El último hombre

David Baldacci · Capítulo 1 de 57

Páginas del PDF

El último hombre

Sección 1

OceanofPDF.com

El último hombre

David Baldacci

OceanofPDF.com

Capítulo 1

Web London sostenía un rifle semiautomático SR75 que un armero legendario había diseñado especialmente para él. El SR no sólo dañaba carne y huesos, los desintegraba. Web, un hombre sumido en la violencia, nunca salía de casa sin su arsenal para uso propio. Siempre estaba preparado para matar, con eficacia y sin errores. Si alguna vez mataba a un inocente era como si él mismo se tragase la bala, pues sufría lo indecible.

Web se ganaba la vida de una forma más bien complicada. No le gustaba su trabajo, pero era de los más competentes.

A pesar de que casi nunca se había separado del rifle, Web no era de los que mimaba las armas. No decía que la pistola era su mejor amigo ni le ponía un apodo, pero las armas constituían una parte esencial de su vida, aunque no fueran fáciles de domar, como ocurre con los animales salvajes. Hasta los agentes del orden erraban en los blancos ocho de cada diez veces. Para Web eso no sólo era inaceptable, sino suicida. Tenía muchas cualidades peculiares, pero las ganas de morir no era una de ellas. Muchas personas tenían a Web en el punto de mira y, en una ocasión, habían estado a punto de acertar.

Hacía cinco años había perdido casi dos litros de sangre, tirado en el suelo del gimnasio de un colegio y rodeado de otros hombres muertos o moribundos. Tras recuperarse de las heridas y asombrar a los médicos que se ocupaban de él, Web comenzó a llevar el SR en lugar de la metralleta que empleaban sus compañeros de armas. Se parecía a una M16, con una recámara para balas del 308, una elección excelente si el propósito era intimidar. Con un SR en la mano, todos querían ser amigos tuyos.

Por la ventanilla de cristal ahumado del Suburban, Web observó los grupos de gente que iban doblando las esquinas con fluidez y las masas de humanidad sospechosa que merodeaban por los callejones oscuros.

Mientras que se adentraban en territorio hostil, Web volvió a mirar la calle,

donde sabía que cualquier coche podía ser una patrulla de incógnito.

Intentaba captar cualquier movimiento de ojos, asentimiento de cabeza o movimiento de dedos dando golpecitos en clave en los móviles con la intención de hacer daño al viejo Web.

El Suburban dobló la esquina y se detuvo. Web miró a los seis hombres que se apiñaban a su alrededor. Sabía que pensaban lo mismo que él: salir rápido, cubrir las posiciones y mantener las líneas de fuego. El miedo no tenía cabida, pero los nervios eran otro asunto. La adrenalina de alto octanaje no era su mejor amiga; de hecho, podía acabar con él fácilmente.

Web respiró hondo para calmarse. Tenía que mantener entre sesenta y setenta pulsaciones. Con ochenta y cinco, la pistola temblaría contra el torso; con noventa, sería difícil apretar el gatillo ya que la oclusión sanguínea y las contracciones nerviosas en hombros y brazos impedían un rendimiento aceptable. Con cien pulsaciones por minuto, se perdía por completo el control de las actividades motoras y era imposible acertar a un elefante con un cañón, aunque estuviera a un metro de distancia; en ese caso, lo mejor sería colocarse un letrero en la frente que dijera MÁTAME

RÁPIDO porque, sin duda alguna, la muerte sería el único final posible.

Web sacó la bebida, dio un sorbo de paz y supo destilar la tranquilidad del caos inminente.

El Suburban comenzó a desplazarse de nuevo, dobló otra esquina y se detuvo. El ruido de la radio se vio interrumpido cuando Teddy Riner habló por el micrófono de alta sensibilidad o «micro».

–Charlie a COT -dijo Riner-, solicito autorización de compromiso y permiso para avanzar hasta amarillo.

