De reyes y bastardos
Capítulo 41
Estremoz, Portugal, primavera de 1354
Después de asistir a la boda, don Juan Alfonso de Alburquerque acompañó al séquito de la reina María de Portugal en su regreso a Castilla. A lo lejos, sobre una colina, se divisaba el castillo de Estremoz, donde la comitiva haría una parada antes de proseguir el camino a Elvas y a Badajoz, donde Alburquerque se despediría de la reina, pues no era prudente adentrarse en tierras castellanas. Desde su montura el excanciller alzó la vista y miró al castillo. Se le acababa el tiempo. El rechazo del infante Pedro a su propuesta había sido un importante e inesperado contratiempo. Había contado con las dotes de persuasión de doña Inés, pero la intervención del rey Alfonso fue rotunda y definitiva. El infante portugués era una de las opciones que el excanciller castellano manejaba, pero no la única. Había llegado el momento de tantear otras alternativas, de encontrar otros aliados.
Y uno de ellos era doña María de Portugal, la madre del rey. Con ella a su lado, lograría persuadir a otros nobles para que abrazaran su causa. Sería una tarea ardua, complicada, pero sabría como persuadirle, como lograr que se rebelara contra su propio hijo. Llevaba meses planeándolo, desarrollando la estrategia que pronto, muy pronto, se dispondría a ejecutar. El séquito llegó a las murallas del castillo y el excanciller aún permanecía absorto en sus pensamientos.
La luna llena brillaba en todo su esplendor, clareando con sus rayos argentados la oscuridad de la noche. Don Juan Alfonso de Alburquerque estaba sentado frente a la chimenea. En sus manos sostenía una copa de vino. El suave movimiento de las llamas y el sutil baile de las incandescentes pavesas le relajaban y le ayudaban a concentrarse, a
descender a lo más profundo de su mente para hallar la solución apropiada a toda dificultad o problema que fuera necesario resolver. Bebió un trago de vino sin apartar la vista del fuego. Permanecía concentrado, sumido en sus pensamientos cuando el metálico sonido de los goznes le distrajeron. La puerta de la estancia se abrió y uno de los sirvientes hizo acto de presencia.
—Señor, tiene una visita.
El excanciller frunció el ceño extrañado, preguntándose quién podría visitarlo a esas horas.
—Es un fraile franciscano, don Diego López de Rivadeneyra —terminó de decir el sirviente.
Alburquerque se incorporó casi de un salto.
—Haz que entre inmediatamente, ¿vamos a qué esperas? —le apremió.
Don Diego López de Rivadeneyra era el confesor de don Enrique de Trastámara. Su visita, a esas horas de la noche, no sería casual.
Alburquerque sintió como su corazón se aceleraba en su pecho. El fraile franciscano entró en la estancia.
—Señor de Alburquerque —saludó.
Era un hombre mayor, con barba rala, gris y descuidada. Sus ojos eran claros, cristalinos y profundos. Vestía una túnica de lana marrón con capucha.
—Se bienvenido, fraile. Por favor, toma asiento.
Don Juan Alfonso de Alburquerque sirvió una copa de vino y se la ofreció al fraile. Ambos tomaron asiento enfrente del fuego.
—Te preguntarás a qué se debe mi visita a estas horas de la noche.
—Así es. Las visitas del confesor de don Enrique de Trastámara no suelen ser habituales.
El fraile sonrió y bebió un pequeño trago. Tenía un importante mensaje que dar y no pretendía dilatar su estancia en Estremoz más tiempo del estrictamente necesario. Así pues, fue directamente al asunto que le había llevado a Portugal.
—Don Enrique de Trastámara está dispuesto a unirse a tu causa.
Don Juan Alfonso de Alburquerque aguantó la sonrisa que luchaba por brotar en sus labios. Era una noticia inesperada, fabulosa. Sintió como su cuerpo bullía agitado por una irrefrenable emoción. Pero debía mantener la
calma. Su gesto debía permanecer hierático, imperturbable, indiferente. Esa actitud haría entender al emisario del bastardo que su colaboración no era imprescindible.
—Advierto que mi mensaje no te hace muy feliz —observó don Diego López.
—Agradezco el interés del conde de Trastámara, pero entiendo que su participación en esta cruzada no será gratuita, ¿qué desea a cambio de su colaboración?
—Llamar cruzada a esta conjura es muy audaz por tu parte —le reprochó el fraile—. Don Enrique no ofrece solo su colaboración, sino también la de sus hermanos y la de otros muchos nobles agraviados por el rey Pedro. Es más, mediará con el cardenal Gil Carrillo de Albornoz, para que interceda a vuestro favor con el papado de Aviñón.
