De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 40 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 40

Évora, Portugal, primavera de 1354

Don Gutier Fernández de Toledo y don Juan Fernández de Hinestrosa cruzaron las murallas del castillo de Évora, una poderosa fortificación que el rey Alfonso de Portugal estaba ampliando. Los consejeros intercambiaron una mirada de inquietud. Se preguntaban cuáles eran los motivos que habían conducido al rey portugués a reforzar aquellas murallas, ya de por sí robustas y sobrecogedoras. Se dirigieron a la torre del homenaje, donde un oficial les informó de que el rey se encontraba celebrando un banquete en honor a los novios, doña María de Portugal y don Fernando de Aragón. Los enviados del rey Pedro fueron conducidos por la guardia real a la espaciosa sala, donde se encontraban sentados en largas mesas el rey portugués y sus invitados, incluido don Juan Alfonso de Alburquerque. La mesa principal la presidía el rey Alfonso, a su derecha se encontraba la reina Beatriz de Castilla, tía abuela de don Pedro. Los reyes de Portugal estaban acompañados por el infante Pedro de Portugal y los novios, don Fernando de Aragón y doña María de Portugal, hija del infante Pedro. Hinestrosa desvió la mirada hacía los allí presentes. Le preocupó que doña María de Portugal, madre del rey, se encontrara sentada a la derecha de Alburquerque. Pero se sosegó al advertir que a su izquierda había tomado asiento don Fernando de Castro, el hermano de doña Juana, la futura esposa del rey. Su apoyo sería decisivo en la guerra contra el insurrecto de Alburquerque. También advirtió la presencia de doña Inés de Castro y de don Álvar Pérez de Castro, los otros hermanos de doña Juana.

Otro de los presentes era don Pedro Estébanez Carpenteyro, comendador mayor de la Orden de Calatrava y sobrino de don Juan Núñez de Prado. Al

resto de los comensales, unos treinta, no los conocía. «Serán nobles portugueses», concluyó. Los allí presentes detuvieron sus conversaciones y desviaron las miradas hacia los recién llegados. Alburquerque bebió un trago de vino y susurró unas palabras al oído de doña María de Portugal. La madre del rey Pedro le miró con preocupación, pero el excanciller le sonrió con gesto tranquilizador, intentando calmar su inquietud.

—Mi señor —saludó don Gutier Fernández de Toledo, con una suave inclinación de cabeza.

Don Alfonso saludó con un gesto de cabeza y preguntó con tono molesto:

—¿A qué se debe vuestra visita, nobles castellanos? ¿Será que el rey Pedro ha accedido a asistir a la boda de mi nieta con el infante Fernando?

Don Gutier e Hinestrosa se miraron de soslayo.

—Desafortunadamente, mucho me temo que ese no es el motivo de nuestra visita, mi señor. El rey lamenta no poder asistir al enlace, pues apremiantes responsabilidades de gobierno se lo impiden. Pero me ha pedido que os trasmita sus más sinceras felicitaciones —respondió don Gutier.

—¿Entonces?

—Reclaman mi presencia en Castilla, mi señor —respondió Alburquerque.

Las miradas de los presentes se desviaron hacia el excanciller.

—Estos caballeros quieren apresarme y llevarme a Castilla para ser juzgado y condenado a muerte. Desconozco de qué se me acusa —mintió, pues conocía los motivos de la presencia en Évora de los notables castellanos—, pues lo único que he hecho en toda mi vida ha sido servir a Castilla, primero al servicio del rey don Alfonso y luego al de su hijo, don Pedro.

Alburquerque era un proscrito, pero su red de espías seguía en activo y le enviaba frecuentes informes de Castilla. En uno de ellos, le informaron de que unos enviados del rey acudirían a Portugal a reclamar su presencia en Castilla para ser juzgado por traición.

—Soy inocente de toda acusación que pretendan verter sobre mi persona —prosiguió Alburquerque—. Mi señor —dijo mirando al rey

Alfonso—, temo por mi seguridad en Castilla. Sin justificación, ni causa, las tropas del rey Pedro están asaltando mis villas y propiedades.

Probablemente sea asesinado por la espalda nada más cruzar la frontera.

