El último hombre
Capítulo 20
–¡Era mi maldito equipo!
–Lo comprendo, pero si me entero de que estás haciendo algo, formulando preguntas o siguiendo pistas por tu cuenta, entonces la habrás cagado.
Espero que te haya quedado claro.
–Te llamaré cuando resuelva el caso.
Web apagó el móvil y se reprochó el haberse cargado su última baza en el FBI. Había sido tan sutil como un camión de carga, pero Bates parecía sacar la fiera que hay dentro de las personas. ¡Y pensar que había llamado con la mera intención de darle las gracias por la conferencia de prensa!
Capítulo 20
Claire se desperezó al tiempo que bostezaba. Se había levantado muy temprano y la noche anterior había trabajado hasta demasiado tarde; en eso se había convertido la rutina de su vida. Se casó a los diecinueve con su amor del instituto, fue madre a los veinte y se divorció a los veintidós. Los sacrificios que había realizado durante los siguientes diez años mientras acababa las carreras de Medicina y Psiquiatría eran tantos que ni siquiera los recordaba todos. Sin embargo, no se arrepentía de haber tenido a su hija, que acababa de entrar en la universidad. Maggie Daniels estaba sana, era brillante y se amoldaba a todo. Su padre no había querido saber nada de la educación de su hija y tampoco se había interesado por ella durante la edad adulta. De hecho, Claire sabía que era decisión de Maggie, pero lo cierto era que nunca había inquirido mucho sobre su padre y se había tomado con calma el vivir sin padre. Claire no había regresado a los círculos sociales y, finalmente, había llegado a la conclusión de que su carrera sería su vida.
Abrió la carpeta y estudió las notas que había tomado. Web London era un sujeto fascinante para cualquier estudiante de la psicología humana. Por lo poco que Claire había logrado deducir antes de que se marchase repentinamente de la consulta, Web era un problema andante. Desde los típicos de la infancia hasta la desfiguración de adulto pasando por el peligroso trabajo que desempeñaba y que tanto parecía satisfacerle; una persona necesitaría toda una vida profesional para tratar a un paciente así.
El golpeteo en la puerta interrumpió sus pensamientos.
–¿Sí?
Se abrió la puerta y apareció uno de los compañeros de Claire.
–Ven a ver una cosa.
–¿Qué cosa, Wayne? Estoy ocupada.
–La conferencia de prensa del FBI. Web London. Le vi salir de aquí el otro día. Le asesoraste, ¿no?
Torció el gesto al oír la pregunta y no replicó. Pero se levantó y le siguió hasta la sala de recepción, donde había un pequeño televisor. Varios psiquiatras y psicólogos que tenían consultas allí, incluido Ed O’Bannon, ya estaban contemplando la pantalla. Era la hora del almuerzo y ninguno de ellos parecía tener pacientes. Varios estaban comiendo.
Durante los siguientes diez minutos, se procedió a un exhausto repaso de la vida y carrera de Web London. Claire se llevó la mano a la boca al ver a Web en el hospital, con la mayor parte de la cara y el torso vendados. Aquel hombre había sufrido mucho, más de lo humanamente soportable. Y Claire sintió la imperiosa necesidad de ayudarle, a pesar del modo en que Web había dado por zanjada la sesión. Cuando terminó la conferencia de prensa, todos fueron regresando a sus consultas; Claire detuvo a O’Bannon.
–Ed, ¿recuerdas que te dije que vi a Web London cuando tú no podías?
–Desde luego, Claire. En realidad, te lo agradezco -bajó la voz-. A diferencia de otros que hay por aquí, sé que no me robarás los pacientes.
–Gracias, Ed. Pero lo cierto es que el caso de Web me interesa. Y
congeniamos bastante durante la sesión -añadió con firmeza-: Quiero ocuparme de su orientación.
O’Bannon parecía sorprendido y negó con la cabeza.
–No, Claire. Ya he tratado a London y es un hueso duro de roer. No llegamos al final de la cuestión, pero parece tener serios problemas madre-hijo.
