De reyes y bastardos
Capítulo 70
Toro, diciembre de 1355
El rey paseaba por el real desafiando al intenso frío castellano. Cuatro guardias lo escoltaban a pocos pasos de distancia. Se hallaba triste y cansado. Acababa de recibir la noticia de la muerte de don Juan García de Villagera en un combate en Uclés, uno de los últimos reductos rebeldes.
«¿Cuándo terminaría esta guerra? ¿Cuándo la paz regresará por fin a Castilla?». Llevaban varias semanas acechando el castillo, pero aún se resistía a ser tomado. Le habían llegado informaciones que aseguraban que don Enrique había logrado escapar y que probablemente se dirigía a Galicia en busca de refuerzos. No serían buenas noticias de ser ciertas. Cuando el rey escapó de su prisión en Toro, don Fernando de Castro se machó a sus posesiones en Galicia, donde había permanecido sin tomar partido por ninguno de los dos bandos. Don Pedro confiaba en que no ayudaría a don Enrique de Trastámara en una guerra que tenían perdida. Alargarla solo produciría más muertes y desolación, como bien pudo advertir en el barrio judío de Toledo. Su corazón se estremeció al recordar aquellas terribles escenas, aquellos crímenes tan salvajes como gratuitos. Pero no podía arriesgarse a que don Fernando de Castro saliera de su madriguera y apoyara al bastardo. Corría el riesgo de verse atrapado entre dos ejércitos.
Debía actuar y con celeridad. Dando pasos largos y decididos, regresó a su tienda e hizo llamar a Hinestrosa. Se sirvió un vaso de vino y esperó sentado en un escabel la llegada de su consejero.
«Esta guerra tiene que terminar y si para ello debo pactar con el mismísimo diablo, que así sea».
—Mi señor.
El rey alzó la vista y advirtió la llegada de su consejero. Con un gesto le invitó a tomar asiento.
—¿Tenemos alguna información sobre Enrique?
—No, mi señor. Realmente desconocemos si logró huir o si permanece todavía en el castillo. Lo cierto es que no ha vuelto a ser visto en las almenas.
—Sería bueno que Enrique no se encontrara en el castillo —susurró el rey, como para sí mismo.
—¿Señor? —preguntó Hinestrosa sin entender qué quería decir.
—Quien manda en Toro es Enrique. Si las informaciones son ciertas y ha huido, Fadrique ha ocupado su lugar. Él comanda las tropas, toma las decisiones. Y debe hallarse desorientado, confuso, sin saber muy bien cómo actuar. Es el momento de que hables con él.
—¿Queréis que vaya al castillo y negocie con él la rendición?
El rey se incorporó y comenzó a pasear por la tienda.
—Fadrique es el eslabón más débil de la cadena. Si le convencemos, si le convences, el castillo caerá en nuestras manos sin que haya casi derramamiento de sangre.
—¿Casi sin derramamiento de sangre?
—En el castillo hay un par de caballeros con los que tenemos alguna que otra cuenta pendiente.
Hinestrosa sonrió, sabía muy bien de quiénes se trataba. Se alegraba enormemente de no ser uno de ellos.
—¿Qué le ofrezco a don Fadrique para que rinda el castillo?
—Su vida.
Era una mañana despejada pero un viento gélido soplaba con fuerza, helando los ánimos y las voluntades. Desde el adarve, don Fadrique contemplaba como Hinestrosa se acercaba al castillo acompañado por dos jinetes. Suspiró largamente. A su lado, los soldados de guardia contemplaban esperanzados la llegada del consejero, pues significaba que el rey estaba dispuesto a parlamentar. Los soldados estaban hastiados de una
lucha que se eternizaba y que carecía de sentido. Consideraban que solo la pertinaz obcecación de don Enrique de Trastámara evitaba que la guerra hubiera terminado hacía tiempo. Si el papa se había reconciliado con el rey,
¿por qué su propio hermano no podía hacerlo? ¿Para qué persistir en una guerra en defensa del cuestionado honor de doña Blanca de Borbón? Los nobles se declaraban la guerra, pero eran los soldados los que morían en ella. Don Fadrique advirtió la derrota en su mirada. Su motivación, su espíritu de lucha se habían esfumado como la niebla azotada por el viento.
