El último hombre

David Baldacci · Capítulo 11 de 57

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El último hombre

Capítulo 11

–¡Joder, Paulie, ya lo sé! Pero ¿piel clara u oscura?

–Clara. Suave como el culo de un bebé, sin marcas. ¡Te lo juro por lo que más quieras!

Web golpeó el brazo de la silla.

–¡Mierda!

Kevin Westbrook, al menos el Kevin con el que Web se había topado, tenía la piel de color chocolate.

Después de cenar con los Romano, Web visitó a Mickey Cortez y le contó la misma historia. El niño no le había dicho nada más. No identificó al trajeado que se llevó al niño, pero la hora coincidía. Y ninguna herida de bala en la mejilla del niño.

Entonces, ¿quién había cambiado a un niño por el otro? ¿Y por qué?

Capítulo 11

Fred Watkins salió del coche después de otro largo día en el Ministerio de Justicia. Tardaba una hora y media en llegar en coche a Washington desde el barrio residencial de Virginia en el que vivía y otro tanto en volver a casa.

Noventa minutos para recorrer apenas quince kilómetros… meneó la cabeza al pensar en ello. Ni siquiera había terminado de trabajar. A pesar de haberse levantado a las cuatro de la mañana y de haber trabajado diez horas, le quedaban al menos otras tres horas en el pequeño estudio que utilizaba como despacho en casa. Una cena frugal y apenas unos minutos con su esposa e hijos adolescentes y empezaría a quemarse las cejas. Watkins se

había especializado en casos de crimen organizado importantes en el Ministerio de Justicia de Washington tras un largo período como humilde abogado en Richmond procesando a todos los bribones que le llegaban a las manos. Le gustaba el trabajo y creía que estaba haciendo un gran servicio al país. Le compensaban bien por la tarea y, aunque en ocasiones los días no parecían tener fin, pensaba que todo le había salido bien en la vida. Su hijo mayor empezaría la universidad en otoño y el más pequeño haría otro tanto al cabo de dos años. Su esposa y él planeaban viajar entonces, ver sitios del mundo que sólo habían contemplado en las revistas de viajes. Watkins también había soñado con jubilarse antes de tiempo y dedicarse a dar clases como profesor adjunto de Derecho en la Universidad de Virginia, donde se había graduado. Su esposa y él habían pensado en mudarse a Charlottesville para siempre y escapar así de la mazmorra de tráfico en la que se había convertido el norte de Virginia.

Se frotó la nuca y respiró el aire limpio de una tarde agradable y fresca. Un buen plan; al menos su esposa y él tenían un plan. Algunos de sus compañeros se negaban en redondo a pensar en el mañana, y mucho menos en el futuro lejano. Sin embargo, Watkins siempre había sido un hombre práctico guiado por el sentido común. Así es como enfocaba la práctica del Derecho y su propia vida.

Cerró la puerta del coche y se dirigió hacia su casa por la acera. Saludó a un vecino que salía en coche de la entrada de su casa. Otro vecino estaba asando a la parrilla en la casa de al lado y el olor a carne le llenó la nariz.

Quizás él también encendería la barbacoa esa noche.

Al igual que la mayor parte de los habitantes de Washington, Watkins había leído con gran interés e impotencia la noticia de la emboscada a la unidad del Equipo de Rescate de Rehenes. Había trabajado con algunos de esos tipos en un caso y sólo tenía buenas palabras sobre su valentía y profesionalidad. Para él eran los mejores y hacían un trabajo que casi nadie estaba dispuesto a hacer. Watkins siempre había pensado que su vida era dura hasta que vio por lo que habían pasado esos tipos. Sintió mucha pena por las familias e incluso pensó en averiguar si se había creado un fondo

para ayudarlas. Si no existía, Watkins se dijo que tendría que crearlo él.

Otro punto que añadir a la vieja lista de cosas por hacer, pero supuso que la vida era así.

No lo vio hasta que emergió de los arbustos y le atacó. Watkins soltó un grito y se agachó. El pájaro no le dio por escasos centímetros; era la misma maldita urraca de siempre. Parecía esperarle todas las noches, como si estuviera empeñada en ocasionarle un infarto prematuro. « Ni esta vez -dijo a la criatura alada-, ni nunca. Te cogeré antes de que me cojas». Oyó el móvil mientras abría la puerta principal. «¿ Quién será ahora?», pensó. Casi nadie tenía ese número. Su esposa, pero ella no sería porque seguramente le habría visto aparcar en la entrada. Sería del despacho. Y si era del despacho, eso significaba que había pasado algo y que probablemente le ocuparía el resto de la noche y que quizás incluso tendría que volver a conducir hasta la ciudad.

