De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 3 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 3

Sevilla, marzo de 1350

Doña María de Portugal se encontraba en el alcázar con su hijo don Pedro cuando fue informada de la muerte de su marido, el rey Alfonso. Ambos recibieron la aciaga noticia con entereza y determinación. Ella era la reina y no podía permitirse el capricho de dejarse dominar por la tristeza y el dolor delante de extraños, y don Pedro era el heredero, el futuro rey de Castilla, había sido aleccionado por su madre para no mostrar en público sentimientos que revelaran flaqueza o debilidad.

«Un rey debe trasmitir autoridad, poder, miedo. Si los nobles advierten que su rey es condescendiente y pusilánime, se sublevarán y no cejarán en su empeño hasta derrocarlo. Es obligación de un rey someter a la nobleza o será la nobleza quien someta a su rey» —le reiteraba de forma persistente la reina de Castilla.

Doña María de Portugal tenía la piel blanca, ojos azules como el cielo y cabellos negros y lisos. A sus treinta y siete años, aún conservaba gran parte del esplendor y belleza de su juventud. Sentado a su lado, en un banco de madera, se encontraba don Pedro, un esbelto joven de quince años, de pelo rubio y ojos azules como los de su madre. Aunque apenas era perceptible, sufría una ligera cojera provocada, según la reina, por una maldición lanzada por doña Leonor de Guzmán el día de su nacimiento. Cuando el emisario que les comunicó la triste noticia de la muerte del rey se marchó, en la sala solo quedaron madre e hijo. Fue entonces cuando don Pedro, sin poder soportar más el dolor por la muerte de su padre, abrazó a su madre y rompió en lágrimas. Doña María le consolaba con los ojos húmedos.

Don Alfonso se había desprendido de ella y de su hijo. Había preferido la compañía de doña Leonor, a quien llamaba la Perra, y de sus bastardos.

Pero le seguía queriendo. Le amaba como nunca había amado y como nunca volvería a amar. Siempre tuvo la esperanza, el anhelo, de que el rey, su esposo, algún día abandonara a la Perra y a su camada de bastardos y regresara con ella, con su reina. Pero con su muerte se había desvanecido toda esperanza, toda ilusión. Ya solo podría encontrar consuelo a sus desdichas en la venganza. Desataría toda la ira acumulada durante largos años de lloros, desprecios y desvelos sobre la mujer que le había separado del hombre al que amaba, arrastrándola a padecer una vida de infelicidad, humillación y soledad.

—¿Crees que me quería? —preguntó el joven heredero, sin levantar la vista del regazo de su madre.

—Claro que te quería. Eras su hijo, sangre de su sangre.

—Entonces… ¿por qué le acompañaron Enrique y Fadrique en la campaña contra el moro?, ¿por qué no estaba yo a su lado cuando sitiaba Gibraltar?

Doña María acariciaba con dulzura sus cabellos, intentando consolarle.

No solo le acompañaban esos bastardos, sino también doña Leonor de Guzmán. La Perra y la camada siempre disfrutaron de su presencia, de su compañía, mientras que ella y su hijo languidecían rechazados y olvidados en el alcázar.

—¿Por qué no estuve consolándole mientras le consumía la enfermedad?

Se lamentaba don Pedro sumergido en un océano de lágrimas.

—Hoy mismo serás proclamado rey —dijo doña María de Portugal.

Don Pedro levantó la vista de su regazo y la miró sorprendido.

—¿No vamos a esperar a los nobles que estuvieron en campaña con mi padre? —preguntó.

Doña María se apartó y se dirigió a una ventana. Miró la ciudad de Sevilla y se imaginó el cortejo fúnebre marchando a paso lento, cadencioso, hacia Medina Sidonia, residencia de doña Leonor de Guzmán.

—No hay tiempo que perder. Hoy serás proclamado rey de Castilla y ordenarás la muerte de la Perra y de sus bastardos.

—Madre, pero ¿qué estás diciendo? ¿Cómo puedes pensar en…?

—¡Ordenarás su muerte! —exclamó iracunda, girándose de golpe.

