El último hombre
Capítulo 24
Se rió de un modo que hizo pensar a Kevin que la familia no le gustaba en absoluto. Se frotó el dedo donde había llevado el anillo.
–¿Por qué me has dejado hablar con él?
–Bueno, es importante que sepa que estás bien.
–Para que así haga lo que le digáis, ¿no?
–Vaya, nos ha salido listo el niño. ¿Quieres un trabajo? – volvió a reírse, se dio la vuelta y se marchó, cerrando la puerta con llave.
–¡Lo que quiero es salir de aquí! – le gritó Kevin.
Capítulo 24
Web no había leído el periódico desde hacía varios días. Finalmente, compró el Washington Post y lo hojeó mientras tomaba café en una mesa cerca de la fuente del Reston Town Center. Había estado dando vueltas por el área metropolitana de Washington, acumulando cuantiosas facturas de motel para el FBI. De tanto en tanto, Web alzaba la vista y sonreía a los niños que trepaban por el saliente y arrojaban monedas a la fuente mientras las madres les sujetaban de los faldones para que no se cayeran al agua.
Había leído la sección de deportes, la de noticias locales y la de sociedad, yendo de las páginas finales a la portada. En la página A6 se le esfumó la despreocupación. Releyó el artículo tres veces y observó detenidamente las fotografías. Se recostó para asimilar todo aquello y llegó a unas conclusiones tan rocambolescas que resultaban del todo imposibles. Se tocó
el lado dañado de la cara y luego presionó las marcas de las balas. ¿Tendría que enfrentarse a todo eso después de tanto tiempo?
Marcó uno de los números de la agenda. Bates no estaba. Lo llamó al busca.
Bates le devolvió la llamada a los pocos minutos. Web le mencionó el artículo.
–Louis Leadbetter. Era el juez de Richmond que se ocupó del caso Sociedad Libre. Liquidado. Watkins era el fiscal del caso. Entra en su casa y estalla.
Todo eso el mismo día. Y luego está lo del Equipo Charlie. Fuimos el equipo que respondió a la petición de la Oficina de Campo de Richmond.
Maté a dos de los Free antes de que me quemaran la cara y me dejaran dos agujeros en ella. Y luego está Ernest B. Free. Se fugó de prisión hace unos tres meses, ¿no? Sobornó a uno de los guardias, le sacó en la furgoneta de traslados y acabó degollado por tomarse tantas molestias.
La respuesta de Bates fue sorprendente.
–Ya lo sabíamos, Web. Los ordenadores habían estado procesando esos datos y entonces ocurrieron esas dos muertes… asesinatos. Y algo más.
–¿Qué?
–Será mejor que vengas.
Cuando Web llegó a la OFW, le acompañaron hasta el centro de operaciones estratégicas que tenía todos los timbres y silbidos que cabría esperar de la colosal maquinaria federal, destinada a atajar el crimen sin escatimar en gastos, incluyendo las típicas paredes revestidas de cobre, los sofisticados sistemas de seguridad, el ruido blanco en todos los portales vulnerables, los escáneres de retina y de mano, las pilas de ordenadores de última generación, el equipo de vídeo y, sobre todo, el café recién hecho en grandes cantidades y un montón de donuts Krispy Kreme calientes.
Web se sirvió café y saludó a algunas de las personas que pululaban por la
enorme sala. Observó unos diagramas generados por ordenador del patio y alrededores, clavados en unos tableros que colgaban de la pared. Había alfileres en varios puntos de los diagramas que Web sabía que representaban importantes lugares de pruebas o pistas. El ajetreo de pies, el incesante ruido de las teclas de los ordenadores, las llamadas de teléfono, el crujido de los papeles y el elevado nivel de calor corporal indicaron a Web que pasaba algo. Ya había trabajado en ese centro de operaciones.
