De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 69 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 69

Toro, diciembre de 1355

Don Enrique y don Fadrique se encontraban sentados al calor del fuego de la chimenea. Hacía frío en el castillo de Toro y más en aquel amplio espacio, en la sala principal de la torre del homenaje. Los dos hermanos miraban fijamente al fuego, hechizados por el baile de las llamas y el chisporroteo de las incandescentes brasas. Llevaban meses encerrados en el castillo, asediados por las tropas del rey. Los dos mil quinientos soldados con los que contaba don Enrique eran suficientes para evitar el asalto de las murallas. El rey lo había intentado en varias ocasiones, pero desistió al tropezarse contra los inexpugnables muros. Entonces cambió de estrategia y decidió asediar el castillo y rendirlo por hambre y sed. Los soldados estaban desmoralizados. Desde el real, los hombres del rey les gritaban asegurándoles que todos los nobles de Castilla se habían rendido, que incluso el papa había levantado la excomunión y el entredicho contra Castilla. Les insistían para que se rindieran. Habían perdido la guerra. Los soldados se miraban sin saber muy bien qué hacer. Los bastardos temían que pronto comenzaran las deserciones. Don Fadrique desvió la vista hacia su hermano y advirtió una expresión sombría en su mirada. Su estado de ánimo no era mejor que el de los soldados. Su gesto revelaba una profunda amargura y melancolía. Sus pensamientos divagaban, recordando tiempos mejores, cuando se encontraban en ese mismo castillo, en esa misma estancia y el rey en los calabozos. Había estado tan cerca de cumplir su propósito… ¿qué había pasado? ¿En qué momento comenzaron a torcerse sus planes? Asintió con pesar y soltó un largo suspiro. Comprendió que la Liga era un gigante con los pies de barro. Solo la presencia de

Alburquerque logró unir a unos nobles que, tarde o temprano, acabarían enfrentándose entre ellos. La Liga nobiliaria murió el mismo día que el canciller, aunque los nobles que la integraban aún no lo sabían.

—Debemos romper el cerco —dijo don Enrique rompiendo el espeso silencio—. No encuentro otra alternativa.

—¿Qué quieres decir?

—Llevamos semanas encerrados. Nadie, absolutamente nadie, va a venir a auxiliarnos salvo…

—¿Salvo?

—Que salgamos nosotros a buscar ayuda.

Los ojos de don Fadrique se entornaron intentando escrutar en sus pensamientos.

—¿Pretendes romper el cerco? —preguntó, temiendo la respuesta.

—Iré a Galicia y regresaré con don Fernando de Castro y su ejército.

Don Fadrique se levantó de un salto y le dijo:

—¡Estás loco, el castillo está rodeado!

Don Enrique alzó la mano y con una sonrisa le dijo:

—Sosiégate hermano. Salir del castillo sin ser visto no será problema alguno. —Don Fadrique volvió a tomar asiento y don Enrique con voz templada y confiada prosiguió—: Huiré solo, amparado por una noche sin luna. Hermano, el rey está seguro de su victoria. Bien, mejor así, que se confíe —arrugó los labios y levantó las manos—. Nos beneficia que considere que nuestra derrota es solo cuestión de tiempo y paciencia.

Entonces, cuando más confiado y satisfecho se encuentre, contraatacaremos. Yo por la retaguardia con los soldados de don Fernando de Castro y tú desde el castillo. Seremos como una terrible y mortal tenaza de la que no podrá escapar. Regresaré hermano, te juro que regresaré y le derrotaremos.

Doña Juana Manuel bordaba sentada próxima a la ventana de la estancia, aprovechando la luz del sol. Así pasaba los días, tejiendo y bordando. Poco más podía hacer encerrada en el castillo de Toro. Con ella se encontraban

doña María de Portugal y don Martín Alfonso Tello. Estaban sentados en un banco de madera con las manos entrelazadas. Se sonreían y se lanzaban miradas cómplices como si fueran unos adolescentes que acabasen de descubrir el amor. Doña Juana Manuel les observaba y sonreía con simpatía; era evidente que se amaban. Don Martín Alfonso era más joven que la reina. Un matiz sin importancia si la amaba y si, además, era correspondido. Al menos la reina madre podía disfrutar de su compañía…

Una expresión sombría cruzó su rostro y sus ojos se humedecieron.

—No debes preocuparte —dijo doña María de Portugal advirtiendo su inquietud—. Enrique se marchó hace tres días. Si hubiera sido capturado, mi hijo nos hubiera informado y con mucho gusto, pues significaría que jamás recibiríamos refuerzos.

Doña Juana Manuel sonrió agradecida por las palabras de ánimo, pero no pudo evitar que una lágrima recorriese su mejilla.

—María tiene razón —intervino don Martín—. Don Enrique ha logrado burlar el cerco. Pronto regresará con las tropas de don Fernando de Castro.

La reina madre se incorporó y le abrazó. Doña Juana Manuel rompió a llorar en su regazo. Sentía un profundo miedo y pesar. Intentó evitar los aciagos pensamientos que revoloteaban incansables en su mente. Pero no lo logró. Aún tenía muy presente como, durante el sitio de Gijón, don Enrique fue a buscar ayuda y no regresó.

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