El último hombre

David Baldacci · Capítulo 51 de 57

Páginas del PDF

El último hombre

Capítulo 51

–Cuando hayas visto a tu único hijo muerto delante de ti con un agujero sangriento en el pecho, y luego pierdas a la única persona que quieres por culpa de eso; cuando caigas en la más profunda desesperación posible y luego aún caigas más, entonces podrás venirme a hablar de superar el odio.

Capítulo 51

OceanofPDF.com

Claire se despertó sobresaltada del sueño en el que había caído presa del agotamiento y a pesar de lo aterrorizada que estaba. Notó unos dedos contra la piel y estaba a punto de arremeter contra su atacante cuando la voz la hizo detenerse.

–Soy yo, Claire -dijo Kevin mientras le quitaba la venda de los ojos.

No había luz, por lo que tuvo que acostumbrarse a la oscuridad. Miró a Kevin, sentado junto a ella y con las manos alrededor de las esposas que la sujetaban a la pared.

–Creía que tú también estabas atado.

El niño sonrió y le enseñó un pequeño trozo de metal.

–Sí, pero cogí esto de uno de los rotuladores que me dieron para dibujar.

Abrí la cerradura. Soy muy hábil con las manos.

–Ya lo veo.

–Espera un minuto y te soltaré.

En menos de ese tiempo, Kevin la liberó. Claire se frotó las muñecas, se incorporó, miró a su alrededor y se fijó en la puerta.

–Supongo que la puerta está cerrada con llave, ¿no?

–Siempre lo ha estado, aunque a lo mejor ahora no, si piensan que estamos encadenados.

–Tienes razón.

Al levantarse le costó un poco recuperar el equilibrio después de no estar de pie desde hacía tanto tiempo, problema que se agravaba por la oscuridad.

Volvió a mirar a su alrededor.

–¿Hay algo que podamos utilizar de arma, por si hay alguien al otro lado de la puerta? – susurró.

Kevin se acercó al catre, le dio la vuelta y aflojó dos de las patas metálicas.

Se quedó con una y le dio la otra a Claire.

–Tú les das por arriba y yo por abajo -dijo el niño.

Claire asintió, aunque sin demasiada convicción. No estaba segura de poder golpear a nadie. Dio la impresión de que Kevin notaba su temor porque añadió:

–Sólo les golpearemos si intentan hacernos daño, ¿vale?

–De acuerdo -respondió Claire con más firmeza.

Se acercaron a la puerta y probaron. Estaba cerrada con llave. Aguzaron el oído durante unos momentos pero no oyeron a nadie al otro lado, y más teniendo en cuenta que entonces el ruido de la maquinaria tampoco era tan fuerte.

–Supongo que no saldremos de aquí hasta que ellos quieran -declaró Claire.

Kevin observó la puerta y dio un paso atrás.

–Nunca me había dado cuenta de esto.

–¿De qué?

–Las bisagras de la puerta están en el interior.

La alegría de Claire duró sólo un instante.

–Pero necesitaríamos un destornillador y un martillo para sacarlas.

–Bueno, tenemos martillo -levantó la pata metálica-. Y aquí está el destornillador.

Se dirigió donde estaban las esposas que habían mantenido sujeta a Claire al perno de la pared. Con ayuda de Claire consiguieron desatornillarlo y Kevin sacó las esposas. Sostuvo una de ellas.

–Tiene un buen borde, como un destornillador.

–Muy bien pensado, Kevin -dijo Claire con evidente admiración. Mientras ella se sentía totalmente impotente, Kevin no paraba de extraer un milagro tras otro de la chistera.

Tardaron un buen rato porque se detenían a escuchar por si venía alguien, pero al final desmontaron las bisagras. Lograron abrir la puerta haciendo palanca y salir. Allí también estaba oscuro y fueron dando traspiés, palpando las paredes del estrecho pasillo para guiarse. El olor a cloro era muy fuerte. Se encontraron con otra puerta cerrada con llave que Kevin consiguió forzar con el pasador del rotulador. Encontraron otra puerta más que, por suerte, no estaba cerrada con llave.

Claire respiró hondo, igual que Kevin. El niño le sonrió.

–Qué alegría poder salir.

–Sí, vamos a movernos antes de que aparezcan y vuelvan a encerrarnos.

Pasaron junto a la piscina cubierta, avanzaron sigilosamente por entre los arbustos y luego pasaron por un camino de césped serpenteante. Cuando estaban llegando al final del camino, Claire vio un edificio en lo alto. Era la mansión. La había visto de lejos el día que acudió al lugar. ¡Estaban en el rancho East Winds!

–¡Oh, Dios mío! – exclamó.

–Silencio -dijo Kevin.

Ella le susurró al oído.

–Ya sé dónde estamos. Tengo amigos aquí, sólo hay que encontrarlos.