Ejecutado cobardemente, como sucedió con el maestre de la Orden de Calatrava, don Juan Núñez de Prado —añadió, mirando a don Pedro Estébanez Carpenteyro—. Un fiel servidor del rey, cruelmente asesinado.

Víctima de las ambiciones y la perfidia de uno de los Padilla, que no dudó en ordenar su muerte para poder usurpar ilegalmente su cargo. Son a ellos, a los Padilla, a los que habría que juzgar y no a mí.

—No hay mayor culpable que aquel que se defiende sin saber de qué se le acusa —espetó Hinestrosa, intentando reprimir la ira que sentía bullir en su interior.

—Mi rey, don Pedro os solicita que nos entreguéis a don Juan Alfonso de Alburquerque para que sea juzgado en Castilla por los crímenes cometidos —dijo Gutier, intentando apaciguar los ánimos.

—Me decepcionas Gutier, me decepcionas —Alburquerque arrugó el gesto, arrastrando cada palabra con asco, con desprecio—. Me conoces desde hace años y sabes que sería incapaz de traicionar a nuestro rey.

Desconozco que oscuros motivos te han conducido a obrar de esta manera

—soltó un suspiro y negó con la cabeza, relevando su profundo desengaño

—. Y tú, Hinestrosa, vil conspirador —se incorporó y le miró con gesto amenazante y cargado de odio—. Tú y el bastardo de tu sobrino habéis medrado gracias a mí. ¡Me lo debéis todo! ¡Todo! Sin mi apoyo y sin la ayuda de la familia de mi esposa, estaríais cuidando cabras y con estiércol entre las uñas. ¡¿Y así es como muestras tu gratitud?! ¡¿Arrastrándome a una muerte segura?! ¡Eres un maldito perro desagradecido!

—¡Eres un traidor! —exclamó Hinestrosa señalándole con el dedo—.

¡Y serás juzgado como tal!

—¡Basta! —exclamó irritado el rey portugués, poniéndose en pie—. Mi nieto no solo me ofende al no asistir a la boda, sino que se atreve a enviar a Évora a dos castellanos para que apresen a uno de mis invitados. ¡Y ante mi presencia! ¿Qué insolencia es esta? —su voz resonó grave, potente, un gélido silencio envolvió toda la sala—. ¿Qué pretende mi sobrino?

—Que se haga justicia, mi señor —respondió don Gutier Fernández de Toledo.

—¿Justicia? ¿Realmente me estás diciendo que a Alburquerque le espera un juicio justo en Castilla? —la paciencia de don Alfonso se estaba agotando—. ¿Es mi nieto, don Pedro, un rey justo?

—Lo es, mi señor —se atrevió a responder Hinestrosa.

—¿Doña Leonor de Guzmán recibió un juicio justo? ¿Acaso don Alfonso Fernández Coronel fue juzgado? —lanzó una mirada acusadora a Alburquerque y este bajó avergonzado la mirada—. ¿Y don Juan Núñez de Prado? ¿Pudo defenderse de las acusaciones antes de ser acuchillado en una celda en Maqueda? Todos, absolutamente todos fueron cruelmente asesinados, ¿es esta la clase de justicia que se imparte ahora en Castilla? —

el rey se sosegó y tomó de nuevo asiento—. Amo a mi nieto Pedro, pero sus procedimientos para impartir justicia ofenden a Dios. —Don Alfonso miró con severidad y determinación a los enviados del rey y añadió—: No os voy a entregar a Alburquerque. Desconozco los crímenes de los que se le acusa

—mintió, pues estaba al corriente de todo lo que sucedía en Castilla, así como de las acusaciones vertidas sobre el excanciller—. Los aquí presentes sabemos que Alburquerque será asesinado si cae en manos de mi nieto. Y

no lo voy a permitir. Marcharos de una vez, regresad a Castilla y dejadnos disfrutar de los festejos.

—Pero… —Hinestrosa intentó replicar, pero don Gutier le cogió del brazo y negó con la cabeza. La decisión ya estaba tomada y no era prudente enfurecer aún más al rey de Portugal.

Ambos nobles se despidieron de don Alfonso y de los comensales con un gesto con la cabeza y abandonaron la sala, tomando buena cuenta de los allí presentes.

Don Alfonso de Portugal se hallaba en la sala del rey del castillo de Évora.

