De reyes y bastardos
Capítulo 42
Cuéllar, primavera de 1354
El rey estaba tumbado plácidamente en el lecho, disfrutando de las suaves caricias de doña Juana de Castro. A sus veintinueve años le ofrecía placeres que le eran completamente desconocidos. Era más fogosa, más entregada, más dispuesta a practicar juegos prohibidos que doña María de Padilla. Y
pronto se casarían. Don Juan Lucero, obispo de Salamanca, y don Sancho Blázquez Dávila, obispo de Ávila, aceptaron pronunciar la sentencia de nulidad del matrimonio del rey con doña Blanca de Borbón. Ni el duque de Borbón, ni el rey Juan de Francia habían respetado las capitulaciones que establecían el pago de la dote. Además, el matrimonio no fue consumado.
Los obispos no necesitaron más información. Tampoco tenían demasiado interés en enemistarse con el rey que había provocado el destierro del arzobispo de Toledo. En unos días se casarían en Cuéllar y el obispo de Salamanca oficiaría la boda. Pero el gesto de don Pedro no era de felicidad.
No podía apartar de su mente a doña María.
—¿Estás bien? —le preguntó doña Juana incorporándose ligeramente y mostrando sus pechos desnudos.
—Sí, claro, no podría estar mejor —respondió don Pedro con una sonrisa.
—Estás como ausente…
—Disculpa, cariño. Asuntos de gobierno.
Doña Juana apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Pronto tu boda con la francesa será anulada y tú y yo seremos marido y mujer… los reyes de Castilla.
Don Pedro asintió si demostrar excesivo interés. La voz de doña Juana le sonaba extraña, lejana, como si estuviera hablando con otra persona. Él estaba en el lecho con ella, pero su mente, su espíritu se hallaba con doña María de Padilla. La concubina permanecía aferrada a sus recuerdos, encadenada a su corazón. No podía desprenderse de ella. Desde que abandonó el alcázar de Sevilla no dejó un instante de pensar en ella y en su intención de recluirse en un convento. Entre julio y agosto nacería su hijo,
¿debería estar presente ahora que se disponía a casarse con otra mujer? ¿Se comportaría como su padre, relegándole y olvidándole como había hecho con él? La criatura no merecía ser olvidada, como tampoco lo merecía su pequeña Beatriz. A doña Juana de Castro no le pasó desapercibida la mirada perdida del rey. Temía los motivos. La boda debía celebrarse lo antes posible. Hizo uso de unas de sus habilidades para que el rey volviera al mundo real, al suyo. Debía despertarle de sus ensoñaciones. Se deslizó como una anguila entre las sábanas en busca de su miembro.
Don Diego Lopes Pacheco era un caballero de la Corte del rey Alfonso de Portugal. Uno de sus hombres de confianza y el encargado de ejecutar las misiones más arriesgadas y oscuras. Aquellas que requerían pocas preguntas y aun menos escrúpulos. Su rostro rasurado estaba marcado por una cicatriz que le cruzaba el lado derecho de la mejilla. Una marca que mostraba con orgullo, pues revelaba lo cerca que había estado de la muerte.
Sus ojos eran negros e inexpresivos, propios de quien ha sido testigo o partícipe de la muerte en demasiadas ocasiones, tantas que quitar la vida ya carecía de importancia. Le acompañaban dos hombres de su máxima confianza, dos asesinos que protegían sus espaldas y obedecían sus órdenes con resuelta lealtad. A quienes había liberado de unas frías y oscuras mazmorras, de una condena a muerte a cambio de su total entrega y fidelidad. Habían cabalgado sin descanso desde Elvas y ya se encontraban próximos a la frontera castellana. A lo lejos, a pocas leguas, divisaban su objetivo: dos nobles castellanos y una pequeña escolta.
—¡Acelerad el paso! —ordenó y espoleó con vigor su cabalgadura.
El sonido de los cascos de los caballos alertó a los soldados que miraron a sus espaldas. Echaron mano de sus armas al divisar a tres jinetes cabalgando hacia ellos a toda velocidad. Don Juan Fernández de Hinestrosa y don Gutier Fernández de Toledo detuvieron sus monturas. El oficial de la escolta se dirigió hacia los tres jinetes y se interpuso en su camino.
—¡Alto! —ordenó alzando la mano. Dos soldados, lanzas en ristre, le flanqueaban.
—Soy don Diego Lopes Pacheco, caballero del rey don Alfonso de Portugal —se presentó con un correcto castellano, pero cargado de acento portugués.
Don Gutier escuchó su nombre y se aproximó a él. No lo conocía personalmente, pero estaba al corriente sus «hazañas» y del tipo de servicios que prestaba al rey portugués.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó el oficial.
—Hablar con don Juan Fernández de Hinestrosa y don Gutier Fernández de Toledo. Es urgente.
El oficial miró a su espalda y advirtió como Hinestrosa y don Gutier se aproximaban. Don Gutier asintió y el oficial franqueó el paso a los tres portugueses.
