoso de cabellos castaños y rizados, ojos despiertos y mandíbula prominente, era un insensato. Un pobre ignorante que se lanzaba con audacia y vigor al campo de batalla con la certeza de que su hermano don Enrique o su madre doña Leonor acudirían prestos a su auxilio al mínimo percance. El señor de Vizcaya recorrió con la mirada a los presentes intentando advertir sus emociones y sentimientos. Y
no tardó en averiguar que un profundo miedo anegaba sus corazones. El miedo suele ser mal consejero, pues nubla la mente y fuerza a actuar de forma impetuosa e irracional. Bebió un trago de vino, se aclaró la garganta y dijo:
—Hablaré con Alburquerque.
Los presentes desviaron su mirada hacia el señor de Vizcaya.
—Le diré que temíais por vuestras vidas y que por eso huisteis.
—¡No somos unos cobardes…! —exclamó don Enrique.
Núñez de Lara le interrumpió con un gesto de mano.
—Le diré que huisteis, que vuestra intención es servir a don Pedro, nuestro rey, pero que tuvisteis miedo. Le diré que jamás alzaríais vuestras espadas en su contra, y que esperaréis, en lugar seguro, hasta que consideréis que tendréis suficientes garantías de que vuestras vidas no corren peligro. En ese momento, acudiréis a Sevilla y le juraréis fidelidad.
—¿Y Alburquerque te va a creer? —preguntó doña Leonor.
—Me creerá por la simple razón que tú, Leonor, me acompañarás a Sevilla.
—¿Cómo? —preguntaron los gemelos al unísono, sin creer lo que acababan de escuchar.
—Es muy sencillo. Ninguno de vosotros seréis tan estúpidos de levantaros en armas contra el rey mientras vuestra madre se encuentre en el alcázar de Sevilla, pues conllevaría una inmediata condena a muerte,
¿cierto?
Los dos hermanos asintieron.
—Eso es precisamente lo que quiero que Alburquerque y don Pedro piensen. Vosotros dos —continuó mirando a los hermanos—, buscaréis, lejos de la Corte, partidarios a nuestra causa entre los nobles y clérigos, que aún permanezcan fieles a los Guzmanes. Mientras tanto, yo haré lo mismo en Sevilla.
—Pero nuestra madre correrá peligro —protestó don Fadrique.
—Os garantizo que, si vuestra madre me acompaña a Sevilla, no le va a pasar nada malo. Estará bajo mi amparo y protección. Así se lo haré saber a Alburquerque.
Los maestres de Calatrava y Alcántara se miraron y asintieron. La propuesta del señor de Vizcaya calmaba sus temores y recelos. Les permitiría huir de Medina Sidonia sin ser acusados de traición por el rey y les evitaba marchar a Sevilla, lo que les habría granjeado la enemistad de los Guzmanes. Don Pedro Ponce de León miró a su hermano, el maestre de Alcántara y dijo:
—Podríamos ir a Morón, tierras que pertenecen a la Orden de Alcántara. Desde allí, enviaríamos mensajeros a los nobles afines a los Guzmanes, para evaluar lealtades al tiempo que el señor de Vizcaya nos mantiene informados de lo que suceda en Sevilla.
—En el castillo de Morón tengo una guarnición numerosa y bien armada —intervino don Fernán Pérez Ponce, maestre de la Orden de Alcántara—. Podemos defendernos de las tropas del rey o, llegado el caso, huir a Algeciras o a Córdoba.
Todos miraron a don Juan Núñez de Lara en espera de su aprobación.
—Sin duda, Morón es una buena posibilidad.
—No se hablé más —dijo don Enrique levantándose de la silla—.
Nosotros marcharemos a Morón y tú, señor de Vizcaya, acompañarás a mi madre a Sevilla.
Don Enrique levantó la copa y todos los presentes le siguieron.
—Señores, nos aguarda la gloria. ¡Brindemos por ella!
—¡Brindemos! —gritaron al unísono.
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