Y él no se encontraba de mejor ánimo. Doña Blanca había sido encerrada en Sigüenza y, probablemente, jamás volvería a verla. Debería haberla secuestrado cuando tuvo ocasión y huir a Portugal, a Francia, a Aragón. Se lamentaba de no haber abandonado a sus hermanos. De no haber pensado más en sí mismo. En satisfacer sus deseos, en colmar su felicidad. Don Enrique se había marchado a Galicia dejándole la responsabilidad de defender el castillo y proteger a doña Juana Manuel y a doña María de Portugal. ¿Regresaría tal y como le prometió o permanecería en Galicia hasta que el castillo fuera conquistado? Quizá mientras observaba cómo Hinestrosa se aproximaba a las murallas, don Enrique se encontraba preso del rey. Quizá esa era precisamente la información que pretendía comunicarle Hinestrosa. Volvió a lanzar un largo suspiro. Descendió las escaleras de la muralla y se dirigió a las puertas del castillo, con la esperanza de que el tío de doña María de Padilla pudiera ofrecerle una salida honrosa a aquella ciénaga, aquel abismo en el que su hermano persistía en hundirle.
—¡Soy don Juan Fernández de Hinestrosa, quiero hablar con don Fadrique! —gritó a pocos pasos de la puerta del castillo. Desde las almenas, los ballesteros apuntaban amenazantes sus armas.
Un desagradable chirrido advirtió que las puertas se estaban abriendo y al momento apareció don Fadrique. A Hinestrosa le sorprendió que acudiera al encuentro solo, sin escolta.
—Quedaros aquí —ordenó a los soldados que le acompañaban.
Los ballesteros bajaron sus armas y contemplaron a los nobles con interés. Su vida dependía de esa conversación. Sobre el cielo azul revoloteaban y graznaban un par de cuervos.
—Saludos, don Fadrique —dijo Hinestrosa con un gesto de cabeza.
—Te saludo, don Juan Fernández de Hinestrosa, ¿quieres entrar al castillo? Aún nos queda algo de vino —dijo con una sonrisa.
Hinestrosa respiró hondo y dijo:
—Hace fresco, pero se agradece sentir los rayos del sol. Si te parece bien, podemos dar un paseo por la muralla. —Entrar en el castillo era un riesgo que no estaba dispuesto a asumir. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas y no se fiaba de las intenciones del hermano del rey.
Don Fadrique sonrió y asintió entendiendo perfectamente sus temores.
Con un gesto de mano le invitó a iniciar el paseo.
—No he visto a tu hermano —Hinestrosa descabalgó y desvió la vista hacia las murallas—. Se comenta que ya no se encuentra en el castillo.
—Ha logrado escapar. Pronto regresará con un poderoso ejército —dijo don Fadrique, intentando mostrar más confianza de la que realmente tenía.
Hinestrosa asintió, esperando dicha respuesta. Desplazó de nuevo la mirada y advirtió cansancio y desánimo en los soldados que protegían la fortaleza.
—Ambos sabemos que esta guerra carece de sentido. Vuestra causa está perdida y pronto, muy pronto, el castillo será tomado por nuestras tropas.
Don Fadrique guardó silencio digiriendo sus palabras, su sentencia.
Hinestrosa tenía razón. Dudaba de la lealtad de sus soldados y era más que probable que esa misma noche muchos desertaran. Luchaban en una guerra que consideraban que no era suya. Desde que don Enrique abandonara el castillo, dormía con la puerta de su alcoba atrancada, temiendo ser asesinado por alguno de los soldados. Vivía en un miedo constante, preocupado no solo por los soldados que asediaban el castillo, sino también por los que se encontraban dentro de sus murallas. Tanto miedo, tanta angustia eran insoportables.
—Si estás aquí es porque el rey quiere negociar, ¿verdad? —preguntó esperanzado don Fadrique.