El problema era que, en la oscuridad, era difícil saber en qué dirección estaba la casa en la que se alojaban Web y Romano, aunque la mansión sirviera de orientación.

–Si viven en el sitio donde nos encerraron, ¿cómo sabes que son realmente tus amigos?

–Lo sé, vamos.

Ella lo tomó de la mano y fueron caminando en la dirección que Claire creía que estaba la cochera. Sin embargo, mucho antes de llegar a la misma los dos se pusieron tensos al oír que se acercaba un vehículo. Corrieron a ocultarse entre los arbustos y escudriñaron por entre los mismos. A Claire se le cayó el alma a los pies. Era un camión, no el Mach ni el Corvette de Romano. Dio un grito ahogado cuando el camión se paró y varios hombres armados descendieron de él. Al parecer se habían dado cuenta de su fuga.

Ella y Kevin se internaron más en el bosque, de tal forma que Claire se desorientó por completo.

Al final se detuvieron para recuperar el aliento. Kevin miró a su alrededor.

–Nunca había visto tantos árboles juntos. No se sabe dónde acaban.

Claire respiró hondo e intentó dominar sus pulmones y sus nervios. Asintió.

–Lo sé.

Escudriñó la disposición del terreno desconocido y estaba intentando decidir hacia dónde ir cuando oyeron pasos. Claire abrazó a Kevin y se agacharon en el sotobosque.

La persona iba por el sendero y pasó caminando por su lado, sin advertir para nada la presencia de Claire y Kevin. Claire miró a hurtadillas. No conocía a Gwen Canfield y, por tanto, no tenía ni idea de por qué una mujer vestida con un traje largo de color rojo caminaba descalza por el bosque a aquella hora. Claire pensó en llamarla, pero luego desistió. No tenía ni idea de quiénes eran sus captores. Aquella mujer podía formar parte del grupo.

En cuanto perdieron a Gwen de vista, Claire y Kevin empezaron a moverse otra vez. Llegaron a una casa a oscuras, pero había una camioneta aparcada enfrente. Claire estaba planteándose si entrar en la casa y utilizar el teléfono para llamar a la policía cuando un hombre salió disparado, montó en la camioneta y se marchó a toda velocidad.

–Creo que esa persona acaba de descubrir que nos hemos escapado -le susurró a Kevin-. Vamos.

Entraron en la casa. Claire se había dado cuenta de que, con las prisas, el hombre había dejado la puerta abierta. Estaban a punto de entrar cuando oyeron un ruido que hizo que a Claire le diera un vuelco el corazón.

–¡Viene hacia aquí! – exclamó Kevin. Corrieron de nuevo hacia el bosque aunque la camioneta se les venía encima.

Mientras se abrían paso por el denso sotobosque, Claire perdió los zapatos, y tanto su ropa como la de Kevin quedó rasgada por las plantas espinosas y las ramas duras. Se pararon a recuperar el aliento en un claro, pero echaron de nuevo a correr al oír el ruido de pisadas rápidas por el sotobosque.

Cruzaron rápidamente un espacio abierto y Claire vio un edificio que se alzaba imponente en la oscuridad.

–Rápido -indicó a Kevin-, vamos para allá.

Subieron a una zona de carga y entraron en la Casa de los Monos a través de un hueco en la pared. Claire y Kevin observaron el interior ruinoso del lugar. Claire se estremeció al ver las jaulas oxidadas. Kevin se tapó la nariz.

–Mierda, aquí apesta -dijo el niño.

Los ruidos de los hombres y los aullidos de los perros estaban cada vez más cerca.

–Por ahí -dijo Claire con desesperación. Se subió a una caja e impulsó a Kevin para hacerlo entrar en un orificio de la pared que probablemente habría albergado un ventilador.

–Quédate aquí y no hagas ruido -le dijo.

–¿Adonde vas?

–No muy lejos -respondió ella-. Pero si me encuentran, no salgas; digan lo que digan que me harán, no salgas. ¿Entendido?

Kevin asintió lentamente.

–Claire -dijo. Ella se volvió-. Ten cuidado, por favor.

Claire esbozó una sonrisa, le apretó la mano y bajó. Miró a su alrededor unos instantes y luego salió por una enorme grieta que había en la pared posterior. En cuanto estuvo fuera, los ladridos de los perros le parecieron incluso más terroríficos. Debían de haber dado a los perros algo con el olor de Kevin y el de ella. Se rasgó un trozo de vestido, agarró una piedra, la ató con el trozo de tela y la lanzó lo más lejos posible de la Casa de los Monos.

Acto seguido, echó a correr en la dirección contraria. Llegó de nuevo al bosque e intentó averiguar de dónde procedían los ruidos de los hombres y los ladridos de los perros. Desgraciadamente, debido a la topografía, los ruidos resonaban por todas partes. Vadeó un pequeño arroyo, pero se cayó a la mitad y quedó empapada. Se levantó como pudo y consiguió subir por un pequeño terraplén situado al otro lado hasta llegar a un terreno llano. Estaba tan cansada que una parte de ella le decía que se tumbara allí y esperara a que la encontraran. No obstante, Claire se obligó a levantarse y a correr.