–Los de Oklahoma pusieron el listón muy alto -dijo Bates con una sonrisa irónica mientras Web se sentaba frente a él-. Ahora todos esperan que analicemos un par de trozos de metal, comprobemos varias cintas de vídeo, apretemos unas cuantas teclas de ordenador y, bingo, nuestro hombre en el saco a las pocas horas -dejó caer el bloc de notas sobre la mesa-. Pero casi nunca funciona así. Como con todas las cosas, se necesitan pistas. Bueno, nos acaban de anunciar unas cuantas. Hay alguien que, sin duda, quiere que sepamos que anda suelto.
–Seguiré la pista venga de donde venga, Perce. Sea quien sea, no puede controlar cómo la sigo.
–Sabes que no me gustó nada que dejaras la OFW para trepar por cuerdas y disparar. Si te hubieras quedado conmigo habrías llegado a ser un agente del FBI decente.
–Te haces la cama, te tumbas y mueres en la misma. Dijiste que había algo más, ¿no?
Bates asintió y le pasó un recorte de prensa. Web bajó la vista para mirarlo.
–Scott Wingo… ¿te suena el nombre?
–Sí, defendió a nuestro amigo Ernest B. Free. Yo no estuve en el juicio, por supuesto. Me estaba recuperando. Pero los tipos que estuvieron allí hablaron del tal Wingo.
–Ingenioso y listo. Le ofreció un trato de primera. Ahora está muerto.
–¿Asesinado?
–Le pusieron atropina en el auricular del teléfono. Lo descuelgas, lo apoyas en la piel, cerca de las fosas nasales y eso. La atropina se asimila por las membranas mucho más rápidamente que por el torrente sanguíneo. Las pulsaciones se te disparan, te cuesta respirar, sufres alucinaciones, todo eso en menos de una hora. Si tienes mal los riñones o padeces otros problemas circulatorios, de modo que el cuerpo no puede deshacerse de la atropina rápidamente, entonces eso acelera la velocidad del veneno. Wingo era diabético, sufría problemas de corazón y estaba confinado a una silla de ruedas, así que la atropina era la elección perfecta. Iba a trabajar los sábados solo, así que no habría nadie cuando comenzara a sentir los efectos de la atropina. Y durante los fines de semana solía devolver muchas llamadas, o eso nos han dicho los de Richmond.
–O sea, que quien le mató conocía su historial médico y su rutina laboral,
¿no?
Bates asintió.
–A Leadbetter le dispararon cuando encendió la luz para leer un artículo que, al parecer, otro juez le había sugerido que leyera. El jefe de policía que respondió al teléfono dijo que fue el juez Mackey. Por supuesto, no es cierto.
–Otra vez el teléfono.
–Eso no es todo. El vecino de Watkins estaba saliendo en coche de su casa cuando Watkins llegaba a la suya a pie. Le dijo a la policía que vio a Watkins llevarse la mano al bolsillo y sacar el móvil. El vecino no oyó que le llamaran, pero dijo que daba la impresión de que Watkins estaba respondiendo a una llamada. La casa llena de gas, aprieta el botón para hablar. Boom.
–Un momento -dijo Web-. Un móvil no es lo mismo que un interruptor. No
contiene la suficiente chispa eléctrica como para inflamar gas.
–Analizamos el móvil, o lo que quedó del mismo. Los forenses tuvieron que arrancarlo de la mano de Watkins. Alguien había colocado un solenoide dentro del móvil que causaría la chispa necesaria para inflamar el gas.
–Así que alguien le quitó el móvil, seguramente mientras dormía o estaba lejos del mismo durante bastante tiempo, colocó el solenoide dentro, y también tuvieron que vigilarle de cerca para que la sincronización fuese perfecta.
–Sí. Comprobamos el registro de llamadas de los móviles de Watkins y del jefe de policía. Las dos llamadas se realizaron con tarjetas telefónicas de usar y tirar que pueden comprarse en efectivo. No dejan rastro.
–Como las que usan los agentes secretos. Supongo que el tuyo todavía no ha aparecido.
–Olvídate de nuestro agente secreto.
–No, luego hablaremos de él. ¿Se sabe algo de Free?
