De reyes y bastardos

Alfonso Solis · Capítulo 60 de 72

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De reyes y bastardos

Capítulo 60

Toro, enero de 1355

La mañana amaneció fría y envuelta en una densa bruma. Dos soldados abrieron el calabozo del rey y lo escoltaron al patio de armas. Allí le esperaban diez jinetes pertrechados para la guerra, varios perreros y una reala de treinta perros. En el patio de armas se originó un gran alboroto entre los improperios de los perreros y los ladridos de los perros. Pero el rey se sentía dichoso. La caza era su pasión y poder abandonar aquel calabozo impregnaba su ánimo de energía y entusiasmo. Se sorprendió al encontrar a Hinestrosa esperándole montado en un caballo. Sus ojos se cruzaron y sonrieron de forma furtiva.

—Su caballo, mi señor.

Un palafrenero de unos catorce años le ofreció un viejo caballo blanco con motas grises. Era un percherón de carga que había vivido mejores momentos. Con aquella cabalgadura intentaban evitar que el rey pudiera escapar.

—Es rápido como el viento —dijo el oficial de los soldados que le custodiarían durante la jornada de caza para evitar su huida. Era un hombre fuerte, de mentón marcado y rostro rasurado. Sus ojos eran negros, enmarcados por unas cejas extremadamente pobladas. Se rio de su propia gracia.

—Un hermoso ejemplar —dijo con sarcasmo el rey, subiéndose a la grupa.

—Será difícil que algún marrano asqueroso se nos escape hoy —el oficial le entregó una pica y lo miró con desprecio—. Será una magnífica jornada de caza. Lo presiento.

El rey tragó saliva y apretó los puños; no le pasaron desapercibidas las insultantes palabras del oficial. Negó con la cabeza y decidió distraer su mente con pensamientos más agradables que la presencia del zafio oficial.

—Hace semanas que no salgo de mi celda —el rey respiró el aire fresco y puro de la mañana, muy distinto al enviciado y podrido de su celda—.

Aunque regresemos sin trofeo, habrá merecido la pena salir de caza.

El oficial se acercó a su montura y con una mirada fría que don Pedro no supo reconocer, le dijo:

—De eso no tengáis la menor duda, mi señor —giró su montura y gritó

—: ¡Todos listos!

Los perros rompieron en gruñidos y ladridos azuzados por la voz del oficial. Los perreros tuvieron serias dificultades en contener la energía que les impulsaba a salir corriendo del castillo y adentrarse en lo más profundo del bosque en busca de una presa.

—¡Vámonos! —exclamó el oficial alzando el brazo derecho y guiándolo hacia adelante.

Desde una ventana de la torre del homenaje don Tello observaba con interés la escena. Le había supuesto un gran esfuerzo que sus hermanos accedieran a permitir que el rey disfrutara de una jornada de caza, pero al fin lo había conseguido. Además, los soldados que lo vigilaban pertenecían a la guardia personal de don Enrique. Eran hombres de su más estrecha confianza. No había pues nada que temer y era prudente satisfacer algún capricho de quien todavía era el rey de Castilla. Don Tello observaba como los perreros corrían detrás de los perros, a los que tenían atados con largos correajes. Les seguían los jinetes y con ellos, el rey y don Juan Fernández de Hinestrosa. La niebla de la mañana le ayudaría a lograr su propósito.

Respiró hondo. Necesitaba calmarse. «Todo saldrá bien». Su corazón latía con fuerza amenazando con salir de su pecho.

La reala entró en el bosque perseguida por los esforzados perreros, que hacían denodados esfuerzos para no tropezar con las ramas y troncos caídos. Los jinetes azuzaron sus monturas y siguieron los ladridos, que poco a poco se iban perdiendo entre la niebla. El rey e Hinestrosa cabalgaban casi juntos. No se hablaban y se lanzaban discretas miradas de soslayo.

Ambos agarraban con fuerza su pica. La mañana avanzaba y el sol se abría

paso entre la madrugadora neblina. Sus rayos perfilaban los troncos de los robles y los pinos. El rey desconocía cuál era el plan, pero estaba seguro de que debería ser ejecutado cuanto antes. Pronto la niebla se desvanecería.

—¡Vamos o perderemos a los perreros! —gritó el oficial.

El rey espoleó su montura, pero apenas cabalgaba al trote. El orondo animal no daba para más. Se estaba quedando atrás. Solo Hinestrosa y un par de jinetes que vigilaban su espalda le acompañaban. Quizá había llegado el momento de la huida. De pronto, de entre los árboles y oculto por una neblina que se negaba a desaparecer, surgió la figura del oficial. Se dirigía hacia el rey a todo galope, con la espada desenvainada. El rey giró su montura y alzó la pesada pica presto a defenderse, cuando el silbido de una flecha cruzó de improviso el bosque. El oficial sintió como la flecha se le clavaba en el pecho y detuvo su montura. Sus ojos abiertos por el espanto aún reflejaban una insondable confusión cuando cayó malherido al suelo.

Los dos jinetes que vigilaban al rey desenvainaron sus espadas, pero sufrieron el mismo destino que el oficial. De entre la niebla, montado en un caballo blanco, surgió la figura de don Gutier Fernández de Toledo. Le acompañaba una docena de jinetes.

—Mi señor, todavía hay caballeros leales a vuestra causa —don Gutier lucía una enorme sonrisa.

—Gutier, amigo mío —dijo agradecido el rey.

—Saludos, Gutier. Creo que nunca me he alegrado tanto de verte —dijo Hinestrosa.

El rey desvió la vista hacia el oficial que yacía muerto con una flecha clavada en el pecho. Sus ojos estaban abiertos y de su boca colgaba inerte la lengua.

—Este no estaba en nuestros planes, sino en los de don Enrique —

comentó don Gutier, advirtiendo el desconcierto en la mirada del rey—.

Vuestro hermano quería veros muerto, mi señor.

Don Pedro asintió con pesar sin poder evitar apartar la mirada del oficial. Don Enrique le había permitido disfrutar de una jornada de caza para tener la oportunidad de matarlo. Pero afortunadamente no solo su plan había fracasado, sino que además ahora era libre. Respiró hondo. Ya resarcirá cuentas con su hermano bastardo más adelante.

—Señor, debemos marcharnos —observó acertadamente uno de los jinetes, acercando a don Pedro el caballo de uno de los soldados muertos.

Don Gutier asintió.

—¿Dónde vamos? —preguntó don Pedro, al tiempo que cambiaba de montura.

—A Segovia, mi señor. Ha llegado el momento de contraatacar.

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