—Así es. Don Pedro ha sometido a los nobles rebeldes, el papa Inocencio ha levantado la excomunión y el entredicho sobre Castilla. Doña Blanca… —Hinestrosa hizo una pausa. Se disponía a decir que doña Blanca había traicionado al rey, engañándolo con él días antes de su boda, pero se
contuvo. Su misión era rendir el castillo. Debía ser más comedido, más sutil
—. Defender la causa de doña Blanca carece de sentido. Vosotros, los nobles sublevados, no tenéis motivo alguno para alzaros contra el rey. Don Pedro es generoso. Es su deseo que esta guerra termine cuanto antes. Tú eres más prudente que don Enrique, más sensato. Está persuadido de que eres consciente de la dramática situación en la que os encontráis y os ofrece, te ofrece un acuerdo que, sinceramente, no deberías rechazar si pretendes salir de este entuerto con vida.
Don Fadrique escuchó con atención sus palabras y agradeció que no se extendiera detallando la relación que mantuvo con doña Blanca. No era necesario. El rey había sofocado la revuelta nobiliaria y tenía el perdón del papado. No estaba dispuesto a morir en una lucha que solo su hermano don Enrique, que además se encontraba muy lejos de Toro, persistía en continuar. Era muy fácil pedirle a él y sus soldados que defendieran la plaza cuando él se encontraba a centenares de leguas de distancia. Muy fácil.
—¿Qué me ofrece el rey? —preguntó don Fadrique.
Hinestrosa sonrió al escuchar la pregunta. A don Fadrique solo le preocupaba salvar su vida. El destino que le aguardaba al resto de los nobles y soldados que se encontraban en el castillo le era del todo indiferente. Doña María de Portugal y doña Juana Manuel incluidas.
Respiró aliviado; don Fadrique estaba interesado en negociar, aunque fuera únicamente para salvarse él.
—El rey está dispuesto a perdonarte y a devolverte el maestrazgo de Santiago. Simplemente tienes que jurarle fidelidad —se detuvo, le tomó de los hombros y le miró a los ojos—. No pide más que fidelidad.
La oferta era más que generosa, ¿existe algo más valioso que la propia vida? Don Fadrique intentó contener la emoción que recorría su espinazo.
Su vida estaba a salvo. Lo había conseguido. Y, además, don Pedro le restituiría el maestrazgo de la Orden de Santiago. Sí, la oferta era extremadamente generosa. El rey pretendía que don Fadrique se distanciara de su hermano don Enrique. Su verdadero objetivo, a quien consideraba el origen de todo mal que azotaba a Castilla. Don Fadrique miró a las murallas. Decenas de soldados le contemplaban con suma atención en un profundo y denso silencio. Hasta los cuervos que sobrevolaban sobre sus
cabezas detuvieron sus graznidos, como si estuvieran también interesados en la conversación.
—Temo por ellos —dijo don Fadrique, sin apartar la vista del castillo—.
Temo por mis soldados, por doña María de Portugal y por doña Juana Manuel. No puedo abandonarlos a su suerte.
Una vez asegurada su supervivencia, don Fadrique pretendió salvaguardar las vidas de las personas que estaban bajo su cargo y responsabilidad. Si entregaba el castillo al rey y los soldados y nobles que allí se encontraban eran pasados a cuchillo, la nobleza le tildaría de traidor y cobarde. Era su reputación, su valor, su honor lo que procuraba preservar.
—La vida de los soldados será perdonada y por doña María de Portugal no debes preocuparte. Es la madre del rey y no le hará ningún daño.
—¿Y doña Juana Manuel?
—Es la mujer de don Enrique de Trastámara, la mujer de un traidor que persiste en rebelarse contra su rey. No podemos permitirnos liberarla.
Permanecerá retenida hasta que don Enrique se entregue o muera —hizo un gesto y retomaron el paseo—. Pero no debes temer por su vida, para nosotros es infinitamente más valiosa viva que muerta.
Don Fadrique apretó los labios y asintió.
—¿Qué destino les espera a los nobles sitiados? —preguntó, con la mirada perdida en el horizonte, como si ya conociera la respuesta.
El consejero del rey negó con la cabeza. Sus ojos mostraban una expresión sombría.
—Sus vidas estarán en manos del rey. Quedan fuera de estas negociaciones.
Don Fadrique entendió que don Pedro aplicaría sobre los nobles la justicia regia. Puede que alguno de ellos fuera perdonado, pero otros serían ejecutados. Al aceptar su propuesta los estaba condenando a muerte.
«Unos han de morir, para que otros puedan vivir», concluyó.
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