De reyes y bastardos
Capítulo 57
Urueña, noviembre de 1354
Desde la muralla de Urueña el rey contemplaba como se marchaban de la villa don González de Bazán y don Rodríguez de Sandoval, los emisarios que la Liga había enviado para hacerle llegar las condiciones de rendición.
El día era desapacible, frío, gris. A su derecha se encontraba don Gutier.
Miraba a los emisarios en un profundo silencio. El rey le miró. Su gesto era serio y sus ojos gélidos como aquel día de otoño. Se lo advirtió, pero no le hizo ningún caso. No solía escuchar los consejos que no se adecuaban a sus intereses. Siempre lo había hecho y ya era tarde para cambiar. Aceptó que fue un error abandonar Toro, pero ya estaba cansado de tanta guerra, tanto odio y recelo. Quizá en su fuero interno sabía lo que iba a suceder. Quizá presintiera que su madre, por fin, le traicionaría entregando la plaza a sus enemigos. Ella habría pactado salvarle la vida a cambio de su entrega, de su rendición. Pues eso, precisamente, era lo que exigieron los enviados de la Liga nobiliaria: su rendición incondicional. Ya no exigían que abandonara a doña María de Padilla y a sus parientes, y que regresara con doña Blanca de Borbón. No, ahora las condiciones eran otras. O, mejor dicho, otra; su total sometimiento a la nobleza. El rey exhaló un largo suspiro. Había sido derrotado. Desvió la mirada hacia don Gutier y don Juan Fernández de Hinestrosa. Sus consejeros permanecían impasibles, contemplando la marcha de los enviados de la Liga.
—¿Ha llegado la respuesta del rey Pere a mi petición de ayuda? —
preguntó don Pedro. El auxilio del rey de Aragón era su última oportunidad de salir victorioso de aquel espantoso atolladero.
—Me temo que no, mi señor —respondió Hinestrosa.
El rey asintió con pesar, aunque esperaba esa respuesta. Sus esperanzas se desvanecieron como la nieve bajo los cálidos rayos del sol de primavera.
Respiró hondo y dijo:
—Hinestrosa, que Diego y Juan se ocupen de María y de mis hijas Beatriz y Constanza. Que las lleven a Portugal. Mi abuelo, el rey Alfonso, las protegerá —su voz sonaba resignada, derrotada.
—Como ordenéis, mi señor.
—¿Cuál va a ser vuestra decisión? —preguntó don Gutier.
Entre las nubes se abrió un pequeño claro y un tímido rayo de sol iluminó las murallas de Urueña. El rey sintió en su piel su tibia caricia.
—Iré a Toro y negociaré con los traidores. Desafortunadamente, queridos amigos, no tengo otra opción.
—Todavía podemos huir a Portugal, encontrar aliados lejos de Castilla.
En Aragón, Inglaterra… quizá el rey Alfonso de Portugal nos ayude… —
repuso don Gutier—. Toro es una trampa, mi señor. Es el fin… —Su tono era angustiado, desesperado. Él mejor que nadie sabía que la causa estaba perdida, que habían sido derrotados, pero se resistía a reconocer la cruda e inflexible realidad.
El rey volvió a fijar su mirada en el horizonte. El día se despejaba.
Parecía que el sol estaba ganando la batalla a las nubes. Sonrió con tristeza.
Él en cambio, había sido derrotado, superado por la nobleza rebelde y por su propia insensatez. Don Juan Alfonso de Alburquerque le advirtió que tuviera cuidado con la nobleza, sustento de la estabilidad y del orden del reino. Él prefirió ampararse en el campesinado, en la burguesía, en los judíos… Y se equivocó. Una vez más, erró en sus decisiones. ¿Cuántas veces había perdonado a sus hermanos? ¿Y a don Juan de la Cerda? Incluso su madre le había traicionado. Negó con la cabeza, la traición de su madre no fue precisamente una sorpresa. Aun así, la dejó en Toro, mientras él acudió a Urueña a entregarse a los brazos de su amante.
