De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 27 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 27

Sevilla, noviembre de 1352

Firmados los acuerdos con Aragón, el rey regresó a Sevilla en busca de un merecido descanso, y no encontraría mejor lugar para aliviar tensiones y sosegar su espíritu que la alcoba de doña María de Padilla. Allí permanecería unas semanas, antes de marchar a Aguilar de la Frontera, para someter a don Alfonso Fernández Coronel, el único noble que aún se resistía a su autoridad. El rey entró en el alcázar y se dirigió raudo a los aposentos de doña María de Padilla. Allí la encontró, de espaldas, mirando por la ventana el hermoso atardecer de Sevilla.

—María… —dijo el rey, en apenas un susurro.

Su amada se giró esbozando una gran sonrisa. Los ojos de don Pedro se arquearon incrédulos cuando advirtió el prominente bulto de su vientre. Sin decir palabra, corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos, mientras la besaba con pasión.

—Amor mío, amor mío —dijo lleno de júbilo.

Después de unos minutos, el rey se apartó ligeramente de ella para contemplar con mayor detalle su vientre. Con suma dulzura lo tocó.

—Vas a tener un hijo —dijo doña María con los ojos húmedos por la emoción.

—¿Por qué no has enviado un mensajero para informarme de esta magnífica noticia? —preguntó el rey.

—Quería ser yo, vida mía, quién te lo dijera. —A doña María se le nubló la mirada—. Quería estar segura de que te haría feliz, de que lo deseabas.

—¡Pues claro que lo deseo! ¡Ja, ja, ja!

El rey se hallaba feliz, dichoso como jamás lo había sido. Pronto tendría un hijo. Que no pudiera ser su heredero legítimo no desmerecía un ápice el amor que sentiría por él.

—Ahora lo entiendo… —dijo de pronto el rey.

—¿Amor?

El rey tomó asiento en un banco próximo a la ventana. Los últimos rayos del sol iluminaban la estancia otorgándole tonalidades anaranjadas.

—Ahora entiendo porque mi padre amaba más a mis hermanos que a mí.

—¿Qué quieres decir?

—Mi padre amaba a Leonor de Guzmán. La amaba con locura, como yo te amo a ti. En cambio, mi madre para él no era más que una imposición, un incómodo compromiso de Estado. Un tedioso trámite. Mi padre anhelaba disfrutar de la compañía de Leonor de Guzmán y de mis hermanos, en cambio, el tiempo que nos dispensaba a mi madre y a mí era por obligación.

Un deber del que deseaba librarse cuanto antes. Por eso, apenas permanecía con nosotros un instante antes de marcharse a Medina Sidonia. Nos rehuía.

Cada momento que pasaba con nosotros le robaba valiosísimo tiempo que dedicar a su otra familia. A quienes realmente amaba. Ahora lo entiendo…

Doña María de Padilla se sentó a su lado y le abrazó con fuerza.

—Tu padre te quería a ti tanto o más que a tus hermanos. No te castigues, no seas tan injusto contigo. No debes sentirte culpable por el abandono de tu padre. No te lo mereces. Él eligió a doña Leonor de Guzmán, en lugar de a tu madre y tú vivías con ella. Esta es la realidad. A quién rehuía tu padre era a tu madre, no a ti —le dijo acariciándole con ternura el rostro—. Pero olvídalo, vida mía, olvida todo eso. Ahora estamos juntos y eso es lo que realmente importa.

Don Juan Alfonso de Alburquerque se dirigía apresuradamente a la sala del rey, portaba el tratado matrimonial que uniría en matrimonio a don Pedro con doña Blanca de Borbón. Ya no había vuelta atrás. Ni siquiera el inoportuno embarazo de doña María de Padilla podría evitar lo que era

irremediable: la boda del rey con la princesa de Francia. El ánimo del canciller estaba invadido por sentimientos confusos, contradictorios. La firma del tratado suponía un éxito diplomático y ponía fin a meses de duras negociaciones con los embajadores franceses, pero por otro lado, al canciller no le agradaba ser portador de lo que consideraba que el rey interpretaría como malas noticias, pues le despertaría de su romántico y apasionado sueño, arrastrándolo a la cruda realidad. Su relación con el rey había mejorado en las últimas semanas, pero en cualquier momento podría volver a torcerse. Don Diego García de Padilla y don Juan Fernández de Hinestrosa continuaban siendo la sombra del rey, y más ahora que doña María de Padilla iba a concederle un hijo.

«No será el primer bastardo que nace en la familia. Solo espero que no dé tantos problemas», pensó el canciller.

Entró en la sala del rey. Allí, como esperaba, don Diego García de Padilla y don Juan Fernández de Hinestrosa se encontraban reunidos con el monarca.

—Mi señor —el canciller saludó al rey, desvió la vista hacia sus acompañantes e inclinó suavemente la cabeza a modo de saludo.

—Alburquerque —dijo el rey con una gran sonrisa—. Supongo que ya habrás sido informado de la grata noticia. De hecho, con tantos espías que tienes repartidos por todo el reino, es posible que te enterases antes que yo.

¡Incluso antes que María! —exclamó entre risas.

Don Diego García e Hinestrosa le acompañaron en las risas. El canciller logró esbozar una leve mueca.

—Toma, bebe un poco de vino para celebrarlo —le dijo el rey ofreciéndole una copa.

—Os felicito, mi señor —dijo Alburquerque levantando la copa—. Y a vosotros también —añadió mirando a los familiares de doña María de Padilla.

—Un hijo es siempre una alegría —dijo don Juan Fernández de Hinestrosa.