Cuando alcanzó otra pendiente, se agarró a un árbol joven y lo utilizó para

darse impulso. Cuando estuvo arriba, inspeccionó el terreno. Vio una luz a lo lejos y luego otra, y otra más, todas de dos en dos. Una carretera. Respiró hondo varias veces y empezó a caminar con rapidez. Tenía los pies llenos de rasguños y ensangrentados, pero no consintió que el dolor le hiciera aflojar el paso. Tenía que buscar ayuda. Tenía que buscar ayuda para Kevin.

Ya no se oía a los hombres ni a los perros y se permitió albergar la pequeña esperanza de que quizá consiguiera escapar. Trepó los últimos metros que la separaban de la carretera y se sentó en una cuneta unos instantes; se puso a llorar, en parte debido al agotamiento y en parte por la posibilidad de haber obtenido su libertad. Oyó que se aproximaba un vehículo, se puso en pie y corrió hacia la carretera, movió los brazos y pidió ayuda a gritos.

Al comienzo no le pareció que el vehículo fuera a parar. Claire se dio cuenta de que debía de parecer una loca. Pero el vehículo aminoró por fin la marcha y se detuvo. Corrió al asiento del pasajero y abrió la puerta. Lo primero que vio fue a Kevin sentado en el asiento delantero, amordazado y con los brazos y las piernas atados. Lo siguiente fue a Nemo Strait apuntándola con un arma.

–Hola, doctora -dijo-. ¿La llevo a algún sitio?

Estiró su largo cuerpo y se estremeció de manera involuntaria. La noche había sido fresca y la humedad parecía haberse aposentado en su interior. Se acurrucó más bajo la manta. Francis Westbrook no estaba acostumbrado a acampar. Lo que estaba haciendo era lo más parecido a ir de camping que haría en su vida, y no le estaba gustando demasiado. Bebió un poco de agua y luego asomó la cabeza desde su escondite. Calculó que faltaba poco para el amanecer. No había dormido demasiado bien, en realidad no había dormido de verdad desde la desaparición de Kevin. Una puta llamada de teléfono, eso era lo único que le habían dado. Había tenido un encuentro con London, tal como le habían indicado, y le había dado la información sobre los túneles, porque también es lo que le habían indicado. Había acometido un pequeño asunto inacabado con respecto a Toona, sí. A diferencia de lo que Westbrook le había contado a Web, toleraba a los que le

robaban pequeñas cantidades y a los que consumían el producto porque, de lo contrario, nadie querría trabajar para él en el negocio del tráfico de drogas; era así de sencillo. Pero lo que nunca toleraría sería un soplón.

Macy le había avisado de lo que Toona estaba haciendo, él lo había comprobado en persona y había visto que Macy estaba en lo cierto. Así pues, Toona se había convertido en pasto de los peces. Pensó que a veces la justicia existía.

Se enteró de oídas de que Peebles había sido asesinado. El chico no tenía lo que hacía falta. Pero Westbrook se había enterado, aunque ya fuera demasiado tarde, de que Peebles también había maquinado la toma de su banda y la fusión con otras bandas de la zona. Aquello le había pillado desprevenido. Nunca habría pensado que el viejo Twan sería capaz de hacer una cosa así. Macy había desaparecido. Aquella deslealtad sí que le había fastidiado. Westbrook se encogió de hombros. Se lo tenía merecido por confiar en un tío blanco.

En esos momentos, el que hubiera matado a Twan podía ir tras él.

Westbrook tendría que intentar pasar desapercibido y confiar sólo en sí mismo hasta que la cosa mejorara. Confiar sólo en sí mismo… igual que en los viejos tiempos. Tenía un par de pistolas, unos cuantos cargadores con munición y unos mil dólares en el bolsillo. Había dejado el Navigator al llegar allí y la pasma seguía buscándole. Bueno, que busquen. Había visto a los federales patrullando la zona pero había pasado suficiente tiempo esquivando a la poli como para saber cómo esconder incluso su voluminoso cuerpo de forma que se fundiera con el entorno. Había visto que por allí sucedían cosas muy extrañas. Había oído los ladridos de los perros a lo lejos. Los perros no le hacían ninguna gracia. Se había agachado todavía más en su escondrijo y tapado con una manta que había recubierto con ramas y hojas hasta que los ladridos se fueron desvaneciendo. Estaba prácticamente convencido de que London todavía rondaba por allí, y si London pensaba que aquel sitio era importante, entonces a Westbrook también se lo parecía. Comprobó su arma y se recostó, bebió otro trago de agua, escuchó los grillos y se preguntó qué le traería el nuevo día. Quizá le trajera a Kevin.

