De reyes y bastardos
Capítulo 33
Valladolid, 3 de junio de 1353
Las campanas de las iglesias de Valladolid repicaron para celebrar el acontecimiento. El sol brillaba con todo su esplendor en un cielo azul completamente despejado. Los vallisoletanos salieron a las calles para aclamar a sus reyes y les arrojaron pétalos de rosas a su paso. Don Pedro y doña Blanca de Borbón iban montados en sendos caballos blancos. Le seguían doña Leonor de Castilla y doña María de Portugal montadas en mulas. Las riendas del caballo de doña Blanca las llevaban los hermanos del rey, don Enrique de Trastámara y don Tello. Los infantes de Aragón llevaban las riendas de las mulas de doña Leonor de Castilla y doña María de Portugal. Los invitados seguían a los reyes a pie entre aplausos, saludos y vítores. El pueblo estaba feliz y entusiasmado al poder presenciar el colosal desfile de personalidades, pues los más ilustres nobles y clérigos castellanos asistieron a la boda real. Todos salvo uno; don Fadrique, maestre de Santiago. Doña Blanca de Borbón sonreía y saludaba al pueblo vallisoletano. Su sonrisa forzada y su mirada triste revelaban que el viaje a Castilla y su relación con don Pedro no se estaban desarrollando como tenía previsto. Estuvo esperando tres meses en Valladolid para encontrarse con su prometido. Allí fue informada de que don Pedro acababa de tener una hija con una tal doña María de Padilla, su amante y de la que estaba profundamente enamorado. Con solo catorce años había abandonado a su familia y viajado a otro país, para casarse con un hombre que amaba a otra mujer. Se sentía sola, abandonada, terriblemente desgraciada.
Discretamente se secó una lágrima que empezó a deslizarse por su mejilla.
Don Pedro la miró con desdén. No podía negar que fuera bella. Tenía los
ojos azules y cristalinos, la piel blanca como la nieve y el cabello largo, rizado y dorado como finas hebras de oro puro. Sí, quizá podría haberse enamorado de ella si las circunstancias hubieran sido bien distintas. Pero ahora, en su corazón solo había lugar para una mujer: doña María de Padilla. El rey echó la vista a su espalda en busca de un noble al que no encontró. Desvió de nuevo la vista hacia doña Blanca. Su mirada de indiferencia se tornó en desconfianza. ¿Serían ciertas las habladurías? Si así fuera, su honor como rey habría sido mancillado. El gesto de don Pedro era serio, adusto, severo, no mostraba ningún atisbo de felicidad, aunque fuera su boda lo que estaba a punto de celebrarse. Deseaba que acabase esa mentira cuanto antes. El malogrado negocio que tan erróneamente había gestionado Alburquerque. Quería huir y refugiarse en Montalbán al amparo de doña María de Padilla y de la pequeña Beatriz. Levantó la vista y escuchó las campanas que no dejaban de repicar. Tan absorto estaba en sus pensamientos, que apenas había reparado en ellas y en la multitud que les vitoreaba y aclamaba. Respiró hondo, pronto llegarían a la iglesia de Santa María la Mayor, donde se celebraría el enlace. Pronto acabaría aquel tormento.
Don Juan Alfonso de Alburquerque estaba contrariado, afligido. Había depositado todas sus esperanzas en que la belleza y dulzura de doña Blanca de Borbón ablandaran el pétreo corazón del rey y lo hicieran entrar en razón. Pero no fue así. Los sirvientes le informaron de que los recién casados dormían en habitaciones separadas y que no habían tenido contacto desde el enlace. Ni siquiera habían pasado la noche de boda juntos.
Probablemente, el matrimonio aún no había sido consumado. A su mente llegaron las palabras del rey que le advirtieron de que tenía cuatro días para solucionar la incómoda cuestión del pago de la dote. El canciller lo intentó.