Sentado en el trono, se acariciaba la barba con gesto preocupado, ceñudo.

La irrupción de los nobles castellanos le había importunado. Pronto se celebraría el enlace de su nieta doña María de Portugal con el infante

Fernando de Aragón y no iba a tolerar que nada, ni nadie lo arruinase. La Corte portuguesa estaba infestada de nobles castellanos que correteaban y susurraban por las esquinas, intrigando y conspirando los unos contra los otros. Incluso su hija doña María de Portugal, la madre del rey Pedro, estaba involucrada en alguna de las conjuras. Deseaba con impaciencia que se celebrara la boda y que todos aquellos castellanos volvieran a sus feudos al otro lado de la frontera. Incluida su hija. Su presencia comenzaba a incomodarle. Don Alfonso conocía muy bien a don Juan Alfonso de Alburquerque. Sabía que estaba participando en alguna de las conjuras que se estaban urdiendo en contra de su nieto. Pero en su casa, delante de los nobles castellanos y portugueses allí congregados, no podía consentir que dos enviados del rey de Castilla le exigieran la entrega de uno de sus invitados. No era el momento, ni el lugar. No, aquella petición fue un atentado contra su autoridad, una intolerable falta de respeto. El rey contemplaba con interés y preocupación los asuntos de Castilla. Todas sus decisiones iban encaminadas a evitar que Portugal acabara involucrada en un enfrentamiento civil entre nobles castellanos. Pretendía mantenerse al margen, adoptando una postura neutral siempre y cuando el conflicto no afectara a sus intereses. Su nieto don Pedro no era hombre que necesitara de muchos pretextos para declarar una guerra. Pero a sus oídos habían llegado rumores sobre una conjura que comprometía a altos miembros de la nobleza portuguesa y era su obligación, como rey, impedirla antes de que fuera demasiado tarde. Se hallaba tan absorto en sus pensamientos que no oyó una voz que le llamaba.

—Padre.

Don Alfonso alzó la vista y la desvió hacia su hijo, el infante Pedro, que acababa de entrar en la sala.

—Hijo, ven acércate, apenas puedo verte —dijo el rey con un gesto de mano.

El infante Pedro se acercó a su padre y lo besó en ambas mejillas.

—¿Me has hecho llamar?

Don Alfonso asintió y dijo:

—Sabes que estoy muy preocupado por los hechos que acontecen en Castilla. Son nuestros vecinos y es muy fácil que cualquier alboroto que allí

acontezca tarde o temprano nos afecte. La delegación castellana que nos pidió la entrega de Alburquerque es un claro ejemplo de ello.

—Hiciste bien en negarte a ceder a sus exigencias —dijo el infante. El heredero a la Corona portuguesa tenía algo más de treinta años, los ojos oscuros, cabellos largos y barba profusa y castaña.

—¿Por qué crees que hice bien? —preguntó el rey.

—Pues… Alburquerque es un noble de origen portugués, tiene amplias posesiones en Portugal, es tu invitado…

—Para, para… —dijo don Alfonso con un gesto de mano. Se incorporó del trono y se dirigió a un ventanal. Era un día espléndido de primavera.

Sintió los templados rayos de sol acariciar su piel y respiró hondo.

—Los motivos de mi decisión nada tienen que ver con lo que tú dices.

—Don Alfonso se giró y miró a su hijo con determinación—. Fui firme porque no quiero que nuestro reino se involucre en los asuntos internos de Castilla.

El infante Pedro apretó las mandíbulas.

—Sí, hijo. Estoy al corriente del ofrecimiento que te han hecho los Castro y el propio Alburquerque para que seas rey de Castilla.

—¡Padre, podría conseguirlo! —dijo don Pedro en tono de súplica.

—¿Conseguir el qué?

—La Corona de Castilla.

—¿Ah sí? —preguntó incrédulo don Alfonso.

—Alburquerque y los Castro me apoyan.

—Los Castro…

El rey de Portugal negó con la cabeza. Le habían informado de que los Castro y, especialmente doña Inés, la amante de su hijo, habían persuadido al infante para que liderara una Liga de nobles castellanos contrarios al rey Pedro de Castilla.