–Nada. Es como si se hubiera marchado a otro planeta.
–¿Todavía existe la organización?
–Sí, por desgracia. Seguramente recuerdas que negaron haber participado en lo del colegio de Richmond, y Ernie no traicionó a sus almas gemelas, dijo que lo había planeado todo sin su conocimiento, y así quedó la cosa.
Los otros asesinos estaban muertos, dos gracias a ti. No logramos que ninguno de los otros miembros accediera a declarar, así que nunca se acusó a la Sociedad Libre de nada. Pasaron inadvertidos durante una época por toda la publicidad negativa, pero se rumorea que vuelven a la carga con sangre nueva.
–¿Dónde están ahora?
–En el sur de Virginia, cerca de Danville. Será mejor que creas que hemos cubierto la zona. Imaginábamos que el viejo Ernie iría allí tras la fuga. Pero, de momento, nada.
–Después de todo lo sucedido, ¿podríamos conseguir una orden de registro?
–¿Qué, quieres que vayamos al magistrado y le digamos que tenemos tres asesinatos, seis si contamos la familia de Watkins, y que creemos que la Sociedad Libre está detrás de todo, pero que no tenemos ninguna prueba que los relacione con el ataque contra el ERR o cualquier otro? ¿No crees que a la Unión Americana de Libertades Civiles le encantaría sacar todo esto a la luz? – Bates hizo una pausa y prosiguió-: Sin embargo, todo encaja. Fiscal, juez, motivo perfecto para la venganza.
–Pero ¿por qué el abogado de la defensa? Salvó a Ernie de la inyección letal. ¿Por qué cargárselo?
–Cierto, pero no estamos hablando de personas racionales, Web. Lo único que sabemos es que están cabreados porque su compañero loco ha estado un día en la cárcel. O quizás Ernie se peleara con el tipo y al escaparse decidió liquidarlos a todos.
–Bueno, al menos eso significa que no habrá más muertos. Ya no queda nadie.
Bates buscó en una carpeta y extrajo otro trozo de papel y una fotografía.
–No del todo cierto. Recuerda que también se cargaron a dos profesoras en la escuela.
Web respiró hondo, mortificado por aquellos dolorosos recuerdos.
–Y el niño, David Canfield.
–Exacto. Bueno, una de las profesoras asesinadas estaba casada. Y adivina
lo que ha pasado. Su marido murió hace tres días en Maryland mientras regresaba a casa en coche por la noche después de trabajar.
–¿Homicidio?
–No estamos seguros. Fue un accidente de automóvil. La policía todavía está investigando. Parece que chocaron con él y se dieron a la fuga.
–¿Había teléfonos?
–Había uno en el coche. Después de contactar con ellos, los de la policía nos dijeron que comprobarían el registro de llamadas para ver si recibió alguna justo antes del accidente.
–¿Qué hay de la familia de la otra profesora?
–El marido y los hijos se mudaron a Oregón. Nos hemos puesto en contacto con ellos y ahora mismo los vigilan veinticuatro horas al día. Y eso no es todo. ¿Te acuerdas de Bill y Gwen, los padres de David Canfield?
Web asintió.
–Estuve unos días en el hospital de la Facultad de Medicina de Virginia.
Billy Canfield fue a verme un par de veces. Es un buen tipo. Le costó asimilar la pérdida de su hijo, ¿y a quién no? Nunca llegué a conocer a su mujer y no he vuelto a ver a Billy.
–Se mudaron. Ahora viven en el condado de Fauquier, tienen un rancho de caballos.
–¿Les ha pasado algo raro?
–Nos pusimos en contacto con ellos en cuanto caímos en la relación. Nos dijeron que no les había ocurrido nada extraño. Estaban al tanto de la fuga de Free. Y Bill Canfield me dijo, textualmente, que no quería nuestra ayuda y que esperaba que el cabrón de Free fuese a buscarle porque le encantaría
volarle la tapa de los sesos con la escopeta.