El cardenal no había perdonado a don Pedro que confiscara sus propiedades y esperaba pacientemente el momento para cobrarse cumplida venganza. Como cardenal y hombre de confianza del papa Inocencio, sabría como persuadirle para que apoyara la sublevación. El rey había dejado tras de sí un reguero de cadáveres que no tardarían en levantarse para reclamar justicia.
—¿Disfrutaríamos de la bendición papal?
—Don Enrique de Trastámara lo tiene todo pensado desde hace años.
Hasta el más mínimo detalle.
A don Juan Alfonso de Alburquerque no le sorprendieron las palabras del fraile. Siempre había sospechado de don Enrique de Trastámara. Pero ahora sus propósitos y ambiciones podrían serles de utilidad.
—Aún no has respondido a mi pregunta, ¿qué espera recibir don Enrique a cambio de su apoyo? —Bostezó y bebió un trago de vino, fingiendo indiferencia y aburrimiento.
El fraile negó con la cabeza y desvió la mirada hacia el fuego. Quizá no había sido buena idea acudir a Estremoz. Alburquerque no necesitaba de los servicios del conde. Bebió un trago de vino y respondió con celeridad, deseando abandonar el castillo lo antes posible.
—Ser proclamado rey en el caso de que don Pedro falleciera sin dejar descendencia.
—El legítimo sucesor es el infante Fernando de Aragón —repuso Alburquerque—. La irrupción de otro candidato a la Corona desataría una guerra.
El fraile se sentía incómodo. No estaba habituado a participar en conjuras nobiliarias. Era un humilde fraile, que Dios decidió que ejerciera como confesor de un miembro de la alta nobleza castellana. Había trasmitido el mensaje a don Juan Alfonso de Alburquerque. No era su propósito ni interés entrar en debates sucesorios. Se incorporó y dijo:
—Entiendo que la propuesta no es de tu agrado —dejó la copa sobre una mesa y añadió—: Así se lo trasmitiré a don Enrique. Se hace tarde y debo marcharme.
El fraile se disponía a salir de la estancia, cuando Alburquerque dijo:
—Espera.
Don Juan Alfonso de Alburquerque debía pensar con rapidez. No podía dejar escapar aquella excelente oportunidad. El apoyo de don Enrique supondría la colaboración de su hermano don Fadrique, el poderoso maestre de la Orden de Santiago, y de don Tello, el señor de Vizcaya. El favor de los bastardos y del papado de Aviñón arrastraría a su causa a un gran número de nobles castellanos. Desestimar su propuesta sería una insensatez, una locura. Era imprescindible ganar partidarios, armar un poderoso ejército con el que combatir al rey Pedro. La alianza con don Enrique de Trastámara le ayudaría a conseguirlo. Ya se preocuparía de la sucesión de don Pedro llegado el momento.
—Este es un asunto muy delicado que conviene discutirlo personalmente —dijo Alburquerque.
—Estoy de acuerdo —aceptó el fraile.
—Por favor, dile al conde que me gustaría reunirme con él en Elvas.
Estoy convencido de que podremos llegar a un acuerdo.
El fraile asintió y sonrió satisfecho. Temía regresar a Castilla con las manos vacías. Al menos, podría trasmitirle a don Enrique la propuesta del excanciller de negociar personalmente las condiciones del acuerdo.
—Ambos sois hombres razonables. Yo también creo que, por el bien de Castilla, llegaréis a un acuerdo —dijo el fraile.
—Por supuesto, siempre por el bien de Castilla —dijo Alburquerque.
En sus labios se dibujó una sonrisa.
La mañana era cálida, cristalina. Una suave brisa portaba el aroma a jara pringosa, espliego y tomillo. Don Juan Alfonso de Alburquerque y doña María de Portugal paseaban por un monte aledaño al castillo de Estremoz, escoltados por media docena de soldados. Pocos días antes, en la ciudad portuguesa de Elvas, cerca de la frontera castellana, el excanciller de Castilla había mantenido una reunión con don Enrique de Trastámara.
Estaba muy satisfecho. Los acuerdos allí cerrados habían cubierto con creces la decepción que había sufrido tras la negativa del infante Pedro de Portugal de liderar la insurrección. Ahora, don Juan Alfonso de Alburquerque se disponía a informar a la reina madre de sus intenciones.
