El último hombre
Capítulo 21
La cena con Debbie Riner y sus hijos no salió tan bien como Web había esperado. Carol García también estaba allí con uno de sus hijos. Se sentaron en torno a la mesa de comedor, hablaron de cosas triviales y evitaron cualquier referencia relacionada con sus vidas destrozadas. Cuando los García se santiguaron, Web recordó lo que le había dicho a Danny García antes de cada misión. Web había estado en lo cierto porque Dios no les había protegido aquella noche. Sin embargo, Web no dijo nada al respecto.
–¿Me pasas las patatas, por favor? – pidió.
Los agentes del ERR no alentaban el que sus mujeres se reunieran. En algunos casos porque no querían que sus esposas cotillearan sobre los maridos. Los agentes mostraban muchas de sus facetas durante los entrenamientos y las misiones, y no siempre las buenas. Un desliz involuntario por parte de uno de ellos a su esposa podía extenderse como un reguero de pólvora entre las mujeres si mantenían contactos. En otros casos lo hacían para evitar que las mujeres se preocuparan en grupo hasta niveles exagerados, intercambiaran información errónea, especulaciones y falsedades categóricas generadas por el miedo a saber dónde estaban sus esposos, cuánto tiempo estarían fuera o si estaban muertos.
Los niños jugueteaban con la comida, repantigados en las sillas, y se veía que no tenían ganas de estar allí. Trataban a Web, quien había sido su amigo del alma y había jugado y bromeado con ellos y les había visto crecer, como si fuera un perfecto desconocido. Todos, incluso la hija de siete años de
Debbie Riner, quien había querido a Web casi desde el día de su nacimiento, se sintieron aliviados cuando éste se despidió.
–Llama de vez en cuando -dijo Debbie al tiempo que le daba un beso en la mejilla. Carol se limitó a despedirse desde lejos mientras aferraba con fuerza a su hijo de ojos vidriosos.
–Desde luego, faltaría más -dijo Web-. Cuidaos. Gracias por la cena. Si necesitáis algo, sólo tenéis que decírmelo.
Se marchó en el Vic, sabiendo que probablemente no volvería a verles nunca. Hay que seguir adelante, ése había sido sin duda alguna el mensaje de la cena.
A las nueve en punto de la mañana siguiente Web entró en el mundo de Claire Daniels. Irónicamente, a la primera persona que vio fue al doctor O’Bannon.
–Me alegro de verte, Web. ¿Te apetece un poco de café?
–Sé dónde está. Ya me lo serviré, gracias.
–Web, estuve en Vietnam. No en la línea de fuego porque ya entonces era psiquiatra. Pero vi a un montón de tipos que sí estuvieron allí. En la guerra pasan cosas que nunca te imaginarías. Pero quizá te hacen más fuerte. Y
trabajé con prisioneros de guerra a quienes había torturado el maldito Vietcong. Pasaron por momentos terribles, la clásica manipulación física y mental, haciendo el vacío a los agitadores, privándoles de cualquier atisbo de apoyo moral o físico. Les controlaban las vidas por completo, hasta la posición en la que debían dormir, los volvían unos contra otros en nombre del grupo, tal como lo definían los captores. Por supuesto, no es ético que un psiquiatra le «robe» pacientes a otro, aunque, francamente, me sorprendió un poco lo sucedido con Claire. Pero creo que Claire convendría en que lo que más importa es tu bienestar, Web. O sea, que si alguna vez
cambias de idea, aquí estoy.
Le dio una palmada en la espalda a Web, le miró para darle ánimos y se marchó.
Claire salió de la consulta al cabo de unos instantes, y comenzó a preparar café para los dos. Observaron a un técnico uniformado con una caja de herramientas saliendo del cuartito donde estaban las líneas telefónicas y eléctricas de la consulta.
–¿Problemas?
–No lo sé, acabo de llegar.