–Billy Canfield no es una persona tímida y modesta. Me di cuenta cuando vino a verme al hospital; tosco, duro y dogmático. Algunos de los de mi equipo que declararon en el juicio me dijeron que su presencia se hacía notar. Estuvieron a punto de citarlo por desacato en un par de ocasiones.
–Dirigía su propia empresa de transporte por carretera y la vendió tras la muerte de su hijo.
–Si los Free están detrás de los asesinatos de Richmond, el condado de Fauquier está mucho más cerca que Oregón. Los Canfield podrían correr peligro.
–Lo sé. He pensado en ir hasta allí e intentarle hacer entrar en razón.
–Te acompañaré.
–¿Estás seguro? Sé que lo que ocurrió en aquella escuela de Richmond es algo que quizá no deberías desenterrar.
Web negó con la cabeza.
–Eso es algo que nunca se olvida, Perce, no importa cuánto tiempo pase.
Las dos profesoras murieron antes de que llegáramos. No pude hacer nada al respecto, pero mataron a David Canfield mientras yo vigilaba.
–Hiciste más de lo que habría hecho cualquier otro, incluyendo el haber estado a punto de perder la vida. Y aquello te dejó una señal permanente en la cara. No tienes nada de lo que sentirte culpable.
–Entonces no me conoces bien.
Bates observó a Web detenidamente.
–Vale, pero no nos olvidemos de ti, Web. Si liquidar al Equipo Charlie era
el objetivo de los Free, entonces todavía no lo han logrado. Eres el último hombre.
–No te preocupes, miraré a ambos lados antes de cruzar la calle -dijo Web.
–Hablo en serio, Web. Si lo intentaron una vez, lo intentarán de nuevo. Son unos fanáticos.
–Sí, lo sé. Recuerda que fui yo quien se ganó una «señal permanente».
–Y otra cosa. En el juicio, Wingo interpuso esa contrademanda contra el ERR y el FBI por muerte por negligencia.
–Una sarta de gilipolleces.
–Exacto. Pero les permitió averiguar algo sobre el ERR. Es posible que la Sociedad Libre obtuviese información sobre tus métodos, procedimientos y demás. Tal vez les sirviera para preparar la emboscada.
Web no se había planteado esa posibilidad, y lo cierto es que tenía su lógica.
–Te prometo que si recibo llamadas extrañas serás el primero en saberlo. Y
comprobaré que no haya atropina en el auricular del teléfono. Ahora háblame del agente secreto. Quizá los Free estén involucrados, pero necesitan a alguien de dentro que les pase información. A ver, sé que es negro y me cuesta creer que los Free trabajasen con un hombre de color, pero ahora mismo no podemos permitirnos el lujo de descartar nada. Me dijiste que Cove era un hombre solitario. ¿Qué más sabes de él?
Web no había recibido respuesta de Ann Lyle sobre las averiguaciones relativas a Cove, por lo que había decidido acudir directamente a la fuente.
–Oh, muchas cosas. Todo está en esa carpeta de ahí, que pone « Agentes secretos del FBI, todo lo que usted deseaba saber».
–Perce, ese tipo podría ser la clave.
–¡No lo es! Te lo aseguro.
–Lo único que sé es que he trabajado en casos así. Y, aunque no te lo creas, no olvidé cómo ser un agente del FBI cuando me alisté en el ERR. Tuve un gran maestro, pero que no se te suba a la cabeza. Y otros dos ojos son otros dos ojos. ¿No es lo que siempre me decías?
–Las cosas no funcionan así, Web, lo siento. Las normas son las normas.
–Creo recordar que en el pasado me decías justo lo contrario.
–Los tiempos cambian, las personas cambian.
Web se reclinó y se preguntó si debía jugar su baza o no.
–Vale, ¿qué me dirías si te contase algo que no sabes pero que podría ser importante?
–Te diría que por qué coño no me lo habías contado antes.
–Me lo imaginaba.
–Sí, claro.
