De reyes y bastardos
Capítulo 10
Sevilla, julio de 1350
Don Enrique de Trastámara fue el último en entrar en la sala de audiencias del alcázar de Sevilla, donde el rey recibía a las visitas ilustres y se reunía con sus consejeros para tratar asuntos de Estado. La sala estaba flanqueada por sendas bancadas de oscura madera de nogal, rematadas con respaldos bellamente decorados. Pendones y enseñas castellanoleonesas colgaban de techos y paredes. Don Gutier Fernández de Toledo le había asegurado que no tenía nada que temer, pero se hallaba nervioso, incómodo. Rendir pleitesía al hombre que había hecho de su madre una prisionera, no era precisamente de su agrado. Pero debía hacerlo. Era necesario si pretendía conducir sus intenciones y propósitos a buen puerto. La guardia real le franqueó el paso y don Enrique echó un rápido vistazo a los presentes. Su mirada se encontró con las de sus hermanos don Fadrique y don Tello. El más pequeño de los tres hermanos agachó avergonzado la vista. Don Tello tenía trece años. De personalidad asustadiza y pusilánime, fue el primero en acudir a Sevilla para ponerse a disposición de don Pedro. El conde de Trastámara caminó hacia el trono. Miraba a uno y a otro lado, reparando en los presentes y, sobre todo, ponderando en la importancia de los ausentes.
Entre estos últimos, le llamó la atención la ausencia del arzobispo, don Gil Carrillo de Albornoz, de don Garcí Laso de la Vega y, naturalmente, de la reina doña María de Portugal, aunque en este último caso, se imaginaba el motivo: no podría soportar compartir sala «con los bastardos de don Alfonso». Por lo demás, en aquella estancia estaba representada la alta nobleza castellana: don Juan Alfonso de Alburquerque, don Juan Núñez de Lara, sus hermanos don Fadrique y don Tello, los maestres de Alcántara y
Calatrava, don Fernando Manuel, señor de Villena, don Fernando y don Juan, infantes de Aragón, don Gutier Fernández de Toledo, don Pedro Ponce de León y don Alfonso Fernández Coronel, entre otros nobles y autoridades castellanas. Todos permanecían atentos a sus movimientos. El gesto de obediencia y claudicación de don Enrique de Trastámara devolvería la paz y tranquilidad a un reino que se hallaba convulso tras la muerte del rey Alfonso. Siguió caminando hasta que se detuvo justo enfrente del trono. Durante unos instantes miró fijamente al rey, como si la duda hubiera nublado su mente. Los presentes intercambiaron miradas de confusión. La guardia real, que flanqueaba el trono, echó mano de su empuñadura. Un gesto que no le pasó desapercibido al conde de Trastámara. Finalmente, se arrodilló, inclinó la cabeza, alargó las manos y exclamó en voz alta para ser bien oído:
—¡Mi rey, soy vuestro fiel servidor y vasallo!
Don Pedro se levantó del trono, le cogió las manos, le incorporó y le besó en ambas mejillas. Don Enrique de Trastámara había sido aceptado como vasallo. Los suspiros de alivio resonaron en toda la sala.
—Hermano, hoy es uno de los días más dichosos de mi vida. Siempre he anhelado tu presencia y compañía, al igual que la del resto de mis hermanos —dijo sincero don Pedro, mirando a don Tello y a don Fadrique
—. Como rey, he de enfrentarme a difíciles tareas de gobierno y espero contar con vuestra ayuda y consejo —la mirada de don Pedro se dirigió a los tres hermanos.
—Siempre la tendréis, mi rey —dijo don Enrique, intentando que sus palabras resonaran sinceras en la sala.
—Así será, mi rey —exclamó más convincente don Tello, un imberbe de pelo negro y encrespado, mirada huidiza y nariz prominente.
—Mi rey, será un honor serviros —dijo don Fadrique, maestre de la Orden de Santiago.
Don Pedro asintió con una gran sonrisa. Se hallaba feliz de encontrarse por fin en presencia de sus hermanos. A pesar de los malos augurios de su madre y de la desconfianza que hacia ellos sentían sus consejeros Alburquerque y don Gutier, él los quería y estaba persuadido de que podía confiar en ellos. Al fin y al cabo, eran sus hermanos. La transición entre el
fallecido rey don Alfonso y su hijo y heredero don Pedro había transcurrido pacíficamente, sin sobresaltos. Y su boda con doña Juana Manuel no haría más que afianzar un reino que se erigía unido, poderoso, temible. El rey se hallaba plenamente confiado y satisfecho.
Nada más rendir pleitesía y cuando sus obligaciones se lo permitieron, don Enrique pidió permiso a don Pedro para visitar a doña Leonor. El rey se lo concedió de buen grado. Don Enrique le había jurado vasallaje y doña Leonor estaba a buen recaudo en el alcázar, ¿qué podría temer? El conde de Trastámara entró raudo en la estancia donde se encontraba su madre. Hacía meses que no la veía y estaba impaciente por abrazarla.
—Madre —dijo con los ojos húmedos.
—Hijo mío —sollozó doña Leonor.
