De reyes y bastardos
Capítulo 5
Sevilla, abril de 1350
El rey paseaba por el patio de armas del alcázar acompañado por don Juan Alfonso de Alburquerque. Era una mañana templada de comienzos de primavera y el cielo estaba claro, radiante. Don Pedro trasladó a Alburquerque su intención de sepultar a su padre en Sevilla. El canciller le recordó que el deseo de don Alfonso era ser enterrado en Córdoba, junto a su padre, el rey Fernando, pero don Pedro le insistió que la decisión había sido tomada y dio la conversación por concluida. Su madre, doña María de Portugal, se había obstinado en que así fuera y así debía ser. Otras eran las inquietudes que le apremiaban. El cortejo fúnebre había llegado a Sevilla el día anterior y don Pedro echó en falta a sus hermanos don Enrique y don Fadrique, a los maestres de las Órdenes de Alcántara y Calatrava, además de algunos otros nobles de cierta relevancia de la Corte castellana. Su madre no tardó en intentar envenenar su ánimo acusando a sus hermanos de traición, aconsejándole que se deshiciera de ellos y de la Perra antes de que fuera demasiado tarde. Pero la presencia de don Juan Núñez de Lara y de doña Leonor de Guzmán en el cortejo le tranquilizó. La ausencia en la Corte de Sevilla de sus hermanos y demás nobles castellanos se debía a motivos razonables y comprensibles.
—Entonces, mis hermanos están en Morón junto con los maestres de Alcántara, Calatrava y don Pedro Ponce de León —recapituló el rey.
—Así es mi señor. Don Juan Núñez de Lara ha insistido en que nada debéis temer, simplemente están allí por prudencia.
—¿Prudencia? —preguntó el rey.
—Temen sufrir algún tipo de represalia. No por vos, mi rey —se apresuró a matizar el canciller—, sino por vuestra madre. Ya sabéis el profundo odio que siente por los Guzmanes y sus partidarios.
El rey detuvo su paso y asintió. Recordaba muy bien como su madre le insistía constantemente para que exterminara a toda la familia.
—Ya… bueno, eso lo puedo entender. No obstante, que todos esos nobles afines a la casa de los Guzmanes se encuentren en Morón, tierras del maestrazgo de Alcántara, incita a sospechar que puedan estar confabulando en mi contra. Esta situación quizá no sea cómoda para ellos, pero tampoco lo es para mí.
Alburquerque asintió ante lo cierto de sus palabras. El canciller era un hombre de mediana edad, de barba y cabellos castaños surcados por incipientes hebras plateadas. Sus ojos eran marrones y transmitían un gran poder y autoridad. A pesar de su edad, disfrutaba del cuerpo fornido de un recio soldado. El canciller conocía muy bien los entresijos y misterios de la Corte. Era nieto del rey portugués don Dionís, pues su padre, don Alfonso Sánchez, fue fruto de la relación extramatrimonial de don Dionís con doña Aldonza Rodríguez. Obligado por el heredero portugués, don Alfonso Sánchez marchó a Castilla y se casó con doña Teresa Martínez de Alburquerque, una rica hacendada. Fruto de este matrimonio nació don Juan Alfonso. A su ingente patrimonio, el canciller añadió varios señoríos y amplias propiedades en Extremadura y Tierra de Campos tras su enlace con doña Isabel de Meneses, miembro de la nobilísima e influente familia de los Meneses. Don Juan Alfonso de Alburquerque era uno de los hombres más poderosos y ricos de Castilla, y ahora, además, el hombre de confianza del rey Pedro. Tanto poder, tanta riqueza acumulada en una única persona granjeaba la admiración y el respeto de unos, y la animadversión y la enemistad de otros.
—Envía a Gutier Fernández de Toledo a Morón para que hable con ellos. Que les asegure que pueden estar tranquilos. No tienen nada que temer —comenzó a decir el rey—. Pueden marchar a sus haciendas, poner en orden sus asuntos y acudir después a Sevilla, donde les ratificaré en sus cargos y responsabilidades. Gutier es un hombre de mi máxima confianza.
Sabrán que su palabra es ley. Sea como fuere, no puedo permitir que
permanezcan durante más tiempo en el castillo de Morón, una fortaleza casi inexpugnable.
—¿Y si se negaran? —preguntó Alburquerque.
—¿Negarse? No creo que sean tan estúpidos. Tengo a Leonor a buen recaudo en el alcázar y a Núñez de Lara vigilado en todo momento.
