De reyes y bastardos
Capítulo 26
Tarazona, Aragón, octubre de 1352
Apaciguado don Enrique de Trastámara, el rey continuó la campaña contra los sublevados y se dirigió a Fuentidueña, dominio de don Tello. A doña María de Padilla la envió de regreso a Sevilla custodiada por su tío y su hermano. La campaña duraba ya demasiados meses y la joven se hallaba agotada, exhausta. Muy a su pesar, el rey tendría que separarse de ella.
Alburquerque estaba encantado por haberse librado de la molesta presencia de doña María de Padilla y de sus familiares. Eran amigos, clientes, pero también un estorbo imprevisto. Se sentía más cómodo y sosegado sin ellos revoloteando como moscas en torno al rey.
Fuentidueña fue tomada sin ofrecer resistencia. Tan pronto don Tello divisó en lontananza al ejército del rey, huyó a Monox, en busca de protección. La ciudad estaba a cargo del único noble que apoyó a don Tello, don Pedro Ruiz de Villegas. Y al igual que sucedió en Fuentidueña, Monox no tardó en rendirse al ejército real. Don Tello y don Pedro Ruiz de Villegas huyeron entonces a Monteagudo. Ante el constante acoso de las tropas del rey, abandonaron apresuradamente la villa y cruzaron la frontera de Aragón, donde juraron vasallaje al rey Pere.
Don Pedro persistió en su persecución, pero tuvo que detenerse a pocas leguas de Tarazona, ciudad aragonesa fronteriza con Castilla. Allí, por mediación de don Juan Alfonso de Alburquerque, se celebró un encuentro entre don Pedro de Castilla y don Pere de Aragón, con el propósito de firmar unos acuerdos que recondujeran una relación muy dañada a causa de los conflictos internos que sufrían ambos reinos. El encuentro tuvo lugar en la Torre del Rey, fortificación anexa a las murallas que circundaban la
ciudad. En la sala de audiencias se encontraban el rey aragonés, Pere IV y su canciller, don Bernat de Cabrera, sentados frente a una mesa revisando los documentos a firmar.
—Este pacto será muy beneficioso para el reino —dijo don Bernat de Cabrera, hombre de mediana edad, con el pelo cano, rostro enjuto y mirada despierta y audaz.
—Si pretendemos someter Cerdeña, debemos despreocuparnos de Castilla y de mis hermanos, los infantes —dijo don Pere.
—Los infantes dejaron de suponer un problema cuando vencimos a los nobles rebeldes de la Liga de la Unión en la batalla de Épila.
El rey sonrió al recordar aquella batalla.
—Han pasado cuatro años, pero recuerdo aquella batalla como si se hubiera librado ayer —comenzó a decir—. Los nobles se unieron en una Liga y cuestionaron mi poder y autoridad —el rey hizo una pausa como si su mente regresara a aquel instante—. La nobleza… codiciosa, desleal, ingrata. Siempre exigiendo prebendas y privilegios que no le corresponden.
Y cuando le solicitas su ayuda y colaboración, huye como ratas cobardes o se revuelve como perros rabiosos. Solo se preocupa de incrementar sus posesiones, sus riquezas, indiferente a los problemas y dificultades que se abaten sobre el reino —don Pere negó con la cabeza y desvió la vista hacia don Bernat de Cabrera—. Estábamos en guerra en Sicilia, ¿lo recuerdas? —
el canciller asintió—, ampliando las posesiones de la Corona por el Mediterráneo y ellos se negaron a colaborar con tropas y dinero —a sus labios asomó una áspera sonrisa—. No satisfechos con su deslealtad, una vez que sometimos a los sardos, me exigieron que les cediera parte de los territorios conquistados. Se negaron a apoyarme, a apoyar a su rey y señor, y luego me exigieron que compartiera con ellos el botín. ¡Qué desfachatez!
—Fue una provocación, mi señor. Hicisteis muy bien en no ceder a sus peticiones —dijo el canciller.
—Jamás hubiera compartido nada con aquellos nobles indignos y traidores, ni siquiera un mohoso y repugnante mendrugo de pan —don Pere se reclinó satisfecho en la silla y prosiguió—: Y en Épila acabé con ellos.
Armaron un poderoso ejército de miles de caballeros y peones con el
propósito de derrocarme y sustituirme por el infante Fernando. Eran muchos, bien es cierto, y estaban seguros de la victoria.
—Pero fueron derrotados.
—¡Fueron aplastados! —exclamó don Pere golpeando su mano con el puño—. Los exterminamos como ratas. Juan Ximénez, Jimén Pérez de Pina y Gombal de Tramacet, los principales conspiradores, junto con el infante, murieron y otros tantos traidores fueron hechos prisioneros.
—Por desgracia el infante Fernando logró huir a Castilla.
Don Pere asintió con pesar.
—Él fue uno de los conjurados. El principal beneficiado si la sublevación hubiera tenido éxito —dijo el rey de Aragón.