—Sé que no te agrada Inés, pero solo piensa en lo mejor para mí, para el reino —prosiguió el infante.

Don Alfonso le miró con severidad.

—De tu relación con la gallega hablaremos en otro momento…

—¿Por qué no ahora, padre? —le desafió el infante.

Don Pedro de Portugal tenía tres hijos ilegítimos con su amante doña Inés de Castro; doña Beatriz, don Juan y don Dionís. Y dos con doña Constanza Manuel, fallecida hacía nueve años; doña María y don Fernando.

Al rey de Portugal le alarmaba la influencia que doña Inés de Castro ejercía sobre su hijo. La gallega le recordaba a doña Leonor de Guzmán y le preocupaba que el infante Pedro obrara del mismo modo que don Alfonso de Castilla, despreciando a su hijo legítimo en favor de sus bastardos.

—Mira a Castilla, hijo mío, contémplala con sabiduría y aprende de sus enseñanzas, de sus errores —se acercó al ventanal y desvió la vista hacia la ciudad de Évora—. En el banquete fuiste testigo de la división que existe entre los nobles castellanos. Y los bastardos… —negó con la cabeza, recordando a los Guzmanes—… los bastardos se mueven por la Corte gestando alianzas y alimentando conspiraciones en contra de su propio hermano, el legítimo rey. ¿Es eso lo que quieres para Portugal, que tus bastardos luchen a muerte con tu hijo Fernando por el trono? ¿A eso también te está incitando tu concubina? —sus labios esbozaron una media sonrisa—. Cuídate de su insaciable ambición o arrastrarás al reino a la ruina.

El rey se giró y miró a su hijo, que permanecía en silencio soportando con serenidad la reprimenda de su padre.

—Abandona a Inés de Castro. Reclúyela en un convento y cásate con una mujer que sea apropiada a tu dignidad y posición —suplicó—. No permitas que Portugal sea destruida por la ambición, la venganza y el odio, como, si Dios no lo evita, va a ocurrir en Castilla.

—Sabes que no lo haré —repuso con determinación don Pedro. Amaba con locura a su amante. Jamás la abandonaría.

Don Alfonso asintió, convencido de que, si pretendía alejar a su hijo de la perniciosa influencia de la gallega, tendría que usar otros métodos más contundentes y definitivos que el diálogo.

—Hablar contigo de tu concubina es una tarea inútil que me agota y entristece.

El infante suspiró agradecido de haber cerrado ese tema, al menos, de momento. Se acercó a su padre, que permanecía en silencio contemplando un bello atardecer.

—Y… Castilla… —musitó.

Don Alfonso se giró y lo miró con desdén.

—¿Castilla? No seas necio. Alburquerque y los Castro te están utilizando. Solo se preocupan de su propio interés y beneficio. ¿Crees que los nobles castellanos van a aceptar a un rey portugués? —Negó con la cabeza, admirado de la influencia que la gallega ejercía sobre su hijo. Con su embrujo le había persuadido para que se embarcara en una descabellada empresa que podría llevar a Portugal a la guerra con Castilla—. En unos días se celebrará la boda del infante Fernando de Aragón con María. A falta de herederos, Fernando de Aragón es el legítimo sucesor de Pedro. Es uno de los muchos candidatos que tiene la Corona de Castilla y que, sin duda, la nobleza y el clero castellano elegiría antes que a ti, un portugués. ¿Quieres que enumere al resto?

El infante negó con la cabeza, conocía bien sus nombres.

—De todos ellos, de quién más tiene que cuidarse Pedro es de Enrique de Trastámara —prosiguió el rey ignorando a su hijo. Empeñado en demostrarle que su pretensión de ser rey de Castilla no era más que una quimera, una fantasía inventada por Alburquerque y los Castro—. No por ser el bastardo del rey Alfonso, sino porque está casado con Juana Manuel, descendiente del rey castellano Fernando III. Su candidatura al trono estaría legitimada por el noble linaje de su esposa. Otro más podría ser Juan de la Cerda…

—Está bien, está bien —interrumpió el infante algo molesto. Comenzó a pasear por la sala. Digería con esfuerzo las palabras de su padre: el infante Fernando era primo del rey y don Enrique de Trastámara estaba casado con una descendiente de Fernando III. Ambos estaban mejor posicionados que él para alzarse con la Corona de Castilla. Además, había otros nobles como don Juan de la Cerda o el infante Juan de Aragón, hermano de don Fernando que también podrían aspirar al trono. Sonrió con desgana; prácticamente cualquier noble castellano tendría más posibilidades que él de ser proclamado rey de Castilla. Recordó como algunos nobles castellanos se referían a don Juan Alfonso de Alburquerque como el Portugués usando un tono insultante y despectivo. Si apenas toleraban que

el canciller de Castilla fuera de origen portugués, ¿cómo iban a aceptarle a él como rey?