–¿Quieres saberlo o no?
–¿Qué pides a cambio?
–Te paso información sobre el caso y tú haces otro tanto.
–¿Qué te parece si me lo cuentas a cambio de nada?
–Venga, por los viejos tiempos.
Bates dio unos golpecitos en la carpeta que tenía frente a sí.
–¿Cómo sé que se trata de algo que me servirá?
–Si no te sirve, no me debes nada. Confiaré en tu criterio.
Bates le observó durante unos instantes.
–Adelante.
Web le contó lo del cambio de Kevin Westbrook por otro niño. Mientras Web se lo explicaba, el rostro de Bates se fue poniendo rojo y Web intuyó que las pulsaciones de Bates estaban por encima de las sesenta y cuatro y que, probablemente, fueran incluso de tres dígitos.
–¿Cuándo supiste eso exactamente? Y quiero que seas preciso.
–Cuando estaba tomándome una cerveza con Romano y le mencioné que el Kevin Westbrook al que vi tenía un agujero en la mejilla de una herida de bala. El niño que él custodió no lo tenía. Cortez lo corroboró. Y no vayas a por ellos. Les dije que te pondría al corriente de inmediato.
–Ya lo veo. ¿Quién cambió a los niños y por qué?
–Ni la más remota idea. Pero te repito que el niño al que salvé en el callejón y el niño que Romano entregó a los supuestos agentes del FBI eran dos niños distintos -dio un golpecito en la mesa-. Bueno, ¿qué te parece? ¿Valía la pena o no?
A modo de respuesta, Bates abrió la carpeta, aunque recitó los hechos de memoria.
–Randall Cove. Cuarenta y ocho años. Lleva toda la vida en el FBI. Era un jugador de talla internacional, defensa ofensivo, de Oklahoma, pero se jodió las rodillas antes de que le ficharan para la liga nacional de fútbol americano. Ésta es una foto reciente.
Bates se la entregó y Web observó la cara. Tenía una barba corta, rizos tipo rastafari y mirada penetrante. Era un hombre voluminoso, de un metro noventa aproximadamente. Parecía lo bastante fuerte como para enfrentarse a un oso pardo y salir vencedor. Web se inclinó hacia delante y, mientras fingía observar la fotografía con suma atención, en realidad comenzó a leer cuanto pudo de la carpeta que Bates había abierto. Los años en el FBI le habían enseñado muchos trucos para ayudar a mejorar su memoria a corto plazo hasta que encontraba el momento de anotar lo que había visto. Y
también se le daba muy bien leer al revés.
–Sabía cuidar de sí -prosiguió Bates-, conocía las calles mejor que la mayoría de los cerebros. Y no perdía la calma en los momentos de máxima tensión.
–Sí, claro, los lumbreras de Princeton llamados William y Jeffrey no parecían encajar en Ciudad de las Drogas, Estados Unidos, y me preguntó por qué -dijo Web-. Mencionaste que no tenía mujer ni hijos. ¿Nunca se casó?
–Sí, pero su esposa está muerta.
–¿Y no tuvieron hijos?
–Los tuvieron.
–¿Qué fue de ellos?
Bates cambió de postura, incómodo.
–Ocurrió hace mucho tiempo.
–Soy todo oídos.
Bates dejó escapar un largo suspiro, como si no se viera con fuerzas para hablar.
–Perdí a los de mi equipo, Perce, te agradecería que me lo contaras todo.
Bate se reclinó y entrelazó las manos frente a sí.
–Trabajaba en una misión en California. Era una operación muy secreta porque estaba involucrada la mafia rusa, y esos tipos te meten un misil por el culo si toses cerca de ellos. A su lado, la mafia local está en pañales.
–¿Y?
–Y le desenmascararon. Dieron con su familia.
–¿Los mataron?
–Los masacraron, más bien -Bates se aclaró la garganta-. Vi las fotos.
–¿Dónde estaba Cove?
–Le habían distraído a propósito para tener carta blanca.