Ed O’Bannon caminaba nervioso por aquel espacio reducido y austero.

Llevaba años sin fumar y, sin embargo, había estado a punto de acabarse una cajetilla durante las dos últimas horas. Siempre había tenido en cuenta la posibilidad de que le descubrieran, pero a medida que transcurría el tiempo y las cosas marchaban sobre ruedas, el miedo había ido desapareciendo y su cuenta bancaria había ido creciendo. Oyó que venía alguien y se volvió hacia la puerta. Como estaba cerrada con llave, se sorprendió al ver que el pomo giraba. O’Bannon retrocedió. Dejó escapar un suspiro de alivio al ver a aquel hombre.

–¡Cuánto tiempo, doctor!

O’Bannon le tendió la mano y Nemo Strait se la estrechó.

–No estaba seguro de que lo consiguieras, Nemo.

–¿Acaso te he fallado alguna vez?

–Tengo que irme. Los del FBI están buscando por todo el país.

–No te molestes. Sabemos cómo sacarte de aquí, tenemos los aviones, los papeles y los ayudantes para hacerlo -Strait sostuvo en alto varios documentos-. Desde México hasta Río y luego a Johannesburgo. Una vez allí tienes la opción de ir a Australia o a Nueva Zelanda, muchos fugitivos se ocultan allí. O quizá prefieras volver al Sudeste Asiático.

O’Bannon observó los documentos y dejó escapar otro suspiro de alivio.

Sonrió y encendió otro cigarrillo.

–Parece que han pasado cien años desde entonces.

–Jamás lo olvidaré. Me salvaste el culo después de que el Vietcong me lavara el cerebro.

–Desprogramar, nada del otro mundo para alguien que sabe lo que se hace.

–En mi caso sirvió, por suerte -dijo Strait. Hizo una pausa y sonrió-. Y, además, te ganabas lo tuyo con las drogas. Un beneficio extra nada desdeñable para tu trabajo.

O’Bannon se encogió de hombros.

–Entonces era algo que todo el mundo hacía.

–Joder, claro, yo también, aunque sólo para mi uso personal.

–Tengo que reconocerlo, la idea de colocar micrófonos ocultos en las consultas y vender la información en la calle fue un destello de genialidad.

Strait sonrió.

–Bueno, los del FBI tenían muchos recursos, teníamos que nivelar un poco el campo de juego. Todos salíamos ganando. Tú conseguías la información, yo conocía a la gente que la necesitaba para sus negocios, yo incluido. Tú ganas pasta, yo gano pasta y el FBI se lleva la peor parte. ¿Se te ocurre un trato mejor?

Gwen había informado a Strait del plan para vengarse de los culpables de la muerte de su hijo y Strait había comenzado a investigar tanto al Equipo de Rescate como a Web London. Hacía tiempo que Strait había caído en la cuenta de que criarse en un rancho de caballos hacía metódicas a las personas. Obtenías cuanta información podías, trazabas un plan y lo llevabas a cabo. Hasta que cayó en manos del Vietcong, Strait había sido un soldado excelente, había llevado y sacado a su compañía de situaciones infernales, y tenía un arcón repleto de medallas que así lo demostraban, aunque a Strait poco le había importado. Entonces averiguó que el Ed O’Bannon que había conocido en Vietnam era el mismo Ed O’Bannon que trataba a Web London. Eso le había proporcionado la idea de tenderle una trampa a London y al ERR porque sabía de primera mano lo que Ed O’Bannon podía hacer con la mente de alguien. Sin embargo, en un

principio O’Bannon se había negado a implicarse en el asunto. Pero Strait averiguó que O’Bannon tenía muchos más pacientes que eran agentes de la ley y volvió a tentar a O’Bannon con la oferta de colocar micrófonos en las consultas, vender la información a delincuentes y repartir las ganancias a medias con el buen médico. Con ese incentivo, O’Bannon había firmado de inmediato. El paso de los años no había mermado su avaricia. Algunas de las sesiones pinchadas del psiquiatra habían ofrecido a Strait la información necesaria para tenderle una trampa al ERR. Nunca le había dicho nada a O’Bannon sobre el Oxycontin porque, sin duda, habría querido una tajada.

Y ahora Gwen Canfield también era su socia. ¡Joder, el veinticinco por ciento! Pero reconocía que, aunque sólo fuera por la noche anterior, lo había valido.

–Me quedé bastante sorprendido con lo de Claire Daniels -dijo Nemo-.

Aunque debería habérmelo imaginado. Cuando me dijiste que Web era su paciente, supuse que habría problemas.

–Intenté que se quedara conmigo. Pero si hubiera insistido demasiado, habría levantado sospechas. Por supuesto, a Claire le entregué una parte ínfima del expediente de Web. Y vosotros erais los únicos a quien podía recurrir.

–Hiciste bien. Te garantizo que ella nunca declarará en tu contra en los tribunales.

O’Bannon negó con la cabeza.