—Quien a sus enemigos perdona, en sus manos muere —musitó el rey.
Don Gutier e Hinestrosa le miraron sin entender sus palabras. Don Pedro inspiró con fuerza el aire frío, intentando fortalecer su exhausto espíritu. Miró a don Gutier y le dijo:
—No, amigo Gutier, no merece la pena continuar esta lucha.
—Permitidnos al menos que os acompañemos —le dijo su consejero.
—Iremos con vos —dijo Hinestrosa.
El rey negó con la cabeza.
—No, debo ir solo. Es conveniente que tú, Gutier, permanezcas en Castilla. Nadie sabe lo que nos deparará el futuro. Ahora estamos derrotados, pero quizá no hayamos sido definitivamente vencidos. —El rey intentaba infundir ánimo en sus desolados y fieles privados—. Quizá tengamos una nueva oportunidad. Es bueno, Gutier, que permanezcas atento a lo que se dispone a acontecer en Toro. Busca aliados, siembra la desconfianza entre los traidores. Quizá este no sea el fin.
Don Gutier asintió con los labios apretados.
—Mi señor, carezco del prestigio y de las riquezas de don Gutier Fernández de Toledo. Por lo tanto, poca es mi influencia sobre la nobleza castellana —comenzó a decir Hinestrosa—. Es más, como Padilla, seré perseguido por todo el reino. Nada puedo ofreceros más que mi vida. En cierto modo, me siento responsable de esta guerra. Os pido que me permitáis acompañaros a Toro y afrontar a vuestro lado el destino que el buen Dios nos tenga deparado.
El rey agradeció su ofrecimiento con una sonrisa.
—Los traidores de la Liga os han utilizado a vosotros, los Padilla, como pretexto para desgastar mi poder y autoridad. Y yo he persistido en continuar con María, con vosotros, y no entregarme a sus exigencias. No debes por tanto sentirte responsable ni de esta guerra ni de mis decisiones.
Aunque las palabras del rey le sosegaron, Hinestrosa no podía dejar de sentirse culpable de la terrible situación en la que se encontraban. Don Pedro podría haber cedido a las peticiones de la nobleza, podría haberse desprendido de doña María y de ellos. Pero no lo hizo. Siempre les apoyó y les concedió títulos y responsabilidades. No podía abandonarlo cuando más le necesitaba. Había unido su vida a la del rey y arrostraría su destino con dignidad y determinación hasta las últimas consecuencias.
—Os acompañaré, mi rey —insistió Hinestrosa—. Mi conciencia y mi lealtad me impiden dejaros solo.
Los ojos del rey se emocionaron ante su noble gesto. Asintió y lo cogió del hombro.
—Sea pues, amigo Hinestrosa, si esa es tu voluntad, vendrás conmigo a Toro.
El rey entró en los aposentos de doña María de Padilla, y su amante y las dos nodrizas que cuidaban de sus hijas desviaron la vista hacia él. Hizo un gesto a las niñeras y estas abandonaron raudas la estancia. Se dirigió hacia la cuna y observó a la pequeña Constanza. Con solo cuatro meses dormía plácidamente ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. El rey sonrió con ternura. Doña María, que acunaba entre sus brazos a Beatriz, se incorporó y la dejó en su cuna. Presentía que algo no iba bien. El rey se acercó y la besó.
—Quiero que vayas con Diego y con Juan a Portugal —se limitó a decir, mientras acariciaba con suavidad a Beatriz. La pequeña se había quedado dormida.
—¿Qué sucede? —preguntó nerviosa doña María.
El rey negó con la cabeza y sin apartar la vista de Beatriz, respondió:
—He sido derrotado. Es el fin —giró la vista hacia su amante—. Debes ir a Portugal, allí estarás a salvo.