–¿Y no fueron a por él?
–Lo intentaron después. Esperaron a que enterrara a su familia, eran unos tíos muy enrollados. Y cuando fueron a por él, Cove los estaba esperando.
–¿Y los mató?
Bates empezó a parpadear rápidamente y, de repente, Web se percató de que tenía un tic en el ojo izquierdo.
–Los masacró. También vi las fotos.
–¿Y el FBI permitió que siguiera trabajando? ¿Es que no creen en la jubilación anticipada para los agentes con familias masacradas?
Bates separó las manos resignadamente.
–El FBI lo intentó, pero Cove no cedió. Quería trabajar. Y a decir verdad, después de lo que le ocurrió a su familia, Cove trabajó mucho más duro que cualquier agente secreto. Le trasladaron a la OFW para sacarlo de California. Gracias a él, hicimos cosas que nunca habíamos podido hacer.
Logramos condenar a criminales importantes a lo largo y ancho del país gracias a Randall Cove.
–Parece un héroe.
Bates se fue calmando y el tic remitió.
–Es poco ortodoxo, lo hace casi todo a su manera y los de arriba no aceptan eternamente una actitud como ésa, ni siquiera tratándose de los agentes secretos, con familia masacrada o no. Pero nada de eso atañía de verdad a Cove. No puedo decir que no haya perjudicado su carrera, el único puesto
que el FBI ofrece a alguien como él es el de agente secreto, y estoy seguro de que Cove era consciente de ello. Pero sigue las reglas del juego del FBI.
Siempre le han protegido. En lo bueno y en lo malo, siempre ha cumplido.
Hasta ahora.
–¿Y el que los rusos dieran con su familia… podría tratarse de una metedura de pata del FBI?
Bates se encogió de hombros.
–Cove no creyó que ése fuera el motivo. Ha trabajado duro desde entonces.
–Ya sabes lo que dicen de la venganza, Perce, que es el único plato que para saborearlo de verdad hay que comérselo bien frío.
Bates volvió a encogerse de hombros.
–Posiblemente.
Web comenzaba a entrar en calor.
–De verdad que resulta reconfortante pensar que un tipo como ése se quedara en el FBI y quizá condujese a mi equipo por el caminito de rosas que lleva hasta el Apocalipsis para vengar la muerte de su esposa y de sus hijos. ¿Es que no controláis este tipo de situaciones?
–Los agentes secretos son una raza diferente, Web. Viven en una mentira constante y a veces profundizan demasiado y pierden el norte o enloquecen a su manera. Por eso el FBI cambia a los agentes, modifica las funciones y les permite cargar las pilas.
–¿Hicieron todo eso con Cove? ¿Le sacaron del cuerpo y le permitieron que cargase los rizos? ¿Le ofrecieron orientación después de que enterrara a su familia? – Bates permanecía en silencio-. ¿O era tan bueno en su trabajo que le dejaron que siguiera haciendo de las suyas hasta que finalmente se vengó con mi equipo?
–No pienso hablar de eso contigo. No puedo hablar de eso contigo.
–¿Y si te dijera que es una gilipollada del todo inadmisible? – preguntó Web.
–¿Y si te dijera que estás arriesgando demasiado?
Los dos se miraron iracundos hasta que acabaron calmándose.
–¿Y sus soplones? ¿También eran profesionales de primera? – inquirió Web.
–A Cove siempre le gustaba jugar seguro. Sólo contactaba con ellos, con nadie más. No es exactamente el procedimiento del FBI, pero, como te he dicho, no podíamos quejarnos de los resultados. Eran sus normas.
–¿Se sabe algo más del objetivo? Dijiste que era el centro económico de una operación de narcotráfico. ¿De quién?
–Bueno, hay distintas opiniones al respecto.
–Oh, fenomenal, Perce. Me encantan los rompecabezas.
–Todo esto no es una ciencia exacta, Web. La zona donde tu misión se fue al garete está controlada por una pandilla, la de Gran F… ya te lo había dicho.
