De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 39 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 39

Alburquerque, Extremadura, Marzo de 1354

Don Juan Núñez de Prado fue capturado sin ofrecer resistencia. Insistió en su lealtad, en su inquebrantable fidelidad al rey, pero no fue escuchado.

Enviado preso al castillo de Maqueda, murió en su celda asesinado por orden de don Diego García de Padilla. El hermano de la concubina del rey fue nombrado inmediatamente maestre de Calatrava a pesar de no haberse producido la obligatoria elección canónica. La ciudad de Medellín se rindió y el rey ordenó que demolieran sus murallas. Luego marchó a la villa de Alburquerque, el formidable bastión de quien un día fue canciller de Castilla. La fortaleza de Alburquerque se erigía sobre un espectacular risco de roca caliza. Sus altas y gruesas murallas eran colosales, insalvables. El rey cabalgaba seguido por su ejército sin apartar la vista del castillo. Sus hermanos don Enrique y don Fadrique le acompañaban. Era primavera, el día era azul y caluroso. Los soldados llevaban a sus espaldas varios días de infatigable marcha y se cocían de calor bajo los cascos, lorigas y corazas.

Pero el rey tenía prisa por someter las plazas del insurrecto de don Juan Alfonso de Alburquerque. Necesitaba dar un golpe de efecto y exterminar la sublevación antes de que se extendiera por toda Castilla. Pero aquella fortaleza se advertía impresionante, formidable, inexpugnable.

—Mi señor, me temo que la conquista del castillo de Alburquerque va a resultar muy costosa. —Don Enrique de Trastámara cabalgaba a su derecha sin apartar la vista de las murallas.

—Quizá se rindan en cuanto adviertan nuestras tropas, como sucedió en Medellín —intervino esperanzado don Fadrique.

Don Pedro tenía la mirada fija en las altas murallas. Se encontraba dichoso por entrar en batalla junto a don Enrique y don Fadrique. Con sus hermanos a su lado, no había muralla en Castilla que no pudieran derribar.

—Asaltaremos las murallas. La fortaleza de Alburquerque será reducida a escombros —dijo el rey con determinación.

Los soldados descansaron aquella tarde y, nada más despuntar el amanecer, iniciaron el asedio. El primer ataque fue totalmente infructuoso.

No solo el castillo estaba protegido por altas murallas, sino que en su interior se encontraban cientos de diestros ballesteros que apenas erraban sus disparos. Conquistar el castillo por asalto sería una tarea titánica, imposible. Recordó como don Juan Núñez de Prado sitió durante casi un año Aguilar de la Frontera sin éxito. Esas murallas eran mucho más gruesas y altas, y el castillo estaba mejor protegido. La roca sobre la que estaba asentado impedía la construcción de minas y el risco era tan vertical que dificultaba el asalto con escalas. El rey entendió que solo podría rendirlo por hambre y sed. Un asedio que podría durar semanas o incluso meses. Y

no había tiempo. El sol se ocultaba por el horizonte y los oficiales ordenaron la retirada. Los soldados, exhaustos o heridos tras el fallido asalto, regresaron al campamento. Era el segundo día de combate y el resultado fue tan estéril como el primero. Apenas un puñado de soldados lograron llegar hasta las murallas, pero murieron alcanzados por las certeras flechas de los ballesteros. Decenas de cadáveres quedaron abandonados entre las rocas. En la tienda del rey se discutía la estrategia a seguir el siguiente día. Allí se encontraban don Enrique de Trastámara, don Fadrique, don Juan Fernández de Hinestrosa y don Gutier Fernández de Toledo. Sus ojos estaban cansados, preocupados. La toma del castillo de Alburquerque no se estaba desarrollando como esperaban.

—Señor —comenzó a decir don Gutier—, hemos intentado conquistar la fortaleza y no lo hemos conseguido. Nada indica que mañana o los próximos días vayamos a tener mejor suerte.

El rey bebió un trago de vino y preguntó:

—¿Qué propones?

—Alburquerque se encuentra en Portugal, fuera de nuestro alcance, protegido por el rey Alfonso. Tiene plena libertad de movimiento para

encontrar aliados a ambos lados de la frontera. Su libertad es más peligrosa que esta plaza. Su conquista no ayudará a derrotarlo.

—Estoy de acuerdo, pero no puedo permitir que Alburquerque cruce la frontera y encuentre refugio seguro en sus posesiones en Castilla —repuso el rey.

—Tengo entendido que Alburquerque se encuentra en Évora. En unas semanas se celebrarán los esponsales del infante Fernando de Aragón con doña María, la nieta del rey Alfonso —dijo don Gutier.