Web escuchó por el micro la respuesta seca del COT, el Centro de Operaciones Tácticas.

-Recibido, Charlie Uno, a la espera.

En el colorido mundo de Web, «amarillo» era la última posición en la que estaban a cubierto, ocultos. «Verde» era la zona crítica, el momento de la verdad: la brecha. Recorrer el terreno sagrado, entre la relativa seguridad y comodidad del amarillo y el momento de la verdad del verde, solía ser crucial. « Autorización de compromiso», murmuró Web para sí. Era una forma de pedir el visto bueno para, en caso necesario, matar y hacer que sonara como si simplemente uno pidiera permiso al jefe para rebajar unos cuantos dólares de un coche usado. El ruido de la radio volvió a interrumpirse.

–COT a todas las unidades: tienen autorización de compromiso y permiso para avanzar hasta amarillo.

« Muchísimas gracias, COT». Web se aproximó a las puertas de carga del Suburban. Iba a la cabeza y Roger McCallam a la retaguardia. Cal Plummer y los otros dos asaltantes, Lou Patterson y Danny García, estaban preparados con las ametralladoras MP-5, los explosivos cegadores y las pistolas del calibre 45, con aspecto tranquilo. En cuanto se abrieran las puertas, se separarían en abanico y buscarían indicios de amenaza en todas direcciones. Primero moverían los dedos de los pies, luego los talones, con las rodillas dobladas para asimilar el culatazo en caso de que tuvieran que disparar. La máscara de Web reducía su campo de visión, pero le permitía ver lo suficiente: el inminente tumulto de un Broadway en miniatura, pero sin tener que pagar una entrada cara ni ponerse un traje elegante. A partir de entonces bastarían las señales de la mano. De todos modos, la boca suele quedarse un poco seca cuando llueven balas. Web nunca hablaba mucho en el trabajo.

Vio a Danny García santiguándose, como era habitual en él. Y Web dijo lo que siempre decía cuando García hacía la señal de la cruz antes de que se abrieran de par en par las puertas del Chevy:

–Dios es demasiado listo y no viene por aquí, muchacho. Estamos solos.

Web siempre lo decía en tono burlón, pero no bromeaba.

Cinco segundos después se abrieron las puertas de carga y el grupo se alejó demasiado del punto cero. Normalmente conducían hasta el destino final y lo arrasaban todo con los explosivos, pero en este caso la logística era un tanto compleja. Coches abandonados, neveras tiradas y otros objetos voluminosos obstaculizaban el camino que conducía al blanco.

El ruido de la radio volvió a interrumpirse con las palabras de los francotiradores del Equipo Rayos X. Había hombres en el callejón, informaron, pero no pertenecían al grupo que Web perseguía. Al menos, eso creían los francotiradores. Web y su Equipo Charlie se incorporaron a la vez y corrieron por el callejón. Otro Suburban había dejado a los siete miembros homónimos del Equipo Hotel en el otro extremo de la manzana para que atacaran el blanco desde la parte posterior izquierda. Según el ingenioso plan, Charlie y Hotel se reunirían en el centro de la zona de combate.

Web y compañía se dirigían hacia el este, con una tormenta pisándoles los talones. Los rayos, los truenos, el viento y la lluvia horizontal solían joder las comunicaciones terrestres, el posicionamiento táctico y los nervios de los hombres, normalmente en el momento más crucial, cuando tenían que actuar sin errores. A pesar de las maravillas de la técnica, la única manera de reaccionar al temperamento de la Madre Naturaleza y a la calidad deficiente de la logística terrestre era correr más rápido. Así pues, corrieron resoplando por el callejón, una estrecha franja de asfalto repleta de baches y basura. Había edificios a ambos lados; las paredes estaban desconchadas por las décadas de batallas armadas. Algunas habían sido entre buenos y malos, pero casi siempre se trataba de jóvenes que peleaban con sus hermanos por el territorio de la droga, por mujeres o porque sí. Un arma en la mano te convierte en un hombre, aunque sólo seas un niño que, después de ver los dibujos del sábado por la mañana, sale convencido de que si acribilla a alguien luego se levantará para seguir jugando.