Mientras se hacía el café, Web recorrió a Claire con la mirada. Llevaba una blusa y una falda hasta las rodillas que dejaba ver unas pantorrillas y unos tobillos bien bronceados, pero el pelo, aunque corto, parecía algo revuelto.
Claire pareció darse cuenta y se colocó bien los cabellos rebeldes.
–Por las mañanas suelo dar vueltas deprisa alrededor del edificio para ejercitarme un poco. El viento y la humedad no favorecen al pelo -bebió un poco de café y añadió más azúcar-. ¿Estás listo?
–Más listo que nunca.
Ya en la consulta, Claire leyó detenidamente dos expedientes mientras Web observaba unas zapatillas de deporte que estaban en el rincón. Seguramente con las que daba vueltas deprisa. Web la miró, nervioso.
–Ante todo, Web, quiero agradecerte que confiaras en mí lo suficiente como para que me ocupe de tu tratamiento.
–No sé muy bien por qué lo hice -replicó Web con franqueza.
–Bueno, fuera cual fuera el motivo, me esforzaré para asegurarme de que tu decisión ha sido la correcta. El doctor O’Bannon no estaba muy contento al
respecto, pero tú eres lo que más importa -sostuvo en alto una carpeta pequeña-. Esto es lo que el doctor O’Bannon me dio cuando me hice cargo de tu caso.
Web esbozó una media sonrisa.
–Pensaba que sería más gruesa.
–Yo también -fue la sorprendente réplica de Claire-. Están las notas de unas cuantas sesiones; te recetó varios medicamentos, antidepresivos, nada fuera de lo normal.
–¿Y? ¿Eso es bueno o malo?
–Bueno, si te ayudó, y supongo que así fue ya que volviste a disfrutar de una vida productiva.
–Pero…
–Pero quizá tu caso se merezca un poco más de ahondamiento. Me sorprende que no te hipnotizara. Está muy capacitado y suele recurrir a la hipnosis durante el tratamiento. De hecho, O’Bannon imparte un curso en GW, donde cada tercer o cuarto año hipnotiza a los estudiantes y les hace cosas como que olviden una letra del alfabeto, de modo que mirarán la palabra «lata» en la pizarra y la pronunciarán «ata». O les hace creer que hay un jején volando junto a su oreja, cosas así. Lo hacemos como parte de una rutina para mostrar alucinaciones visuales y auditivas.
–Recuerdo que hablamos de ello la primera vez que le vi hace años. No quería hacerlo, y no lo hicimos -replicó Web cansinamente.
–Comprendo -Claire sostuvo en alto una carpeta mucho más gruesa-. Tu expediente oficial del FBI o, al menos, parte del mismo -dijo en respuesta a la mirada inquisitiva de Web.
–Me lo suponía. Creía que era información confidencial.
–Firmaste un documento de cesión cuando decidiste acudir en busca de orientación. El expediente se entrega rutinariamente al terapeuta como ayuda para el tratamiento, salvo la información secreta o confidencial, claro. El doctor O’Bannon me entregó el expediente cuando pasaste a ser mi paciente. Lo he estudiado meticulosamente.
–¡Bien hecho! – Web hizo crujir los nudillos y la miró con expectación.
–En nuestro primer encuentro no mencionaste que tu padrastro, Raymond Stockton, falleció de una caída en la casa cuando tenías quince años.
–¿No? Pues creía que lo había dicho. Pero no tomaste notas, o sea, que no puedes comprobarlo, ¿no?
–Créeme, Web, lo habría recordado. También me dijiste que te llevabas bien con tu padrastro, ¿no es cierto? – Claire miró los papeles.
Web sintió que el pulso se le aceleraba y que las orejas le quemaban. La técnica de interrogatorio era la clásica. Había preparado el terreno y le había puesto contra la espada y la pared.
–Tuvimos algunas diferencias, como todo el mundo.