Cualquier atisbo de rebeldía y sus cabezas serán cortadas.
Don Pedro detuvo el paso. Miró fijamente a los ojos del canciller, y añadió:
—Dile a Gutier que no omita este detalle en el encuentro con los Guzmanes.
—Así lo haré, mi señor.
Don Pedro observó como Alburquerque marchaba a cumplir con su cometido. Levantó la vista y vio como doña Leonor de Guzmán le contemplaba atenta desde la ventana de sus aposentos. A pesar de la distancia, pudo advertir su mirada fría, desafiante. Quizá la Perra, como la llamaba su madre, aún no era consciente de su nuevo papel en la Corte. Ya no era la preferida del rey, sino su ramera. Había llegado el momento de hacerle entender su cruda y áspera realidad.
El castillo de Morón emergía poderoso sobre un colosal cerro de más de doscientos pasos. Don Gutier Fernández de Toledo cabalgaba escoltado por veinte soldados sin perder de vista la impresionante mole. Una fortaleza bien protegida y guarnecida por soldados experimentados de la Orden de Alcántara. Su conquista sería harto complicada y conllevaría el sacrificio de un gran número de soldados. El rey tenía razón. Debía evitar a toda costa que los partidarios de los Guzmanes continuaran ocultándose tras esas robustas murallas. Cabalgaba apresuradamente, impaciente por cumplir la misión que don Pedro le había encomendado. Finalmente llegó a las puertas de la muralla del castillo donde un guardia de la Orden de Alcántara les dio el alto.
—Soy don Gutier Fernández de Toledo, consejero del rey Pedro, tu señor. Abre el paso.
El soldado, sin saber muy bien qué hacer, miró al oficial de guardia en espera de recibir órdenes.
—¿A quién vienes a ver? —dijo el oficial, más acostumbrado a lidiar con los nobles de la Corte.
—A tu señor, don Fernán Pérez Ponce. Tengo mucha prisa así que no me hagáis perder más mi valioso tiempo.
El oficial miró a don Gutier Fernández de Toledo. Vestido con yelmo, cota de malla y portando su espada, estaba pertrechado para la guerra, al igual que los soldados que le acompañaban. No serían rival para los soldados del castillo, pero cualquier enfrentamiento con un enviado del rey podría tener dramáticas consecuencias.
—¡Amigo Gutier! —exclamó una voz a su espalda.
El oficial suspiró aliviado cuando advirtió la llegada del maestre de Alcántara. Don Gutier Fernández de Toledo descabalgó y le saludó.
—Tienes bien aleccionados a tus guardias, casi no me permiten la entrada —le dijo.
—A veces son un poco celosos con sus obligaciones —reconoció en tono cordial—. Pero entra, estarás cansado después de tan largo viaje —y mirando al oficial, añadió—: Cuidad de los caballos de estos soldados y ofrecedles comida y vino. Que nadie pueda presentar queja alguna de la hospitalidad de la casa de Alcántara.
—Así haremos, mi señor —obedeció el oficial.
El maestre de Alcántara había advertido la llegada de los soldados del rey desde la torre del homenaje, donde se encontraba reunido con los Guzmanes y con su hermano don Pedro. Cuando divisó en lontananza la nube de polvo provocada por las monturas, acudió al encuentro de los inesperados invitados, mientras que los Guzmanes y su hermano permanecían ocultos en el castillo en espera de los acontecimientos.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó don Fernán Pérez, al tiempo que caminaban hacia la entrada de la torre del homenaje.
—Lo sabes muy bien. El rey está informado de que en tu castillo, se encuentran los maestres de Calatrava, Santiago, don Enrique de Trastámara y tu hermano don Pedro Ponce de León.
—¿Vienes a detenernos?
—No, el rey no desea ningún conflicto con los Guzmanes, ni con sus parciales.
—Tus palabras me tranquilizan.
Ascendieron por las escaleras de piedra hasta que llegaron a la sala principal. Tomaron asiento sobre una larga mesa de madera y el maestre de Alcántara pidió a un sirviente vino, pan, queso y carne de cordero.
—¿Supongo que estarás hambriento? —le preguntó.
—Lo estoy —reconoció don Gutier, mirando en derredor.
—¿Buscas algo?
—Me pregunto dónde están tus invitados.
—Ah, claro… me temo que se encuentran fuera, en una partida de caza.
—No importa, el mensaje del rey te lo puedo trasmitir a ti.