Sacó el móvil, vio que el número de quien le llamaba no estaba disponible y pensó que no respondería. Pero Fred Watkins no hacía las cosas así. Tal vez fuera importante, aunque podrían equivocarse de número. «Nada de barbacoa esta noche», pensó mientras apretaba el botón para hablar, preparado para hacer frente a lo que fuera.

Encontraron lo que quedaba de Fred Watkins en los arbustos del vecino que vivía al otro lado de la calle, donde le había arrojado la explosión que había desintegrado su casa. En cuanto apretó el botón para hablar, una minúscula chispa del móvil inflamó el gas que había llenado su casa, gas que Watkins no había notado al abrir la puerta por el olor a parrilla procedente de la casa de al lado. El maletín había «sobrevivido», y seguía sujeto en una mano que no era más que huesos. Los valiosos documentos estaban intactos y listos para el abogado que sustituyera al difunto. Los cuerpos de su esposa e hijos se encontraron entre los escombros. Las autopsias revelarían que todos habían muerto de asfixia.

Se tardó cuatro horas en apagar el incendio y otras dos casas fueron pasto de las llamas antes de que la conflagración fuera controlada.

Afortunadamente, no hubo heridos de gravedad. Sólo había desaparecido la

familia Watkins. La pregunta de cómo su esposa y él pasarían los años de jubilación después de una vida de trabajo duro había quedado sepultada entre las ruinas de la casa. No les costó encontrar el móvil de Watkins; se le había fundido en la mano.

En el preciso instante en que Fred Watkins moría, el juez Louis Leadbetter, ciento cincuenta kilómetros al sur de Richmond, subía a la parte trasera de un coche gubernamental bajo el ojo atento de un jefe de policía. Leadbetter era un juez federal, cargo que había asumido hacía dos años tras ascender del puesto de juez supremo del Tribunal del distrito de Richmond. Dada su relativa juventud, sólo tenía cuarenta y seis años, y su excepcional capacidad legal, muchos de los que mandaban tenían el ojo puesto en Leadbetter como posible candidato para el Cuarto Tribunal del Distrito de Apelaciones, y quizás algún día incluso un puesto en el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Como juez en las trincheras legales, Leadbetter había supervisado muchos juicios complejos, emocionantes y con una elevada propensión a las erupciones volcánicas. Muchos de los hombres a quienes había encarcelado le habían amenazado de muerte. En una ocasión estuvo a punto de ser presa de una carta bomba que le había enviado una organización en pro de la supremacía blanca a la cual no le había importado la categórica creencia de Leadbetter de que todas las personas, independientemente del credo, color o etnia, eran iguales a los ojos de Dios y la ley. Aquellas circunstancias hicieron que se extremara la vigilancia de Leadbetter, y un acontecimiento reciente había hecho temer más aún por su seguridad.

Un hombre que había jurado vengarse de Leadbetter había protagonizado una fuga espectacular de la cárcel. La prisión en la que se hallaba encerrado estaba muy lejos y las amenazas las había realizado años atrás, pero las autoridades no querían correr riesgos con el buen juez. Leadbetter, por su parte, sólo quería vivir su vida tal como lo había hecho hasta el momento y la mayor seguridad no era algo que le atrajese. Sin embargo, habiendo evitado la muerte por muy poco en una ocasión, era lo bastante sensato como para darse cuenta de que la preocupación no era infundada. Y no quería morir de manera violenta a manos de una escoria que debía de estar

pudriéndose en la cárcel; el juez Leadbetter no pensaba darle esa satisfacción.

–¿Se sabe algo de Free? – preguntó al jefe de policía.

Que el hombre que había escapado de la cárcel se llamase Free, «Libre», siempre le había resultado humillante. Ernest B. Free. La segunda inicial y el apellido no eran reales, por supuesto. Se había cambiado el nombre legalmente al unirse a un grupo paramilitar neoconservador, cuyos miembros habían interpretado ese nombre como símbolo de las tangibles amenazas a su libertad. De hecho, el grupo se hacía llamar Sociedad Libre, nombre irónico ya que se mostraban violentos e intolerantes con quienes no se parecían a ellos o no estaban de acuerdo con sus creencias marcadas por el odio. Era la clase de organización sin la que Estados Unidos podía vivir perfectamente y, no obstante, también era un ejemplo de los nada populares grupos a los que la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos ofrecía protección. Pero no cuando mataban.

No, la protección desaparecía cuando mataban. Ningún documento, por muy querido que fuera, podría protegerte de las consecuencias de aquello.