–Hay una denuncia tras otra por agresión. Algunas procedentes de los vecinos, otras son tuyas. Todas contra Raymond Stockton. ¿A eso es a lo que te refieres con «algunas diferencias»? – Web se sonrojó, molesto, y Claire se apresuró a añadir-: No soy sarcástica, sólo quiero comprender tu relación con ese hombre.
–No hay nada que comprender porque no existía relación alguna.
Claire volvió a consultar las notas, hojeó los documentos, y Web observaba cada movimiento con una preocupación que iba en aumento.
–¿La casa que tu madre te dejó es la misma donde murió Stockton? – Web
no respondió-. ¿Web? ¿Es la misma…?
–¡Ya te he oído! Sí, es la misma, ¿y qué?
–Sólo era una pregunta. ¿Piensas venderla?
–¿A ti qué te importa? ¿Trabajas para las inmobiliarias en tu tiempo libre?
–Tengo la impresión de que la casa te ha causado problemas.
–No era el mejor lugar del mundo para un niño.
–Lo entiendo, pero, normalmente, para mejorar y seguir adelante debes enfrentarte a tus miedos de frente.
–No hay nada en esa casa a lo que deba enfrentarme.
–¿Por qué no hablamos un poco más al respecto?
–Mira, Claire, nos estamos yendo por las ramas. Acudí a ti porque se cargaron a mi equipo y me he quedado hecho polvo. ¡No nos apartemos del tema! Olvidemos el pasado. Olvidemos la casa y olvidemos a los padres.
No tienen nada que ver conmigo o con quien soy.
–Todo lo contrario, tienen mucho que ver con quien eres. Si no entiendo tu pasado, no podré ayudarte a solucionar el presente o el futuro. Así de simple.
–¿Por qué no me das algunas malditas pastillas y lo dejamos correr? Así el FBI se quedará satisfecho; tú habrás hecho tu trabajo y yo habré llevado a cabo el masaje mental.
–No trabajo así, Web -dijo Claire meneando la cabeza-. Quiero ayudarte.
Creo que puedo ayudarte. Pero tienes que cooperar. En caso contrario, no hay nada que hacer.
–Creía que habías dicho que tenía el síndrome de combate o algo así. ¿Qué tiene que ver con mi padrastro?
–Era una mera posibilidad para explicar lo que te había sucedido en el callejón. No dije que fuera la única posibilidad. Tenemos que analizar meticulosamente todas las perspectivas si queremos ocuparnos de verdad de tus asuntos.
–«Asuntos»… Parece como si no fueran más que tonterías, como si estuviera deprimido porque tengo acné.
–Podemos usar otro término si lo prefieres, pero no cambiará para nada la forma en que analicemos tus problemas.
Web se cubrió el rostro con las manos y habló a través de ese escudo.
–¿Qué coño quieres exactamente de mí?
–Honestidad, toda la que puedas. Y creo que podrás, si lo intentas. Tienes que confiar en mí, Web.
Web apartó la mano.
–De acuerdo, te contaré la verdad. Stockton era un asqueroso. Pastillero y borracho. Al parecer, nunca dejó de vivir en los sesenta. Tenía un trabajo administrativo de poca monta al que tenía que ir vestido con traje y se creía un poeta a lo Dylan Thomas fuera de las horas punta.
–O sea, que era una especie de soñador frustrado, quizás incluso un fantasma, ¿no?
–Quería ser un intelectual con más talento que mi madre, y no lo era ni de lejos. Su poesía era pura mierda; nunca llegó a publicar nada. Lo único que tenía en común con el viejo de Dylan es que bebía demasiado. Supongo que creía que la bebida le inspiraría.
–¿Y pegaba a tu madre? – Claire dio unos golpecitos en el expediente.
–¿Eso es lo que dice ahí?
–En realidad, lo más interesante es lo que no aparece en el expediente. Tu madre nunca presentó cargos contra Stockton.
–Bueno, supongo que entonces tendremos que creernos lo que pone ahí.
–¿Pegaba a tu madre? – volvió a preguntar Claire, pero Web siguió sin responder-. ¿O sólo te pegaba a ti? – Web alzó la vista lentamente, sin decir nada-. ¿Sólo a ti? ¿Y tu madre lo permitía?