Doña María sintió como su mundo se desmoronaba. Se sintió desfallecer y tomó asiento en un escabel cercano. ¿Qué sería de su amado, de sus hijas, de su familia, de ella? Las preguntas, las dudas, le hostigaban.
El rey se acercó a una mesa y le sirvió un vaso de agua. Doña María lo cogió con manos temblorosas.
—Nada has de temer. En Portugal estaréis protegidas por mi abuelo, el rey Alfonso —Don Pedro se agachó y tomó a doña María de las manos.
Intentó tranquilizarla, pero temblaba como un cervatillo asustado.
—No puedes dejarnos… huye a Portugal con nosotras —musitó doña María.
—Un rey jamás debe huir. Iré a Toro y negociaré con los nobles de la Liga unas dignas condiciones de rendición.
—Te separaran de mí, de tus hijas. Tengo miedo por ti.
—Tu tío me acompañará a Toro, todo saldrá bien. Conozco a la nobleza, a los rebeldes de la Liga nobiliaria. Les ofreceré títulos, oro, responsabilidades en la Corte. Eso es lo que persiguen. Sabré gestionar sus ambiciones.
—Quieren separarme de ti. —Doña María tenía el rostro bañado en lágrimas. Su corazón latía con fuerza en su pecho y respiraba con dificultad.
El rey se incorporó y comenzó a pasear por la estancia.
—Quizá debamos separarnos por un tiempo, hasta que las aguas vuelvan a su cauce, pero te prometo que iré a por ti a Portugal y nada ni nadie volverá a separarnos.
—Me quedaré aquí, en Urueña. No quiero alejarme de ti. Sé que, si huimos a Portugal, jamás volveremos a verte. No, no podría soportarlo. Mi vida está unida a la tuya, mi destino es el mismo que el tuyo. No me alejaré de ti. Mi vida sin ti no tiene sentido. Permaneceré aquí, en Urueña, esperándote, con nuestras hijas. Eso es lo que haré.
Don Pedro se acercó a ella. Le acarició el rostro con dulzura. Estaba disfrutando de los últimos instantes con su amada y no pretendía discutir.
Hablaría con Hinestrosa, que fuera él quién la insistiera en la necesidad de huir a Portugal. Se acercó a doña María y la ofreció su mano para que se levantara del escabel. La besó con dulzura, con pasión, como si fuera la última vez que fuera a hacerlo. Y quizá así era. Tenía que aprovechar aquel momento, aquel instante. Necesitaba embriagarse de sus besos, de sus caricias, de su amor. Pues probablemente jamás volvería a verla.
La sala estaba iluminada por la luz que entraba por los amplios ventanales.
El día era frío, pero despejado. Frente a una larga mesa estaban sentados los nobles conjurados. Presidía la reunión doña María de Portugal, la madre del rey y quien les había facilitado la entrada en Toro. Don Rodríguez de Sandoval y don González de Bazán habían cumplido su misión y estaban en espera de la respuesta del rey. Un mero trámite, pues los sublevados consideraban que había sido totalmente derrotado.
—Quizá teníamos que haber dejado un millar de soldados sitiando Urueña —dijo don Enrique de Trastámara—. Debemos evitar que el rey huya.
—¿Huir? —preguntó doña María de Portugal, a quien le hervía la sangre por tener que compartir mesa y propósitos con los cachorros de la Perra. Pero no tuvo otra opción ante la obcecación de su hijo por continuar su relación con doña María de Padilla y sus parientes. Ya le avisó en su día Alburquerque de que necesitaba de la ayuda de los bastardos para hacer entrar en razón a su hijo. Y lo aceptó, pero eso no significaba que se encontrara cómoda en su presencia. Se serviría de los bastardos mientras fueran necesarios, pero al igual que acordó con el excanciller su eliminación una vez que hubiera concluido la guerra, encontraría el modo y los aliados necesarios para deshacerse de una vez por todas de su desagradable presencia—. Mi hijo no huirá —a la reina le molestó que don Enrique deslizara sutilmente que su hijo era un cobarde—. Asumirá su responsabilidad con la dignidad que le corresponde. Mi hijo no huye como hacen otros.
