De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 30 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 30

Valladolid, Mayo de 1353

Don Juan Fernández de Hinestrosa y don Diego García de Padilla cabalgaban plácidamente por los alrededores de Valladolid. Era una mañana fresca, clara y luminosa de primavera. Deseaban alejarse de una ciudad atestada de nobles, clérigos, procuradores, comerciantes… Demasiado bullicio y ruido, mucho ruido. Tío y sobrino se encontraban en la cúspide del poder. Eran los hombres de confianza del rey, sus privados. Don Pedro les había colmado de propiedades y títulos, y ofrecido su compañía y amistad. Pero estaban persuadidos de que su único mérito consistía en ser los familiares de doña María de Padilla. Su suerte estaba ligada a la de ella.

Y a doña María de Padilla le había surgido una formidable y temible rival: la princesa Blanca de Borbón, la sobrina del rey Juan de Francia. Su boda con don Pedro suponía un contratiempo que amenazaba con dilapidar todo lo que habían conseguido hasta ahora.

—Me ha dicho don Gutier que el rey está de camino —dijo Hinestrosa, respirando el aire fresco de la mañana, impregnado con el olor a romero y jara.

—Dos meses han pasado desde que nació Beatriz.

Hinestrosa rio.

—Es evidente que el rey no tenía ninguna prisa por acudir a Valladolid.

—Alburquerque y doña María de Portugal han debido presionarle hasta la extenuación para obligarle a venir.

—No solo ellos. Son muchos los nobles que solo advierten beneficios en esta boda y en la alianza con Francia. Incluido el papa de Aviñón.

Don Diego negó con la cabeza y dijo:

—Será positiva para el reino, pero para nosotros…

Don Juan Fernández de Hinestrosa asintió.

—María ha tenido una hermosa niña, el rey la ama con locura, pero nunca se casará con ella —prosiguió don Diego.

—Pero, como bien dices, el rey la ama con locura. Quizá ahora no sea el momento, pero más adelante…

—¿Qué quieres decir? —preguntó Hinestrosa.

Don Diego detuvo su montura y mirando a su tío con firmeza respondió:

—Está en nuestras manos, al menos, intentar evitar esta boda.

El caballo de Hinestrosa dio un brinco, como si se hubiera asustado de las palabras de don Diego García.

—Si la boda con doña Blanca de Borbón fracasara, no solo mantendremos nuestra ascendencia sobre el rey, sino que podremos derribar al canciller —continuó don Diego.

—¿Al canciller? —preguntó atónito Hinestrosa—. ¿Te has vuelto loco?

La familia de su mujer es pariente de la mía. Tu hermana María ha estado bajo su cuidado durante muchos años. Les debemos tierras y favores. Son nuestros amigos.

—No te falta razón. La familia de doña Isabel de Meneses es amiga, pero la de Alburquerque no. Ambos son miembros de la alta aristocracia castellana, mientras que nosotros… —don Diego sonrió con desgana—…

nosotros para ellos no somos nadie. Pero ahora, como privados del rey, Alburquerque ya no nos puede despreciar como si fuéramos humildes labriegos. Ahora rivalizamos con su propio poder. Nos desprecia, nos esquiva… nos teme.

Don Juan Fernández de Hinestrosa asintió. Su relación con el canciller se había deteriorado notablemente desde que eran privados del rey. En sus ojos pudo advertir el recelo y la sospecha. Era a ellos a quienes el rey acudía a pedir consejo y opinión, y con quienes disfrutaba de sus breves momentos de descanso y esparcimiento cuando no estaba con doña María de Padilla. No le pasaba desapercibida la mirada de reprobación y despecho del canciller cuando acudía al encuentro con don Pedro y lo hallaba reunido con ellos, relajado, bebiendo y riendo, disfrutando de su compañía. Su

sobrino tenía razón, Alburquerque se sentía desplazado, herido en su orgullo. Un hombre como él no toleraría que nadie, absolutamente nadie, le hiciera sombra y menos unos infanzones clientes de su esposa, ¿cuánto tiempo más toleraría su presencia? ¿Cuándo tomaría medidas para desprenderse de ellos?

—Debemos provocar su caída o los que caeremos seremos nosotros —

insistió don Diego, advirtiendo la duda en la mirada de su tío—. No podemos competir con él en dinero, ni poder. Hagámoslo pues en astucia.

Seamos más inteligentes y hábiles que él.

—¿Tienes alguna idea de cómo hacerlo? —preguntó a su sobrino.

Don Diego sonrió; había convencido a su tío.

—¿Has escuchado los rumores que se están vertiendo sobre el maestre de Santiago? —le preguntó, espoleando su montura.

—¿Qué rumores? —preguntó Hinestrosa, poniéndose a su altura.

—Esos que aseguran que don Fadrique escoltó a la princesa de Francia durante una parte de su viaje por las frías tierras aragonesas…

—¿Qué insinúas? —preguntó Hinestrosa.

—Dicen que, durante el largo, frío y fatigoso camino, el maestre y la princesa intercambiaron algo más que regalos de cortesía.

En los labios de Hinestrosa asomó una pícara sonrisa.

—¿Y son ciertas esas habladurías? —preguntó.

Don Diego García soltó una carcajada.

—¿Qué más nos da? Podrán sernos muy útiles para nuestros propósitos.

Además, el maestre de Santiago todavía no ha hecho acto de presencia.

—Eso es cierto, aún no ha sido visto por Valladolid.

—Tendríamos mucha suerte si no se presentara en la boda.

—Su ausencia daría pábulo a los rumores… —observó Hinestrosa.

Don Diego García asintió y dijo:

—Ese rumor, administrado sabiamente, podría sernos muy provechoso.

Don Juan Alfonso de Alburquerque ha sido el principal impulsor de la boda del rey con doña Blanca de Borbón y quien ha llevado a cabo las negociaciones. Si la boda fracasara, él sería el máximo responsable y estoy convencido de que el rey jamás se lo perdonaría.

Don Juan Fernández de Hinestrosa detuvo su montura. Sus ojos estaban salpicados por la inquietud y el temor.

—Lo que pretendemos es muy arriesgado —dijo.

—Alto es el riesgo, bien es cierto, pero también alta será la recompensa

—y mirándole con frialdad añadió—: Tú mantente muy atento a lo que acontezca en torno al rey. Yo me ocuparé del rumor sobre la relación de la princesa con don Fadrique.

—Espero que todo salga como esperamos —dijo Hinestrosa, no muy convencido.

—Saldrá, querido tío, saldrá.

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