—Lo sé, mi madre marchó a Portugal hace unos días para asistir a la boda de su sobrina —dijo el rey con un tono de preocupación.

Alburquerque y ella estaban muy unidos y temía que el excanciller pudiera persuadirla para que se uniera a la rebelión.

—Podríamos enviar una delegación a Évora. Negociar con el rey portugués la entrega de Alburquerque para que sea juzgado en Castilla —

propuso don Gutier.

—Nosotros protegeríamos la frontera —intervino don Enrique—. Haré llamar a mis soldados de Asturias.

—Y yo a los míos de la Orden de Santiago —dijo don Fadrique.

—Si Alburquerque cruza la frontera por Extremadura se encontrará con nuestros ejércitos —dijo don Enrique.

—¡Y lo aplastaremos! —dijo don Fadrique golpeándose con fuerza la mano con el puño.

El rey desvió la vista hacia el resto de los consejeros y todos asintieron.

—Me parece una buena propuesta —aceptó Hinestrosa—. No considero probable que el rey Alfonso nos entregue fácilmente a Alburquerque, pero al menos nos permitirá ganar tiempo y tener controlados sus movimientos en Portugal.

—Protegiendo la frontera de Extremadura evitaremos cualquier sorpresa por parte de Alburquerque —dijo don Gutier.

—Bien, así se hará entonces. Mis hermanos vigilarán la frontera con Portugal. Vosotros iréis a Évora y le pediréis a don Alfonso que os entregue a Alburquerque —dijo mirando a don Gutier y a Hinestrosa.

Don Pedro se sirvió un vaso de vino y comenzó a pasear por la sala.

Todavía tenía un asunto importante que tratar con sus consejeros.

—Yo iré a Sevilla.

Doña María de Padilla se encontraba en Sevilla. Estaba embarazada de su segundo hijo. Los consejeros interpretaron que la intención del rey era estar presente durante el parto, como ya hiciera con su hija Beatriz.

—Quiero hacerla partícipe de mi decisión de casarme con doña Juana de Castro.

Los consejeros cruzaron miradas de asombro. Su relación era conocida por todos, pero consideraban que doña Juana de Castro era un capricho pasajero, una amante más de las muchas que habían probado su lecho.

—¿Mi señor? —preguntó confuso Hinestrosa, con el gesto contraído, turbado.

—Doña Juana de Castro pertenece a la vieja nobleza castellana. No hace falta que os recuerde de quién es hija y quiénes son sus hermanos. Su familia es fuerte, poderosa. Tienen inmensas propiedades en Galicia y Portugal. Serán unos formidables aliados.

—Pero, estáis casado con doña Blanca… —balbuceó Hinestrosa, aferrándose a su actual matrimonio como a un clavo ardiendo. La boda del rey con doña Juana de Castro pondría en riesgo su relación con doña María y amenazaba su futuro en la Corte castellana.

—Todos sabéis que el matrimonio no fue consumado. Pediré su nulidad a los obispos de Ávila y Salamanca.

Don Enrique de Trastámara levantó su vaso y dijo:

—¡Felicidades, mi rey! —desplazó la vista a Hinestrosa y advirtió un gesto demudado por la preocupación. Para don Enrique, la boda era una magnífica noticia, pues debilitaba el poder y la influencia que los Padilla ejercían sobre el rey.

—Felicidades, mi señor —dijo don Gutier, levantando su vaso. El consejero estaba también muy interesado en desgastar el formidable poder que los Padilla habían acumulado en los últimos años.

—Mi señor —dijo Hinestrosa, alzando su vaso. En sus labios asomó una sonrisa forzada. Nunca consideró que los devaneos del rey con doña Juana de Castro pudieran llegar tan lejos. Hablaría con su sobrino. Tendrían que evitar que la boda se celebrara o, al menos, que sus consecuencias fueran lo menos traumáticas posible.

Doña María de Padilla se encontraba en sus aposentos del alcázar de Sevilla, jugando con la pequeña Beatriz. Se acarició su prominente barriga y soltó un apenado y triste suspiro.

—Si eres niño te llamaré Alfonso y si eres niña Constanza —susurró—.

Vosotros sois mi consuelo, mi mayor alegría. —Se secó una lágrima que recorría su mejilla.