Se toparon con el grupo que los francotiradores habían identificado: negros, latinos y asiáticos trapicheando. Al parecer, los colocones y la promesa de un negocio de venta al por mayor sin complicaciones tenían más peso que los conflictos raciales, de credo, color o afiliación política. Para Web, todos

ellos eran como una raya de coca, la marca de un pico o una pastilla con un pie en la tumba. Le maravillaba que aquella patética colección de desgraciados tuviera la energía o la claridad necesarias para consumar la simple transacción de dinero a cambio de bolsitas de infierno cerebral apenas disimuladas como pociones placenteras.

Al ver la intimidante muralla de armas y Kevlar de Charlie, todos los drogatas salvo uno se arrodillaron y suplicaron que no los mataran o acusaran. Web observó al joven que seguía en pie. Llevaba un pañuelo rojo en la cabeza para aguantarse el pelo recién alisado, lo que simbolizaba lealtad a alguna pandilla. El chico tenía una cintura muy estrecha y hombros de levantador de pesos; llevaba unos pantalones cortos y raídos de gimnasio y una camiseta de tirantes sobre el torso musculoso. Aunque su semblante reflejaba una actitud de « soy más listo y duro y viviré más que tú», Web tuvo que admitir que el look harapiento le quedaba bien.

Bastaron treinta segundos para determinar que todos, salvo el chico del pañuelo, estaban pasados de vuelta y que ninguno de los drogatas llevaba armas o móviles para llamar al blanco y avisarle. El chico del pañuelo tenía un cuchillo, pero los cuchillos eran inútiles contra el Kevlar y las metralletas, por eso no se lo quitaron. Pero cuando el Equipo Charlie siguió avanzando, Cal Plummer lo hizo de espaldas, con la MP-5 apuntando al joven empresario del callejón, por si acaso.

El chico del pañuelo le gritó a Web que le gustaba mucho su rifle y que quería comprárselo. Le pagaría bien, dijo, y luego se los cargaría a todos.

¡Ja, ja! Web miró hacia los tejados, donde sabía que los miembros del Equipo Whisky y Rayos X estaban en las posiciones de tiro apuntando al poco cerebro que le quedaba a aquella pandilla de perdedores. Los francotiradores eran los mejores amigos de Web. Sabía perfectamente cómo trabajaban porque, durante años, había sido uno de ellos.

Web había pasado varios meses seguidos en pantanos húmedos rodeado de serpientes mocasín cabreadas. O había estado escondido en hendiduras azotadas por el viento en montañas glaciales, con la culata revestida de cuero del rifle hecho a medida junto a su mejilla, observando por la mira y

ofreciendo cobertura e información a los equipos de asalto. Como francotirador, había desarrollado muchas habilidades importantes, como aprender a mear en silencio en una jarrita. Entre las otras lecciones figuraba guardar la comida en montones claros y definidos para así poder comer al tacto en la más absoluta de las oscuridades, y disponer las balas para volver a cargar el arma de forma óptima, siguiendo un estricto modelo militar que había demostrado su eficacia una y otra vez. Desde luego, no tenía intención de recurrir a esas técnicas únicas para el sector privado.

La vida de un francotirador iba de una extremidad entumecida a otra. El trabajo consistía en conseguir la mejor posición de disparo con el menor riesgo personal posible y, en muchas ocasiones, los dos propósitos resultaban incompatibles. Se hacía lo que se podía. Horas, días, semanas, incluso meses de tedio que solían socavar la moral; las aptitudes más básicas quedaban destrozadas a consecuencia de momentos de una furia desgarradora que solían llegar en medio de una ráfaga de balas o en la mayor de las confusiones. Y la decisión de disparar significaba que alguien moriría, y nunca quedaba claro si tu propia muerte estaba incluida en la ecuación o no.