–No me creo que se haya acabado.

–Bueno, fue una operación excelente.

–Exacto, «fue» -dijo O’Bannon con voz lastimera.

–Supongo que tampoco quieres mucho al gobierno federal.

–¿Después de lo que vi en Vietnam? No. Y trabajar para el FBI no me hizo

cambiar de opinión.

–Bueno, me apuesto lo que quieras a que tienes unos buenos ahorrillos para pasar el resto de tus días.

O’Bannon asintió.

–En eso he sido listo. Ahora espero poder disfrutarlos.

–Quiero darte las gracias por tu ayuda. Te trabajaste bien a London.

–Créeme, con su pasado era un caso fácil. Ni siquiera hicieron falta fármacos -sonrió-. Confiaba en mí. ¿Qué dice eso del todopoderoso FBI?

Strait bostezó y se frotó los ojos.

–¿Te acostaste tarde? – preguntó O’Bannon.

–Más bien. Digamos que hice de la noche día.

Alguien llamó con suavidad.

–Entra -dijo Strait. Miró a O’Bannon-. Él te llevará. Es mi mejor hombre.

Se ocupará de todo.

Clyde Macy entró y miró directamente a O’Bannon y luego a Strait.

–Hace mucho tiempo que trabaja para mí. Supongo que le he enseñado a aprender de sus errores, ¿no es así?

–El viejo al que nunca tuve -dijo Macy.

Strait se rió.

–Así es. Aunque no te lo creas, este jovencito se infiltró en una banda de narcotraficantes negros en D.C. Les tendió una trampa para que culparan a

la pasma de lo que hicimos. Uno de ellos, un tipo llamado Antoine Peebles intentaba hacerse con el territorio del tal Westbrook. Mace le siguió el juego, Peebles nos ayudaba cuando lo necesitábamos, y luego Mace se lo cargó.

O’Bannon parecía perplejo.

–¿Por qué lo hiciste?

–Porque quise -dijo Macy mirando a O’Bannon con expresión despiadada-.

Fue una misión para mí. Y se llevé a cabo satisfactoriamente.

Strait se rió entre dientes.

–Luego se aseguró de que el ERR y la Sociedad Libre la emprendiesen a tiros. Su ayuda no tiene precio. Bien, Mace, te presento a Ed O’Bannon, el amigo del que te hablé -entregó los documentos a O’Bannon, le dio una palmadita en el hombro y le estrechó la mano-. Lo decía en serio, doctor, lo has hecho muy bien. gracias de nuevo y conviértete en un fugitivo de la justicia amante de las diversiones.

Strait dio media vuelta y se marchó. Nada más cerrar la puerta oyó el primer disparo apagado y luego otro. Joder, qué eficiente era Macy. Le había enseñado bien, aunque tenía algunos defectos. El que compitiera con el FBI a veces resultaba poco conveniente. Una de las concesiones que tuvo que realizar para hacerle feliz había sido bastante peligrosa, pero Strait no habría sacado adelante toda la operación sin Clyde Macy.

Strait no tenía nada contra Ed O’Bannon, pero los cabos sueltos eran cabos sueltos. Y Nemo no confiaba en Ed O’Bannon ni en nadie. Bien, un problema menos, ahora sólo quedaban otros dos: Kevin Westbrook y Claire Daniels. Se habían escapado una vez, pero no disfrutarían de una segunda oportunidad. Y luego se retiraría. Las islas griegas eran una perspectiva cada vez más tentadora y prometedora para un chico que había sido muy pobre y que siempre había salido adelante gracias a su ingenio. América era la tierra de las oportunidades, sin duda.

Mientras subía a la camioneta se preguntó si habría ranchos de caballos en Grecia. Esperaba que no.

En la cochera, Web abrió los ojos y miró a su alrededor. No oyó a Romano desperezarse, y al consultar el reloj supo por qué. Todavía no eran las seis.

Se levantó, abrió la ventana y respiró la brisa matinal. Había dormido más plácidamente de lo normal. Dentro de poco se marcharía del rancho y una parte de él se alegraba y la otra no.

No dejaba de pensar en Claire. La voz de la experiencia le decía que era poco probable que siguiera con vida. La idea de no volver a verla le resultaba abrumadora.

Mientras miraba por la ventana vio a Gwen conduciendo un Jeep descapotable. Se detuvo en el patio de adoquines, delante de la cochera, y salió. Vestía vaqueros y suéter y calzaba botas; el pelo largo le enmarcaba el rostro. No llevaba sombrero.

Gwen se dirigió hacia la puerta y Web le gritó:

–El talón del alquiler está en el buzón, retire la orden de desalojo.

Gwen alzó la vista, sonrió y le saludó.

–Creía que te apetecería que cabalgáramos juntos por última vez -observó el cielo despejado-. Para cuando hayamos ensillado los caballos será el mejor momento del día para «patrullar» los senderos. ¿No le parece, señor London? – le dedicó una sonrisa que hizo que todas sus preocupaciones se esfumaran.