Don Enrique torció el gesto al sentirse aludido.
—Señora…
—Lo importante ahora es Castilla —el infante Fernando de Aragón interrumpió a don Enrique, persuadido de que respondería con acritud a la descarada afrenta de doña María de Portugal—. Estamos muy cerca de alcanzar el propósito por el cual don Juan Alfonso de Alburquerque estableció esta Liga. No debemos malograr nuestra victoria con rencillas y desconfianzas.
—Mi hijo tiene razón, lo importante es Castilla y ahora está sin gobierno —dijo doña Leonor, cogiendo de la mano a su hijo don Fernando que se encontraba sentado a su derecha. Desvió la mirada hacia don Juan de la Cerda, que no tardó en entender el mensaje. Carraspeó y dijo:
—Es cierto lo que muy acertadamente dice doña Leonor —don Juan de la Cerda la miró y esta asintió con una sonrisa—. Castilla lleva meses sin gobierno y es urgente solventar esta situación. Considero que el infante Fernando, por los legítimos derechos que le asisten, debería ser nombrado
temporalmente regente de Castilla hasta que el orden y la paz regresen al reino.
Doña Leonor y el infante asintieron agradecidos.
—Sería lo más sensato —intervino el infante don Juan, el hermano de don Fernando.
—¿Sensato? ¿Prudente? —preguntó don Enrique de Trastámara con una chispa de ira brillando en sus ojos—. Tú eres su primo —dijo señalando hostilmente al infante—, pero yo soy su hermano. ¡Yo debería ser el regente! —exclamó incorporándose y golpeando la mesa con el puño.
—¡Mi hermano debe ser el regente! —dijo don Fadrique, que había llegado hacía pocos días de Toledo, después de haber organizado la defensa de la ciudad.
Don Tello se incorporó y asintió con vehemencia con los brazos cruzados.
—Así es. La Orden de Santiago y del señorío de Vizcaya están con Enrique —dijo, buscando con la mirada la anhelada aprobación de su hermano.
—Yo también apoyo al conde de Trastámara —dijo Fernando de Castro, favoreciendo a su futuro cuñado.
Doña Leonor de Castilla miró a los Guzmanes con gesto sereno y frío.
Si en algún momento había tenido alguna duda de que las ambiciones de don Enrique de Trastámara eran las mismas que las suyas, estas se habían desvanecido. Por tal motivo le pidió a don Juan de la Cerda que propusiera a su hijo como regente de Castilla, para comprobar la reacción de Trastámara y sus hermanos. Y quien fuera reina consorte de Aragón tomó buena cuenta.
—Por favor, tomad asiento. Todos —la voz de doña Leonor de Castilla era templada, pero transmitía una gran autoridad y los Guzmanes obedecieron—. El rey aún no se ha rendido y ya estáis reclamando una dignidad que no os corresponde —don Enrique se disponía a protestar, pero se contuvo cuando doña Leonor alzó la mano—. Pero vuestra legitimidad a la regencia no es motivo de esta reunión. Castilla está sin gobierno y es urgente nombrar cargos y responsabilidades. No puedo entender vuestras discrepancias para que el infante Fernando sea el regente de Castilla, pero
no queremos entrar en discusiones con quienes nos hemos hermanado por el bien del reino. Por lo tanto, propongo a doña María de Portugal como regente hasta que el rey vuelva a estar en condiciones de asumir sus obligaciones.
Doña María de Portugal asintió aceptando la responsabilidad. Desvió la mirada hacia los presentes y todos aprobaron con un asentimiento la propuesta de doña Leonor de Castilla. Al fin y al cabo, era la madre del rey.
Don Enrique asintió con el ceño fruncido. No había conseguido su propósito de ser nombrado regente, pero al menos, había impedido que su máximo rival, el infante de Aragón, se alzara con la dignidad que podría conducirle a la Corona.
