De reyes y bastardos
Capítulo 14
Sevilla, agosto de 1350
El rey estaba postrado en la cama consumido por la fiebre. A su lado se encontraban su médico personal, un judío delgado, de corta estatura, con la nariz aguileña y ojos de ratón, y don Juan Alfonso de Alburquerque. Ambos contemplaban su rostro, sudoroso y macilento, con el gesto demudado por la preocupación. En tal precaria situación se encontraba don Pedro desde hacía pocos días. Enfermó poco después de que don Enrique de Trastámara hubiera huido a Asturias, tras casarse en secreto con doña Juana Manuel.
Una mañana, un sirviente personal acudió a su alcoba para asistirle y se lo encontró desmayado en el suelo. Desde entonces, su estado de salud no había mejorado, sino todo lo contrario.
—Cada día se encuentra peor —observó el canciller.
—Le he aplicado emplastes fríos y sangrías, poco más puedo hacer —
dijo el galeno.
—Pero ¿qué le sucede? Estamos en agosto y está tiritando de frío.
—La enfermedad le devora y su cuerpo se resiste. De ahí la fiebre.
—¿Crees que…? —Don Juan Alfonso de Alburquerque no quiso terminar la frase.
El médico se acercó al rey y le tocó la frente. Sintió como ardía como brasas incandescentes.
—Puede ser cuestión de horas, días o quizá unas pocas semanas, pero el rey no sobrevivirá a la enfermedad. Lo siento.
Alburquerque le cogió con brusquedad de los hombros y lo levantó del suelo.
—¡Haz lo que tengas que hacer, pero salva al rey si en algo valoras tu vida! —exclamó furioso. No esperó respuesta. El canciller dejó caer al médico y salió a toda prisa de la alcoba, dejándole con el gesto contraído por el miedo.
El canciller debía actuar con celeridad. Si el galeno tenía razón y el rey fallecía, la guerra civil se cerniría sobre Castilla. Don Pedro aún no se había casado y, por lo tanto, carecía de un heredero legítimo. Cualquier noble con ambición y parentesco con la realeza, aunque fuera lejana, podría reclamar su derecho a la Corona. Naturalmente, don Juan Alfonso de Alburquerque ya había mantenido contactos con quién consideraba su legítimo sucesor y, tras la conversación con el galeno, concluyó que había llegado el momento de trabajar seriamente en esa candidatura. El canciller no era necio. Estaba persuadido de que aquel a quién ayudara a alzarse con la Corona le estaría muy agradecido y le recompensaría generosamente. Con paso rápido cruzó los largos pasillos del alcázar hasta que se encontró frente a la puerta de la estancia ocupada por don Fernando de Aragón, primo del rey. Dos soldados custodiaban la puerta.
—Quiero ver a don Fernando de Aragón.
Un soldado llamó a la puerta, anunció la llegada del canciller y autorizó su entrada.
—El galeno asegura que el rey va a morir —dijo Alburquerque como saludo, dirigiéndose directamente a una mesa donde había una jarra de vino.
Sirvió dos vasos y le entregó uno a don Fernando de Aragón.
—Entonces debo agradecerte tu propuesta de proteger mi estancia con soldados. Si el rey muriese, podría sufrir un desafortunado accidente —dijo el infante, cogiendo el vaso de vino.
Don Fernando de Aragón tenía veintiún años. Era alto, de facciones agraciadas, largos cabellos y barba cobriza. Alburquerque le consideraba el legítimo heredero, pues su madre, doña Leonor de Castilla, esposa en segundas nupcias del rey aragonés Alfonso IV, era la hermana mayor del rey Alfonso. Cuando en 1336 murió Alfonso IV, fue proclamado rey su hijo don Pere, fruto de su primer matrimonio con doña Teresa de Entenza. Don Fernando permaneció en la Corte aragonesa junto a su madre doña Leonor y su hermano don Juan, hasta que tomó partido por la Unión nobiliaria, una
Liga de nobles que se alzó en armas contra don Pere. Sofocada la sublevación por el rey de Aragón, don Fernando y don Juan, junto a su madre doña Leonor, huyeron a Castilla en busca de protección y refugio.
—Pronto, no solo tendrás que agradecerme la protección de tu vida —
dijo Alburquerque, bebiendo un trago de vino.
—Si el rey falleciese, Dios no lo quiera, yo debería sucederle. Soy primo de don Pedro. Mi derecho al trono es incontestable.
—Así es, pero no te quepa la menor duda de que aparecerán peligrosos rivales. Es de vital importancia que vayamos ganando adeptos y partidarios.
Tu fuerza, tu autoridad, tu legitimidad deben ser incuestionables si pretendemos evitar que Castilla sea devorada por el fuego de la guerra.
—¿Quién está a nuestro favor? —preguntó don Fernando.
—Don Juan Núñez de Prado y creo que también podremos contar con el favor de la reina doña María de Portugal.
—¿La reina?
—Su apoyo es fundamental, imprescindible —respondió Alburquerque
—. Si logramos que te cases con ella, tu candidatura jamás podría ser cuestionada.
—¿Matrimonio? —preguntó confuso el infante mesándose la barba.
—Tu boda con doña María legitimaría tu candidatura. Además, contarías con el apoyo económico y militar de su padre, el rey Alfonso de Portugal. Quien logre casarse con ella, será el nuevo rey de Castilla.
En los planes de don Fernando no estaba tomar esposa en tan breve espacio de tiempo, pero era consciente de que si pretendía alzarse con la Corona de Castilla necesitaba de pactos, alianzas y concesiones. Y estaba dispuesto a firmar acuerdos, a comprar voluntades, a regalar prebendas y títulos si le ayudaban a alcanzar tan ambicioso propósito. Todo esfuerzo, todo sacrificio, incluso el matrimonio, sería pequeño, asumible.
—Si yo no me caso con doña María, probablemente lo hará otro candidato. En tal caso, mis pretensiones al trono se verían seriamente amenazadas —observó el infante. El canciller asintió—. ¿Y doña María qué opina?
—He hablado con ella y hará lo que tenga que hacer por el bien de Castilla. No obstante, su futuro marido, el futuro rey, debe tener el visto
bueno de su padre, el rey de Portugal. Somos países vecinos y quiere estar seguro de que en el nuevo rey no encontrará más que un amigo, un aliado.
No desea entrar en conflictos con Castilla, sino todo lo contrario. Portugal y Castilla están condenadas a entenderse, a colaborar unidas.
—¿Crees que el rey de Portugal me aceptaría como yerno?
—Después del trato vejatorio y las humillaciones con las que don Alfonso castigó a doña María, cualquier candidato que la trate con respeto y consideración, será del agrado del rey de Portugal.
Don Fernando de Aragón sonrió y sirviéndose más vino dijo:
—Bien es cierto, que podría ser mi madre, pero aún es bella. Le puedo asegurar al rey de Portugal que su hija no encontrará un esposo más devoto, fiel y entregado que yo.
—Ya lo sabe.
—¿Cómo? —preguntó confuso el infante.
—Le envié una carta trasmitiéndole nuestras intenciones.
Don Fernando de Aragón sonrió ante la audacia del canciller. Siempre un paso por delante de los demás.
—¿Y bien? ¿Has recibido respuesta?
Don Juan Alfonso de Alburquerque se recostó complacido.
—Está encantado de que su hija vuelva a ser la esposa del rey de Castilla.
—Excelente —agradeció don Fernando con un gesto de cabeza.
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