En ese momento entró el sirviente con una bandeja con una jarra de vino, dos vasos, pan y queso.
—En unos minutos estará listo el cordero —dijo el sirviente, dejando la bandeja en la mesa.
—Bien, puedes marcharte —le dijo don Fernán Pérez.
Don Gutier cogió un pedazo de queso y lo comió con fruición. Estaba hambriento. Mientras lo devoraba contempló al maestre de Alcántara.
Hombre de mediana edad, tenía cabellos y barba blanca y los ojos pequeños ocultos tras unas facciones extremadamente arrugadas. Era imposible poder desfibrar cualquier emoción en rostro tan velado, tan misterioso. Don Gutier se preguntaba dónde estarían escondidos sus amigos de huida. De vez en cuando, lanzaba furtivas miradas de soslayo, esperando encontrárselos por la espalda u ocultos tras unas cortinas o puertas. No estaba cómodo en un castillo lleno de partidarios de los Guzmanes.
—Bueno, que noticias me traes de la Corte —dijo al fin el maestre.
Don Gutier tragó un poco de vino y respondió:
—Don Pedro acaba de ser proclamado rey. No pretende enemistarse con una nobleza que ha servido con lealtad a su padre, don Alfonso. Pero le inquieta la presencia de tan ilustres nobles en tu castillo.
—El rey no tiene motivo de preocupación —repuso don Fernán Pérez.
—Lo sabe, pero hay muchos nobles y clérigos que están un tanto…
nerviosos —hizo una leve pausa para beber un trago y prosiguió—:
Consideran que los maestres y los Guzmanes se encuentran aquí, en Morón, conspirando contra el rey.
—Eso jamás —replicó el maestre con tranquilidad.
—Te creo y estoy convencido de que el rey también te creería si se encontrara aquí, en esta espléndida sala, con nosotros —y recordando las palabras que le dijo Alburquerque cuando le encomendó la misión, añadió
—: Los Guzmanes no serían tan insensatos de alzarse contra el rey, cuando su madre, doña Leonor, es huésped privilegiada del alcázar de Sevilla.
—Esta prisionera, según me han comentado —dijo el maestre.
—Ah, ya llega el cordero —dijo don Gutier, mirando al sirviente que portaba una humeante bandeja de carne.
Esperaron a que el sirviente dejara la bandeja y abandonara la estancia para continuar con la conversación.
—Es una invitada de nuestro rey —puntualizó don Gutier—. Si fuera prisionera, no se encontraría en el alcázar asistida por sus damas y recibiendo visitas. En tal caso, estaría en las mazmorras.
Don Fernán Pérez cogió un pedazo de carne y se lo comió. No tenía sentido continuar la conversación por esos derroteros.
—¿Qué podemos hacer por don Pedro, nuestro rey, para alejar de nosotros toda sospecha? —preguntó.
—Es muy sencillo: el rey os da unos días para que, después de la campaña contra el moro en Gibraltar, pongáis en orden vuestras haciendas.
Una vez hayáis organizado vuestras casas acudiréis a Sevilla, donde le juraréis fidelidad. Nuestro rey, como muestra de afecto y confianza, os mantendrá en vuestros cargos. Insisto, no es deseo de don Pedro enemistarse con ningún noble. Os necesita, Castilla os necesita a todos.
—¿Simplemente eso? —preguntó el maestre, con el entrecejo arrugado, sin confiar plenamente en sus palabras.
—Así es.
Durante unos instantes ambos nobles comieron en silencio. Ahora fue el maestre de Alcántara el que no perdía de vista a don Gutier, escudriñando en sus ojos si lo que decía era cierto o no era más que un engaño, una argucia para que acudieran confiados a Sevilla y facilitar así su captura y, posiblemente, su ejecución.
—Debo marcharme —dijo don Gutier levantándose de la silla—. Se hace tarde y no quiero que la noche me sorprenda.
—Quédate aquí esta noche. Tú y tus soldados sois bien recibidos —
mintió el maestre, deseando que el enviado del rey se marchara y poder así considerar su propuesta con los Guzmanes y su hermano.
—Te lo agradezco, pero tengo obligaciones que atender en la Corte.
—Como desees.
—¿Y bien? ¿Qué le digo al rey? ¿Cuál va a ser vuestra decisión? —
preguntó don Gutier pronunciando la palabra «vuestra» con toda la intención.
Pero don Fernán Pérez no cayó en la trampa.