Se sentía tremendamente sola. Las visitas de don Pedro eran cada vez menos frecuentes, más distantes. A sus oídos llegaban constantes rumores sobre la relación que el rey mantenía con otras mujeres. De entre todas ellas, destacaba una: doña Juana de Castro. Una mujer rica, bella y distinguida. Sintió un pinchazo en el corazón. Doña Juana de Castro representaba todo aquello que ella no era. Se sentía frágil, vulnerable y triste. Insoportablemente triste. Los días pasaban largos y aburridos en Sevilla. Echaba terriblemente de menos a don Pedro, pero él… ¿acaso ya no la quería? Rompió a llorar sin poder soportar tanto dolor. Entre lágrimas se quedó dormida hasta que sintió una mano sobre el hombro. Se despertó sobresaltada, pero se tranquilizó cuando advirtió que a su lado se encontraba don Pedro. Se incorporó. Lo abrazó con fuerza y lo besó con pasión. Pero sus labios, sus besos, no fueron correspondidos. Se apartó ligeramente y en su rostro advirtió que no era portador de buenas noticias.

—Amor mío, ¿qué sucede?

Don Pedro se giró y comenzó a andar por la sala. Lo que se disponía a decir era tremendamente doloroso para él, para ambos. Le costaba encontrar las palabras adecuadas para expresarlo.

—Sabes que te quiero.

Doña María asintió. El rey se acercó a ella y le acarició con suavidad la barriga.

—Pero tengo obligaciones que no puedo demorar. Castilla necesita una reina, un heredero…

En los ojos de doña María brilló un destello de esperanza que apenas duró un fugaz instante.

—Un heredero legítimo.

Doña María se apartó para que su amado no pudiera ver las lágrimas que comenzaron a recorrer sus mejillas. Entendió el motivo de su visita, de su comportamiento gélido y distante.

—Voy a casarme —reveló don Pedro al fin. Cada palabra que salía de sus labios llevaba un pedazo de su alma—. Por el bien del reino, debo casarme.

Doña María tomó asiento en la cama de espaldas al rey. Un leve movimiento delataba que estaba llorando. Así permanecieron unos instantes: doña María llorando y el rey contemplándola, sin atreverse ni siquiera a consolarla, por temor a desatar aún más su angustia y dolor.

—¿Con doña Juana de Castro? —preguntó doña María. Su voz sonó cortada, nerviosa.

—Sí.

Doña María negó con la cabeza. Los rumores eran ciertos, pero desconocía que la relación que mantenía con doña Juana hubiera llegado tan lejos como para que la convirtiera en su esposa, en la reina de Castilla.

Estuvo tentada de preguntarle por doña Blanca, pues todavía estaba casado con ella, pero se contuvo. Si don Pedro había tomado esa decisión era porque ya había planeado cómo deshacerse de la reina, como anular su matrimonio. Para el rey, doña Blanca siempre había sido una molestia, una desagradable obligación. Y doña María no pondría impedimentos. Hacía mucho tiempo que había asumido su papel en la Corte. No, ella no supondría un obstáculo en sus planes.

—Bien, haz lo que debas o quieras. Ahora vete —dijo doña María, sin dejar de mirar a la pared, incapaz de girarse y mirarle a los ojos. Temía ser débil, temía no aguantar por más tiempo el sufrimiento que devoraba sus entrañas. Temía arrojarse desconsolada, derrotada en sus brazos. Suplicarle entre lágrimas que reconsiderara su decisión. No, no podía mirarle. Sería arrastrada a un profundo mar de estériles súplicas y lamentos. Respiró hondo y cerró los ojos.

Don Pedro se acercó a ella para consolarla. La amaba. Su corazón sufría por haberla hecho daño. Pero era necesario. Castilla necesitaba una reina y ella nunca podría serlo. Ambos lo sabían. Posó con suavidad su mano sobre su hombro, pero doña María lo rechazó con brusquedad.

—¡Vete! —doña María se giró y le miró con los ojos llenos de lágrimas

—. Ya no puedo soportarlo más. ¡Vete!

Don Pedro acarició sus húmedas mejillas.

—No quiero ser una molestia para ti —prosiguió doña María—. Me recluiré en un convento y allí permaneceré el resto de mis días. Solicitaré al papa Inocencio permiso para fundar un convento de clarisas en Astudillo.

Estoy convencida de que el papa me lo concederá si con ello me alejo de ti.

Nadie me quiere a tu lado. Nadie. Y ahora… ni siquiera tú.

Rompió a llorar y se arrojó a la cama sumergida en un océano de tristeza y dolor. Don Pedro se acercó a ella. Quiso consolarla, estrecharla entre sus brazos hasta que se calmara, hasta que aceptara la realidad, pero entendió que sus esfuerzos solo alargarían su angustia y sufrimiento. Se dirigió hacia la puerta y cuando se disponía a salir, dijo:

—Me ocuparé personalmente de que nada te falte. Ni a ti, ni a mis hijos.

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