Ensillaron las monturas, Gwen sobre Baron y Web sobre un ruano llamado Comet. Gwen le explicó que Boo se había herido una pata.

–Espero que el grandullón se ponga bien.

–No te preocupes, los caballos tienen una gran capacidad para recuperarse -

replicó Gwen.

Recorrieron un buen tramo en una hora y media. Mientras cabalgaban, Gwen no dejaba de pensar que nunca había matado. Sí, la noche anterior le había marcado un farol a Nemo Strait, pero ¿sería capaz de matar cuando llegara la hora de la verdad? Miró a Web e intentó imaginárselo como a su peor enemigo, como la más terrible de sus pesadillas. Pero le costaba lo indecible. Durante años había soñado con matar a todos y cada uno de los miembros de ese supuesto grupo heroico de agentes que le habían asegurado que era el mejor del mundo, que sacarían a su hijo y los otros rehenes con vida. Eso es lo que le habían repetido una y otra vez hasta que, finalmente, el miedo había disminuido y las esperanzas aumentado. Era como si te dijeran que tenías cáncer pero que se podía curar, y te lo creías hasta que cerraban tu ataúd y te enterraban. Habían logrado cumplir el objetivo de rescatar a casi todos los rehenes, salvo a su hijo. Y luego había visto, furiosa, que el rostro de Web London aparecía en periódicos, revistas, programas de televisión, todas sus hazañas heroicas descritas hasta el último detalle, e incluso el presidente le había entregado una medalla en persona. No pensaba en sus terribles heridas. No conocía las durísimas pruebas por las que había pasado para llegar al ERR. Aunque, de haberlo sabido, le habría dado igual. Lo único que importaba era que Web estaba vivo y su hijo muerto. Menudo héroe.

Sí, la visión de su hijo muerto junto a Web London la había asaltado en más de una ocasión. Recordaba aquella especie de corriente eléctrica que parecía haberle recorrido todos los nervios del cuerpo, como si un rayo la hubiese alcanzado de lleno; nunca había vuelto a ser la misma. Desde entonces, no había pasado un día sin que no viera el cuerpo ensangrentado de su hijo en el suelo. Tampoco había olvidado la imagen de los hombres armados yendo al rescate de su hijo y logrando traer de vuelta a todos salvo a David. Miró a Web y le pareció que se teñía de tonos negros, demoníacos. Era el último hombre. Sí, podría matarlo. Y quizás así se acabara la pesadilla.

–Supongo que Romano y tú os marcharéis hoy, ¿no?

–Eso parece.

Gwen sonrió y se tocó el pelo. Sujetó las riendas con fuerza porque tenía la impresión de que la mano comenzaría a temblarle.

–¿Ya habéis cumplido con vuestra misión?

–Más o menos. ¿Cómo está Billy?

–Bien. Tiene muchos cambios de humor, como todo el mundo.

–Tú no me pareces temperamental, sino de las que aguantan bien los golpes y se reponen.

–Te sorprenderías a veces.

–La fiesta de anoche estuvo muy bien.

–A Billy se le dan bien. Los hermanos Ransome no eran lo que me esperaba.

–Supongo que no te creerás que es su verdadero nombre.

–Ni por asomo.

–Cuando los conocí pensé que eran homosexuales. Hasta que entraste en la sala, claro, entonces su orientación sexual resultó más que obvia.

Gwen se rió.

–Me lo tomaré como un cumplido.

Cabalgaron junto a la abertura que conducía a la capilla de Gwen.

–¿Hoy no vas a la capilla?

–No.

Gwen apartó la mirada de la abertura situada entre los árboles. No era un día para rezar. Sin embargo, se santiguó cuando Web no la miraba.

« Perdóname, Dios, por lo que estoy a punto de hacer». Mientras pronunciaba en silencio aquellas palabras no confiaba que su plegaria se viera respondida.

Llegaron hasta una pendiente inclinada de tierra con la parte superior poblada de árboles. Nunca había llevado a Web hasta aquel lugar. Quizás en lo más profundo de su ser había intuido que ya llegaría el día.

Gwen fustigó a Baron y se lanzó a la pendiente, y Web y Comet la siguieron de cerca. Cabalgaron pendiente arriba y Web estuvo a punto de superar a Gwen. Cuando llegaron arriba, detuvieron a las monturas y contemplaron el paisaje mientras los caballos respiraban ruidosamente.

Gwen miró a Web con admiración.

–Estoy impresionada.

–He tenido una gran maestra.

–La atalaya está cerca. Desde allí la vista es incluso mejor.

Web no le dijo que ya había estado allá arriba con Romano cuando habían ido a vigilar el rancho de los Ransome.

–Buena idea.

