De reyes y bastardos
Capítulo 6
Sevilla, junio de 1350
El rey cabalgaba acompañado de don Gutier Fernández de Toledo por un encinar próximo al alcázar. Apenas había amanecido, la mañana era fresca y el cielo estaba despejado. Se auguraba un día caluroso en Sevilla. A don Pedro le agradaba cabalgar temprano y alejarse durante unas horas de la Corte. Le despejaba la mente y le ayudaba a tomar decisiones más sensatas y prudentes. El olor a jara pringosa y espliego embalsamaba el bosque. Un jabalí se cruzó en su camino. El rey lo miró con indiferencia. Por suerte para el marrano, no se hallaba de caza. Don Pedro cabalgaba despacio, disfrutando de la tranquilidad del momento. A su espalda doce soldados le escoltaban.
—Entonces Fadrique y Fernán Pérez ya están aquí —dijo el rey.
—Así es, mi señor. Según he sido informado, llegaron ayer —respondió don Gutier Fernández de Toledo.
—Bien, sin duda es una buena noticia, ¿y el resto?
—Se espera que don Juan Núñez de Prado llegue en un par de días.
—¿Y Enrique? —preguntó don Pedro—. Mi hermano es precisamente quien más me preocupa.
—Ayer pregunté a don Fadrique por ese mismo asunto.
—¿Y?
—Bueno, respondió que don Enrique de Trastámara fue a Algeciras con la intención de embarcarse rumbo a Asturias.
—Ya… —dijo don Pedro, escéptico.
—Añadió que su intención es viajar a Sevilla y ponerse a tu servicio tan pronto le sea posible.
El rey torció el gesto en señal de desagrado. Dudaba de que esas fueran realmente sus intenciones, pues si pretendía jurarle fidelidad, habría sido mucho más sencillo acudir a Sevilla y luego marchar a sus condados en Asturias. Por otro lado, su hermano bastardo era consciente de que su madre sería ejecutada ante cualquier movimiento que pudiera suscitar la mínima sospecha de rebeldía. Don Pedro se hallaba confuso.
—¿Tú qué opinas? —preguntó a su consejero.
—No me fío de los Guzmanes.
El rey asintió y dijo:
—Algeciras es una plaza inestable y fronteriza. Costó un gran esfuerzo arrebatársela a los moros y no puedo permitirme perderla. De ella depende el control del Estrecho —detuvo su montura y mirando a don Gutier con determinación, le ordenó—: Ve inmediatamente con un ejército a Algeciras y bloquea el puerto con nuestras galeras. No permitas que Enrique salga de Algeciras. Habla con él, confírmale que sus hermanos, los maestres y todos los partidarios de los Guzmanes han sido ratificados en sus cargos. Dile que le espero con impaciencia en el alcázar. Insístele en que no tiene nada que temer, pues no deseo su enemistad. Al fin y al cabo, somos hermanos.
—Eso haré, mi señor.
—También hazle entender que, si no acude a Sevilla, no me temblará el pulso y tanto él como el resto de los Guzmanes serán ejecutados por traición.
En la taberna se encontraban don Enrique y don Pedro Ponce de León.
Bebían vino al tiempo que lanzaban discretas miradas a los parroquianos que abarrotaban el local. Llevaban unos días en Algeciras y no les fue posible encontrar un barco que los llevara a Marsella. Tal era el grado de desesperación en el que se encontraba el conde de Trastámara que incluso intentó comprar una nave y contratar a la tripulación. Los parroquianos los miraban sin disimulo. Sabían muy bien quienes eran y lo que pretendían.
No tardó en correr la voz por toda la ciudad sobre unos nobles castellanos que ansiaban embarcarse rumbo a Francia. Y uno de esos nobles no era otro
que don Enrique de Trastámara, el hijo bastardo del rey Alfonso. Su presencia no era bien recibida en aquellas tierras leales a doña María de Portugal y al rey Pedro.