—No, madre —repuso don Pedro con una serenidad que confundió a la reina—. Son mis hermanos y los quiero.

—¡Son tus enemigos!

—¡Son mis hermanos! —insistió don Pedro.

La reina comenzó a andar de un lado a otro de la sala. No entendía la actitud de su hijo. Largos años llevaba esperando el momento de tomarse cumplida venganza de la Perra y de sus bastardos. Largos años aguardando en vano la llegada de su esposo, pues prefería yacer con su concubina en Medina Sidonia que acudir al encuentro de su familia al alcázar. Durante largos, insoportables años, la reina de Castilla tuvo que sufrir humillaciones, vejaciones y sufrimientos. Los propios nobles e incluso clérigos, como el arzobispo de Toledo, don Gil Carrillo de Albornoz, a quien la Perra sobornó con propiedades, para que callara, para que consintiera en silencio la relación adúltera del rey.

— La Perra y sus bastardos solo persiguen la Corona, tu Corona. Sobre todo, Enrique de Trastámara. Es el más vil de toda la camada. Hijo mío, cuídate de ellos —suplicó doña María cogiéndole de los hombros.

Don Pedro se apartó de la reina y dijo:

—Madre, son mis hermanos y Leonor…

—¡No pronuncies su nombre! —exclamó doña María fuera de sí—.

Nunca, nunca, vuelvas a pronunciar su nombre en mi presencia —insistió con expresión gélida.

—Son mis hermanos y los quiero. No pienso hacerles ningún daño.

Doña María negó con la cabeza.

— La Perra siempre te ha odiado, incluso antes de que nacieras. Y sus hijos, sus cachorros, han heredado ese mismo odio.

—¿Qué quieres decir?

La reina suspiró hondo. Volvió a sentarse en el banco y tomó las manos de su hijo. Se disponía a contarle una larga historia:

—Como sabes, la Perra tuvo con tu padre un hijo al que llamó Pedro y que murió con ocho años. Luego tuvo otro cachorro, al que llamó Sancho y murió con dos años. Después tuvo a los gemelos Enrique y Fadrique, que

nacieron en enero del mismo año que tú naciste. Durante este tiempo, mientras la Perra no hacía más que parir hijos yo solo tuve uno, Fernando que murió con solo un año de vida —la mirada de la reina se ensombreció recordando la pérdida de su hijo, del heredero que tanto ansiaba tener don Alfonso y que la reina era incapaz de concederle—. Su muerte me rompió el corazón. Le quería con toda mi alma, con todo mi ser —la reina hizo una pequeña pausa y se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas—. Temí ser repudiada por tu padre y que tomara por esposa a la Perra, pues había demostrado con creces su inagotable fertilidad —a sus labios asomó una áspera sonrisa—. En cambio, yo… yo apenas yacía con tu padre. Cualquier excusa era buena para apartarse de mí. Después de cada campaña militar, viaje, cacería o lo que fuera que le mantuviera lejos de Sevilla, visitaba a la Perra y a sus cachorros en Medina Sidonia. Allí permanecía semanas antes de acudir al alcázar. ¿Cómo podía concebir un hijo suyo si apenas le veía?

—se lamentó—. Pero Dios me bendijo con tu nacimiento. Tu padre ya no podría repudiarme, pues le había concedido un hijo, un heredero.

—No creo que padre te odiara tanto como para humillarte de tal modo.

Repudiarte… madre, es imposible.

A los labios de doña María asomó una triste sonrisa.

— La Perra es una bruja, un demonio salido del más profundo de los infiernos. Le tenía completamente hechizado con sus encantamientos, con su magia negra y perversa. Nunca culparé a tu padre de sus pecados y errores, pues su voluntad dejó de pertenecerle. No era más que un muñeco, un títere entre sus despiadadas manos.

La reina calló, se incorporó del banco y comenzó a pasear por la sala.

Se frotaba nerviosa las manos, como si se dispusiera a desvelar un terrible secreto. Don Pedro la miraba con suma atención.