—No puedo hablar por los demás, pero en lo que a mí respecta, en unos días acudiré a la llamada de don Pedro, mi rey.
Don Gutier asintió satisfecho.
—No olvides trasladar este mensaje a los cazadores. El tiempo apremia y la paciencia no es la mejor virtud de don Pedro.
—Lo haré.
Don Gutier se despidió con un gesto de cabeza y salió de la sala. El maestre se acercó a la ventana y contempló como don Gutier cruzaba las murallas con su numerosa escolta. Toda una declaración de intenciones.
—¿Y bien?
El maestre de Alcántara se giró y advirtió como sus invitados, saliendo de su escondite, caminaban impacientes hacia él.
—¿Qué te ha dicho don Gutier? —preguntó don Enrique.
—El rey mantendrá nuestros cargos y posesiones.
—¿Y ya está? —preguntó extrañado don Fadrique.
—Nos da unos días para que acudamos a nuestras propiedades, después, tendremos que ir a Sevilla y jurarle fidelidad —respondió don Fernán Pérez.
—Parece un buen acuerdo —observó don Pedro Ponce de León.
—¿Y os lo creéis?, ¿sin más? —preguntó don Enrique, el conde de Trastámara.
—¿Qué otra opción tenemos? —intervino don Juan Núñez de Prado, el maestre de Calatrava.
—Los nobles, que tanto le deben a nuestra madre, no han respondido a nuestras peticiones. Desconocemos si siguen siendo leales a nuestra familia
—dijo don Fadrique.
—Son prudentes —repuso don Enrique—. Temen que sus correos sean interceptados por el rey.
Los maestres, en un elocuente silencio, bajaron la vista no muy convencidos. Consideraban que lo más prudente era aceptar las condiciones de don Pedro. Ya llegaría el momento de tomar decisiones más arriesgadas y contundentes. Pero debían sus cargos y privilegios a doña Leonor de Guzmán y no pretendían decepcionar a don Enrique, el cabeza de familia.
—Iré a Francia —dijo el conde de Trastámara.
—¿Cómo? —preguntó don Pedro Ponce de León—. ¿Qué quieres decir?
—Marcharé a Algeciras. Allí me embarcaré rumbo a Marsella y me reuniré con el rey Juan —don Enrique comenzó a andar por la sala—. Le solicitaré dinero, armas, soldados. A cambio de su ayuda, le prometeré el apoyo de Castilla y de nuestra flota en su guerra contra Inglaterra.
—Hermano, si no vas a Sevilla, nuestra madre correrá un serio peligro
—dijo don Fadrique cogiéndole del hombro.
Don Enrique negó con la cabeza.
—Cuando el rey os pregunte, le responderéis que marché a Algeciras con el propósito de embarcarme rumbo a Asturias y poner en orden mis haciendas y propiedades. Tan pronto mis obligaciones me lo permitan, iré a Sevilla y me pondré a su disposición como el más fiel de sus vasallos —
hizo una pausa y miró fijamente a su hermano. Le sonrió intentando tranquilizar su ánimo—. Navegar es más rápido y seguro que cruzar toda Castilla a caballo. Pensará que estoy impaciente por arrojarme a sus pies.
—Temo por nuestra madre —repuso don Fadrique.
—Tus temores son los míos, pero si don Pedro hiciera daño a nuestra madre, se ganará la enemistad de gran parte de la nobleza y del clero. No es un insensato, acaba de ser proclamado rey. No le interesa generar divisiones y conflictos. El reino se encuentra en una situación inestable y cualquier decisión visceral y precipitada llevaría a Castilla a la guerra. Será prudente.
Mantendrá a nuestra madre como rehén en el alcázar, pero no le hará daño.
De eso estoy seguro.
—¿Qué haremos nosotros? —preguntó don Juan Núñez de Prado.
—Haced lo que os ha pedido don Pedro, id a vuestras haciendas y luego marchad a Sevilla —respondió don Enrique.
—Yo te acompañaré, iré contigo a la Corte francesa —dijo don Pedro Ponce de León.
Don Enrique de Trastámara le agradeció el ofrecimiento con un gesto de cabeza.
—Es momento de ser prudentes —comenzó a decir—. Obrad con cautela con don Pedro, don Gutier y el canciller Alburquerque. En unos meses cruzaré la frontera castellana con un formidable ejército. Esa será la señal, ese será el momento en el que nos alzaremos contra el rey.
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