—¿Dices que Alburquerque me utiliza? —preguntó el infante, aceptando la posibilidad de que hubieran intentado engañarle.

—Alburquerque y los Castro. No pretendas dejarles a ellos fuera de esta farsa.

—¿Cómo?

—Te utilizarán como reclamo para que otros nobles castellanos se unan a su Liga en contra de Pedro, su rey —se acercó al infante y cogiéndole de los hombros le insistió—. Si fracasan te culparán a ti. Dirán que se han dejado arrastrar por tus ambiciones y codicia, y se arrojarán a los pies de Pedro suplicándoles su perdón. Y si tienen éxito se desharán de ti y proclamaran rey a un noble castellano. Sea cual sea el resultado de la rebelión, no obtendrás ningún provecho. Hijo, jamás participes en una conjura que pretenda derrocar a un rey legítimo o sufrirás su mismo destino.

Así funcionan los juicios de Dios.

El infante se hallaba confuso. Quizá su padre tenía razón. Los nobles castellanos no estarían dispuestos a servir a un rey portugués. Y al igual que se habían sublevado en contra de don Pedro de Castilla, también lo harían contra él y con más motivo, pues sería considerado un rey usurpador.

Probablemente ni siquiera se molestarían en sublevarse. Utilizarían un método más pragmático; el veneno. Los castellanos eran proclives al uso de venenos para solventar conflictos y eliminar enemigos. Pero doña Inés, su amada doña Inés, se lo había suplicado con insistencia y odiaba decepcionarla. Don Alfonso advirtió la duda en los ojos del infante y dijo:

—Hijo mío, olvídate de ese absurdo proyecto. No te entrometas en los asuntos de Castilla. Observa los acontecimientos, analízalos, y aprende de ellos. Es lo único que puedes y tienes que hacer. ¿Me has entendido?

El infante soltó un largo suspiro y asintió. El rey Alfonso de Portugal no le estaba haciendo una pregunta, le estaba dando una orden.

—Castilla será pronto devorada por las llamas de la codicia y la traición. Es nuestra obligación evitar que el incendio se extienda por Portugal —insistió el rey.

El infante apretó los labios y bajó la vista con expresión triste.

Detestaba decepcionar a doña Inés, pero su participación en una conjura extranjera podría conllevar consecuencias desastrosas para el reino. No deseaba que su pueblo fuera víctima de sus propias ambiciones y mucho menos de las luchas de poder entre los nobles castellanos.

—Haré lo que me pides, padre —aceptó finalmente.

—Bien, hijo mío. Has tomado la decisión correcta.

Don Pedro asintió con los labios apretados y abandonó la sala. Su padre se quedó observándole con pesar y una honda preocupación marcada a fuego en los ojos. Doña Inés de Castro había estado muy cerca de provocar una guerra con Castilla. La perniciosa influencia que esa mujer ejercía sobre el infante era descomunal, incontrolable y peligrosa, muy peligrosa.

No podía permitir que la concubina persistiera en manipular a su hijo. Doña Inés podría lograr lo que se propusiera. Incluso que alguno de sus bastardos fuera proclamado rey de Portugal en lugar de Fernando, el legítimo heredero. Sería capaz de llevar al reino a una devastadora ruina si con ello lograba sus propósitos. Algo debía hacer y pronto, muy pronto, pues ya era anciano y se hallaba tremendamente fatigado. En cualquier momento tendría que rendir cuentas ante el Todopoderoso. Se sentó pesadamente en el trono y se mesó pensativo la barba.

«Me desharé de esa dañina influencia, pero antes tengo otras cuestiones no menos urgentes que atender», pensó el rey de Portugal.

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