El último hombre
Capítulo 54
La cubierta le arrastró un poco, pero Romano no movió ni un músculo. No había llegado el momento. Cuando las manos le sujetaron y le sacaron del agua, tampoco se movió. Le tumbaron boca abajo sobre la cubierta de la piscina. Y entonces las escucharon. Todos ellos. Sirenas. Alguien había llamado a la poli.
–Larguémonos de aquí -dijo uno de los hombres.
Ésas serían sus últimas palabras. Romano se incorporó de un salto y mató a los dos de una estocada mortal en el pecho con las navajas que llevaba ocultas en las manos. Las hojas se hundieron hasta la empuñadura y les atravesaron el corazón.
Los dos hombres le clavaron la mirada mientras se hundían en el agua.
Romano se irguió, inspeccionó el campo de batalla, se arrancó la camisa y con una rama pequeña de árbol se hizo un torniquete en la pierna, buscó en el agua la Link, la pistola que había desviado la bala que le habían disparado por la espalda, y sostuvo en alto el arma destrozada.
–Joder -dijo.
Capítulo 54
Web seguía a Strait y a Claire con dificultad. Alternaba las gafas de visión nocturna con sus propios ojos, pero estaba muy oscuro e incluso las gafas necesitaban un poco de luz ambiental para funcionar bien. Se fiaba más del oído que de la vista, pero así no podría disparar contra nada ni nadie porque tenía tantas probabilidades de darle a Claire como a Strait.
Se aproximó a la Casa de los Monos, fue aminorando la marcha y acabó por detenerse. De día, el edificio en ruinas parecía un lugar siniestro y de noche aún resultaba más inquietante. El problema era que si Strait estaba dentro y Web seguía adelante sin comprobar el edificio, entonces Strait le flanquearía por detrás.
Web sujetó con fuerza la MP-5 y avanzó sigilosamente. Entró en el edificio por el extremo sur y pisó los escombros desperdigados por la antigua cárcel de animales. Los rayos de la luna se filtraban por los agujeros del tejado en el momento en que las nubes se apartaban. La luz bañaba de manera inquietante las jaulas destrozadas y aquella visión resultaba dura incluso para los nervios de acero de Web.
Era imposible moverse sin hacer ruido, y Web miraba incesantemente en todas las direcciones con la esperanza de ver algo que le ayudara a salvar la vida de Claire y la suya y acabar con la de Strait. Además, Macy andaba por ahí fuera y aquello resultaba problemático porque Macy poseía ciertas aptitudes tácticas.
Web se arrojó al suelo en cuanto oyó un crujido a su izquierda. Se puso las gafas de visión nocturna e inspeccionó cuanto le rodeaba milímetro a milímetro. Miró hacia lo alto porque allá arriba había una pasarela. Fue entonces cuando se oyó un grito ininteligible.
Rodó sobre sí mismo y el disparo impactó justo donde había estado. Se incorporó, preparado para abrir fuego. El grito le había parecido de Claire, avisándole. Oyó pasos arrastrándose en el otro extremo del edificio y luego comenzaron a correr. Se disponía a perseguirlos cuando vio lo mismo que había visto antes: el vapor del cañón de un arma. Se arrojó al suelo justo antes de que el arma disparara; la bala impactó en una de las jaulas y rebotó inofensivamente hacia una de las paredes.
Bien, una buena noticia… Macy, si es que en verdad era él, no había sido lo bastante listo como para haberse dado cuenta de ese error.
Web abrió fuego con la MP-5 hacia la zona de donde había procedido el disparo; los cascotes salieron volando y las jaulas resonaron vacías. Cuando se detuvo para introducir otro cargador, oyó otros pasos que se alejaban corriendo. Salió sigilosamente y fue tras ellos, contento de alejarse de la Casa de los Monos.
Creía que estaba acercándose cuando sintió algo a su izquierda y volvió a arrojarse al suelo. El disparo impactó en un árbol justo detrás de donde había estado unos instantes antes.
Disparo de rifle, no de pistola. Entonces era Macy y no Strait. Seguramente se habría quedado atrás para cubrir a su jefe.
–El aspirante contra el auténtico -dijo Web en voz baja-. Muy bien, adelante.
Como francotirador, Web solía permanecer completamente inmóvil cuando estaba de guardia. Ésa era la norma cuando se trataba de un enfrentamiento; el primer hombre en moverse y delatarse, moría. Así pues, Web era capaz de no mover ni un músculo mientras esperaba para matar a alguien. Sabía reducir el número de pulsaciones e incluso regular el rendimiento de la vejiga de modo que pasaba largos intervalos sin tener que orinar. Era como una anaconda enroscada en el suelo a la espera del jaguar. Cuando llegaba el momento, la anaconda atacaba, y adiós jaguar.
Mientras estaba tumbado allí, Web se preguntó cómo era posible que Macy le siguiera y encontrara con tanta eficacia. Eso le hizo pensar en el equipo que Macy llevaría. Bates le había contado otro detalle sobre el ataque contra el complejo de los Free. Se habían extraído dos balas del 308 de las paredes. Si Macy empleaba la misma artillería que el ERR, entonces era posible que también llevara un equipo similar al de Web. Web recordó la fotografía de Macy ataviado con todos los ropajes paramilitares. Sin duda alguna, esos elementos encajaban a la perfección con el perfil de un aspirante.
Web se deslizó hacia delante sobre el estómago, haciendo el mínimo ruido
posible. Quería comprobar algo, y el mejor método era cambiar de posición.
Un disparo estuvo a punto de impactarle.
Bien, confirmado, pensó Web. El tipo también llevaba gafas de visión nocturna.
Se puso las suyas e inspeccionó la zona. Fue entonces cuando lo vio; apenas durante unos instantes, pero fue suficiente. Más que suficiente.