Debía ser prudente, comedido, guiar la conversación hacia un callejón donde doña María de Portugal no encontrara otra salida que su adhesión al pacto firmado con don Enrique. Su apoyo atraería a un buen número de nobles indecisos. Había llegado el momento de mostrar sus cartas.
—¿Qué tal se encuentra la reina Blanca? ¿Sabéis algo de ella?
Doña María de Portugal exhaló un largo suspiro. En los pocos meses que don Pedro la permitió tratarla, antes de ordenar su reclusión en Arévalo, habían labrado una profunda amistad. Le parecía una mujer dulce, atenta, hermosa, una verdadera princesa. La reina perfecta para Castilla. No entendía como su hijo la había rechazado por doña María de Padilla. Se sentía dolida por el desprecio que su hijo la dispensaba. Incluso temía por su vida.
—Está triste y afligida —respondió doña María de Portugal—. Ya no es princesa de Francia, ni reina de Castilla. Es simplemente una mujer repudiada por un marido que la tiene cruelmente encerrada sin motivo.
—Es una joven inocente, que está pagando la insensatez de su tío, el rey. Si don Juan de Francia hubiera pagado la dote, no nos encontraríamos en esta tesitura.
—¿Eso es lo que crees? —preguntó doña María, negando con la cabeza
—. No seas necio, mi hijo la hubiera repudiado de todas maneras. No es más que un muñeco, un títere manejado por las perversas manos de María de Padilla y sus parientes.
Don Juan Alfonso de Alburquerque estaba satisfecho; la conversación transcurría por la dirección que le interesaba.
—Doña Blanca me recuerda tanto a vos… —Alburquerque desvió una mirada condescendiente hacia doña María.
—Me siento muy identificada con ella —comenzó a decir—. Yo también fui abandonada. Gracias a Dios no llegué a ser repudiada como la pobre Blanca, pero sufrí la indiferencia y el desprecio de mi marido, el rey, que no dejaba de maltratarme y humillarme delante de la Corte. Me sentía tremendamente sola, menospreciada, rechazada —miró a Alburquerque y le sonrió—. Tú fuiste de los pocos que estuvieron a mi lado.
—Y siempre lo estaré, mi reina —Alburquerque le besó la mano—. Es cierto; el rey no os trató con la consideración que os merecéis. Ni a vos ni a vuestro hijo —doña María asintió en silencio—. Estaba completamente hechizado, enloquecido por Leo… por la Perra. Y ahora don Pedro sufre esa misma maldición. Está embrujado por María de Padilla.
—Hasta en eso nos parecemos Blanca y yo… —dijo la reina madre con tristeza.
—La influencia de María de Padilla y de sus familiares sobre don Pedro es tremendamente perniciosa. Os lo digo yo, que los conozco muy bien.
Lamento el día que les presenté en Sahagún —Alburquerque torció el gesto y apretó con rabia los puños—. Como ha cambiado Castilla desde entonces; la reina Blanca encerrada en Arévalo, don Pedro manipulado por los Padilla y yo exiliado en Portugal, como si fuera un proscrito, un criminal.
—No te atormentes. —Doña María detuvo el paso y cogió a Alburquerque de las manos—. Tú siempre has perseguido lo mejor para Castilla y para mi hijo. La culpa de todo la tiene la Padilla, como en su momento la tuvo la Perra.
Alburquerque agradeció sus palabras de aliento con la mirada y retomaron el camino con paso lento. Doña María tomó del brazo al excanciller para animarle.
—Echo tanto de menos Castilla, Sevilla, la Corte… —suspiró Alburquerque.
Doña María asintió con nostalgia.
—Yo también lo echo de menos. Si hubiera alguna forma de volver a la normalidad.
Los labios de Alburquerque sonrieron; la reina había mordido el anzuelo.
—Sería una excelente noticia para Castilla que el rey abandonara a María de Padilla y regresara con su esposa, como es su deber y obligación.
—Yo sería la mujer más feliz del mundo —doña María esbozó una leve sonrisa.
Alburquerque detuvo su paso y ordenó a la guardia que se apartara con un gesto de mano. Lo que se disponía a decir no era conveniente que llegara a oídos indiscretos.
—Quizá…
Doña María de Portugal le interrogó con la mirada.
—Quizá haya un modo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó desconcertada doña María.
Alburquerque se apartó unos pasos y se mesó la barba como si de pronto se le hubiera ocurrido la solución a tan grave problema.
—Podríamos forzar al rey a que volviera con doña Blanca.
—¿Una sublevación? —Los ojos de doña María se abrieron por el espanto.