Madre e hijo se abrazaron en silencio durante unos instantes, transmitiéndose el calor y el amor que sentían el uno por el otro. Doña Leonor lloraba dichosa. Por fin, tenía entre sus brazos a su amado hijo, por quien tanto había rogado y sufrido. Sus súplicas habían sido escuchadas.
—Te encuentras bien, madre —dijo don Enrique, separándose ligeramente de ella para poder contemplar su rostro. Habían pasado unos pocos meses de la muerte de don Alfonso, pero para su madre parecían años. A pesar de tener el pelo cubierto con una toca, pudo advertir las incipientes canas que teñían de plata sus cabellos y las arrugas que hendían su rostro. Su madre había envejecido años en apenas unos meses. A doña Leonor no le pasó desapercibida la compasiva mirada de su hijo. Se retiró avergonzada y dándole la espalda, dijo:
—Lo sé… lo sé. Estoy vieja y fea. Tanto sufrimiento. Tanto miedo. He temido por ti, por tus hermanos. Cada vez que se abre la puerta de la alcoba el corazón me da un vuelco, pues temo que sea un mensajero anunciándome la muerte de alguno de vosotros —las lágrimas acudieron a sus ojos y escondió el rostro entre sus manos—. Vivo en un auténtico infierno. Cada día que amanece pienso que es el último. No solo temo por vuestra vida, sino también por la mía. Por las noches me sobresalto ante cualquier ruido,
creyendo que doña María de Portugal ha enviado a alguien a asesinarme.
Este miedo es insoportable, una tortura. A veces me siento débil, derrotada.
En esos momentos, desearía que el asesino enviado por la reina cumpliera con su cometido y acabara con mis sufrimientos.
Don Enrique se acercó a ella y, cogiéndole de los hombros, intentó consolarla.
—No temas, madre. Pronto serás libre. Soy fiel vasallo del rey. Ya no tiene nada en contra de mí, ni de ti. No puede tener encerrada sin juicio ni motivo a la madre de un noble castellano.
—Don Pedro nunca ha tenido nada en contra de nosotros. Es su madre quien nos odia. Mientras ella viva, yo permaneceré encerrada en esta prisión, condenada a muerte en espera de que se ejecute la sentencia y vosotros en un constante peligro —replicó con amargura.
—¡No lo consentiré! —exclamó don Enrique—. No permitiré que nadie te haga daño. ¡Jamás!
Doña Leonor le hizo un gesto para que bajara el tono de voz, pretendía evitar que la conversación fuera escuchada por los soldados que custodiaban la entrada a la alcoba.
—Aquí no estoy segura, como tampoco lo estáis tú y tus hermanos —
dijo doña Leonor.
Don Enrique asintió. Su madre tenía razón. ¿Cuánto tiempo tardaría el rey en replantearse la relación que mantenía con ellos? ¿Cuánto tiempo tardarían las envenenadas palabras de doña María de Portugal en emponzoñar su ánimo? Tarde o temprano, el rey se revolvería contra ellos y ordenaría su ejecución. Los Guzmanes y sus partidarios corrían serio peligro.
—Debemos actuar con rapidez —dijo doña Leonor.
—¿Qué tienes pensado?
—El rey pretende casarse con Juana Manuel.
Don Enrique miró a su madre con gesto de sorpresa.
—No es posible. Juana Manuel y yo nos casaremos tan pronto cumpla los quince años. El rey sabe que este matrimonio fue concertado por mi padre y don Juan Manuel.
—Sí, lo sabe, pero también sabe que una boda con Juana Manuel dará estabilidad al reino y legitimará su reinado o, mejor dicho, evitará legitimar el tuyo.
El conde de Trastámara comenzó a entender.
—Pero Juana solo tiene once años…
—Don Pedro puede casarse con ella y consumar el matrimonio cuando cumpla los quince años.
—¿Cuándo está previsto el enlace?
—Las negociaciones de boda acaban de iniciarse. Aún tenemos tiempo, poco bien es cierto, pero el suficiente.
—¿Qué opina don Juan Núñez de Lara de este enlace?
—Él fue quien me avisó.
—Ya, entiendo… es Fernando Manuel quien desea romper nuestro compromiso, ¿verdad?
—Así es, el hermano de Juana Manuel está entusiasmado con la idea de que su hermana sea proclamada reina de Castilla.
El conde de Trastámara se mesó pensativo la barba. La boda de Juana Manuel con don Pedro era una posibilidad que nunca se había planteado. El rey Alfonso y don Juan Manuel acordaron la boda de sus hijos y jamás juzgó que nadie se atrevería a romper tal compromiso.
—Este gesto de intolerable deslealtad me libera de cualquier responsabilidad en los actos que pudiera cometer en contra del rey a partir de ahora. Yo no lo he traicionado. Ha sido él quien ha actuado como un miserable, como un cobarde.
Don Enrique se sintió aliviado. Había encontrado el pretexto perfecto que le permitiría justificar cualquier acto de rebeldía en contra de don Pedro. Su traición le había obligado a proceder en su contra. Como miembro de la alta nobleza castellana, estaba obligado a defender sus derechos, su honor.
—¿Tienes algún plan, madre?
Doña Leonor sonrió extremadamente satisfecha.
—Tu madre siempre tiene un plan.
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