De reyes y bastardos
Capítulo 65
Talavera, mayo de 1355
Después de impartir justicia en Medina del Campo, el rey continuó el camino a Toro, donde se encontraban don Enrique y su madre, doña María de Portugal. Intentó el asalto al castillo en varias ocasiones, pero la resistencia que encontró fue más tenaz de lo que esperaba. Confiaba en que los soldados del bastardo se rindieran en cuanto advirtieran en el horizonte ondear sus enseñas y pendones, pero no fue así. Necesitaba de más tropas si pretendía rendir la plaza. Tropas de las que no disponía. Lamentando la ocasión perdida, replanteó su estrategia y marchó a Toledo, donde se encontraba doña Blanca de Borbón.
Desde el adarve, don Enrique de Trastámara observó complacido como las tropas del rey se retiraban. Habían sufrido varios ataques, peros sus soldados no flaquearon, no dudaron. Permanecieron firmes, confiados y valientes en sus posiciones, rechazando cada una de las embestidas enemigas. Si don Pedro consideraba que sería tarea fácil derrotarlo, se había equivocado.
Los espías de don Enrique le informaron que el rey se dirigía a Toledo, el principal bastión de los nobles rebeldes. No podía permitir que Toledo cayera en sus manos. Allí estaba la reina Blanca, su símbolo, su bandera, el motivo de la sublevación. Si el rey conquistaba Toledo y capturaba a doña Blanca, su causa estaría perdida. Habría sido derrotado. Sin más dilación, marchó con sus tropas a Talavera, donde le esperaba su hermano don Fadrique. Unidos los dos ejércitos, marcharían a Toledo con el propósito de reforzar su defensa y evitar que fuera conquistada.
Don Enrique y don Fadrique se encontraban en la sala principal del alcázar de Talavera. Se sentían incómodos en aquella estancia, en aquel alcázar donde hacía cuatro años su madre, doña Leonor de Guzmán, fue asesinada. Desconocían tanto a su ejecutor, como al inductor, aunque en aquellos momentos consideraron más conveniente para sus propósitos culpar del asesinato al rey de Castilla, que al fallecido don Juan Alfonso de Alburquerque o a su aliada doña María de Portugal. Es fácil encontrar un culpable adecuado para quién persiste en buscarlo. Ambos hermanos permanecían en un tenso silencio, sentados frente a una chimenea vacía, apagada, con rescoldos y ceniza que nadie se había molestado en retirar.
Sostenían sendos vasos de vino. Lo único que podía apaciguar sus agitados ánimos. Don Enrique de Trastámara tenía el gesto contraído y los labios apretados. Bebió un trago de vino. Le supo amargo como la hiel. Una terrible duda pesaba sobre su ánimo y debía vomitarla o le devoraría las entrañas. Miró a su hermano y le espetó:
—¿Es cierto que te sorprendieron besándote con doña Blanca?
Don Fadrique arqueó los ojos ante la inesperada pregunta.
—Respóndeme, ¿es cierto?
—Quizá… quizá un soldado… en los jardines —balbuceó don Fadrique.
Don Enrique de Trastámara tiró furioso el vaso al suelo haciéndolo mil pedazos. Comenzó a andar de un lado a otro de la sala como una fiera enjaulada, intentando organizar sus ideas. El estúpido de su hermano había cometido un grave, un gravísimo error. Los habitantes de Toledo defendieron a doña Blanca cuando Hinestrosa tuvo intención de confinarla en el alcázar. Era la reina de Castilla y don Pedro pretendía encerrarla sin motivo alguno, para poder yacer libremente con doña María de Padilla. El pueblo se apiadó de la bella, joven e inocente princesa de Francia, despreciando las malintencionadas habladurías que afirmaban que había tenido una relación con don Fadrique durante su viaje a Valladolid. El conde de Trastámara estaba al corriente de esa relación y en su momento la aceptó, como una suerte de venganza hacia el rey. Pero le exigió que fuera prudente, que evitara las miradas indiscretas y que mantuviera aquella relación en el más profundo de los secretos. Los informes que le llegaban
de Toledo no eran nada alentadores. Los rumores sobre los amoríos que su hermano había mantenido con doña Blanca corrían desbordados por la ciudad. Muchos de sus partidarios dudaban ahora sobre si el rey, enterado del idilio entre su reciente esposa y don Fadrique, tenía pleno derecho a repudiarla, a encerrarla para siempre en el alcázar por adúltera. El injusto trato que don Pedro le había dispensado y la intención del papado y de la Liga para que se reconciliaran eran los principales argumentos de los que se habían servido para persuadir al pueblo de Toledo para que la protegiera, para que la apoyara enfrentándose de esta manera al mismísimo rey. Pero su insensatez le podía salir ahora muy cara. Don Fadrique le miró con gesto preocupado. Tragó saliva. No era necesario que su hermano le diera ninguna explicación. Sabía perfectamente cuáles eran las consecuencias de su imprudencia. Desvió la mirada al suelo avergonzado.
—Lo siento —se limitó a decir con voz trémula—. Pensé que nuestra victoria era segura, que venceríamos al rey, que no había necesidad de ocultar nuestros sentimientos durante más tiempo.
Don Enrique de Trastámara desvió la vista hacia su hermano. Tenía el puño tan apretado que los nudos se veían blancos. Sentía como todo su ser era dominado por el irrefrenable impuso de golpearle con contundencia, con brutalidad. Pero se contuvo. El mal ya estaba hecho y no tenía sentido regodearse en el error.
—Eres un imbécil —le escupió, acercándose amenazante a su hermano
—. Un auténtico imbécil. A Castilla le iría mucho mejor si sus nobles dejaran de pensar con la entrepierna y consideraran con más tiento la responsabilidad de sus actos.
El conde reanudó su paseo y se alejó de Fadrique. Estar cerca le instaba a golpearle con saña, a desatar sobre él toda su ira y frustración. Durante unos minutos respiró hondo intentando apaciguar su ánimo. Don Fadrique le miraba con ojos asustados.
—Mis informadores aseguran que el pueblo de Toledo se encuentra dividido. —El conde se dirigió a una mesa y se sirvió otro vaso de vino.
Bebió un largo trago—. Todavía hay muchos que creen en la inocencia de la reina Blanca, incluida la Iglesia. Pero los menestrales, los campesinos y, sobre todo, los judíos están con el rey. Parece ser que han sido precisamente
los judíos los responsables de extender el rumor por todo Toledo. El rey los protege. Samuel Leví, ese perro judío, no dejará de envenenarlo con mentiras y engaños, para que prosiga favoreciendo a su pueblo, a los asesinos de Cristo.
—¿Qué vamos a hacer?
—El rumor se extiende con rapidez por la ciudad. Debemos actuar con celeridad o será demasiado tarde.
Don Fadrique asintió con vehemencia. Hubiera aceptado cualquier propuesta de su hermano por muy descabellada que fuera. Había cometido un terrible error. Recordaba que allí, en Toledo, se sentía fuerte, protegido, despreocupado. Cuando la besó no era consciente de los riesgos que asumía. Su amor, su pasión, le nubló la razón. Se dejó arrastrar por los sentimientos y, ahora, por su irresponsabilidad, su causa corría serio peligro.
—Llama a Per Alfonso de Ajofrín. Él nos ayudará a restablecer el orden en Toledo.
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