–Charlotte no estaba mucho en casa. Se equivocó al casarse con ese tipo. Lo sabía, y por eso le evitaba.
–Supongo que el divorcio no estaba en sus planes.
–Ya se había divorciado una vez. No creo que le apeteciera pasar de nuevo por el mismo trago. Lo más fácil era evadirse y huir en coche.
–¿Y te dejaba con un hombre que sabía que te maltrataba? ¿Qué sentías tú?
Web no dijo nada.
–¿Hablaste con ella alguna vez de esto para que supiera cómo te sentías?
–No habría servido de nada. Para ella, él ni siquiera existía.
–O sea, que eso significa que reprimía los recuerdos.
–O sea, que eso significa lo que quieras que signifique. Nunca hablamos de eso.
–¿Estabas en casa cuando murió tu padrastro?
–Quizá, no me acuerdo bien. Supongo que también lo he reprimido.
–En el expediente sólo dice que tu padrastro se cayó. ¿Cómo se cayó?
–Por las escaleras del desván. Guardaba su alijo secreto de exquisiteces en el desván. Estaba colocado, no vio bien los escalones, se golpeó la cabeza en el borde de la abertura que bajaba y se rompió el cuello al golpearse en el suelo. La policía investigó lo sucedido y dictaminó que se trataba de una muerte accidental.
–¿Estaba en casa tu madre cuando pasó, o había salido en el coche a dar una de sus vueltas?
–¿Quieres hacerte pasar por una agente del FBI o qué?
–Sólo intento comprender la situación.
–Charlotte estaba en casa. Fue ella quien llamó a la ambulancia. Pero, como te he dicho, ya estaba muerto.
–¿Siempre has llamado a tu madre por su nombre de pila?
–Me parece lo correcto.
–Supongo que te sentirías aliviado tras la muerte de Stockton.
–Digamos que no lloré en el funeral.
Claire se inclinó hacia delante y habló en voz muy baja.
–Web, la siguiente pregunta no será fácil y si no quieres contestarla no pasa nada, pero en los casos de abusos paternos tengo que hacerla.
Web sostuvo en alto ambas manos.
–Nunca me tocó mis partes y nunca me obligó a tocar las suyas, ¿vale?
Nada de eso. Me lo preguntaron entonces y les dije la verdad. Ese tipo no era un pederasta. Sólo era un gilipollas cruel y sádico que se resarcía de una vida de inseguridades y decepciones sacudiendo hostias a un niño. Si se hubiera metido conmigo en ese sentido, habría encontrado el modo de cargármelo -Web se dio cuenta de lo que acaba de decir y se apresuró a añadir-: Pero nos ahorró un problema a todos al caerse.
Claire se recostó y apartó el expediente. Ese pequeño gesto aplacó en parte la ansiedad de Web, que se irguió.
–Es obvio que recuerdas lo que viviste con tu padrastro y que lo odiabas con motivo. ¿Has intentado recordar otras cosas de tu padre biológico?
–Los padres, padres son.
–Es decir, ¿metes en el mismo saco a tu padre y a Raymond Stockton?
–Te ahorra el problema de tener que pensar demasiado al respecto, ¿no?
–El camino fácil no suele resolver nada.
–No sabría por dónde empezar, Claire, de verdad que no.
–De acuerdo, regresemos al patio. Sé que te resultará doloroso, pero volvamos a pasar por allí.
Web lo hizo y le resultó doloroso.
–Bien, ¿recuerdas si el primer grupo de personas con el que te topaste te causó alguna impresión?
–Nada salvo preguntarme si alguno de ellos intentaría matarnos o darle el chivatazo a alguien, pero sabía que los francotiradores los tenían controlados. O sea, que aparte de la posibilidad de morir en el acto todo marchaba sobre ruedas.
Claire no dio muestras de sentirse desconcertada por el sarcasmo. Eso impresionó a Web.