—Cuando la Perra fue informada de que yo estaba embarazada, se volvió loca —prosiguió—. Pretendía que alguno de sus hijos fuera proclamado rey. Si mi embarazo tenía éxito y daba a luz a un niño, a un heredero, jamás vería colmadas sus ambiciones.

—Eso lo puedo entender…

—De ningún modo la Perra podía permitir que yo tuviera un hijo, un heredero. Me había convertido en una molestia, un escollo del que era

preciso desprenderse cuanto antes. Entonces, recurrió a los servicios de una mora, una hechicera a la que prometió colmar de regalos y riquezas si con sus conjuros y maldiciones lograba que yo muriera en el parto y tú nacieras muerto.

—No es posible, me niego a creerte —dijo don Pedro negando con la cabeza.

—Pero la Perra exigió a la mora pruebas de su poder —prosiguió la reina, sin reparar en las palabras de su hijo—. En aquel momento, en Medina Sidonia, había una joven campesina embarazada. La Perra le pidió a la mora que probara sus hechizos con la pobre desgraciada. Si la joven y su criatura morían, le pagaría una verdadera fortuna.

—¿Qué sucedió? —preguntó don Pedro, empezando a dar pábulo a la historia narrada por su madre.

—La campesina y el recién nacido murieron —respondió la reina, mirando a su hijo con el gesto contraído por el dolor—. La Perra quedó entusiasmada y convencida de los poderes de la bruja. Acordaron que la Perra le avisaría el día del parto, para que con sus malas artes cumpliera con su cometido. Y ese día llegó —la reina tomó asiento en el banco. Cogió de las manos a don Pedro y prosiguió—: Diez días, diez largos días estuve de parto. Fue terrible. Pensé que moriría y peor aún, que morirías tú. La bruja y la Perra, con sus hechizos, con sus sortilegios, intentaron asesinarme o, mejor dicho, asesinarnos. Hijo mío, asesinarnos.

—¿Diez días?

—Tu padre, el rey, angustiado, llamó a un médico judío que no tardó en advertir lo extraño del parto. No había madre en el mundo que pudiera aguantar diez días de parto, si no había detrás alguna suerte de maleficio o brujería. En pocas horas, el judío, ayudado por las mujeres que me acompañaban, logró salvar mi vida y la tuya. La Perra y la bruja no consiguieron su propósito.

—¿Qué pasó con la mora y con Leo… con la Perra?

— La Perra golpeó furiosa a la mora y la exigió explicaciones. Pero la bruja no supo dárselas. Nunca le había sucedido. Jamás había fracasado alguno de sus maleficios. El amor que una madre siente por su hijo logró vencer el odio de la Perra y los hechizos de la bruja. No hay magia más

poderosa. No, no la hay —la reina sonrió y sus ojos se humedecieron por la emoción.

—La cojera… —musitó don Pedro, echándose la mano a la pierna.

Doña María acarició con suavidad el rostro de su hijo.

—Tu cojera fue la única secuela del mal parto. De un maleficio que nos pudo costar la vida a ti y a mí.

Don Pedro meditó la historia de su madre, ¿sería verdadera o era fruto de su imaginación y del odio que sentía por doña Leonor? Aunque doña Leonor y sus hermanos le habían apartado de su padre, él no sentía ningún odio por ellos, ningún resentimiento. Si acaso envidia. Sus hermanos habían disfrutado de su presencia, de su compañía, mientras que él se limitaba a padecer los lamentos, maldiciones y quejas de su madre. Sus odios y rencores le habían agriado el carácter.

—Madre, entiendo lo que pretendes decir —dijo al fin—. Pero los hijos no son culpables de los actos de sus padres, como yo no soy responsable del olvido al que el rey, mi padre, te ha relegado durante todos estos años —

tomó a su madre de los hombros y añadió—: no puedo castigar a mis hermanos, por las faltas de su madre.

—Hijo no…

Don Pedro interrumpió a la reina con un gesto de mano.

—Pero la Perra no volverá a entrometerse en nuestras vidas nunca más.

Te lo prometo.

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