—Bueno, pues está decidido…
El ruido de una puerta que se abría apresuradamente interrumpió a doña Leonor de Castilla. Los allí presentes desviaron la vista hacia la entrada de la sala y encontraron la presencia de un oficial de la guardia. El soldado tragó saliva. Permaneció inmóvil durante un instante, impresionado al encontrarse en aquella sala ante los miembros más notables de la aristocracia castellana. Estaba confuso, sin saber a quién dirigirse.
—Habla, ¿a qué se debe esta interrupción? —ordenó doña María de Portugal.
El soldado agradeció la intervención de la madre del rey. Aunque algo brusca y autoritaria, le permitía dirigirse a una de las personalidades allí congregadas.
—Mi señora, es el rey. Se aproxima al castillo.
—¿Viene solo? —preguntó don Enrique de Trastámara.
—No, mi señor, le acompaña don Juan Fernández de Hinestrosa.
—¿Alguien más? —preguntó el infante Fernando, empeñado como estaba en que don Enrique de Trastámara no le arrebatara un ápice de protagonismo.
—Vienen los dos solos, mi señor.
La reina María de Portugal asintió y despidió al oficial con un gesto con la mano.
—Ha decidido entregarse… —observó don Enrique de Trastámara. Se reclinó en la silla. Todo había terminado, o ¿quizá acababa de empezar? El
rey había sido derrotado y estaba a merced de la Liga. Pero estaba convencido de que, si quería satisfacer sus ambiciones, tendría que enfrentarse a otros enemigos no menos peligrosos y poderosos. Su mirada se desplazó hacia el infante Fernando. El hijo de un rey… Sonrió. Ya se había enfrentado a un rey y lo había sometido. Con paciencia, perseverancia y los aliados adecuados, todo era posible. Absolutamente todo.
La reina se puso en pie. Sus labios esbozaron una sonrisa henchida de júbilo y satisfacción. La guerra había terminado y su hijo estaba sano y salvo. La paz, el orden y la tranquilidad regresaban a Castilla.
—Bajemos al patio de armas y recibamos a nuestro rey con el respeto y devoción que se merece. Hoy es un día feliz. Debemos celebrarlo —la reina salió de la sala en busca de su hijo. El corazón latía en su pecho agitado por sentimientos contradictorios. Deseaba verlo, abrazarlo, pero temía su reacción por haber entregado la villa de Toro a sus enemigos. Tragó saliva y se pasó la lengua por sus labios resecos. Rogó a Dios para que le hiciera entender que todo lo que había hecho había sido por su bien, para protegerlo de sí mismo y de los Padilla. Sí, él lo entendería. Debería entenderlo.
Don Enrique contempló como doña María de Portugal se marchaba. Se incorporó de la silla y dijo:
—¿No habéis oído a la regente? —sus labios esbozaron una sonrisa maliciosa—. Recibamos al rey como se merece —echó mano a su empuñadura y salió raudo de la sala. Don Tello se levantó como un resorte y lo siguió.
—Vamos, ¿a qué estás esperando? —espetó molesta doña Leonor de Castilla, por la lentitud de reflejos que evidenciaba su hijo don Fernando.
Debería permanecer muy cerca de él, si pretendía evitar que el conde se adueñara de lo que ya consideraba como propio. Puso los ojos en blanco y lanzó un largo suspiro; el bastardo era más astuto, avispado y rápido que su hijo.
El infante de Aragón hizo un gesto con la cabeza a su hermano don Juan y salieron detrás de su madre. En la sala solo quedaron don Juan de la Cerda y don Fernando de Castro.
—Será mejor que bajemos —Don Fernando se incorporó y se dirigió hacia la puerta.
—Veamos en qué concluye todo esto —dijo don Juan de la Cerda, tomándole del hombro.
—¿Concluir? —don Fernando negó con la cabeza—. Esto no ha hecho más que empezar.
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