–Bien, imagínate al niño. ¿Recuerdas exactamente lo que dijo?
–¿Eso importa de verdad?
–En estos momentos no sabemos lo que importa y lo que no.
Web suspiró con pesadez.
–Vale. Vi al niño. Nos miró. Dijo… -Web se calló porque recordaba a Kevin perfectamente. El agujero de bala en la mejilla, el navajazo en la frente; apenas un despojo humano que había vivido una vida de mierda-. Dijo…
dijo: « Malditos al infierno», eso es lo que dijo -Web la miró entusiasmado-.
Eso es, y luego se rió. Una risa muy extraña, socarrona.
–¿Qué fue lo que te impresionó?
Web meditó la respuesta.
–Cuando habló la primera vez. Fue como si el cerebro se me nublara -y añadió-: « Malditos al infierno», eso fue lo que dijo. Vuelve a ocurrirme ahora, siento un cosquilleo en los dedos. Qué pasada.
Claire realizó varias anotaciones y lo miró.
–Es muy raro que un niño use esa expresión, sobre todo siendo de las zonas urbanas deprimidas. Es cierto que «malditos» e «infierno» se dice, pero
¿«malditos al infierno»? No sé, suena arcaico, como de otra época. Quizá puritano, fuego y azufre. ¿Qué te parece?
–Me suena de la época de la guerra de Secesión o algo así -replicó Web.
–Es muy raro.
–Créeme, Claire, toda esa noche fue muy rara.
–¿Sentiste algo más?
Web volvió a pensar en ello.
–Estábamos esperando que nos dieran la orden final para atacar el blanco.
Nos la dieron -meneó la cabeza-. Nada más oír la orden por el auricular, me quedé paralizado. Fue instantáneo. ¿Recuerdas lo que te conté sobre las armas con las que nos entrenábamos en el ERR? – Claire asintió-. Bueno, pues fue como si me hubieran dado con uno de esos dardos electrificados.
No podía moverme.
–¿Crees que alguien pudo dispararte con una de esas armas en el callejón?
¿Crees que tal vez eso te paralizó?
–Imposible. No había nadie tan cerca y el dardo no habría atravesado el Kevlar. Y lo que es más importante, aún tendría el dardo clavado, ¿vale?
–Vale -Claire tomó más notas-. Bien, dijiste que antes de quedarte paralizado pudiste ponerte en pie y llegar al patio.
–Nada en la vida me ha costado tanto, Claire. Fue como si pesara mil kilos, el cuerpo no me respondía. Y finalmente pudo más que yo y me vine abajo y me quedé allí. Y entonces las armas empezaron a disparar.
–¿Cuándo recuperaste el dominio de ti mismo?
Web meditó la respuesta.
–Me pareció que estuve años sin moverme. Pero no duró mucho. Cuando las armas abrieron fuego sentí que volvía a ser dueño de mí mismo. Podía mover los brazos y las piernas, y me ardían muchísimo, como cuando el brazo o la pierna se quedan dormidos y la circulación comienza a pasar de nuevo. Así es cómo sentía las extremidades. Aunque la verdad es que de poco me servían en aquellos momentos; no tenía adonde ir.
–O sea, que te recuperaste solo. ¿No recuerdas haber hecho algo que te hubiese podido paralizar? ¿Quizás un problema de espalda de los entrenamientos? ¿Has sufrido lesiones nerviosas? Eso también te paralizaría.
–Nada de nada. Si no estás en un estado óptimo no participas en ninguna operación.
–Así que oíste las armas disparando y volviste a sentirte dueño de ti mismo.
–Así es.
–¿Algo más?
–El niño, había visto millones como él. Y, sin embargo, parecía diferente.