Cuando quería, Web evocaba esos recuerdos con gran intensidad. Un quinteto de puntas huecas estarían alineadas en un cargador accionado por resorte, dispuestas a desgarrar a un adversario al doble de la velocidad del sonido en cuanto Web apretase el gatillo, que cedería suavemente a la presión exacta. Web dispararía en cuanto alguien entrase en su zona de tiro, y un ser humano se convertiría de repente en un cadáver desmoronándose en el suelo. Sin embargo, los disparos más importantes eran los que no había efectuado. Era una especie de burla. Aquello no era para los timoratos, los estúpidos ni siquiera las personas de inteligencia media.

Web dio las gracias en silencio a los francotiradores que estaban en las alturas y siguió corriendo por el callejón.

A continuación se toparon con un niño, de unos nueve años, sin camisa, sentado sobre un trozo de cemento; no se veía a ningún adulto. La inminente tormenta había hecho que la temperatura descendiese más de seis

grados y el termómetro seguía bajando. Aun así, el niño no llevaba camisa.

Web se preguntó si alguna vez se la pondría. Había visto a muchos niños pobres. Más que cínico, Web era realista. Sentía pena por esos niños, pero poco podía hacer para ayudarles. Sin embargo, hoy día las amenazas provenían de cualquier parte, por lo que observó al niño de la cabeza a los pies, en busca de armas. Por suerte, no vio ninguna; a Web no le apetecía dispararle.

El chico le miró. Los rasgos del niño se apreciaban con claridad bajo el arco iluminado de la única farola del callejón que milagrosamente seguía intacta.

Web percibió el cuerpo delgado y los músculos de los hombros y brazos en torno a la protuberancia de las costillas, como la corteza que el árbol produce para cubrir una herida. En la frente tenía la cicatriz de una cuchillada. Web sabía que el agujero ampollado y fruncido que se le veía en la mejilla izquierda era la marca inconfundible de una bala.

–¡Malditos al infierno! – dijo el niño con voz cansada, y luego se rió socarronamente. Las palabras del niño y la risa resonaron en la cabeza de Web como címbalos, aunque no sabía por qué; sintió un cosquilleo en la piel. Había visto a niños desesperados como ése con anterioridad, estaban por todas partes, y, sin embargo, Web presentía que aquél era diferente.

Quizá llevaba mucho tiempo haciendo lo mismo, y ése no era precisamente el mejor momento para comenzar a pensar al respecto.

El dedo de Web rozó el gatillo del rifle y avanzó con zancadas ágiles al tiempo que intentaba olvidar la imagen del niño. Aunque delgado y sin músculos demasiado marcados, Web tenía mucha fuerza en los brazos y dedos y la espalda ancha resultaba engañosa. Era, con diferencia, el más rápido del grupo y poseía una gran resistencia. Web podía correr relevos de diez kilómetros durante todo el día. Prefería adquirir velocidad, rapidez y resistencia a poseer unos músculos de gimnasio. Las balas atravesaban los músculos con la misma facilidad que la grasa. Sin embargo, el plomo no te hacía daño si no te tocaba.

Casi todo el mundo describiría a Web London, con su espalda ancha y un metro ochenta y cinco, como a un hombre grande. No obstante, solían

fijarse en el estado de la parte izquierda de la cara, o lo que quedaba de la misma. Web admitía a regañadientes que resultaba sorprendente la reconstrucción que actualmente se hacía de la carne y los huesos destrozados. Con la luz propicia, es decir, muy poca, casi no se notaba el viejo cráter, el nuevo ascenso de la mejilla y el delicado injerto de huesos y piel trasplantados. Realmente asombroso, habían dicho todos. Todos salvo Web, claro está.