Cabalgaron hasta la atalaya, ataron los caballos a un poste de madera y los dejaron pastando. Gwen condujo a Web hasta la parte más elevada de la atalaya, desde donde contemplaron el amanecer y el despertar del bosque.

–No creo que haya muchas cosas mejores en la vida -dijo Web.

–Eso parece -replicó Gwen.

–¿Problemas entre tú y Billy?

–¿No es obvio?

–He visto cosas peores.

–¿Ah, sí? ¿Y si te dijera que no tienes ni la menor idea de lo que estás hablando? – dijo ella con una especie de ira repentina.

–Bueno, nunca lo hemos hablado -dijo Web sin perder la calma.

Gwen evitó su mirada.

–En realidad he hablado contigo más que con la mayoría de la gente. Y

apenas te conozco.

–Un poco de cháchara, quizá. Y no es tan complicado conocerme bien.

–Todavía no me siento muy cómoda contigo, Web.

–Pues se nos acaba el tiempo. No creo que nuestros caminos vuelvan a cruzarse. Pero supongo que eso es bueno.

–Supongo -dijo ella-. Creo que Billy y yo no nos quedaremos mucho más tiempo en East Winds.

Web pareció sorprenderse.

–Pensaba que os quedaríais aquí para siempre. ¿Por qué queréis marcharos?

Tal vez tengáis problemas, pero aquí sois felices, ¿no? Esta es la vida que queríais, ¿no es cierto?

–Hay muchos factores que determinan la felicidad -manifestó Gwen

lentamente-. Algunos son más obvios que otros.

–Supongo que no puedo ayudarte al respecto. No soy un experto en temas de felicidad, Gwen.

Gwen le miró con curiosidad.

–Ni yo.

Cruzaron una larga e incómoda mirada.

–Bueno, te mereces ser feliz, Gwen.

–¿Por qué? – se apresuró ella a preguntar. Por algún motivo, quería escuchar el razonamiento de Web.

–Porque has sufrido demasiado. Es lo más justo… es decir, si es que en la vida existe la justicia.

–¿Y tú has sufrido? – las palabras sonaron duras, pero las disimuló rápidamente con una expresión de comprensión. Quería que le dijese que sí, pero el sufrimiento de Web no sería tan terrible como lo que ella había vivido.

–He pasado malas épocas. Mi infancia no fue exactamente el sueño americano. Y la edad adulta todavía no me ha compensado lo suficiente.

–Siempre me he preguntado por qué la gente hace lo que tú haces. Los tipos buenos -aclaró con sincera expresión.

–Hago las cosas que hago porque hay que hacerlas y la mayoría de la gente no puede o no quiere hacerlas. Preferiría que mi trabajo pasase al olvido, pero no creo que ese día llegue -bajó la vista-. Nunca he tenido la oportunidad de decirte esto, pero quizá no vuelva a tenerla -respiró hondo-.

Cuando pasó lo de Richmond, era la primera vez que hacía de asaltante, los tipos que entran y rescatan a los rehenes -se calló-. Tras lo de Waco, el FBI

estaba asustado y se había vuelto muy conservador en asuntos de esa índole.

No digo que aquello estuviese bien o mal, pero sí fue diferente.; Esperamos a los negociadores mientras nos cuentan miles de mentiras por el teléfono.

Es como si siempre tuviera que morir alguien para que nos permitieran entrar en acción, y entonces ya es demasiado tarde. Pero ésas eran las nuevas normas y teníamos que respetarlas -meneó la cabeza-. Sabía que pasaba algo cuando los del FBI interrumpieron las negociaciones. Lo intuía.

Había sido francotirador muchos años, y al ver la evolución de las situaciones durante todo ese tiempo acabas desarrollando un sexto sentido para adivinar lo que ocurrirá. Lo adivinas -miró a Gwen-. Nunca te lo había contado. ¿Quieres saber el resto?

–Sí -dijo Gwen tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de reflexionar al respecto.

–Billy ya sabe algo. Cuando vino a verme al hospital.

–Siento no haber podido ir.

–No lo esperaba. De hecho, me sorprendió que fuera Billy.

Web se tomó unos segundos para organizar sus ideas. Mientras lo hacía, Gwen contempló las estribaciones del Blue Ridge a lo lejos. Se lo había pensado mejor y no le apetecía escuchar lo que Web le contaría, pero ya era demasiado tarde para negarse.

–Llegamos sin problemas hasta la entrada del gimnasio -explicó Web-. Miré por la ventana. Tu hijo me vio. Nos miramos a los ojos.

–No lo sabía.

Gwen parecía sorprendida.

–Bueno, nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a Billy. Nunca se presentó el momento adecuado.

–¿Cómo estaba? – preguntó Gwen lentamente. Notaba los latidos del corazón en las sienes mientras esperaba la respuesta.

–Parecía asustado, Gwen, pero también resuelto, rebelde. Nada fácil cuando tienes diez años y te enfrentas a un grupo de colgados armados. Ahora sé de dónde procedía ese temperamento.