–Entonces nuestra misión era atacar su operación en aquel edificio, ¿no?
–Cove creía que no.
–No estaba seguro.
–¿Qué te crees, que los malos llevan carnés de afiliado o documentos en los que dicen « Soy miembro de la banda X»?
–Entonces, ¿qué es lo que Cove creía?
–Que la operación económica era de alguien más importante. Quizá la red que distribuye una droga llamada Oxycontin en el área metropolitana de Washington. ¿Has oído hablar de ella?
Web asintió.
–Los del DEA siempre están hablando de esa droga en Quantico. No tiene que ser analizada en el laboratorio de drogas ni hay que pasarla de contrabando por las aduanas. Lo único que hay que hacer es ponerle las manos encima, lo cual es bastante fácil, y a forrarse.
–El nirvana de los criminales -añadió Bates con sequedad-. Ahora mismo es uno de los analgésicos más fuertes y recetados del mercado. Bloquea las señales de dolor que van de los nervios al cerebro y proporciona una sensación de euforia. Normalmente, la liberación es de unas doce horas, pero si se machaca o fuma produce una actividad cerebral parecida a la de la heroína. Los consumidores muchas veces sufren serios problemas respiratorios.
–Un agradable efecto secundario. ¿Me estás diciendo que no tienes ni idea de quién podría haber sido su informante?
Bates dio unos golpecitos en la carpeta.
–Tenemos algunas ideas. Pero se trata de algo extraoficial.
–Llegados a este punto, hasta los rumores y las mentiras me interesan.
–Dado que Cove se mete hasta el fondo, creemos que el soplón tiene que estar en el círculo interior, de los de fiar. Estaba estudiando lo de Westbrook cuando se topó con lo del Oxy. Pero supongo que la persona que usó para infiltrarse en la operación de Westbrook fue la misma que le ayudó a trabajar desde la nueva perspectiva. Antoine Peebles es, a falta de un
término mejor, el jefe de operaciones de Westbrook. Es muy eficiente y, en gran medida, no le hemos puesto la mano encima a Westbrook por su culpa.
Este es Westbrook y éste Peebles.
Le pasó dos fotografías.
Web las observó. Westbrook era enorme, mucho más grande que Cove.
Parecía haber estado en la guerra; los ojos, aunque miraran desde el papel en dos dimensiones, poseían la intensidad propia de los supervivientes.
Peebles era completamente distinto.
–Westbrook es un guerrero veterano. Peebles parece que está a punto de graduarse en Stanford.
–Exacto. Es joven y creemos que Peebles constituye la nueva generación de empresarios de las drogas, no tan violentos, pero formales y ambiciosos como el que más. Se rumorea que alguien quiere unir a todos los distribuidores locales para que sean más eficientes, para mejorar el rendimiento, las economías de escala, como si fuera un auténtico negocio.
–Parece que Antoine quiere ser el director general en lugar del jefe de operaciones.
–Quizá. Westbrook ha crecido en las calles. Ha visto y hecho de todo, pero hemos oído decir que tal vez quiera retirarse del negocio de las drogas.
–Bueno, puede que Peebles tenga otros planes si es quien está detrás de la organización de las bandas locales. Pero pasar información valiosa a Cove no significa exactamente que sea el heredero forzoso. Si la operación se va al garete, ¿con qué se queda Peebles?
–Eso es un problema -admitió Bates.
–¿Quién más anda metido en el asunto?
–La mano derecha de Westbrook. Clyde Macy.
Bates le entregó la fotografía de Macy, quien, dicho de forma amable, parecía encontrarse en algún lugar del corredor de la muerte. Estaba tan pálido que parecía anémico; un cabeza rapada y esos ojos tranquilos pero despiadados que Web relacionaba con los peores asesinos en serie.
–Si Jesucristo le viera venir llamaría a gritos a los polis.
–Al parecer, Westbrook sólo trabaja con los mejores -comentó Bates.
–¿Cómo encaja Macy entre todos ellos? Parece un supremacista blanco.