—Vuestro hermano, el infante Fernando, habría sido proclamado rey.
—Mi hermano… querrás decir el hijo que tuvo mi padre con su segunda esposa, Leonor de Castilla, hermana de don Alfonso y tía de don Pedro —
puntualizó el rey.
El canciller sonrió divertido por ese matiz y dijo:
—Es un gran alivio que toda la familia se encuentre en Castilla, alejada de la Corte de Aragón. Que don Pedro se cuide del infante Fernando, pues es su primo y, mientras no tenga sucesor, su heredero.
—Hubiera preferido acabar con él en Épila —objetó don Pere—, pero tienes razón. El infante Fernando y su madre, Leonor de Castilla, son unos intrigantes. No cejarán en su empeño hasta que se alce con una Corona, ya sea la de Castilla o la de Aragón.
—Doña Leonor de Castilla es una mujer ambiciosa y extremadamente peligrosa —observó el canciller.
—¿Conoces a alguna Leonor que no lo sea? Ja, ja, ja, —rio don Pere al recordar a doña Leonor de Guzmán.
—Ja, ja, ja, —le siguió en las risas el canciller—. Así es. Cuando les derrotamos en la batalla de Épila, los infantes Fernando y Juan, y su madre, doña Leonor, huyeron en busca de refugio a Castilla. Allí curaron sus heridas en espera de una mejor ocasión para regresar a Aragón o, llegado el momento, reclamar la Corona de Castilla.
—Como sucedió durante la enfermedad del rey —recordó don Pere.
—Tardó poco el infante Fernando en reclamar la Corona.
—Y eso que don Pedro todavía estaba vivo.
—Imagino la cara del infante cuando fue informado de que el rey de Castilla había superado la enfermedad. Se sentiría como un gato al que hubieran arrojado un cubo de agua fría —dijo el rey de Aragón.
Los hombres rompieron en una estruendosa carcajada.
—Sea como fuere, allí sigue, en Castilla, donde ha encontrado refugio y protección —observó don Pere.
—Al igual que don Tello y otros nobles castellanos huidos de Castilla han encontrado refugio en Aragón.
Don Pere asintió con los labios apretados.
—Es evidente que los nobles de uno y otro reino se sirven de nuestra paciencia y generosidad para proseguir con sus intrigas y conspiraciones.
—De ahí lo conveniente de firmar este acuerdo entre ambos reinos.
—El rey Pedro necesita la paz para poner orden en Castilla…
—Y nosotros para poder expandir nuestros territorios por el Mediterráneo, sin tener que preocuparnos de las fronteras castellanas —
terminó de decir el canciller.
El rey de Aragón tenía algo más de treinta años, cabellos largos y cobrizos, y barba profusa. Sus ojos, azules y cristalinos, irradiaban carácter y determinación. Ambicionaba extender el reino de Aragón por el Mediterráneo y para lograrlo, necesitaba congraciarse con el rey de Castilla y que los conflictos internos de uno y otro reino le distrajeran lo menos posible.
—Mi señor —dijo un sirviente a sus espaldas—. Don Pedro, rey de Castilla y el canciller, don Juan Alfonso de Alburquerque.
En sus labios asomó una gran sonrisa cuando vio entrar en la sala a tan ilustres invitados.
—Mi señor —dijo el rey de Aragón dándole un abrazo.
—Mi señor —correspondió don Pedro de Castilla.
Los cancilleres hicieron lo propio y los cuatro hombres tomaron asiento.
El rey pidió a un sirviente comida, vino y agua. Durante unos minutos intercambiaron amables palabras de cortesía, hasta que don Juan Alfonso de Alburquerque, hombre pragmático y conciso, reparó en los documentos que estaban sobre la mesa.
—¿Estos son los pliegos que han redactado nuestros procuradores? —
preguntó.
—Así es —confirmó don Bernat de Cabrera.
Alburquerque comenzó a leerlos en silencio, mientras los reyes de Castilla y Aragón charlaban distendidamente. Entre otras disposiciones y acuerdos, el tratado ponía fin a las hostilidades entre ambos reinos, así como resolvía la devolución a doña Leonor de Castilla y a los infantes, de las propiedades confiscadas por don Pere de Aragón como castigo por su apoyo a la Liga nobiliaria de la Unión. Como contrapartida, el rey Pedro les retiraba su amparo y protección. De igual modo, el rey de Castilla devolvería a don Tello y a los nobles rebeldes huidos a Aragón las propiedades confiscadas, pero dejarían de estar al cuidado y refugio de don Pere. Con este acuerdo, los nobles levantiscos de ambos reinos ya no podrían excusarse en el mal trato recibido o en la injusta expropiación de territorios y propiedades para sublevarse. Todos quedaban perdonados y sus privilegios y títulos serían restituidos.
—Don Pedro, te propongo que mientras nuestros cancilleres se ocupan de estas labores tan tediosas, nosotros nos divirtamos en una jornada de caza —dijo el rey de Aragón.