–Sigue -dijo Gwen casi imperceptiblemente.

–Le hice señas para que no perdiera la calma. Le di a entender que todo iba bien, para que estuviera tranquilo. Si se asustaba y reaccionaba mal, es probable que le hubieran disparado en el acto.

–¿Te hizo caso?

Web asintió.

–Era listo. Sabía lo que yo intentaría hacer. Estaba de mi parte, Gwen. Con todo lo que estaba pasando, se mostró tan valiente como el que más.

Gwen vio que a Web se le empañaban los ojos de lágrimas. Intentó decirle algo pero no podía hablar. Era como si las palabras de Web hubieran comenzado a borrar los peores años de su vida.

–Estábamos a punto de entrar. En silencio, sin explosivos. Habíamos visto por la ventana dónde estaban colocados cada uno de los Free. Nos los cargaríamos a la vez. Iniciamos la cuenta atrás y entonces sucedió.

–¿Qué? ¿Qué sucedió?

–Un ruido del interior. Parecía un pájaro o un pitido, o una alarma o algo.

Un sonido agudo que se produjo en el peor momento. Los Free se pusieron inmediatamente en estado de alerta y cuando entramos abrieron fuego. No sé por qué dispararon a David, pero fue el primero en caer.

Gwen no miraba a Web. Su mirada parecía haberse congelado en las

montañas. «¿ Un pitido?».

–Vi cómo le disparaban -dijo Web con voz temblorosa-. Le vi la cara. Los ojos -Web cerró los suyos y las lágrimas surgieron de debajo de los párpados-. Todavía me estaban mirando.

Gwen también tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no miraba a Web.

–¿Qué expresión tenía?

–Era la expresión del que se siente traicionado -respondió Web. Se tocó el lado desfigurado del rostro-. La cara y los dos agujeros de bala que tengo en el cuerpo me duelen menos que la mirada de tu hijo -y repitió-: Traicionado.

Gwen temblaba tanto que tuvo que apoyarse en la barandilla, llorando sin cesar. Seguía sin mirar a Web. « Un pitido».

–Quizá por eso desobedecí las órdenes cuando atacamos a los Free -la miró directamente a los ojos-. Me costó mi carrera, Gwen, me han echado del FBI por eso. Pero lo volvería a hacer. Quizá fuera mi forma de expiar las culpas. Tu hijo se merecía mucho más de que le di. No pasa un día sin que no piense en ello, siento haberos defraudado a ti y a él. No espero el perdón, pero quería que lo supieras.

–Tal vez deberíamos volver -dijo Gwen en voz baja.

Gwen descendió primero y se dirigió hacia Comet en lugar de Baron. Le levantó la pata delantera derecha. Gwen era un manojo de nervios y todavía sentía el corazón en las sienes. Apenas se mantenía en pie, pero tenía que hacerlo, a pesar de todo cuanto Web acababa de revelarle, tenía que hacerlo.

Había esperado demasiado. Cerró los ojos y los abrió de nuevo.

–¿Pasa algo? – preguntó Web. Gwen no se atrevía a mirarle.

–Parecía tener algún problema, pero creo que no le pasa nada. Tendré que vigilarle de cerca.

Alargó la mano y le dio una palmadita en el cuello y, aprovechando que Web no miraba, colocó el objeto que llevaba en la mano debajo de la silla.

–Ha llegado el momento de la gran prueba -dijo Gwen-. Galoparemos rápidamente pendiente abajo en dirección al bosque, pero tendrás que frenar al caballo rápidamente porque el sendero que está entre los árboles es demasiado estrecho para ir al galope. ¿Entendido?

–Estoy listo.

Web le dio una palmadita a Comet en el cuello.

–No lo dudo. Vamos -dijo Gwen de modo terminante.

Los dos montaron y enfilaron los caballos hacia el bosque.

–¿Quieres ir delante? – preguntó Web mientras se acomodaba en la silla.

–Ve tú primero. Quiero vigilar la pata de Comet…

El caballo se desbocó y Web no estaba preparado. Comet aceleró y, pendiente abajo, se dirigió a todo galope hacia los gruesos árboles.

–¡Web! – gritó Gwen, que cabalgó tras él, pero frenó sutilmente a Baron de modo que fuera distanciándose de Web.

Vio que Web perdía un estribo y estaba a punto de caerse. Las riendas se le cayeron de las manos y se agarró con fuerza y desesperación al borrén de la silla mientras se aproximaba rápidamente al bosque. Web no lo sabía, pero cada vez que rebotaba en la silla hundía más en el cuerpo del caballo la tachuela que Gwen había colocado debajo de la silla.

Web no volvió la vista. Pero si lo hubiera hecho habría visto a una mujer sumida en el mayor de los conflictos. Gwen Canfield deseaba imperiosamente que el caballo y el jinete se golpearan contra los árboles;