De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 2 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 2

Gibraltar, marzo de 1350

Don Juan Núñez de Lara cabalgaba en silencio, rumiando sus pensamientos al tiempo que negaba con la cabeza. A su lado se encontraba don Enrique de Trastámara, uno de los hijos bastardos que el fallecido rey don Alfonso había tenido con doña Leonor de Guzmán. Se trataba de un joven apuesto de cabellos castaños, labios finos y mirada profunda y resuelta. Tenía dieciséis años y a pesar de su juventud era muy consciente de las consecuencias que la muerte de su padre tendría para su futuro y el de su familia. Cabalgaba en silencio, lanzando de vez en cuando miradas de soslayo al señor de Vizcaya, el principal valedor de su madre. A don Juan Núñez de Lara solo un noble le hacía sombra en Castilla, solo un noble podía rivalizar con su poder y riqueza: don Juan Alfonso de Alburquerque.

—Se lo dije —comenzó a musitar el señor de Vizcaya—. Se lo rogué y no me hizo caso.

Don Enrique le miró y guardó silencio.

—Le dije que abandonáramos el sitio de Gibraltar, que la peste estaba diezmando a la población de la comarca y que no tardaría en llegar a nuestro campamento. Pero no me escuchó.

—No quiso escucharte —intervino don Enrique.

—Sí, no quiso escucharme. Ansiaba conquistar Gibraltar y arrebatarle a los moros el dominio del Estrecho. Y vive Dios que lo habríamos conseguido.

—Por eso no quiso marcharse. Estuvo tan cerca…

—Incluso Albulhachah Yusuf, el sultán de Granada, estaba convencido de que iba a ser derrotado. Gibraltar sería conquistada por nuestro rey.

Don Enrique asintió, recordando el correo que Albulhachah Yusuf envió al sultán de Almería y que fue interceptado por una patrulla castellana. En la carta, Albulhachah se lamentaba del asfixiante asedio al que estaba siendo sometida la plaza de Gibraltar, tanto por tierra como por mar. Que cayera en manos cristianas era cuestión de tiempo. El sultán de Granada se encomendó al auxilio del sultán de Almería o a la intervención de Alá. No disponía de más opciones. Y el infausto milagro se produjo.

—No tardaron en producirse las primeras muertes en el real y al poco, la pestilencia se extendió por todo el campamento, hasta que finalmente el propio rey cayó enfermo. Ya nada pudimos hacer salvo rezar con toda nuestra alma —dijo Núñez de Lara.

—Al menos, su muerte fue rápida, lo que le alivió de sufrir terribles padecimientos —dijo don Enrique.

—Vano consuelo para aliviar el dolor por la muerte de un hombre que solo tenía treinta y nueve años —replicó el señor de Vizcaya—. Aún le aguardaban por consumar grandes proezas al rey que aplastó a los benimerines en la batalla del Salado. En aquel lance, tu padre salvó a Castilla y a toda la cristiandad de la invasión de estos infieles. Pero ahora, víctima de su impaciencia, marchamos a Córdoba a enterrar sus restos junto a los de su padre, don Fernando.

—Fue un gran hombre.

—Fue un gran rey —apostilló don Juan Núñez de Lara.

Don Enrique asintió y apretó los labios. En su cabeza barruntaba una pregunta que sabía que debía formular, pero temía tanto la respuesta que se negaba a hacerla. Ahora que su padre había muerto, la vida de su madre, la de sus hermanos y, sobre todo, la suya, estaban a merced de su hermano don Pedro. Don Juan Núñez de Lara le miró. En sus ojos leyó sus desvelos y preocupaciones.

—Nos dirigimos a Córdoba —comenzó a decir—, pero en unas horas llegaremos a Medina Sidonia, donde haremos parada antes de continuar nuestro viaje.

—Y luego a Sevilla, donde se encuentran don Pedro y su madre, la reina…

—Así es.

Don Enrique tragó saliva. Doña María de Portugal le odiaba. Tanto a él como a su madre… como a sus hermanos. Para la reina, su madre era una perra callejera que había parido una camada de bastardos.

—Debes acudir a Sevilla y prestar el debido juramento de fidelidad a tu hermano, el rey —dijo el señor de Vizcaya como si leyera sus pensamientos

—. No tienes otra opción.

—Sabes que la reina nos odia. Temo que seamos apresados o ajusticiados nada más cruzar las puertas del alcázar.

—Debes ser prudente. Si no te presentas en Sevilla, don Pedro entenderá que te declaras en rebeldía e irá en tu busca. Ríndele sumisión y pleitesía, al menos hasta que hayamos calculado convenientemente nuestros apoyos.

—¿Nuestros apoyos? ¿Qué quieres decir?

—No seas necio. Yo siempre he apoyado a vuestra familia. En mí siempre habéis encontrado a un amigo, a un fiel aliado. Para la reina María, todos aquellos que, de un modo u otro, han favorecido a los Guzmanes, son sus enemigos. Es cierto que con la muerte de don Alfonso vuestra situación en la Corte se ha vuelto extremadamente compleja y delicada. No te lo voy a negar, pues rehuir la realidad es de insensatos y evita el esfuerzo de procurar buscar alternativas, soluciones, que permitan revertir los acontecimientos. Pero no es menos cierto que nobles como don Alfonso Fernández Coronel, los hermanos Ponce de León o yo mismo, también nos encontramos en un, digamos, apuro. Nuestros destinos, querido amigo, están ligados.

—Eso es cierto —concedió don Enrique.

—No pienses que soy un loco imprudente. He enviado espías a Sevilla, para que recaben información de las intenciones de don Pedro y de la reina.

Pronto tendremos respuesta a nuestras inquietudes.

Don Enrique meditó las palabras del señor de Vizcaya. En espera de los informes de los espías, solo disponía de dos opciones: acudir a Sevilla y jurar fidelidad a su hermano, el futuro rey Pedro I, o bien, huir a alguna de las plazas fieles a su familia en espera de los acontecimientos.

—Bien, creo que sería prudente esperar en Medina Sidonia la llegada de tus espías. Una vez que tengamos más información, decidiremos cómo

actuar —dijo don Enrique.

Don Juan Núñez de Lara asintió y lanzó un largo suspiro. Intentaba aparentar una calma y serenidad de la que carecía.

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