–Lo comprendo, pero quiero ocuparme del caso.
–Y te lo agradezco, pero es mi paciente y la continuidad del tratamiento es esencial, así que el médico debe ser el mismo.
Claire respiró hondo.
–¿Podría decidirlo Web? – preguntó.
–¿Perdón?
–¿Le llamarías para pedirle que decida a quién de los dos prefiere?
O’Bannon parecía irritado.
–No creo que sea necesario.
–Congeniamos mucho, Ed, y creo que en este caso otros dos ojos serían beneficiosos.
–No me gusta lo que insinúas, Claire. Mis referencias son impecables. Por si no lo sabías, estuve en Vietnam, donde traté casos de síndrome de
combate y neurosis de guerra y a prisioneros de guerra a quienes les habían lavado el cerebro, y no me fue nada mal.
–Web no trabaja con los militares.
–No hay nada más parecido a los militares que el ERR. Les conozco bien y hablo su idioma. Creo que mi experiencia se ajusta a la perfección al caso.
–No digo que no, pero Web me dijo que no se encontraba demasiado cómodo contigo. Y sé que lo que prima para ti es el bienestar del paciente.
–No me vengas con sermones sobre la ética profesional -guardó unos instantes de silencio y prosiguió-. ¿Dijo eso… que no estaba demasiado cómodo conmigo?
–Sí, pero eso no hace más que confirmar que estás en lo cierto, que es un hueso duro de roer. Que yo sepa, quizá yo tampoco le guste cuando empecemos el tratamiento -tocó a O’Bannon en el hombro-. ¿Le llamarás hoy?
–Le llamaré -dijo O’Bannon de mala gana.
Web conducía su automóvil cuando sonó el móvil. Miró la pantallita. Era un número de Virginia que no conocía.
–¿Diga? – preguntó con cautela.
–¿Web?
La voz le sonaba, pero no sabía quién era.
–Soy el doctor O’Bannon.
Web parpadeó.
–¿Cómo ha conseguido este número?
–Me lo diste tú mismo, durante una de las últimas sesiones…
–Mire, he estado pensando que…
–Web, he hablado con Claire Daniels.
Web sintió que se acaloraba.
–¿Le dijo que hablamos?
–Sí, aunque no me dijo de qué, por supuesto. Sé que atravesabas una crisis y Claire intentó localizarme antes de hablar contigo. Por eso te llamo.
–No termino de entenderlo.
–Bien, Claire me ha dicho que congeniasteis. Cree que estarás más cómodo con ella. Dado que eres mi paciente, tenemos que ponernos de acuerdo para tomar tal decisión.
–Mire, doctor O’Bannon…
–Web, quiero que sepas que en el pasado tratamos tus problemas satisfactoriamente y creo que podríamos seguir juntos. Es probable que Claire tan sólo adornase un poco tu incertidumbre para conmigo. Pero, para tu información, Claire no cuenta con mi experiencia. He visto a agentes del FBI durante más tiempo que ella. No me gusta decir este tipo de cosas, pero entre tú y yo, Claire se quedaría corta contigo -guardó silencio, como si esperara una respuesta por parte de Web-. Entonces, ¿seguirás viéndome?
–Iré con Claire.
–¡Web, venga ya!
–Quiero a Claire.
O’Bannon permaneció en silencio unos segundos.
–¿Estás seguro? – dijo finalmente, con brusquedad.
–Estoy seguro.
–Entonces haré que Claire se ponga en contacto contigo. Espero que congeniéis -añadió con tono seco.
La llamada se cortó y Web continuó conduciendo. Transcurrieron dos minutos y el móvil sonó de nuevo. Era Claire Daniels.
–Supongo que te sentirás como un hombre perseguido -dijo en un tono encantador.
–Es bueno ser popular.
–Me gusta acabar lo que empiezo, Web, aunque tenga que disgustar a un compañero de trabajo.
