De reyes y bastardos
Capítulo 46
Castrojeriz, Burgos, julio de 1354
—¿Cuál es la situación? ¿Con quién podemos contar? —El rey miraba a don Gutier y a Hinestrosa con la preocupación marcada a fuego en los ojos.
Las hostilidades aún no habían dado comienzo, pero como si de una partida de ajedrez se tratara, con Castilla como tablero, ambos contendientes movían las piezas y ganaban posiciones, pero sin llegar a enfrentarse entre ellos. Había llegado el momento de la diplomacia, de los acuerdos, de la compra de voluntades y favores. Y Alburquerque era un adversario terrible en el noble arte de la diplomacia. Don Pedro, en cambio, era más visceral, más instintivo, más primario. El excanciller era metódico, reflexivo. Miraba más allá de los movimientos inmediatos, anticipando las jugadas de su adversario, lo que le facilitaba moverse siempre un paso por delante. Y el rey lo sabía.
—Los infantes de Aragón están con vos, mi señor —respondió Hinestrosa.
Don Pedro suspiró aliviado. La rivalidad existente entre don Enrique de Trastámara y don Fernando de Aragón había desequilibrado la balanza a su favor, pero ¿durante cuánto tiempo? Don Fernando deseaba ser proclamado rey. Tras su boda con doña María de Portugal, parecía que le daba igual de qué reino: Aragón, Portugal o Castilla. Y en Castilla tenía un serio oponente: don Enrique de Trastámara.
«Puede que algún día sean aliados. Incluso luchen juntos contra mí, pero sus ambiciones son las mismas. No tardarán en enfrentarse el uno con el otro. Debo alimentar el enfrentamiento entre los bastardos y los infantes», pensó.
—Bien, al menos una buena noticia. Que acudan con todas sus tropas a Toledo. Allí agruparé mis ejércitos y los de mis aliados y marcharemos contra los rebeldes. ¿Qué se sabe de Tello? ¿Ha apoyado a sus hermanos o todavía sigue dudando?
—Es un hombre indeciso…
—Es un cobarde —corrigió don Gutier a Hinestrosa—. Estará esperando, agazapado en su madriguera hasta advertir un claro vencedor.
Entonces tomará partido por él. El valor no es su mayor virtud.
—Hicisteis bien en casar al infante Juan con doña Isabel de Lara —
intervino Hinestrosa—. Llegado el momento, el infante puede reclamar sus derechos sobre el señorío de Vizcaya.
—La posibilidad de perder el señorío apacigua de momento los ánimos de don Tello, pero no creo que dure mucho tiempo. Tan pronto tenga ocasión de traicionarnos, lo hará —dijo don Gutier.
Don Pedro asintió. Precisamente concedió la mano de doña Isabel de Lara al infante Juan para desatar la rivalidad entre don Tello y el infante.
Una enemistad que sabría muy bien cómo gestionar.
—Es capaz de traicionar a sus propios hermanos si con ello obtiene provecho. Debemos tenerlo vigilado y, ante cualquier sospecha de traición, capturarlo.
—Así haremos, mi señor —dijo Hinestrosa.
—¿Y Juan de la Cerda? —preguntó el rey—. ¿Sabéis algo de él?
—Está con Alburquerque y los bastardos —respondió don Gutier.
—Lo imaginaba. Era de esperar que me traicionara. Es otro perro que confía en apoderarse del trono, de mi trono —comentó don Pedro acentuando las últimas palabras—. Tendrá su merecido, ¿algo más?
¿Alguna otra traición de la que deba preocuparme? —su tono era molesto, cansado, decepcionado.
Don Gutier carraspeó y se mesó la barba con gesto inquieto. El rey le miró y, entendiendo que era portador de otro nombre, le apremió para que se hablara con un gesto de mano.
—Mi señor, don Pedro Estébanez Carpenteyro, comendador mayor de la orden de Calatrava, ha huido y se encuentra protegido en la fortaleza de Alburquerque.
El rey arrugó el ceño intentando hacer memoria y preguntó:
—¿Ese no es el sobrino de Juan Núñez de Prado?
—Así es, mi señor. Denunció el nombramiento de don Diego García como maestre de Calatrava. Ha promovido una nueva elección entre los caballeros y freires de la Orden, y él ha sido el elegido.