Free y otros miembros de su grupo habían irrumpido en una escuela, asesinado a dos profesoras a tiros y tomado numerosos niños y profesores como rehenes. Las autoridades locales habían rodeado el colegio y habían llamado a un equipo EAT, pero Free y sus hombres estaban provistos de armas automáticas y chalecos antibalas. Así, se había recurrido a los agentes del orden de Quantico especializados en el rescate de rehenes. Al principio parecía que todo acabaría sin más violencia, pero dispararon desde el interior de la escuela y, finalmente, el Equipo de Rescate de Rehenes entró en acción. A continuación se produjo una terrible batalla de armas.

Leadbetter todavía recordaba vividamente la visión desgarradora de un niño muerto en el pavimento, junto a las dos profesoras. Ernest B. Free, herido, se entregó al ver que sus cómplices habían sucumbido.

No se sabía si se juzgaría a Free en un tribunal estatal o en uno federal.

Aunque se creía que habían escogido la escuela porque era un colegio

basado en la integración y mejora de las relaciones raciales, y las opiniones racistas de Free eran bien conocidas, Leadbetter sabía que sería difícil demostrarlo. En primer lugar porque los tres muertos, las dos profesoras y el niño, eran blancos, por lo que procesar a Free bajo la ley federal de crimen racial era una opción poco sólida. Y mientras que desde un punto de vista técnico se podría haber acusado a Free de atacar a los agentes de la ley, parecía que lo mejor era hacerlo de la forma más sencilla y juzgarle en un tribunal estatal y solicitar la pena de muerte por asesinato múltiple. El resultado final no fue el que habían esperado.

–No, juez -replicó el jefe de policía, devolviendo a Leadbetter al presente.

El jefe se ocupaba de la vigilancia de Leadbetter desde hacía tiempo y habían entablado una buena relación de comunicación rápidamente-. Si quiere saber mi opinión, ese hombre planea dirigirse a México y luego a Sudamérica. Para reunirse con los nazis, gente de su calaña.

–Espero que lo pillen y lo devuelvan al lugar que le corresponde -dijo Leadbetter.

–Seguramente lo pillarán. Los del FBI están en ello y cuentan con los mejores recursos.

–Quería que condenaran a ese cabrón a la pena de muerte. Es lo que se merecía.

Era uno de los pocos remordimientos que Leadbetter tenía como juez de tribunal de distrito. Pero, por supuesto, el abogado defensor de Free había alegado demencia e incluso había sugerido que alegaría que la «secta», que es como había descrito a la organización a la que Free pertenecía, le había lavado el cerebro. El abogado se limitaba a hacer su trabajo y, según la acusación, había logrado despertar tantas dudas sobre las posibilidades de una condena sólida que habían llegado a un acuerdo con la defensa de Free antes de que el jurado regresara. En lugar de una pena de muerte potencial, Free había conseguido de veinte años a cadena perpetua con la posibilidad, bastante remota, de lograr la condicional. Leadbetter no se había mostrado de acuerdo con el trato, pero no le quedaba otra opción que darlo por bueno.

Los medios habían realizado luego un sondeo informal del jurado. Free se había salido con la suya. Todos los miembros del jurado habrían votado por la condena y todos habrían recomendado la pena de muerte. Al final todos habían quedado mal. Por varios motivos, habían trasladado a Free a una cárcel de máxima seguridad en el Medio Oeste. Y de allí era de dónde se había escapado.

Leadbetter miró hacia su maletín. En el interior, bien doblado, había una copia de su querido New York Times. Leadbetter había nacido y estudiado en Nueva York antes de dirigirse al sur y establecerse en Richmond. Amaba su nuevo hogar, pero todas las noches, al llegar a casa, dedicaba una hora a leer el Times. Se había convertido en una costumbre desde que era juez y todos los días le llevaban un ejemplar al juzgado antes de que se marchase.

Era uno de los pocos momentos de sosiego de los que disfrutaba.

Mientras el jefe de policía salía en coche del garaje del juzgado, sonó el teléfono y contestó.

–¿Diga? Sí, señor juez. Sí, señor, se lo diré -colgó el teléfono y dijo-: Era el juez Mackey. Ha dicho que mire la última página de la primera sección del Times si quiere ver algo realmente asombroso.

–¿Ha dicho de qué se trata?

–No, señor, sólo que lo lea y que le llame de inmediato.

Leadbetter observó el periódico, picado por la curiosidad. Mackey era un buen amigo y sus intereses intelectuales eran parecidos a los de Leadbetter.

Si Mackey creía que algo era fascinante, lo más probable era que también lo fuera para Leadbetter. Se detuvieron en un semáforo. La situación era idónea porque Leadbetter se mareaba lo indecible cuando leía en un coche en movimiento. Desdobló el periódico, pero apenas se veía en el interior del coche. Alargó la mano, encendió la luz y abrió el periódico.

El jefe de policía, molesto, se volvió.