–Te lo agradezco, Claire, y sé que le dije al doctor O’Bannon que estaba de acuerdo, pero…
–Por favor, Web, creo que puedo ayudarte. Al menos me gustaría intentarlo.
Web se quedó pensativo mientras contemplaba la caja de cartón. ¿Qué tesoros guardaría?
–¿Puedo llamarte a este número?
–Hasta las cinco.
–¿Y después?
Se detuvo en una gasolinera y anotó el móvil y el teléfono de casa de
Claire. Le dijo que la llamaría después y apagó el móvil. Web guardó el número en la memoria del aparato, regresó a la carretera y se puso a pensar en lo sucedido. Lo que no le gustaba era que ella pusiera tanto empeño, quizá demasiado.
Web volvió a la habitación del motel. Comprobó los mensajes de casa.
Varias personas habían visto la conferencia de prensa y le habían llamado para desearle lo mejor. Otras tantas voces que no reconocía le amenazaban con romperle la cara deformada de cobarde. A Web le pareció oír la voz de Julie Patterson y a varios niños berreando al fondo, pero no estaba seguro.
Lo cierto era que Web no estaría entre los números preferidos de Julie.
Se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared y, de repente, sintió tanta pena por Julie que empezó a temblar. Sí, Web estaba pasando por unos momentos difíciles, pero acabarían desapareciendo. Para Julie era distinto, tendría que cargar durante el resto de su vida con el peso de un marido y un hijo muertos y la responsabilidad de criar sola a cuatro hijos. Era una superviviente, igual que Web. Y los supervivientes eran los que sufrían más porque tenían que arreglárselas por sí solos y seguir viviendo.
Marcó el número y contestó un niño. Era el mayor, Lou, y aunque sólo tenía once años, ahora era el hombre de la casa.
–Louie, ¿está tu madre? Soy Web.
Se produjo una larga pausa.
–¿Mataste a nuestro padre, Web?
–No, Louie, sabes de sobra que no lo maté. Pero averiguaremos quién lo hizo. Dile a tu madre que se ponga -añadió con firmeza.
Web oyó al niño dejar el teléfono y alejarse. Mientras esperaba, Web notó que temblaba de nuevo, seguramente porque no tenía ni idea de lo que le diría a Julie. Al oír unos pasos que se acercaban al teléfono se puso más nervioso, pero la persona cogió el teléfono y no dijo nada.
–¿Julie? – dijo Web finalmente.
–¿Qué quieres, Web? – parecía cansada. Curiosamente, el tono cansado le resultaba mucho más doloroso que los gritos iracundos en la iglesia.
–Quería saber si podía hacer algo por ayudarte.
–Ni tú ni nadie puede hacer nada.
–Deberías estar acompañada. No es aconsejable que estés sola en estos momentos.
–Mi hermana y mi madre han venido desde Newark.
Web respiró hondo. Bien, buena señal. Al menos hablaba con calma y lógica.
–Averiguaremos quién lo hizo, Julie. Aunque tarde toda la vida. Quiero que lo sepas. Lou y los otros lo eran todo para mí.
–Haz lo que tengas que hacer, pero no les devolverás a la vida, Web.
–¿Has visto la conferencia de prensa de hoy?
–No. Y, por favor, no vuelvas a llamar -colgó.
Web se quedó sentado, asimilando la conversación. No había esperado que le pidiera disculpas por haberle puesto como un trapo el otro día. Eso habría sido esperar demasiado. Lo que le molestaba era que se sentía rechazado.
¿« Por favor, no vuelvas a llamar»? Quizá las otras esposan pensaran lo mismo. Ni Debbie ni Cynde ni ninguna de las otras esposas se había puesto en contacto con él para ver cómo estaba. Entonces volvió a recordar que la pérdida de ellas era mucho mayor que la suya. Habían perdido a sus maridos. Web sólo había perdido a sus amigos. Supuso que la diferencia era más que considerable. Sólo que, para él, tal diferencia no existía.