—Debemos encontrar un barco ya —dijo don Pedro Ponce, mirando en rededor—. Que nos lleve a Francia, Asturias o donde sea. Creo que aquí corremos serio peligro.
Don Enrique asintió, bebió un trago de vino y llamó al tabernero con un gesto de mano.
—Señor, ¿otra jarra de vino? —preguntó el dueño del local, un hombre orondo, calvo y sudoroso.
—¿Cuál es el próximo barco que parte de Algeciras y adonde se dirige?
—preguntó don Enrique.
El dueño del negocio, como buen tabernero, estaba bien informado de todo barco que partía o llegaba a Algeciras, pues una parte de su negocio dependía de los viajeros y comerciantes que llegaban o salían de la ciudad.
—Ninguno —respondió.
—¿Cómo dices? —preguntó incrédulo don Enrique.
—Una flota real bloquea el puerto. Parece ser que el rey no quiere que nadie pueda huir de la ciudad por mar —añadió con toda la intención.
Don Enrique estuvo tentado de abofetear al insolente tabernero, pero advirtió como decenas de ojos confluían en él. Ahora entendió porque aquellos hombres le miraban con inquina.
—¿Cuándo llegó la flota? —preguntó don Pedro Ponce de León.
—Esta misma mañana. Espero que esas galeras se vayan pronto o será nuestra ruina.
Con el puerto bloqueado se interrumpía la llegada y salida de mercancías y viajeros, por lo tanto, los estibadores estaban sin trabajo y los comerciantes sin productos que vender o comprar. Don Enrique y don Pedro intercambiaron miradas de preocupación. El conde de Trastámara sacó unas monedas de una bolsa y las arrojó sobre la mesa. Ambos nobles abandonaron apresuradamente el local ante la atenta mirada de los clientes.
—¿Qué hacemos? —preguntó don Pedro, mientras caminaban a buen ritmo por las angostas calles de Algeciras. Se dirigían hacia el puerto, pues les impacientaba confirmar las palabras del tabernero.
—Si han enviado una flota por mar, es muy probable que también hayan enviado soldados por tierra —dijo don Enrique con gesto preocupado. Don Pedro Ponce de León asintió persuadido de lo cierto de sus palabras.
Nerviosos, inmersos en sus inquietudes, no tardaron en alcanzar el puerto de Algeciras, donde se confirmaron sus más aciagos temores. Cinco galeras castellanas bloqueaban la entrada y salida de toda embarcación, incluidas las pequeñas barcas de pesca. En el muelle se arremolinaban los trabajadores del puerto pidiendo explicaciones. Nadie podía dárselas. De pronto, la mirada de un pescador reparó en los nobles. Hizo un gesto a otro hombre, un estibador de apariencia ruda y fornida que ese día no llevaría ningún jornal a su casa. Con gesto amenazante, el estibador se acercó a los nobles acompañado de una turba de veinte hombres, todos malencarados y con aviesas intenciones.
—¡Tú eres ese Trastámara! —le gritó el estibador.
—¡Estos barcos están aquí por ti! —exclamó un pescador.
—¡Vayamos a por ellos! —gritó otro estibador—. ¡Se los entregaremos a los soldados del rey y así podremos trabajar en paz!
Don Enrique y don Pedro se echaron instintivamente hacia tras ante la amenazante presencia de aquellos hombres, que se acercaban a ellos con palos y piedras.
—Será mejor que nos marchemos —sugirió don Pedro. Sin esperar respuesta, salió corriendo acompañado por don Enrique. Los estibadores y pescadores corrieron detrás.
—¡A por ellos! —gritó el estibador fornido.
—¡Quizá hasta el rey nos recompense! —exclamó otro.
Fue oír tales palabras y los ánimos de la muchedumbre se enardecieron ante la posibilidad de recibir una generosa recompensa. Los pescadores y estibadores aceleraron la carrera. Entre ellos empezaron a empujarse y golpearse con el propósito de ser el primero en capturar a aquellos nobles y cobrar así el supuesto pago. Don Enrique y don Pedro corrían, temiendo por sus vidas, delante de una muchedumbre que aumentaba en número.