—No —respondió Alburquerque acercándose a ella—. No sería necesario. Sería suficiente con que un puñado de nobles le hicieran entender que está tomando erráticas y peligrosas decisiones por culpa de los Padilla.
Es necesario persuadirle de que por su propio bien y el de Castilla, debe abandonar a María de Padilla y desprenderse de sus familiares.
—¿Solo tendría que abandonar a María de Padilla y regresar con Blanca?
—De ningún modo pretendería derrocarlo. Don Pedro es el legítimo rey.
Son a los Padilla a los que debemos apartar de la Corte.
Doña María de Portugal se debatía en un torbellino de emociones. Se disponía a favorecer una rebelión en contra de su propio hijo. Una rebelión
que, por otro lado, restablecería el orden en Castilla. Si se mantenía al margen, si era negligente con sus responsabilidades, su hijo permanecería bajo el nocivo influjo de los Padilla. Don Pedro ya se había desprendido de Alburquerque, quien había servido a Castilla durante años con inquebrantable lealtad. ¿Qué otras lamentables decisiones tomará influenciado por María de Padilla y los suyos? ¿Quién será el próximo en sufrir sus injusticias? No podía comportarse con indiferencia ante lo que sucedía a su alrededor. Debía velar por el bien de Castilla, por el bien de su hijo. Era necesario actuar, tomar la decisión correcta, aun sabiendo que le produciría un terrible dolor. Nunca hay vencedor en un enfrentamiento entre madre e hijo.
—¿Me prometes que todo volverá a ser como antes? —preguntó esperanzada doña María cogiéndole de los hombros.
—El rey se reconciliará con la reina Blanca, tendrán un heredero y la paz retornará a Castilla. Os lo prometo.
—Entonces cuenta con mi favor.
Alburquerque estaba tremendamente satisfecho, pero todavía había un importante escollo que debía solventar.
—Para conseguir nuestro propósito necesitamos la adhesión de gran parte de la nobleza castellana —dijo el excanciller—. Es imprescindible que el rey advierta que los nobles castellanos repudiamos su comportamiento y a los Padilla. Solo así lograremos doblegar su voluntad.
La reina madre asintió.
—Nos guste o no, necesitamos a los Guzmanes —prosiguió Alburquerque.
Doña María le miró horrorizada, sin poder articular palabra.
—Los necesitamos, mi reina —se apresuró a decir Alburquerque ante su mirada de pánico—. Nada debéis temer. Necesitamos su apoyo, sus soldados, sus recursos. Con ellos a nuestro lado, nuestra misión tendrá éxito en pocas semanas. Os lo aseguro.
Doña María de Portugal apartó la vista escandalizada. Solo escuchar sus nombres le revolvía el estómago. «Esos malditos bastardos, ¿cuándo saldrán de mi vida?».
—No penséis en ellos, no penséis ni siquiera en el rey Pedro —insistió el excanciller leyendo sus pensamientos—. Pensad solo en doña Blanca, en liberarla de su cautiverio, de su injusta condena. En defender su honor. En darle la oportunidad que a vos os fue negada —se acercó a ella y cogiéndola de los hombros le dijo—: Os pido… os suplico este sacrificio.
Desprendeos de vuestro odio hacia los Guzmanes hasta que en Castilla vuelva a imperar el orden. Después…
—¿Después? —preguntó doña María con una mirada desafiante.
Alburquerque se reservaba un último recurso del que servirse en el caso de que la reina madre se opusiera a la colaboración de los Guzmanes.
Hubiera preferido no tener que utilizarlo, pero la indignación y furia que irradiaban sus ojos le persuadió a utilizarlo.
—Me ocuparé de ellos, personalmente —sus palabras sonaron profundas y lúgubres, como una sentencia a muerte.
Doña María odiaba a los Guzmanes y le revolvía el estómago compartir el mismo propósito, pero Alburquerque le ofrecía la oportunidad de librarse definitivamente de ellos. Una propuesta que difícilmente podría rechazar.
—Está bien. Confío en ti. Pacta con quien estimes oportuno si consideras que nos ayudará a alcanzar nuestros fines —aceptó doña María
—. Solo espero que no tengamos que arrepentirnos por recurrir a la ayuda de esos bastardos.
«Ya está hecho», pensó aliviado Alburquerque; había logrado su propósito y con un rotundo éxito.
—En unos meses esta pesadilla habrá quedado olvidada —aseguró el excanciller.
—Y espero que para entonces tú cumplas con lo acordado —le advirtió doña María de Portugal.
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