Cruzó la calle hasta un 7-Eleven y pidió una taza de café. Había comenzado a lloviznar y la temperatura había descendido en picado. Lo que había empezado como un día cálido y hermoso se había convertido en uno gris y húmedo, algo muy común en esa zona, lo que había reforzado sus instintos suicidas.
Web regresó a la habitación, se sentó en el suelo y abrió la caja de cartón.
Los documentos olían a viejo, algunos tenían moho, y las escasas fotografías estaban amarillentas y rasgadas. Y, sin embargo, todo aquello le cautivó porque no lo había visto nunca. En parte porque nunca había sabido que su madre guardaba esos recuerdos del primer matrimonio en esa caja. Y
también era cierto que nunca los había buscado en la casa. No sabía muy bien por qué. Quizá la relación con su padrastro le había hecho perder todo interés en los padres.
Ordenó las fotos en el suelo y luego las observó detenidamente. Su padre, Harry Sullivan, había sido un hombre apuesto. Muy alto y ancho de espaldas, pelo negro y ondulado en forma de copete con brillantina y una mirada de seguridad en sí mismo que parecía atravesar la fotografía.
Guardaba cierto parecido con las estrellas de cine de la década de 1940, joven y con mucha presencia y un brillo pícaro en los ojos. Web no dudaba que Harry Sullivan resultaría atractivo para una joven un tanto ingenua a pesar de su inteligencia y viajes por el mundo. Web se preguntó qué aspecto tendría su padre en la actualidad, tras muchos años en la cárcel, tras varias décadas viviendo una vida acelerada que llevaba a un callejón sin salida.
En otra fotografía, Sullivan rodeaba con el brazo la cintura de Charlotte. El brazo era tan largo que daba la vuelta y subía por el torso, y los dedos quedaban justo debajo de los pechos, quizá los rozaban. Parecían muy felices. Es más, Charlotte London, con la falda plisada y el peinado informal, parecía más hermosa, más encantadora y más alegre de estar viva que nunca. Sin embargo, supuso que eso formaba parte de la juventud.
Todavía no habían pasado por épocas difíciles. Web se tocó la mejilla. No, las épocas difíciles no eran agradables y no siempre te hacían más fuerte.
Web la vio tan llena de vida que le costó lo suyo creer que estaba muerta.
Empezó a llover con más intensidad y Web siguió sentado en la habitación del motel, bebiendo el café y mirando otros objetos. Hojeó el certificado de matrimonio de los Sullivan. A Web le sorprendió que su madre lo hubiera conservado. Pero, claro, por muy mal que hubiera salido, seguía siendo su primer matrimonio. La firma de su padre era muy pequeña para un hombre tan grande y seguro de sí mismo. Y las letras estaban mal delineadas, como si el viejo Harry se avergonzase de firmar, inseguro del trazado correcto. Un hombre inculto, concluyó Web.
Dejó el certificado y extrajo otra hoja de papel. Una carta. En la parte superior figuraba el membrete de un correccional de Georgia. La carta estaba fechada un año después de que madre e hijo hubieran huido del recluso en que se había convertido el esposo y padre. La carta estaba escrita a máquina, pero al pie de la misma figuraba la firma de Harry Sullivan. Y la firma era más segura, las letras más grandes y más precisas, como si Harry se hubiera esforzado en hacerlo bien. Pero, claro, en la cárcel había disfrutado de mucho tiempo «libre».
La carta era sucinta. Era una disculpa a Charlotte y Web. Aseguraba que cuando saliera sería un hombre nuevo. Les trataría bien. Bueno, de hecho en la carta decía que se «esforzaría» por cumplir esas promesas. Web reconoció que quizá se tratara de un ejercicio de honestidad por parte de Sullivan, algo nada fácil para un hombre que se pudría lentamente en la cárcel. Web había realizado suficientes interrogatorios como para saber que los barrotes de hierro y los cerrojos y el futuro incierto solían hacer que las personas mintieran descaradamente si creían que eso les ayudaría. Se preguntó si su padre habría recibido los documentos del divorcio poco después de haber enviado aquella carta. ¿Cómo afectaría aquello a un hombre encarcelado? ¿Sin libertad y también sin esposa e hijo? Lo cierto es que no le quedaría mucho más. Web nunca había culpado a su madre por lo que había hecho, y ahora tampoco la culpaba. Sin embargo, esos pequeños fragmentos de la vida familiar le hicieron sentir pena por Harry Sullivan, estuviera donde estuviera, vivo o muerto.