–Nada de eso. Lo que pasa es que no le gusta el pelo. No sabemos mucho de él antes de que llegara a Washington. Aunque nunca llegamos a demostrarlo, se cree que fue un soldado de a pie para un par de cerebros destinados al paraíso terrenal federal de Joliet. Luego vino a Washington y comenzó a trabajar para Westbrook. En las calles se ha ganado la merecida reputación de ser leal y sumamente violento. Un auténtico loco, pero profesional a su manera.
–Como cualquier buen criminal.
–Su primer acto importante de maldad fue clavarle un cuchillo de carnicero en la cabeza a su abuela porque, según dijo, no le trataba como debía a la hora de cenar.
–¿Y cómo anda libre habiendo cometido un asesinato como ése? – preguntó Web.
–Sólo tenía once años, así que lo metieron en un correccional de menores.
Desde entonces, de lo único que se le puede acusar es de tres multas por haber rebasado el límite de velocidad.
–Buen tipo. ¿Te importa si me quedo las fotos?
–Son tuyas. Pero si te topas con Macy en un callejón oscuro o en una calle
bien iluminada, te aconsejaría que echaras a correr.
–Soy del ERR, Perce. Me zampo a tipos como ése para desayunar.
–Bien, pero no olvides mi consejo.
–Si Cove es tan bueno como dices, entonces no le tendieron una emboscada. Hay algo más.
–Quizá, pero todos cometemos errores.
–¿Has confirmado que Cove no sabía que nosotros actuaríamos?
–Sí. Cove no sabía la fecha del trabajito.
–¿Y eso?
–No querían filtraciones y, de todos modos, Cove no estaría presente, así que no tenía por qué saberlo.
–Magnífico, no confiabais en vuestro propio agente secreto. ¿No podría haber conseguido la información a través de otra fuente, como la OFW?
–¿O el ERR? – replicó Bates.
–¿Y esa información de que los testigos potenciales estarían allí también procedía de Cove? – Bates asintió-. Perce, no estaría mal saber todo esto desde el principio.
–No necesitabas saberlo para hacer tu trabajo, Web.
–¿Cómo puedes decir eso si no tienes ni puta idea de cómo hago mi trabajo?
–Otra vez arriesgándote, amigo mío. ¡No te pases!
–¿A alguien le importa una mierda que seis hombres murieran en la operación?
–En el marco general de las cosas, Web, a nadie. Sólo a personas como tú y como yo.
–Bueno, ¿hay algo más que no necesite saber?
De la pila de documentos, Bates extrajo un grueso archivo extensible, sacó una de las carpetas y la abrió.
–¿Por qué no me dijiste que Harry Sullivan era tu viejo?
Web se levantó de inmediato y se sirvió otra taza de café. No necesitaba más cafeína, pero le daba tiempo para preparar una respuesta, verdadera o falsa. Cuando volvió a sentarse, Bates todavía estaba repasando el archivo.
Miró a Web y le dio a entender que no le entregaría la información si no le ofrecía una respuesta.
–Nunca lo consideré mi padre. Nos separamos cuando yo apenas tenía seis años. Para mí no es más que un tipo cualquiera -al cabo de unos instantes preguntó-: ¿Cuándo supiste que era mi padre?
Bates recorrió una de las hojas con el dedo.
–Cuando eché un vistazo a tu comprobación de antecedentes. Francamente, teniendo en cuenta el historial de arrestos y condenas, me sorprende que tan siquiera tuviera tiempo para dejar embarazada a tu madre. Aquí hay un montón de cosas -añadió en un tono tentador.
Web quería arrancarle la carpeta de las manos y salir corriendo de la habitación. Sin embargo, siguió sentado, observando las hojas al revés, esperando. El bullicio de la sala ya no importaba. En aquellos momentos sólo existían Bates, él y, en aquellas hojas, su padre.
–Entonces, ¿cómo es que, de repente, te interesa tanto un «tipo cualquiera»,