Don Pedro echó una mirada reprobatoria a Hinestrosa y dijo:
—Tu sobrino se precipitó al ordenar su ejecución cuando yo simplemente le pedí que lo encerrara en Maqueda. Ahora el comendador pretende vengarse de la muerte de su tío.
Hinestrosa bajó la vista. Estaba molesto por recibir una reprimenda que no le correspondía, pues él era responsable de sus actos, no de los de su sobrino.
—Sea, ya está hecho. De nada sirve regodearnos en decisiones pasadas, por muy erróneas que hayan sido. Y la decisión de nombrar maestre de la orden a Diego García fue mía.
—Así fue, mi señor. Recordad que la elección de los maestres recae exclusivamente en los caballeros y freires de las órdenes militares —
comentó don Gutier.
El rey sonrió negando incrédulo con la cabeza.
—Los caballeros y freires de la Orden de Santiago no tuvieron reparo en elegir a Fadrique maestre cuando así se lo exigió Leonor de Guzmán y eso que solo contaba con nueve años. ¿Y ahora los de Calatrava me desafían?
—Están divididos, mi señor. Osuna, Martos y Porcuna se han puesto de lado del nuevo maestre… —dijo don Gutier.
—¡Un usurpador! ¡El legítimo maestre es Diego García! ¡Malditos traidores! —interrumpió el rey furioso. Cogió un vaso de vino y se lo bebió de un trago—. Los nobles, caballeros y freires son muy escrupulosos con los procedimientos y las normas cuando se pliegan a sus intereses.
¡Malditos! —tomó asiento y algo más calmado preguntó—: ¿Y Fernando Pérez Ponce, el maestre de Alcántara? Si Santiago y parte de Calatrava están bajo control de los rebeldes, es imprescindible que al menos la orden de Alcántara esté de nuestro lado.
—Permanece en Morón —respondió don Gutier—. No apoya a los sublevados, pero tampoco parece que tenga intención de acudir a Toledo.
Don Pedro negó con la cabeza. Si por él fuera los ejecutaría a todos. A unos por su manifiesta traición y a otros, como don Tello o el maestre de Alcántara, por su dudosa lealtad.
—Negociad con él. Dadle lo que pida —ordenó el rey—. No podemos permitirnos combatir a las tres órdenes militares. Son poderosas y ricas. No, no podemos.
—Debemos someter a la Orden de Santiago —dijo Gutier—. Es la más fuerte y poderosa. Además, está dirigida por don Fadrique. Si lo vencemos, será más sencillo acabar con don Pedro Estébanez Carpenteyro. La Orden de Calatrava estaría totalmente a nuestra merced.
—Gutier tiene razón —dijo Hinestrosa—. Dominadas las dos Órdenes, don Fernando Pérez Ponce no tendrá más opción que luchar en nuestro bando.
—¿Dónde se encuentra Fadrique ahora?
—En Jaén, en el castillo de Segura de la Sierra.
El rey se acarició preocupado la barbilla. El castillo de Segura de la Sierra era una formidable fortaleza construida por los musulmanes para proteger la comarca de los persistentes ataques cristianos. Fue erigida sobre una elevación de piedra y era prácticamente inexpugnable. Necesitaría de muchos soldados y pertrechos si pretendía conquistarla.
—Iremos a Toledo. Allí deberán unirse a nosotros todos los nobles a los que he exigido que demuestren su fidelidad. Al que no se presente en la fecha convenida, lo trataré de traidor —miró a Hinestrosa y añadió—: Envía un mensajero a Tello requiriendo su inmediata presencia en Toledo.
Si se niega a obedecer mi orden, le entregaré el señorío de Vizcaya al infante Juan de Aragón, así como el resto de sus propiedades. Creo que mis argumentos le serán de lo más convincentes.
—Le pedís que luche contra sus hermanos —observó don Gutier.
—Tendrá que establecer sus prioridades: su señorío y riquezas o sus hermanos —dijo el rey.
Don Gutier soltó una carcajada.
—Creo que todos los aquí presentes sabemos muy bien cuál va a ser su decisión, ja, ja, ja.
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