Web apartó la carta y se pasó varias horas mirando el resto de la caja. La
mayoría de lo que allí había no le serviría para encontrar a su padre, por más que lo había analizado con atención, aunque sólo fuera para sentirse mejor. Su mano se cerró en torno a dos objetos que prometían conducirle a una pista. Uno era un carné de conducir caducado con una fotografía de su padre y el otro, más importante, la tarjeta de la Seguridad Social. Aquello proporcionaba varias posibilidades. Web contaba además con otra perspectiva para la investigación.
Se tragó el orgullo, llamó a Percy Bates y se disculpó tanto que se sintió avergonzado. Luego le dijo el nombre de Harry Sullivan, el número de la Seguridad Social y las fechas aproximadas de su encarcelamiento en la prisión de Georgia. Web había pensado en llamar a Ann Lyle para pedirle lo mismo, pero no quería recurrir a ese pozo de información con tanta frecuencia. Ann ya tenía mucho trabajo y, en aquellos momentos, el ERR
necesitaba toda su atención. Además, todavía no se había puesto en contacto con él por lo de Cove, y no quería que se sintiera presionada.
–¿Quién es este tipo? – preguntó Bates.
Cuando Web había solicitado ingresar en el FBI había tenido que poner el verdadero nombre de su padre, y los investigadores habían querido saber más detalles. Web se los había preguntado a su madre, pero ella se había negado en redondo a hablar del asunto. Web había explicado a los investigadores que desconocía el paradero de su padre y que carecía de información para ayudarles a localizarlo. Que él supiera, la cosa había acabado allí. Había superado la comprobación de antecedentes y trabajaba para el FBI. El último contacto con su padre había sido a los seis años, así que el FBI tampoco podía recriminarle que su padre fuera un presidiario.
–Un tipo al que tengo que encontrar -le dijo a Bates. Web sabía que el FBI era muy riguroso con la comprobación de antecedentes y era bastante probable que tuvieran información sobre su padre. Sin embargo, Web nunca había tenido deseos de comprobar el archivo. De todos modos, no era imposible que Bates supiera que Harry Sullivan era el padre de Web. Si así fuera, mentir se le daba bien.
–¿Alguna relación con la investigación?
–No, como bien dijiste se trata de información secreta, pero te agradecería el favor.
Bates le dijo que haría lo que pudiera y colgó.
Web cerró la caja y la dejó en un rincón. Sacó el móvil y volvió a comprobar si tenía mensajes en casa. Se había obsesionado al respecto desde lo ocurrido en el patio y no sabía muy bien por qué. Al oír la voz se alegró de ser tan diligente. Debbie Riner quería saber si a Web le apetecía cenar con ella esa misma noche. La llamó al instante y le dijo que iría.
Había visto la conferencia de prensa en la televisión.
–Nunca dudé de ti, Web -dijo.
Web dejó escapar un suspiro. La vida parecía mucho mejor en aquellos momentos.
Buscó el número que quería en la pantalla del móvil. Eran las cinco pasadas, así que Claire Daniels no estaría en la consulta. Los dedos vacilaron sobre el botón. Y entonces la llamó. Le dijo que estaba en el coche, de camino a casa.
–Te podré ver mañana a primera hora. A las nueve -dijo.
–Ya habrás resuelto todos mis problemas, ¿no?
–Soy eficiente, pero no tan rápida -Web sonrió al oír el comentario-. Te agradezco que me dejes orientarte. Sé que los cambios cuestan.
–Cambiar es lo de menos, Claire. Lo que más me preocupa es lo de volverme loco. Te veré a las nueve.