—Una idea formidable, mi señor —aceptó el rey de Castilla, acostumbrado en delegar en Alburquerque las tareas administrativas y burocráticas.
—No se hable más. Comamos, descansemos y mañana disfrutaremos cazando venados. Te puedo asegurar que en los alrededores de Tarazona encontraremos magníficos ejemplares.
Varios sirvientes hicieron acto de presencia portando sendas bandejas con comida, vino y agua.
—Estoy impaciente —dijo don Pedro cogiendo un pedazo de carne de cerdo.
El rey Pere alzó su copa de vino y brindó por la paz entre Castilla y Aragón. Estaba feliz, satisfecho, impaciente por armar la flota y partir a la conquista del Mediterráneo. Don Pedro no estaba menos complacido. Sin la protección aragonesa, los nobles rebeldes tendrían que regresar a Castilla.
Sus movimientos serían estrechamente vigilados y ante cualquier sospecha
de rebeldía, serían capturados. El acuerdo con Aragón ayudaría a asentar definitivamente la estabilidad en Castilla.
Era un día fresco del mes de octubre. El cielo amaneció cubierto por unas amenazantes nubes negras. Aunque el día no era el más propicio para ir de caza, los reyes no cancelaron sus planes y, a primera hora de la mañana, ya estaban preparados para disfrutar de la caza del venado. Mientras tanto, en la Torre del Rey, los cancilleres Alburquerque y Cabrera revisaban los detalles del documento y los prepararon para su firma.
—Este tratado es beneficioso para ambos reinos —comenzó a decir el canciller de Castilla, mirando por la ventana el cielo gris.
—Lo es. —Sentado frente a la mesa, don Bernat de Cabrera miraba los documentos por distracción, pues su contenido lo conocía prácticamente de memoria.
—Y ambos sabemos que es muy frágil —el canciller se giró y miró a Cabrera.
El canciller de Aragón repuso:
—Tan frágil como lo sea la voluntad de los firmantes.
—Así es, pero en determinadas ocasiones, que una paz perdure no depende de los firmantes, sino de terceras personas.
Alburquerque se acercó a la mesa y se sirvió una copa de vino.
—Don Enrique de Trastámara ha asegurado fidelidad al rey, pero todos sabemos que su lealtad es voluble, frágil —prosiguió el canciller, después de beber un generoso trago—. Por otro lado, tenemos al infante Fernando, que muy pronto regresará a Aragón para ponerse al servicio del rey don Pere, pero cuya fidelidad es tan cuestionable como la de don Enrique de Trastámara.
—¿A dónde quieres ir a parar, canciller? —preguntó Cabrera arqueando las cejas.
Don Juan Alfonso de Alburquerque comenzó a pasear meditabundo por la sala, con las manos en la espalda, sin apartar la vista del suelo.
—No me equivoco si afirmo que tanto don Enrique como don Fernando son una amenaza para la paz. Sus conjuras y confabulaciones pueden arrastrar a Castilla y a Aragón a la guerra.
—Entiendo…
El canciller se acercó a Cabrera y le dijo:
—Suponen una molestia, un inconveniente del que es mejor desprenderse —bebió un poco de vino y continuó—: Te propongo que, si don Enrique de Trastámara cruza la frontera de Aragón, hagas todo lo posible para que no regrese a Castilla. Por mi parte, haré lo propio con el infante Fernando. Naturalmente, nuestros señores deben quedar al margen de todo este asunto, ¿no sé si me he explicado correctamente?
Don Bernat de Cabrera meditó durante un instante la propuesta de Alburquerque. No le faltaba razón al canciller de Castilla al afirmar que tanto don Enrique como el infante Fernando suponían una amenaza para la estabilidad de ambos reyes. Lo más sensato y prudente sería deshacerse de ellos en cuanto surgiera la menor ocasión.
—Ambos pretendemos lo mismo; que entre los reinos de Castilla y Aragón haya una larga relación de paz y amistad. Te puedo asegurar que haré todo lo que esté en mi mano para que así sea.
Alburquerque le escrutó con una mirada indagadora, intentando discernir si con esas palabras el canciller de Aragón aceptaba su propuesta.
Cabrera advirtió la duda en el canciller y dijo:
—Sea, pues. Si don Enrique de Trastámara cruza la frontera de Aragón, no regresará a Castilla.
Don Juan Alfonso de Alburquerque sonrió satisfecho y dio dos leves golpes en el hombro de Cabrera.
—Y yo me preocuparé de que el infante Fernando sufra el mismo destino si vuelve a Castilla. Este pacto que acordamos aquí, en Tarazona, será realmente fructífero y provechoso para Castilla y Aragón —dijo Alburquerque.
Los labios de don Bernat de Cabrera dibujaron una sonrisa irónica. El pacto al que se refería el canciller no tenía nada que ver con los documentos que tenía entre manos.
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