—Necesito hablar con vosotros… a solas —don Diego Lopes Pacheco espoleó su montura y la detuvo a unos pasos de los castellanos.
—Esperad aquí —ordenó don Gutier al oficial y se dirigió hacia el misterioso portugués, seguido por Hinestrosa.
—¿Quién es? —preguntó Hinestrosa.
—Un caballero, a quien don Alfonso de Portugal ordena ciertas tareas que no todo el mundo está dispuesto a cumplir.
Don Juan Fernández de Hinestrosa asintió entendiendo perfectamente a qué se refería. Los dos nobles castellanos detuvieron sus monturas frente a los portugueses.
—Tengo un mensaje urgente de mi rey y señor, don Alfonso de Portugal
—comenzó a decir don Diego Lopes Pacheco.
—Habla pues.
—Alburquerque está conspirando contra el rey Pedro de Castilla.
Don Gutier chasqueó los labios con indiferencia y dijo:
—Dinos algo que no sepamos. —Don Gutier no se sentía cómodo en presencia de don Diego Lopes Pacheco y los dos jinetes de aspecto fiero y desalmado que le acompañaban. Se encontraba delante de tres peligrosos asesinos. Miró de soslayo a sus espaldas calculando la distancia a la que se encontraba su escolta. Instintivamente, echó mano a su empuñadura, gesto que no le pasó desapercibido a don Diego Lopes Pacheco. El portugués sonrió con arrogancia, con suficiencia. Si su misión hubiera sido matar a los dos nobles castellanos, ya estarían muertos.
—Alburquerque ha conspirado con doña Inés y don Álvar Pérez de Castro para ofrecerle el trono de Castilla al infante Pedro.
Hinestrosa y don Gutier cruzaron miradas de incredulidad.
—Es evidente que desconocíais esta información —en los labios de don Diego Lopes Pacheco asomó una sonrisa ladina.
—¿Doña Juana de Castro está al corriente de esta conjura? —preguntó don Gutier.
—Lo desconozco —respondió el portugués.
Hinestrosa inspiró satisfecho: «Esta información evitará la boda de don Pedro con doña Juana de Castro».
—¿El infante Pedro va a unirse a la conspiración? —preguntó don Gutier.
—De ningún modo. Mi rey quiere dejar bien claro que Portugal se mantiene al margen de todas las disputas y pleitos que los castellanos os traigáis entre vosotros.
—Debemos partir cuanto antes —dijo Hinestrosa, apremiando con la mirada a don Gutier. La boda del rey era inminente. Tenía que impedirla a toda costa. Su posición en la Corte dependía de ello.
—Hay algo más —dijo el portugués.
Hinestrosa y don Gutier desviaron sus miradas hacia don Diego Lopes.
—Don Enrique de Trastámara ha pactado con don Juan Alfonso de Alburquerque unirse a la sublevación contra vuestro rey. —Don Diego Lopes omitió que doña María de Portugal también estaba involucrada en la conjura. Don Alfonso de Portugal temía que don Pedro desatara su ira contra su propia madre.
El caballo de don Gutier dio un respingo, contagiado por la inquietud que recorrió el espinazo de su jinete. Don Gutier siempre había dudado de la lealtad de los Guzmanes, pero consideraba que los títulos y responsabilidades que el rey les concedió en Cuéllar habían apaciguado sus ánimos rebeldes y traidores.
—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Hinestrosa.
—Por supuesto, no soy hombre que lance graves acusaciones en vano.
Es más, don Fadrique también se unirá a su hermano en la sublevación.
Don Gutier y don Juan Fernández de Hinestrosa cruzaron una mirada de preocupación, aunque no les sorprendía que don Enrique pretendiera arrastrar a sus hermanos a la rebelión.
—¿Y don Tello? —preguntó don Gutier.
—Estamos seguros de la traición de don Enrique y don Fadrique. De don Tello no nos consta ningún movimiento.
Una vez más, don Tello permanecería protegido en su señorío de Vizcaya en espera de los acontecimientos.
—¿Por qué don Alfonso de Portugal quiere ayudarnos? —preguntó don Gutier—. ¿Por qué te ha ordenado que nos desveles esta información?
—El rey Pedro es su nieto y quiere protegerlo de perros rabiosos y traidores.
Don Gutier asintió agradecido y dijo:
—Dad las gracias a don Alfonso.
El portugués asintió y dijo:
—Afilad vuestras espadas. Pronto estallará la guerra en Castilla.
—No, si podemos evitarlo —repuso don Gutier.
Don Diego Lopes negó con la cabeza.
—Ya es tarde. Las tierras castellanas serán teñidas del color rojo de la sangre. Solo espero que vuestras deslealtades y traiciones no crucen jamás la frontera portuguesa. —Don Diego Lopes giró su montura y se marchó a toda velocidad seguido de cerca por su escolta. Don Gutier Fernández de Toledo y don Juan Fernández de Hinestrosa contemplaron en silencio como se marchaban, dejando atrás una nube de tierra y polvo. Negros presagios se cernían sobre el reino de Castilla.
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