No lograba sacármelo de la cabeza. No sólo porque le hubieran disparado, también he visto a otros niños así. No lo sé. Mientras las armas disparaban volví a verle. Estaba agazapado al final del callejón. Otro paso y le habrían despedazado vivo. Le grité que retrocediera. Me arrastré sobre el estómago en su dirección. Me di cuenta de que estaba muy asustado. Oyó que el Equipo Hotel venía por un lado, yo por el otro, y las ametralladoras disparaban sin cesar. Intuí que cruzaría el patio corriendo, y que se lo cargarían. No podía permitir que eso ocurriera, Claire. Esa noche ya habían muerto demasiados. Saltó y yo salté y lo atrapé al vuelo, le calmé porque chillaba que no había hecho nada y, por supuesto, cuando un niño dice eso sabes que está ocultando algo. Bueno, le calmé. Me preguntó si los de mi equipo estaban muertos y le dije que sí. Le di el mensaje y mi gorra y disparé la bengala. Sabía que era la única forma de que el Equipo Hotel no le matara al verle salir de la oscuridad. No quería que muriera, Claire, eso es todo.
–Debió de ser una noche terrible para ti, Web, pero te sentirías bien por haberle salvado.
–¿Sí? ¿De qué le salvé? ¿Para que volviera a las calles? Mira, es un niño
especial. Tiene un hermano mayor que se llama Gran F que dirige una de las operaciones de narcotráfico locales. No trae más que problemas.
–O sea, que es posible que todo esto tenga que ver con algún enemigo de Gran F, ¿no?
–Quizá -Web guardó silencio, pensando si debía revelar más información-.
Alguien cambió a los niños. En el callejón.
–¿Cambiaron a los niños? ¿A qué te refieres?
–Quiero decir que el Kevin Westbrook al que salvé la vida en el callejón no era el niño que entregó el mensaje al Equipo Hotel. Y el niño que desapareció de la escena del crimen no era el Kevin Westbrook al que salvé.
–¿Por qué harían algo así?
–Ésa es la pregunta del millón, y me está volviendo loco. Lo que sé es que le salvé el culo a Kevin Westbrook en aquel patio y que el niño que lo reemplazó dijo a los del Equipo Hotel que yo era un cobarde de cuidado.
¿Por qué les diría eso?
–Parece que intentaba desacreditarte a propósito.
–¿Un niño al que ni siquiera conocía? – Web negó con la cabeza-. Alguien quería hacerme quedar mal, eso desde luego, y debió de decirle al niño lo que tenía que soltar. Y luego llegaron y se largaron con el niño impostor. Es probable que esté muerto. Seguramente Kevin estará muerto.
–Parece que alguien lo planeó todo a conciencia -dijo Claire.
–Y me encantaría saber por qué.
–Lo intentaremos, Web. Puedo ayudarte en parte, pero todo lo concerniente a la investigación escapa a mis dominios.
–Es posible que también esté fuera de mi alcance. Durante los últimos años apenas he realizado tareas de investigación -se toqueteó el anillo del dedo-.
O’Bannon me ha hablado esta mañana del síndrome del combate para darme ánimos.
Claire arqueó las cejas.
–¿Ah, sí? ¿Te habló de su experiencia en Vietnam? – parecía que reprimía la risa.
–No creo que usara esa perspectiva por primera vez. Pero ¿es eso lo que crees… quiero decir, a pesar de lo del otro niño?
–Aún no puedo decírtelo, Web.
–Mira, sé que eso les pasa a los soldados. Les disparan y se asustan. Eso lo entendemos todos.
Claire le miró fijamente.
–¿Pero?
Web comenzó a hablar muy rápido.
–Pero la mayoría de los soldados apenas reciben entrenamiento y luego los arrojan a la boca del lobo. No saben nada sobre cómo matar al enemigo. No saben nada sobre qué significa estar en la verdadera línea de fuego. Yo me he pasado la mayor parte de la vida adulta entrenándome duro para este trabajo. Me han disparado más veces de las que te imaginas, Claire. Desde ametralladoras hasta morteros, y si me hubieran dado no quedaría nada de mí. He matado a hombres tras haberme desangrado. Y ni una vez, ni una maldita vez, perdí el control como esa noche. Y los disparos ni siquiera habían comenzado. Dime, ¿cómo coño es eso posible?