Intentaron esquivar a sus perseguidores perdiéndose entre callejuelas y puestos del mercado, pero las fuerzas flaqueaban y sus perseguidores no
desistían en su empeño de darles alcance. Casi sin fuerzas, ambos nobles cedieron y se detuvieron en una pequeña plaza.
—No puedo más —dijo don Pedro, resoplando sin aliento con la espalda doblada del esfuerzo.
Don Enrique no tenía fuerzas ni para responder.
—Aquí estáis —dijo el estibador fornido.
El conde de Trastámara negó con la cabeza preguntándose cómo era posible que ese gigantón corriera tanto. Si salía de ese entuerto, lo reclutaría para su ejército.
—Ya son nuestros… —dijo un pescador.
Unos treinta hombres se aproximaron a ellos con actitud amenazante.
Don Enrique y don Pedro desenfundaron sus espadas con la intención de vender cara su vida.
—No pretendemos haceros ningún daño —dijo un pescador, acercándose a ellos con un palo.
—Solo queremos entregaros a los soldados, seguro que han venido a por vosotros —dijo otro.
—¡Soy Enrique de Trastámara! —gritó orgulloso—. ¡El rey no ha ordenado capturarme! ¿De qué demonios estáis hablando?
—¡En eso tiene razón! —se oyó decir una voz a la espalda de la muchedumbre.
Abriéndose paso entre la turba, apareció don Gutier Fernández de Toledo acompañado por una decena de soldados.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz gruesa y cavernosa.
—Queríamos capturar a este traidor para entregárselo al rey —
respondió un estibador.
—Estaba como loco buscando un barco para huir a Francia —respondió otro.
Don Enrique tragó saliva y miró a su alrededor con gesto distraído.
—Ya basta. Marcharos y continuad con vuestras tareas.
—Lo haríamos si los barcos dejaran de bloquear el puerto —dijo un estibador.
—En unas horas podréis continuar con vuestros quehaceres. Pronto nos iremos —dijo don Gutier Fernández de Toledo.
A regañadientes y frustrados por no haber recibido la supuesta recompensa, los pescadores y estibadores se dirigieron a la taberna para entretenerse trasegando jarras de vino, hasta que pudieran volver a la faena.
—Parece que no sois muy bien recibidos en Algeciras —dijo don Gutier a don Pedro y a don Enrique con una media sonrisa. Estaba disfrutando del momento.
—Ha sido un malentendido. Esta gente, en su ignorancia, nos culpaba de que la flota hubiera bloqueado el puerto, impidiéndoles trabajar —dijo don Enrique.
—Pues no son tan ignorantes… —dijo don Gutier. Tenía unos cincuenta años. Hombre de noble cuna, su padre fue notario mayor durante el reinado de don Fernando, abuelo del rey Pedro. Tenía el rostro anguloso y rasurado, y sus ojos, marrones y profundos, estaban enmarcados en unas pobladas cejas oscuras.
—¿Qué quieres decir? ¿Has venido a Algeciras para apresarnos? —
preguntó intranquilo don Pedro.
—De ningún modo. Simplemente el rey está impaciente por verte —
respondió don Gutier mirando al conde de Trastámara—. Pero este no es el momento ni el lugar para entrar en detalles. La chusma nos observa con atención y es mejor no darles motivos para comentar. Vayamos al campamento, allí comeremos carne asada y beberemos un buen vino.
Tendremos tiempo para charlar.
Don Enrique y don Pedro miraron a los soldados que acompañaban a don Gutier y comprendieron que tampoco tenían otra alternativa.
Intranquilos, desconfiando de las verdaderas intenciones del consejero real y a falta de otras opciones, le acompañaron.
OceanofPDF.com