—Me siento tremendamente feliz —dijo sincero el rey, con los ojos emocionados.

—¿Para cuándo está previsto el nacimiento? —preguntó Alburquerque con toda la intención.

—Para marzo, dice María —respondió el rey.

Alburquerque se quedó pensativo unos segundos. Hizo unos cálculos mentales y apretó con inquietud los labios. El rey desplazó su mirada hacia los documentos que portaba el canciller y preguntó:

—¿Qué son esos papeles?

El canciller se sintió un poco incómodo, pero no tuvo más opción que, una vez más, ser portador de malas noticias para el rey.

—El tratado matrimonial con doña Blanca de Borbón, firmado por el rey de Francia y por el padre de la prometida, don Pedro de Borbón.

El rey torció el gesto de disgusto.

—La princesa ya ha salido de Francia —prosiguió Alburquerque, ofreciéndole el tratado.

El rey lo cogió de mala gana y preguntó:

—¿Incluye el pago de los 300 000 florines?

—Así es, mi señor, además de un valioso ajuar.

—¿No es peligroso para una princesa hacer un viaje tan largo desde París a Valladolid en invierno? —preguntó don Pedro, aferrándose al arriesgado y fatigoso viaje como a un clavo ardiendo, para intentar retrasar lo que ya era ineludible.

—Está impaciente por conoceros, mi señor —respondió el canciller.

El rey soltó un bufido de desagrado y leyó el tratado buscando algún ardid, alguna excusa, por nimia que fuera, que justificara su negativa a firmarlo. Deseaba retrasar la boda, incluso anularla si fuera posible.

Alburquerque miró a Hinestrosa y le hizo un gesto con la cabeza.

—Señor, creo que es conveniente que firméis ese documento. La boda con doña Blanca de Borbón será muy beneficiosa para Castilla. Debéis pensar en el reino —intervino Hinestrosa.

—¿Acaso crees que no lo hago? —preguntó irritado el rey—.

Constantemente, solo pienso en el bien del reino. ¡Solo en eso!

Se sentó en el sitial, meditabundo, disgustado. Sus consejeros le contemplaban en un profundo y denso silencio.

—¿Cuándo está previsto que llegue mi prometida a Valladolid? —

preguntó don Pedro.

Los presentes dirigieron la mirada al canciller.

—En febrero —respondió.

—Y mi hijo nacerá en marzo… —susurró el rey. Se levantó del sitial y se dirigió a la ventana. El día era gris y desapacible. Tenía las manos en la espalda, aferrando con fuerza el tratado matrimonial.

—Mi padre se encontraba en Lerma, combatiendo a Juan Núñez de Lara, cuando yo nací —comenzó a decir—. Yo no cometeré el mismo error que mi padre.

—¿Señor? —preguntó confuso el canciller.

—Firmaré estos documentos —don Pedro dejó el tratado sobre la mesa

—. Por el bien de Castilla, me casaré con doña Blanca de Borbón. Pero estaré presente durante el nacimiento de mi hijo.

—Pero mi señor, la princesa llegará a Valladolid en febrero, no podemos…

El rey alzó despacio la mano y el canciller enmudeció.

—La boda se celebrará… llegado el momento.

Don Pedro se acercó a Alburquerque y cogiéndole de los hombros, le dijo:

—Te dije en su día que soy un rey que respeta los acuerdos que firma.

Me casaré con doña Blanca de Borbón, cumpliré con mi parte del pacto —

miró al canciller con frialdad y prosiguió—: Mantenme bien informado del viaje de la princesa, así como de los pagos de la dote. Creo recordar que el rey francés tenía el compromiso de pagar 25 000 florines una vez mi prometida iniciara el viaje a Castilla.

—Así es, mi señor —confirmó Alburquerque.

—Bien, por otro lado, tampoco es mi deseo que mi hizo nazca y yo me encuentre sitiando el castillo de Aguilar de la Frontera —dijo el rey, sirviéndose otra copa de vino—. Es conveniente que sometamos cuanto antes al traidor de Alfonso Fernández Coronel. Su insurrección ha durado demasiado tiempo —desvió la mirada hacia el canciller y ordenó—: Alburquerque, prepara las tropas. Partiremos en tres días. Ahora dejadme solo.

Sus consejeros se despidieron con un gesto con la cabeza y abandonaron la sala. Su breve instante de felicidad se había esfumado abrumado por las responsabilidades de su cargo. Deseaba con toda su alma permanecer en el alcázar, al abrigo de los brazos de su amada. Pero debía partir hacia la guerra y, peor aún, casarse con una mujer a la que no amaba, a la que ni siquiera conocía. Se sirvió otra copa de vino que apuró de un trago. Luego se sirvió otra y tomó asiento en el trono. Bebió un sorbo y pensó en doña María. Su amante estaba al corriente de su compromiso con la princesa Blanca de Borbón y se le partía el corazón cada vez que pensaba que tendría que compartir al hombre que amaba con otra mujer. Pero él la insistía en que no habría más mujer en su vida que ella. Que la amaría por siempre y que jamás la abandonaría. Su boda con doña Blanca de Borbón era un compromiso de Estado, una obligación ineludible. Castilla necesitaba una alianza con Francia y un heredero legítimo. Eso era para él doña Blanca de Borbón: un contrato político que archivar en algún viejo y olvidado arcón, una vez hubiera cumplido su propósito. Ligeramente embriagado por los efectos del vino, el rey se levantó y se dirigió a los aposentos de doña María de Padilla. Echó un último vistazo atrás y desplazó su mirada hacia la mesa, donde reposaba el tratado matrimonial. Negó apesadumbrado y soltó un largo suspiro.

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