Al final del callejón volvieron a detenerse y se agazaparon. Teddy Riner estaba junto a Web. A través del micro inalámbrico Motorola comunicó al COT que Charlie estaba en amarillo y solicitaba permiso para avanzar hasta verde, «la zona crítica» del objetivo, que en ese caso no era más que una puerta de entrada. Web sostuvo el SR75 con una mano y buscó la pistola del 45 personalizada en la pistolera táctica que llevaba en la pierna derecha.

Tenía otra pistola idéntica en la placa antitraumatismos de cerámica que le recubría el pecho, y la tocó como parte del ritual previo al ataque.

Web cerró los ojos e imaginó cómo transcurriría el minuto siguiente.

Correrían hasta la puerta. Davies iría al frente y prepararía la carga. Los asaltantes sostendrían las granadas cegadoras en la mano libre. Habrían quitado el seguro de las metralletas y los dedos se mantendrían apartados de los gatillos hasta que llegara el momento de matar. Davies quitaría los seguros mecánicos de la caja de control y comprobaría el cable del detonador colocado en la carga; como siempre, buscaría problemas y esperaría no encontrar ninguno. Riner comunicaría al COT las palabras inmortales: « Charlie en verde». El COT replicaría, como siempre: « A la espera, todo controlado». A Web siempre le molestaban esas palabras;

¿quién diablos lo tenía todo controlado?

Durante toda su carrera, Web nunca había oído al COT llegar al final de la cuenta atrás. Al llegar al «dos», los francotiradores abrirían fuego sobre el blanco, y un grupo de rifles del 308 disparando a la vez resultan un tanto ruidosos. La carga explotaría antes de que el COT dijera «uno», y ese huracán de muchos decibelios ahogaría incluso tus propios pensamientos.

De hecho, si llegabas a oír el final de la cuenta atrás del COT significaba que corrías peligro ya que la carga no habría explotado. Y ése era el peor

modo de empezar la jornada laboral.

Cuando el explosivo destrozara la puerta, Web y su equipo invadirían el objetivo y arrojarían los explosivos cegadores y ensordecedores. Los explosivos cegarían a los presentes y romperían los tímpanos desprotegidos.

Si se topaban con otras puertas cerradas, cederían ante la descortés llamada de la escopeta de Davies o a una carga que parecía una tira de goma de neumático, pero que contenía un explosivo C4 que casi ninguna puerta resistía. Seguirían los pasos que se sabían de memoria, colocarían las manos y las armas, dispararían con precisión, pensarían como si estuvieran jugando al ajedrez. Se comunicarían mediante órdenes táctiles. Atacar los puntos clave, localizar a los posibles rehenes y sacarlos vivos de allí lo más rápido posible. En lo que nunca se pensaba era en morir. Exigía demasiado tiempo y te distraía de los detalles de la misión y de los instintos y disciplinas afinados tras hacer eso una y otra vez, hasta que se convertían en una parte fundamental de tu ser.

Según fuentes fidedignas, el edificio que estaban a punto de atacar albergaba las entrañas económicas de una importante operación de narcotráfico con sede en la capital. En el botín potencial figuraban contables y estadísticos, valiosos testigos para el Gobierno si Web y sus hombres lograban sacarlos con vida. De ese modo, los del FBI podrían imputar varios delitos a los peces gordos. Hasta los señores de las drogas temían un ataque frontal de Hacienda porque los cerebros casi nunca pagaban impuestos al tío Sam. Por eso habían llamado al equipo de Web.

Aunque su especialidad era matar a quienes se lo merecían, también se les daba muy bien mantenerlos con vida. Al menos hasta que ponían las manos sobre la Biblia, declaraban y se deshacían de un peligro mayor durante mucho tiempo.

Cuando el COT volviera a intervenir, comenzaría la cuenta atrás: « Cinco, cuatro, tres, dos…».

Web abrió bien los ojos y se serenó. Estaba preparado. Sesenta y cuatro pulsaciones por minuto, ya sabía qué ocurriría a continuación. « Venga, muchachos, el filón está ahí mismo. Vamos a por él». Volvió a oír al COT