Habló con el vizconde de Narbona, pero este le trató con indiferencia, con desdén. El muy necio no era consciente de la gravedad de la situación. Le advirtió incluso de que, si Francia no saldaba la deuda, podría estallar la guerra. El vizconde francés se rio ante lo que consideraba una burda
amenaza. Desesperado, el canciller pidió ayuda a doña Leonor de Castilla y a doña María de Portugal, para que hablaran con el rey. Sus esfuerzos resultaron inútiles. El canciller paseaba inquieto por sus dependencias.
Había hecho llamar a la única persona que don Pedro estaba dispuesto a escuchar. Sentía como le ardían las entrañas. La bilis corría amarga por su garganta. «Debe ser el sabor del orgullo». Intentó beber un trago de vino, pero le supo a hiel. Estaba absorto en sus inquietudes cuando escuchó como la puerta se abría. Don Juan Fernández de Hinestrosa entró en la estancia.
—Canciller.
—Hinestrosa, amigo mío —dijo Alburquerque con tono afable, cogiéndole de los hombros—. ¿Quieres un vaso de vino? ¿Algo de comer?
—Te lo agradezco, un poco de vino estaría bien.
Alburquerque sonrió y le sirvió un vaso.
—Bonita boda, ¿verdad? —preguntó el canciller, mientras invitaba a Hinestrosa a tomar asiento en una silla de tijera.
—Larga vida a los novios y que tengan muchos y fuertes hijos —dijo Hinestrosa levantando su vaso a modo de brindis.
Alburquerque hizo lo propio y después de beber un trago de vino, dijo:
—De eso precisamente quería hablarte.
Don Juan Fernández de Hinestrosa le miró con suma atención.
—Necesito tu ayuda, Castilla necesita tu ayuda —prosiguió el canciller.
—¿En qué puedo ayudarte?
—El rey confía en ti y en tu sobrino. —Alburquerque prefirió reunirse a solas con Hinestrosa, pues consideraba que don Diego García era demasiado joven, demasiado impulsivo y ambicioso. Más difícil de persuadir. A su tío lo conocía desde hacía muchos años. Tenía sus ambiciones, por supuesto, pero era un hombre práctico, sensato y prudente.
Hinestrosa asintió y bebió un trago de vino.
—Os escucha y es sensible a vuestros consejos y recomendaciones —
prosiguió el canciller—. Necesito que hables con el rey y le hagas entender la importancia que tiene para Castilla su matrimonio con doña Blanca de Borbón. Debe aceptarla como esposa, consumar el matrimonio.
—¿El rey aún no ha consumado el enlace? —preguntó Hinestrosa, reprimiendo una sonrisa.
El canciller negó con la cabeza.
—No estoy del todo seguro, pero creo que no.
Hinestrosa entendió la gravedad de la situación. No haber consumado el matrimonio facilitaría su nulidad. El rey Pedro se estaba planteando abandonar a doña Blanca.
—La paz de Castilla depende del éxito de esta boda, de la alianza con Francia —prosiguió el canciller.
Don Juan Fernández de Hinestrosa advirtió en los ojos de Alburquerque una honda preocupación. Que hubiera reclamado su presencia era un gesto que evidenciaba desesperación y angustia. Su distanciamiento y rivalidad eran más que evidente. Apretó los labios intentando reprimir una sonrisa de satisfacción; era uno de los primeros interesados en que el matrimonio fracasara. Y el canciller lo sabía. Si quería ganarse su apoyo, si pretendía que Hinestrosa intercediera a favor de la alianza con Francia debía hacerle una oferta difícil de rechazar.
—Entiendo tus inquietudes y las de tu sobrino —comenzó a decir—.
Teméis que el matrimonio del rey con doña Blanca pueda afectar a vuestra posición en la Corte. Lo entiendo —Hinestrosa le miraba con gesto serio—.
Pero podéis olvidar vuestras preocupaciones. Te puedo asegurar, y te ofrezco mi palabra como garantía, que tanto tú como tu sobrino mantendréis vuestros cargos y responsabilidades. Es más, creo que incluso podrán ser incrementados.