Clyde Macy estaba satisfecho de su estrategia. Sabía que los miembros del ERR eran expertos, pero siempre había sospechado que también estaban sobrevalorados. Al fin y al cabo, él mismo había abierto una brecha en su perímetro en el complejo de los Free. Y le había dado a uno de ellos en la zona de la piscina. No se había quedado lo suficiente para ver a Romano levantarse. Cuando Strait había huido corriendo con Claire, Macy, el lugarteniente siempre leal, se había quedado para cubrirle la espalda a su jefe. Strait le había tratado bien; se había hecho cargo de él en el correccional. Y cuando Macy había salido y se había metido casi sin querer en el mundo de los Free, Strait le había buscado y le había abierto los ojos.
Los Free eran una pandilla de principiantes. El desastre de Richmond daba fe de ello. Strait le había explicado que no sólo no te pagaban nada, sino que, además, esperaban que les mantuvieses. ¿Y para qué?, le había preguntado Strait, lanzándole una clara indirecta. Para disfrutar del privilegio de relacionarse con gente estúpida.
Le había hecho caso a Strait y había trabajado para él durante varios años.
Ese trabajito había sido el más lucrativo de todos. Habían ganado una fortuna con lo de las drogas y, por si fuera poco, Macy había tenido la oportunidad de tenderle una trampa a la Sociedad Libre. Eso, y cargarse al viejo de Twan, había valido la pena. En aquellos momentos, a medida que el plan se desvanecía con la misma velocidad que se aproximaban las sirenas, a Macy sólo le quedaba un objetivo: matar a London. Eso demostraría su absoluta superioridad. En cierto modo, Macy se había pasado gran parte de su vida entrenándose para ese momento.
Se colocó las gafas de visión nocturna, las activó e inspeccionó la zona donde había visto a London por última vez. Resultaba obvio que, al moverse así, demostraba que estaba confuso. London estaba demasiado seguro de sí mismo y, de repente, se había topado con un enemigo que era incluso mejor que él. Y había llegado el momento de zanjar aquel asunto.
Mientras pensaba eso, se centró en una intensa señal luminosa de color verde. Durante unos segundos Macy se quedó perplejo porque no sabía qué era. Y entonces cayó en la cuenta de que seguramente sería un reflejo procedente de las gafas nocturnas de London. Apuntó, exhaló por completo; deslizó el dedo hacia el gatillo. Permaneció completamente inmóvil. Y
entonces disparó. La bala impactó justo en el centro de la señal luminosa y se apagó. Fue en ese momento cuando Macy pensó que sus gafas, activadas al máximo, también despedirían la misma señal luminosa. Pero había que mirar por las gafas para ver la luz, y acababa de cargarse a London. Era apenas un segundo más rápido, y por eso estaba vivo y London no. A eso se reducía todo.
Antes de que Macy volviera a inspirar, una bala le acertó de lleno en la frente. Durante una milésima de segundo su cerebro no procesó el hecho de que le faltaba media cabeza. Entonces el arma se le cayó de las manos y Macy se desplomó.
Web salió de detrás del pequeño arcén situado a escasos metros del tocón donde había colocado las gafas de visión nocturna, activadas al máximo. No había tenido que guiarse por la señal luminosa verde de las gafas de Macy.
Macy disparó a lo que creía que era la cabeza de Web y, acto seguido, el fogonazo del arma había revelado su posición. Un segundo después todo había acabado. Puntuación final: profesional, uno; aspirante, muerto.
No tuvo tiempo para seguir reflexionando sobre su victoria porque el ruido de pasos arrastrándose por la maleza le hizo lanzarse al suelo y apuntar con el 308. Cuando la pareja salió de la zona boscosa y entró en la zona mortal, Web vaciló un instante, se arrodilló y apuntó directamente al enorme pecho del hombre.
–¡Tira el arma, Francis!
Westbrook se detuvo en seco y miró hacia la oscuridad. A través de la mira del rifle, Web vio con claridad que el gigante colocaba a Kevin detrás de él para protegerle de esa nueva amenaza.
–Soy Web London, Francis. Tira el arma. ¡Ya!
–Quédate detrás de mí, Kev -dijo Westbrook mientras se alejaba de donde sonaba la voz de Web.
–Por última vez, Francis. El arma al suelo, y luego tú. O acabarás en el suelo por otro motivo.
–Pienso sacar a Kevin de aquí, hombrecito. Eso es lo único que quiero hacer. Nada de problemas, nada de problemas.
Web apuntó a la rama del árbol situada a unos tres metros por encima de la cabeza de Westbrook. La rama se partió en dos y cayó muy cerca de ellos.
Ese había sido el primer disparo de advertencia que Web había efectuado jamás, y se preguntó por qué se había molestado en hacerlo. Kevin chilló, pero Westbrook no dijo nada. Siguió alejándose. Entonces hizo algo que sorprendió incluso a Web. Arrojó el arma, se arrodilló y cargó con Kevin a la espalda. Al principio Web creyó que usaría a Kevin de escudo, pero Westbrook colocó su cuerpo entre Web y el niño. Y siguió alejándose.
–Nada de problemas, ERR. Sólo nos largamos. Tengo cosas que hacer.
Web efectuó otro disparo a su izquierda, en la tierra, Una segunda advertencia. ¡Mierda! ¿Qué coño le pasaba? Tenía que cargarse a ese tipo.
Era un criminal. Un asesino.
–Nada de problemas -repitió Westbrook-. Nos largamos, el niño y yo.
Web apuntó a la cabeza del hombre. Entonces se dio cuenta de que no podría dispararle con aquella munición porque la bala podría atravesar el enorme cuerpo de Westbrook y darle a Kevin. Podría apuntarle a las piernas