–Web, sé que buscas respuestas. Tenemos que profundizar más. Pero te diré que todo es posible cuando se trata de la mente.
Web la miró fijamente, negó con la cabeza y se preguntó cuándo coño podría salir de la carretera en la que se había metido.
–Bien, doctora, eso no es mucha ayuda que digamos. ¿Cuánto te paga el FBI para que no me digas nada?
Se incorporó de forma abrupta y se marchó.
Claire tampoco intentó detenerlo en esa ocasión, ni habría podido de haber querido. Otros pacientes se habían marchado con anterioridad, pero nunca durante las dos primeras sesiones. Claire se recostó en la silla, repasó las notas y luego puso en marcha una grabadora y comenzó a hablar.
Claire no lo sabía, pero oculto en el detector de humo del techo había un sofisticado aparato de escucha que se alimentaba de la corriente eléctrica del edificio, En todas las consultas de los psiquiatras y psicólogos que trabajaban allí había un aparato de escucha similar bien escondido. El cuartillo del teléfono de la consulta alojaba varios micrófonos de escucha adicionales, uno de los cuales se había roto. El «técnico» había acudido esa misma mañana para repararlo.
Esos aparatos de escucha habían captado enormes cantidades de información de todos los pacientes que habían entrado allí. Durante el último año, más de cien agentes del FBI de todas las divisiones, incluyendo las de Corrupción Pública, OFW, ERR, la zona alta y los agentes secretos, y más de veinte esposas de ese personal, habían acudido allí para revelar sus secretos y problemas, confiando en la máxima confidencialidad. Eso es lo único que habían recibido a cambio.
En cuanto Web hubo abandonado la consulta furioso, Ed O’Bannon bajó en
el ascensor hasta el garaje, entró en su flamante Audi cupé y se marchó.
Sacó el móvil y marcó un número. Tras una larga espera, contestaron.
–¿Es un buen momento? – preguntó O’Bannon con preocupación.
Desde el otro lado de la línea le dijeron que el momento era tan bueno como cualquier otro si la conversación era breve e iba directa al grano.
–London ha venido hoy.
–Eso he oído decir -dijo la voz-. Uno de los míos ha estado allí para reparar un problema técnico.
O’Bannon tragó saliva, nervioso.
–Está viendo a otro psiquiatra -se apresuró a añadir-: Intenté impedírselo, pero no hubo manera.
La respuesta de la persona fue tan iracunda que O’Bannon tuvo que apartar el móvil de la oreja.
–Mira, no era mi intención -dijo O’Bannon-. No me podía creer que estuviera viendo a otro psiquiatra. Fue por pura casualidad… ¿Qué? Se llama Claire Daniels. Solía trabajar para mí. Lleva muchos años aquí, es muy competente. En otras circunstancias no habría problema alguno. Pero no podía armar un lío sin que sospecharan de mí.
El comunicante sugirió algo que hizo temblar a O’Bannon. Salió de la carretera y detuvo el coche.
–No, matarla sólo levantaría sospechas. Conozco a Web London.
Demasiado, quizá. Es listo. Si le pasa algo a Claire, se dará cuenta y ya no soltará prenda. Él es así. Confía en mí, he trabajado con él mucho tiempo.
Recuerda que por eso me contrataste.
–Pero ése no es el único motivo -dijo el comunicante-. Y te pagamos bien,
Ed. Muy bien. Y no me gusta nada que esté viendo a la tal Daniels.
–Lo tengo todo bajo control. London vendrá un par de veces y luego lo soltará todo. Pero si pasa algo más, lo sabremos. Estaré al tanto.
–Más te vale -dijo el otro-. Y en el momento en que no lo tengas bajo control, entraremos en acción.
La llamada se cortó y O’Bannon, consternado, regresó a la carretera y se alejó.
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