El canciller intentaba ocultar sus nervios, pero el sonido vibrante de su voz le delataba. Don Juan Fernández de Hinestrosa le conocía desde hacía años y nunca le había visto tan alarmado y perdido. Bebió un trago de vino y dijo:
—Te equivocas, canciller. Nuestra única preocupación es servir al rey, servir a Castilla, no con quién se casa don Pedro. Si este matrimonio es beneficioso para el reino, sea, nosotros no haremos más que defenderlo, que protegerlo de sus enemigos. Siempre y cuando, como tú aseguras, sea beneficioso. Pero yo te pregunto, canciller, ¿realmente es provechoso para Castilla? Según tengo entendido el rey Juan aún no ha pagado el primer plazo de la dote. Y no se trata de un asunto insignificante y desdeñable. Si
los franceses son incapaces de pagar el primer plazo de 25 000 florines…
¿realmente crees que podrán pagar los 300 000 de toda la dote?
—Eso no tiene nada que ver —refunfuñó Alburquerque incorporándose de la silla.
—¡Claro que tiene que ver! —replicó Hinestrosa—. Si el rey francés no ha cumplido con su parte del acuerdo, no puedes exigir a nuestro rey que cumpla con la suya.
—Las propiedades de la Corona han sido incrementadas con las posesiones confiscadas a los traidores de don Juan Núñez de Lara, don Garcí Laso de la Vega y don Alfonso Fernández Coronel —comenzó a decir el canciller. Había llegado el momento de desvelar el precio que estaba dispuesto a pagar por el apoyo de los Padilla—. Hablaré con el rey, le persuadiré para que os entregue las villas y propiedades que os interesen.
Incluso el señorío de Vizcaya si es de vuestro agrado —se acercó a una mesa y tomó un papel—. Toma, este es el listado de los títulos vacantes y de las propiedades confiscadas. Revísalo con atención con tu sobrino y decidme cuáles son de vuestro agrado, cuáles satisfacen vuestras ambiciones. Decidme, maldita sea, cual es vuestro precio —terminó de decir el canciller con tono tenso y mirada nerviosa.
Hinestrosa advirtió en el canciller a un animal herido, atrapado, furioso, al que sería terriblemente arriesgado dejar escapar de la jaula. Siempre se había sentido ninguneado por los Meneses, quienes le consideraban un pordiosero que debía su pan y su vino a su compasión y generosidad. Pero ahora la situación había cambiado. Era privado del rey, un hombre de su máxima confianza y aprovecharía su influencia como estimase oportuno. Ya no estaba obligado a agachar la cabeza y rendirle pleitesía al canciller como un sumiso y humilde labriego. Había tomado una determinación y obraría en consecuencia.
—Hablaré con el rey —Hinestrosa se incorporó, dejando al canciller con el documento en la mano—. Y sabré muy bien qué decirle.
—¿Hace falta recordarte que todo lo que tienes es gracias a mi mujer, a los Meneses? —preguntó Alburquerque con el gesto torcido por la ira.
Intentó persuadirle con argumentos y regalos, pero había sido inútil. Había llegado el momento de utilizar el recurso de la amenaza—. Tanto tú como
tu sobrino os codeáis con el rey y con la alta nobleza castellana gracias a mí, ¿lo has olvidado? ¿Quién te presentó al rey en Sahagún? ¿Quién intercedió para que tu sobrina fuera la concubina del rey? No me desafíes Hinestrosa, no oses enfrentarte a mí. No seas tan insensato.
Don Juan Fernández de Hinestrosa ignoró la advertencia del canciller, fruto de la desesperación y agonía. Se disponía a abandonar la estancia cuando la voz del canciller resonó a sus espaldas.
—¡No te atrevas a desafiarme! ¡¿Me oyes Hinestrosa?! ¡No te atrevas!
El canciller, cargado de ira y frustración, le señalaba amenazante con el dedo. Hinestrosa le miró con desprecio, como quien contempla los despojos abandonados de un perro muerto a la vera de un camino. Negó con la cabeza y se marchó, dejándolo solo con sus tormentos y temores: al día siguiente concluía el plazo que le había concedido el rey para que el rey de Francia pagara los 25 000 florines.
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